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Citas de autores admirados

Dar las gracias 17

El viaje definitivo 2

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Dices que nada se pierde
y acaso dices verdad,
pero todo lo perdemos
y todo nos perderá.
A. Machado

 

Finalizaba el año 2011 cuando puse en este blog una entrada titulada «El viaje definitivo 1». Aquellos que suelen leer estos trabajos lo recordaran pues tuvo una buena acogida. No propendo a la investigación. Soy más dado a la improvisación y al escarceo sin demasiado orden. Tal vez esta actitud mía sea la razón de que hayan pasado más de cuatro años sin que volviera sobra este asunto tan importante a mi entender. Supongo que ya saben que hablo de la muerte. Sí, de la muerte real que a unos ya les llegó y a otros nos espera.

Aquella entrada de diciembre de 2012, iba bajo el denominador común de «Dar las gracias». Esta denominación trata de singularizar aquellos textos que incorporo como citas de especial significado para mí. De este modo dejo ver cuáles son algunas de mis lecturas más queridas y las señalo por si a los lectores pueden interesarles o ya las han disfrutado y las restituyen a su color y sabor, al tiempo que yo doy las gracias a sus autores por haberlas creado. Como pueden comprender no cálculo lo que digo y así, lo que cito, queda flotando sobre las aguas del discurso del lector, que lo incorpora o rechaza.

Hoy vuelvo a estas citas sobre el acontecer final con tres bellos poemas. El primero de José Ángel Valente: se trata de un fragmento de Elegía, perteneciente a su libro «Nadie (1993-1994)», publicado en El fulgor. Antología poética (1953-1996) . El segundo y el tercer poemas son de Antonio Colinas, y ambos forman parte del libro Del ser y del no ser (el tercero, «II Isla», es la segunda parte del poema titulado Variaciones sobre dos temas de Rilke)

JOSÉ ÁNGEL VALENTE

Si después de morir nos levantamos,
si después de morir
vengo hacia ti como venía antes
y hay algo en mí que tú no reconoces
porque no soy el mismo,
qué dolor el morir, saber que nunca
alcanzaré los bordes
del ser que fuiste para mi tan dentro
de mí mismo,
si tú eras yo y entero me invadías
por qué tan ciega ahora esta frontera,
tan aciago este muro de palabras súbitamente heladas
cuando más te quiero,
te digo ven a veces
todavía me miras con ternura
nacida solo del recuerdo.

Qué dolor de morir, llegar a ti, besarte
desesperadamente
y sentir que el espejo
no refleja mi rostro
ni sientes tú,
a quien tanto he amado,
ni anhelante impresencia.

(Elegía: fragmento)

Invierno en Aranjuez. Jardín del Príncipe (fotografía CFB)

Invierno en Aranjuez. Jardín del Príncipe (fotografía CFB)

 

 

ANTONIO COLINAS

La violonchelista Alma Moodi interpreta
A Bach en el Funeral de Rilke

Nada importan los versos ni la música.
Nada importa la gloria.
Nada importa la muerte del poeta,
cualquier muerte.
Solo es cierto ese cuerpo de mujer
que quiere rescatar, desesperadamente,
con la de Bach, aquella otra música
de los versos de Alguien (nos parece)
pretende silenciar cuando muere un poeta.

Sólo importa ese cuerpo
que contemplan los ojos turbados por las lágrimas,
y los brazos (tan blancos)
que juegan con la música, que hacen olvidar
los versos, y que juegan con los vivos
a eternizar un tiempo que sabemos
fugaz, y que a su vez está jugando
con la muerte.

Versos, músicas, juegos
del alma resbalando por su carne
que aún ama y que aún sueña y que aún canta,
sin morir todavía.

II

Isla

Produce un dolor agudo y muy sublime
tener que abandonar lo que se ha amado mucho
y aquello que los nuestros más amaron,
pues en ti y con tu luz, oh isla mía,
conformamos los cuerpos, la sangre que nos une.
Debimos renunciar a lo esencial,
tuvimos que dejar cuanto era nuestro,
aunque, al parecer, no nos pertenecía.
¡Ingenuos! ¿Es que son
de algo propietarios los humanos?
¿No es la tierra del aire y el aire de la lluvia?
¿Les pertenece algo a los van sin remedio a la fosa?

Allá, en tus serenos estanques, donde hubo
hondura, nos pudimos reflejar claramente,
pero junto a tu mar, que es la mar de la vida,
las olas deshacían de continuo esa imagen.
Y si no fuiste nuestra, ¿Qué hacen estos espinos,
inconfundiblemente bellos,
inconfundiblemente tuyos,
clavados en mis manos?
¡Fueron tan entrañables tus seres para mí!
¡Los amamos tan fuerte
que ya no los veíamos, de tan cerca que estaban!
(Quizá fuera por eso que ellos también dejaron
de vernos a nosotros.)

Y tuvimos que irnos hacia el frío,
aunque aquel muro blanco y el jardín
allí, indemnes, quedaron.
El uno, perpetuando el amor luminoso;
difundiéndolo, el otro, en aroma y verdor.
Y nos tuvimos que marchar. ¿Por qué?
No logramos saberlo, ni debe preocuparnos.
Acaso hay haya sido sólo por el deseo de partir,
y sentirnos más vivos y más libres;
partir para una cita sin hora y sin lugar,
donde mirar mucho más cerca el rostro
de la Misteriosa.
Temíamos que en esa encrucijada,
que en ese umbral de espanto,
hubiera una salida sin salida,
cuando (metamorfosis de los seres)
sólo hallamos la entrada a una vida más nueva.

La conciencia está en paz.
sublime es el dolor cuando el alma se expande
y se confunde con todos y con todo.
¿Quién no ha sido hijo pródigo una vez?
No encerrarse, sin salir
a sembrar la luz.
Sembrar es lo que importa,
aunque hayamos de hacerlo
bajo el cielo más puro
o bajo el huracán.

Rilke y una de sus amigas contemplan "El Tajo" excavado por el río Guadalevín (fotografía CFB)

Rilke y una de sus amigas contemplan en Ronda (Málaga) “El Tajo” excavado por el río Guadalevín (fotografía CFB)

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Dar las gracias 16

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Así pues, lo mejor es curarse a la primera sensación del mal, dar también entonces a las palabras de uno la máxima libertad y reprimir los impulsos.

Séneca

 

 

Partir es dejarse ir, soltar lastre, entornar los ojos como cuando se mira al sol, apresar las cosas que vienen. Se despierta la percepción de los colores, los olores, la superficie lisa o rasposa de las cosas.

Claudio Magris

(De El infinito viajar, 2008)

________________________________________

Ya sé que hay viajeros que antes de partir se fortifican  contra la sorpresa y contra lo imprevisto, es decir, contra lo nunca visto. También hay escritores que calculan sus libros tan meticulosamente como un turista sus itinerarios, y amantes que sólo apetecen la rutina y habitan confortablemente en el tedio. Pero uno, que ha perdido tantas certezas en los últimos años, ya casi sólo una de ellas conserva, la de que no vale la pena vivir sino lo que no se ha vivido nunca ni decir nada más que lo que nunca ha sido dicho. Paradójicamente, esa singularidad de la experiencia acaba volviéndose el vínculo más poderoso y común con nuestros semejantes, con quienes se parecen tanto a nosotros que son nuestros cómplices sin que lo sepamos, mujeres y hombres a los que nunca veremos porque vivieron antes que nosotros o porque no han nacido. Algunos de ellos viven en nuestro mismo tiempo y acaso respiran el aire de la misma ciudad, y sin embargo nos son tan lejanos como los muertos y los no nacidos, porque no los llegaremos a encontrar. Esa conspiración secreta justifica los libros, los que escribimos y los que leemos. Quien lee es tan poseído como quien escribe, y también, al leer, nada nos maravilla tanto como el descubrimiento de lo que ya sabíamos. Cada día nos roza la convicción platónica de que aprender es recordar, y de que todo amor y toda amistad encubren un reconocimiento, el de las dos mitades escindidas que se encuentran después de un largo destierro en el acto mutuo de la posesión.

Antonio Muñoz Molina

(De Córdoba de los omeyas, 1991)

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El comienzo de toda decadencia es dar por supuesto que hay que tomar en serio las cosas grandes y no tomar en serio las pequeñas, que hay que respetar profundamente a la Humanidad, pero fastidiar a los subalternos, considerar sagrados la Patria, o la Iglesia o el Partido, pero hacer el trabajo de cada día mal y chapucero; así comienza toda corrupción. Contra eso sólo existe un remedio pedagógico: dejar de momento a un lado, en uno mismo y en los demás, las llamadas cosas serias y sagradas, como las convicciones, las ideologías y el patriotismo, y dirigir todas la seriedad a lo pequeño y mínimo, al trabajo del momento.

Hermann Hesse

(De Escritos sobre literatura, 1983)

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La lluvia desplegaba toda la tristeza de Marruecos, sacaba las tripas enfermas del país y las tendía sobre las hortalizas embarradas de los mercados, los caminos intransitables y los cafés qu8e apestaban a lana mojada y suciedad. Después, de repente, la lluvia se convirtió en nieve y pareció que nos purificaba a todos. Un silencio apacible se extendió por los jardines abandonados. Fue como si después de una larga enfermedad, hubiese al fin venido a visitarnos una vieja amiga. Los caminos se llenaron de mudas flores bancas. Los taxis de Baab Marwan arrastraban su cargamento humano rumbo a Fez, y los campesinos los miraban irse desde detrás de los cristales empañados del Café de la Poste.

Rafael Chirbes

(De Mimoun, 1988)

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(Abismo generacional.) Tropiezas con alguien en la acera, pides perdón y no te contesta; al pronto lo atribuyes a mala educación, pero enseguida adviertes que no ha notado siquiera tu contacto; no es mala educación, es algo previo y mas irremediable: falta de la sensibilidad que se necesitaría para poder tener buena o mala educación.

Rafael Sánchez Ferlosio

(De Volverán más tiempos malos y nos harán más ciegos, 1994)

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Ni Platón ni Aristóteles se proponen dar razones del proyecto político como tal. Para ambos, la dimensión socio-política del ser humano es algo evidente, que no precisa de legitimación. No es evidente, en cambio, cómo debe organizarse la comunidad política, y es a esa forma debe organización a la que apuntan sus teorías. Ahora bien, esa evidencia del punto de partida, el carácter comunitario del ser humano, va perdiendo fuerza a medida que los ideales de la polis se van frustrando. Así, el helenismo decadente tiende a ignorar el carácter político del individuo para concentrarse en la orientación de la vida privada. El cristianismo potenciará aún más la escisión entre lo público y lo privado al proyectar un más allá como la verdadera patria del ser humano. Todo lo cual condiciona, como es lógico, el pensamiento moderno que, al apartarse de la razón divina, se queda con el individuo solitario. El punto de partida es ya el individuo, no la sociedad. Habrá que justificar la necesidad del orden y de la justicia ante un ser que resiste a las obligaciones y a las leyes.

Victoria Camps

(De Ética, retórica, política, 1988)

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Tranquilizado con la presencia del ejército francés, Fernando VII se entregó a una de las represiones más desenfrenadas que ha conocido nuestra historia (¡y no son pocas!). Los mayorazgos fueron reimplantados, los gremios también, la reforma universitaria anulada de un plumazo. Se cerraron las universidades de provincia (secundarias) y se suprimieron las peligrosas enseñanzas de matemáticas y astronomía, a las que se preferían la música, la danza y la esgrima. En 1830, el monarca cerró de un plumazo todas las universidades, incluso la catalana (restaurada por él en Cervera en lugar de Barcelona), que estaba lejos de “funesta manía de discurrir”. Los mejores hombres de ciencias tuvieron que emigrar, como el naturalista La Gasca, o sufrieron toda suerte de persecución, como el geólogo D. Casiano del Prado o el matemático Rodríguez González.

Manuel Tuñón de Lara

(De La España del siglo XIX, —París, 1968—)

El Rana Verde. Aranjuez (CFB)

El Rana Verde. Aranjuez (CFB)

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Dar las gracias 15

Y Rayuela cumplió 50 años

Cecilio Fernández Bustos

 

Lo experimental, lo que parece desmedido porque rompe las reglas o se burla de ellas, se vuelve corriente un día porque ya es clásico, y viene a convertirse en un modelo que se cuela de manera imperceptible en la escritura del futuro. Esa es mi sensación al abrir otra vez las tapas negras de mi vieja edición de Rayuela. Apagado el ruido de la novedad de los capítulos intercambiables, o suprimibles, el léala como quiera y pueda, lo que permanece es la majestad de la prosa, única capaz de hacer sobrevivir un libro a través de las edades.[1]

Sergio Ramírez

                           

En 1963 todos éramos jóvenes. Además de leer y jugar, andábamos buscando nuestro tiempo aún no perdido. El mayo del 68 estaba por llegar. Escuchábamos a los Beatles y a los Rolling y en los ratos libres corríamos delante de los grises. Algunos acabábamos de llegar a Madrid y empezamos a levantar la vista de nuestros autores de siempre cuando, ¡ay!,  posamos nuestra mirada en La ciudad y los perros.

         Luego fueron viniendo todos los demás, pero fue en Julio Cortázar y sus cuentos donde nos quedamos especialmente enganchados. Yo tardaría años en digerir Rayuela, fue en CULTAR, en 1969. Con la ayuda del siempre recordado Pedro Altares, organizamos un ciclo sobre el boom latinoamericano —Andrés Amorós y Rayuela; Rafael Conte y el boom; Alfonso Groso y su Ines Just Coming

         Y así, leyendo y jugando, de nuevo volvemos a correr delante de los guardias, aquí y en casi todo el mundo. Tal vez la mecánica del caminar del cangrejo nos tiene confundidos. O acaso sea la mecánica de la nostalgia. Y en estas circunstancias como no traer aquí a Julio Cortázar y su novela Rayuela, una de las más importantes de cuantas se han escrito en la lengua de Cervantes en los últimos 100 años.

 

Así comienza Rayuela:

1

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivos que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribías en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico.

 

También podría empezar, según propone el autor, de esta otra forma:

73

Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos. Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechaban en las ventanas jugando con una rema seca. Ardiendo así sin tregua, soportando la quemadura central que avanza como madurez paulatina en el fruto, ser el pulso de una hoguera en esta mañana de piedra interminable, caminar por las noches de nuestra vida con la obediencia de la sangre en su circuito ciego.

 

No obstante, en Rayuela hay un capitulo paradigmático:

7

Toco su boca, con un dedo toco el borde de su boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y  te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, dada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas las lengua en los dientes, jugando con sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.    

                  

     

Portada de Rayuela, edición de Ediciones Alfaguara, 1984

Portada de Rayuela, edición de Ediciones Alfaguara, 1984

                                                      

 

 


[1] Sergio Ramírez. ¿Rayuela?, sigue el juego. Babelia / El País, 29 de junio de 2013

Los texto que se reproducen de Rayuela, pertenece a la edición publicada por Ediciones Alfaguara, en la colección Biblioteca de Julio Cortázar, Segunda edición. Madrid, junio de 1984

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Dar las gracias 14: El retrato 3

Cecilio Fernández Bustos

 

Fruto de la democracia que se había iniciado en el siglo v a. C., el dialogo supuso la eliminación del lenguaje dogmático. La verdad se desvelaba no en el imperio del sacerdote o del rey, sino en la coincidencia de los hombres,…

Emilio Lledó

                                                                                                         

Estamos en la tercera entrada de los retratos literarios encontrados en las lecturas de novelas, relatos y algunas crónicas. Una nueva vuelta de tuerca para saborear el manjar de la literatura. Por supuesto que son las historias las que nos enganchan a la lectura de un libro, mas, como si de una buena comida se tratara, es el estilo del autor lo que acaba fijando nuestra atención, porque es ahí, en ese forma peculiar de contar las cosas, donde encontramos el placer de la lectura. Y es, sobre todo, la sorpresa lo que nos conmueve y esa forma de mirar y ver lo que yo no fui capaz de ver, lo que acaba disolviéndose en nuestra propia sensibilidad.

         Un retrato literario es siempre la captura de una imagen fantástica, magia de la palabra que transustancia en posibilidad, casi en certeza. Véase Don Quijote, la inexistencia carnal y el vuelo fabuloso de un espíritu que se queda para siempre más allá de la muerte y aún hoy Ulises sigue buscando a Penélope.

***

 

            … Pienso, mientras tanto, en el señor Guardiola. ¡Un hombre extraño! Debe de tener unos cincuenta años, es alto, entrado en carnes, macilento, rosado de cara, de ojos azulados. Escaso de pelo, lleva, en la cabeza, un plafón de cabellos engomados, como una peluca tenue. Todo su cuerpo irradia una impresión de cosa blanda, desprovista de consistencia. Soltero recalcitrante, vive con una hermana -una señorita beata y ceremoniosa. Acompañado siempre por ella, su carrera ha consistido en una larga peregrinación a través de oficinas judiciales mezquinas… Su presentación, su manera de caminar, de hablar, de vestir, de gesticular, ha creado, entre la gente, la hipótesis de vaguedad de su sexo. En este sentido su vida debe de haber sido muy dura, porque ha sido el hazmerreír de mucha gente. En su indumentaria hay tres elementos inconfundibles: el sombrero duro tornasolado por exceso de aprovechamiento; el chaleco blanco con botones de nácar de una coloración rosada; una capa de esclavina con vueltas de terciopelo rojo. Caminando, tiene una manera de jugar con esas vueltas, tan femenina, retozona y llena de coquetería, que a veces hace pensar en alguna vieja cupletista, irrisoria y desbarajustada.

Josep Pla

(De El cuaderno gris)

 

… Boorsch no era un personaje físicamente prepotente o robusto. Pero una singular mezcla de ironía y superioridad lo convertían en un hombre fríamente luminoso e intenso. Tenía una mirada mesmérica y mostraba un rictus de cáustica tristeza ante nuestros esfuerzos. Despreciaba de forma visible las reticentes maravillas de la sintaxis y el estilo griegos…

         … Era arrogantemente reservado, implacable en el juicio de lo que él consideraba sus propias limitaciones.

George Steiner

(De La Atracción de la Filología

BABELIA nº 359 / EL PAÍS, 26-09-98)

 

… Feoktístov, jefe de la oficina de Correos. Era un anciano barbiluengo, miope, con gafas de gruesos cristales y la chaqueta de servicio muy usada, con unos cuernecitos cruzados y rayos de cobre en las solapas.

Konstantin Paustovski

(De Historia de una vida I

Bruguera / Barcelona, 1983)

 

… Se acerca a la rueda que escucha al embajador de la democracia, pero lo que éste cuenta la ataja. Piel ceniza y granujienta, fauces de fiera apoplética, triple papada, vientre elefantiásico a punto de reventar el terno azul, con chaleco de fantasía y corbata roja, en que está cinchado, el embajador Chirinos dice que aquello ocurrió en Barahona, en la época final…

 Mario Vargas Llosa

(De La Fiesta del Chivo

C. de L. / Barcelona, 2001)

 

—No hay trampa— dije; miré la cara de la mujer y la dividí en dos partes, reconocí a Gertrudis y a Raquel en la zona que iba desde la base de la nariz hasta el nacimiento del pelo; vi la boca de la muchacha de Díaz Gray, blanda, mulata, diseñada para adaptarse a cada una de las limitadas osadías del amor, con las comisuras incapaces de contener la tristeza, sobresaliendo el mentón redondo, firme, que solo revelaba la inconsciente voluntad de vivir—. No hay trampa ni traición, es justo que te alegres.

Juan Carlos Onetti

(De La vida breve

Edhasa / Barcelona, 2003)

 

Comprendo. En cuanto a cómo conocí a John: tropecé con él por primera vez en un supermercado. Corría el verano de 1972, no mucho después de que John se hubiera trasladado a El Cabo. Parece ser que en aquel entonces yo pasaba mucho tiempo en los supermercados, incluso a pesar de que nuestras necesidades, me refiero a mis necesidades y las de mi hija, eran muy básicas. Iba de compras porque me aburría, porque necesitaba alejarme de casa, pero sobre todo porque el supermercado me ofrecía paz y placer: el edificio espacioso y aireado, la blancura, la limpieza, el hilo musical, el suave siseo de las ruedas de los carritos. Y luego estaba aquella gran variedad: esta salsa de espaguetis contra aquella otra salsa, este dentífrico o ese de al lado, y así sucesivamente, algo interminable. Me relajaba. Otras mujeres a las que conocía jugaban al tenis o practicaban yoga. Yo compraba.

J. M. Coetzee

(De Verano

Mondadori / Barcelona, 2010)

 

Invierno en Aranjuez (fotografía CFB, 2013)

Invierno en Aranjuez (fotografía CFB, 2013)

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Dar las gracias 13

Cecilio Fernández Bustos

                                              

¡Qué difícil es
Cuando todo baja
No bajar también!
Antonio Machado
 
Con todo, examino constelaciones ideológicas muy diversas. Principalmente me centro en jacobinos, anarquistas, marxistas, comunistas, identitarios, nacionalistas, fascistas, racistas, fundamentalistas, terroristas islámicos, imperialistas ilustrados, cristianos milenaristas y providencialistas, neoconservadores. Busco      aquello que impulsa a la proliferación del asesinato político. Busco explicación para los ideales que cimentan la violencia, las matanzas, los exterminios, los genocidios.
Rafael del Águila

 

 

Este verano he trabajado en la lectura de dos textos del profesor Rafael del Águila: La senda del mal (Taurus / Madrid, 2000) y Crítica de las ideología. El peligro de los ideales (Taurus / Madrid, 2008).

         El profesor Rafael del Águila, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, y director del Centro de Teoría Política, falleció el 13 de enero de 2009 (había nacido en Madrid en 1953).

         Considerado el mayor teórico político español de las últimas décadas, el profesor Rafael del Águila, trabajó con gran celo y responsabilidad por, según palabras de su compañero y amigo Fernando Vallespín, «evitar que el maximalismo moral o la hipocresía impidieran al final la realización de una democracia mejor y más plena. Su excelente libro La senda del mal (Taurus, 2000) abordó como pocos las delicadas conexiones entre moral y política y la importancia de pensar en profundidad las categorías fundamentales de lo político. En su último libro, Crítica de las ideologías (Taurus, 2008), redactado ya en plena enfermedad, nos mostró la crueldad y el horror de algunos ideales políticos, pero sobre todo la importancia de una “política de mesura” democrática abierta a la crítica y a la autorreflexividad permanentes; el valor de la ética de la responsabilidad y la necesidad de abordar de frente, sin guiarnos por idealizaciones estériles, la endiablada e ineludible gestión de las contingencias políticas.»

         Dada la apocalíptica confusión que nos asola en estos momentos, donde los media se hacen cómplices de la absurda bacanal lingüística y nos zarandean, como escribían ayer en El País, en un generoso y deslumbrante artículo, que recomiendo a mis lectores, Gonzalo Abril / María José Sánchez Leyva / Rafael R. Tranche, titulado La ocupación del lenguaje.

         Como pequeño homenaje al Profesor Rafael del Águila, en estos tiempos tan oscuros, nada mejor que la lectura de sus libros y artículos. Y aquí, en este blog, en su página de citas, también llamada Jaula de citas y Dar las gracias, vamos a dejar que vuelen, que salgan de la jaula, algunas de las citas que utiliza el profesor para encabezar los artículos del segundo de los libros, Crítica de las ideologías. No se trata de textos de Rafael del Águila, son textos de los que él se alimentaba y, ¡por qué no!, acaso también puedan alimentarnos a nosotros.

          

Una fe como una guillotina, así de pesada, así de ligera.

F. Kafka

***

Toda fe ejerce una forma de terror, tanto más temible cuanto que los «puros» son sus agentes.

E. M. Cioran

***

 Un hombre sin doctrina se parece más a un hombre.

Gao Xingjian

***

 … en lo más poblado están las fieras.

Baltasar Gracián

***

 La producción de almas humanas es de suma importancia.

Joseph Stalin

***

 el ethnos asesinó al demos.

Michael Mann

***

Los sueños de los hombres, la semilla de las colonias, el germen de los imperios.

Joseph Conrad

***

 … con una madera tan retorcida como es el hombre no se puede conseguir nada completamente derecho.

Immanuel Kant

***

 Encontró el punto arquimédico, pero lo usó contra sí mismo; parece que sólo le fue permitido hallarlo bajo esa condición.

F. Kafka 

***

… el intento de verse a sí mismo como algo más amplio que uno mismo (el Movimiento, la Razón, el Bien, lo Sagrado) antes que aceptar la propia finitud [es equivocado y peligroso]

Richard Rorty 

***

… para ser hombre hay que negarse a ser dios.

Albert Camus

 

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Dar las gracias 12

Cecilio Fernández Bustos

                           

                           

                                                                              Entre las brevas soy blando;

                                                                              entre las rocas, de piedra.

                                                                              ¡Malo!

                                                           Antonio Machado

 

A veces olvidamos que nuestra vida tiene un valor autosuficiente: lo importante es vivir. Es cierto que los seres humanos hemos de buscar, además, un sentido a nuestra existencia. Y ello hace que vivamos proyectados hacia la consecución o el logro de aquello que, suponemos, nos da sentido y felicidad.

         Pero ocurre con mucha frecuencia que confundimos fines y medios. Es importante vivir para, porque ello introduce una intencionalidad a nuestra vida. Pero se nos olvida que, antes, hemos de vivir. Simplemente, vivir…

Robert L. Stevenson

 

La auténtica medida de la vida es el recuerdo.

Walter Benjamín

 

         En la vida todo es recuerdo, recuerdo no sólo individual, sino colectivo, recuerdo que se puede decir que es consciente o inconsciente, porque en él van no sólo los datos de nuestra existencia, sino los de la existencia de nuestros antepasados. Somos el resultado de una raza, de un ambiente y, por lo tanto, de un clima material y espiritual.

Pío Baroja

 

         Con el tiempo llegó también el urbanismo, la manía de hacer calles derechas y convertir el pueblo en cuadrículas uniformes. De las antiguas murallas quedaba la torre del ángulo sudeste, que era redonda alta y esbelta como una mujer bien casada.

José Pla

 

         Las revoluciones de la historia de la ciencia constituyen escapatorias con éxito de callejones sin salida. La evolución del conocimiento solamente es continua durante aquellos períodos de consolidación y elaboración posteriores a los principales avances revolucionarios. Sin embargo, la consolidación conduce, tarde o temprano, a una creciente rigidez, a la ortodoxia y, por consiguiente, a un punto muerto de excesiva especialización. Finalmente se produce una crisis y un nuevo “rompimiento” que permite salir del callejón sin salida, seguidos por otro período de consolidación, por una nueva ortodoxia y así se inicia el ciclo una vez más.

A. Koesler

 

         El que quiera mandar guarde al menos un último respeto hacia el que ha de obedecerle: absténgase de darle explicaciones.

Rafael Sánchez Ferlosio

 

Todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa.

Luis Cernuda

 

Es al espectador, y no a la vida, a quien refleja realmente el arte.

Oscar Wilde

 

         —Esos son demonios de mayores ocupaciones -le respondió la voz-: demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra; yo traje al mundo la zarabanda, el déligo, la chacona, el bullicuzcuz, las cosquillas de la capona, el guiriguirigay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado; yo inventé las pandorgas, las jácaras, las papalatas, los comos, las mortecinas, los títeres, los volatines, los saltambancos, los maesecorales y, al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo.

Luis Vélez de Guevara

 

Las cosas son de quien las ama.

Facundo Cabral

 

La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha

Montaigne

 

         Las manos de mi madre eran grandes. Las ponía en mi frente queriendo medir una fiebre que quizá no existía y yo me acostumbré a sentir reunidos el olor a lejía y la ternura.

Antonio Gamoneda

 

Presa del Embocador. Aranjuez (Fotografía CFB)

 

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Dar las gracias 11: Así comienza…

Cecilio Fernández Bustos

 

Son muchos los autores que consideran fundamental para el desarrollo de la obra el comienzo de ésta. La urdimbre del primero o de los primeros párrafos ha de sonar como un acorde de llamada: mirad, aquí esta lo que buscabais. Y no son pocos los críticos que se quedan ahí, en el primer párrafo. O, por el contrario, aquellos otros que se ven cogidos desde el primer momento en el relato solo por esas primeras palabras. Hay autores que en el primer párrafo, nos hacen el resumen general de la obra con toda clase de detalles sobre el personaje central, acaso sea este el primer párrafo de Don Quijote de La Mancha. Otros, por el contrario, lo dejan todo por decir, como Camus en El extranjero: Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer; no sé. He recibido un telegrama del asilo: «Madre muerta. Entierro mañana. Sentido pésame. Esto no quiere decir nada. Podía ser ayer.

         Desde hace algunos años vengo coleccionando los comienzos de algunos libros, especialmente relatos, que voy leyendo y que me dejan señalado con una ligera o profunda huella. No deja de ser una caprichosa peripecia personal. Sin embargo a lo mejor tiene algún interés para los lectores de este blog y por ello, en el contexto de dar las gracias, empiezo hoy la publicación de Así comienza, el equivalente a Erase una vez… 

         Mi peripecia personal con los comienzos de algunas obras se ha encontrado recientemente con un libro de Amos Oz, La historia comienza. Ensayos sobre literatura.[1] El escritor israelí se enfrenta sin excesos al análisis del comienzo de las historias que narran algunos autores y aprovecha para hacer una introducción, en cada caso, a ese mecanismo tan complejo que hace de un relato una obra de arte. En mi caso voy a dejar caer algunos de los textos que he ido seleccionando y que habitan un recóndito lugar en mi memoria. Son fragmentos de obras leídas y gozadas. Oz, además de ofrecernos el texto de otro autor, acompaña su comentario. No es mi caso, los texto no tendrán más apoyo que su excelsa dignidad y yo no tendré en cuenta ni las exigencias cronológicas.

         En primer lugar, no me sustraigo a la tentación de empezar con uno de los libros que más lectores ha reunido en torno a su obra, me refiero a Cervantes y su Ingenioso Hidalgo

Así comienza…

 

Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra

 

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sallo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobre nombre de Quijada, o Quesada, (que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben), aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad. Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aún la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y de todos, ninguno le parecía también como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intricadas razones suyas le parecía de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».

 

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La Regenta

Leopoldo Alas “Clarín”

 

         La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles…

 

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El amor en los tiempos de cólera

Gabriel García Márquez

 

         Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.  

 

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Justine: El cuarteto de Alejandría

Lawrence Durrell

 

         Otra vez hay mar gruesa, y el viento sopla en ráfagas excitantes: en pleno invierno se sienten ya los anticipos de la primavera. Un cielo nacarado, caliente y límpido hasta mediodía, grillos en los rincones umbrosos, y ahora el viento penetrando en los grandes plátanos, escudriñándolos…

         Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña, la hija de Melissa. No sé por qué empleo la palabra “refugiado”. Los isleños dicen bromeando que sólo un enfermo puede elegir este lugar perdido para restablecerse. Bueno, digamos, si se prefiere, que he venido aquí para curarme…

 

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Moby Dick

Herman Melville

 

         Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuántos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en la bolsa y sin nada de especial interés que me retuviera en tierra, pensé que lo mejor sería darme a la mar por una temporada para ver la parte acuática del mundo. Es una manera mía de combatir la melancolía y regular la circulación de la sangre…

 

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La peste

Albert Camus

 

         Los curiosos acontecimientos que forman el tema de esta crónica se produjeron en Orán en 194…; según el parecer general no encajaba bien allí, ya que se salían un poco de lo ordinario. A primera vista Orán es, en efecto, una ciudad corriente, una simple prefectura francesa de la costa argelina.

 

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Pedro Páramo

Juan Rulfo

 

         VINE a COMALA porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo —me recomendó—. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que me costó trabajo zafar mis manos de sus manos muertas.

 

Invierno en el jardín del Príncipe (Aranjuez / fotografía de CFB)

 


[1] Amos Oz. La historia comienza. Ensayos sobre literatura. Siruela. Madrid, 2007

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