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Pere Gimferrer

Un poeta dos poemas: Oda a Venecia ante el mar de los teatros y AGON

Cecilio Fernández Bustos

Hermes le había dado permiso para elegir cualquier cosa que deseara, excepto la inmortalidad. Así había escogido el don de conservar en la memoria todos los acontecimientos de la vida y de la muerte. Todo lo que había vivido, se le había quedado en la memoria, y también después de su muerte había conservado esa capacidad de recordar.

Pitágoras (citado por Elías Canetti)

A veces te despiertas en la noche. Coges un libro, lo ojeas brevemente y lo dejas en su sitio. Ahora es un cuaderno lo que coges y tratas de escribir. También lo dejas. Entornas los ojos y empiezas a dar vueltas a la memoria. Son tantas las cosas que pasan ante ti que apenas tienes consciencia para quedarte con alguna y saborear su aliento. Anoche el libro que hojeé era de Pere Gimferrer, se titula «Tornado» y está fechado en el 2008. Pese a la modorra de la somnolencia hubo un poema que me llamó la atención: Agon. Y tuve tiempo de anotar algunas breves frases en el cuaderno.

         Empecé a conocer la obra de Pere Gimferrer en 1970, ¡he ahí el milagro de las antologías!, cayó en mis manos el libro de José María Castellet, «Nueve novísimos». El poeta ya había publicado en 1963 Mensaje del Tetrarca y dos poemarios en «El Bardo», bajo la dirección, en aquel tiempo, de José Batlló: «Arde el mar» en 1966 y «La muerte en Beverly Hills» en 1968. De esta época siempre he guardado en un pequeño cofre de mi memoria el poema Oda a Venecia ante el mar de los teatros —suelo citar, frecuentemente, el primer verso de este poema: “Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos”.

         Me gustaría que algo de la sombra de los asuntos de mi noche, en concreto los poemas de Gimferrer, convivan con mis lectores de este blog. Aunque son pocos, solo dos, los poemas que voy a reproducir, no puedo evitar contarles algo, muy breve pues es muy conocido, sobre el autor.

         Pere Gimferrer nació en Barcelona en 1945, es cinco años más joven que yo. Realizó estudios de Filosofía y Letras y Derecho en la universidad de su ciudad natal. Como escritor tiene una trayectoria amplia y compleja. Ha escrito poesía en catalán y español, siendo galardonado, en 1989, con el Premio Nacional de Poesía; es un lúcido ensayista y un reputado conferenciante. También novelista, con Fortuny obtuvo el Premio Ramon Llull en 1983. Recibió el Premio de la Crítica (1984 y 1989).

         Con solo 30 años, el 15 de diciembre de 1985, leyó su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua. El discurso versó sobre la obra de otro poeta, Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura en 1977 y cuyo sillón, vacante tras el fallecimiento del escritor, era el que ocupaba. Fundador y miembro permanente de la de la Académie Européenne de Poésie, con sede en Luxemburgo. Además de los ya citados son numerosos los premios y galardones que ha recibido Pere Gimferrer a lo largo de su vida de escritor y promotor cultural.

         Ya lo digo al principio, soy lector de la obra de Pere Gimferrer desde hace más de cuarenta años. Coincido con él no solo en el amor a su poesía, sino también en la admiración que ambos sentimos por dos de los escritores del siglo XX: Vicente Aleixandre y Octavio Paz.

         Como dice Juan Goytisolo, «Gimferrer vive en y para la poesía, y es capaz de integrarla en el ámbito de su cotidianidad… El virtuosismo de Gimferrer muestra que es capaz de renovarse y cambiar sin desdecirse de sí mismo. Pocos autores son capaces de tanta apertura y profundidad». Los dos poemas que incluyo a continuación son un pequeño homenaje a uno de los poetas que más leo y admiro: Pere Gimferrer

Oda a Venecia ante el mar de los teatros

Las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
García Lorca

Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.
Con que trajín se alza una cortina roja
o en esta embocadura de escenario vacío
suena un rumor de estatuas, hojas de lirio, alfanjes,
palomas que descienden y suavemente pósanse.
Componer con chalinas un ajedrez verdoso.
El moho en mi mejilla recuerda el tiempo ido
y una gota de plomo hierve en mi corazón.
Llevé la mano al pecho, y el reloj corrobora
la razón de las nubes y su velamen yerto.
Asciende una marea, rosas equilibristas
sobre el arco voltaico de la noche en Venecia
aquel año de mi adolescencia perdida,
mármol en la Dogana como observaba Pound
y la masa de un féretro en los densos canales.
Id más allá, muy lejos aún, hondo en la noche,
sobre el tapiz del Dux, sombras entretejidas,
príncipes o nereidas que el tiempo destruyó.
Que pureza un desnudo o adolescente muerto
en las inmensas salas del recuerdo en penumbra
¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces, y por qué. ¿Es más verdad,
copos que os diferís en el parque nevado,
el que hoy así acoge vuestro amor en el rostro
o aquel que allá en Venecia de belleza murió?
Las piedras vivas hablan de un recuerdo presente.
Como la vena insiste sus conductos de sangre,
va, viene y se remonta nuevamente al planeta
y así la vida expande en batán silencioso,
el pasado se afirma en mí a esta hora incierta.
Tanto he escrito, y entonces tanto escribí. No sé
si valía la pena o la vale. Tú, por quien
es más cierta mi vida, y vosotros que oís
en mi verso otra esfera, sabréis su signo o arte.
Dilo, pues, o decidlo, y dulcemente acaso
mintáis a mi tristeza. Noche, noche en Venecia
va para cinco años, ¿cómo tan lejos? Soy
el que fui entonces, sé tensarme y ser herido
por la pura belleza como entonces, violín
que parte en dos aires de una noche de estío
cuando el mundo no puede soportar su ansiedad
de ser bello. Lloraba yo acodado al balcón
como en un mal poema romántico, y el aire
promovía disturbios de humo azul y alcanfor.
Bogaba en las alcobas, bajo el granito húmedo,
un arcángel o sauce o cisne o corcel de llama
que las potencias últimas enviaban a mi sueño.
Lloré, lloré, lloré
¿Y cómo pudo ser tan hermoso y tan triste?
Agua y frío rubí, transparencia diabólica
grababan en mi carne un tatuaje de luz.
Helada noche, ardiente noche, noche mía
como si hoy la viviera! Es doloroso y dulce
haber dejado atrás a la Venecia en que todos
para nuestro castigo fuimos adolescentes
y perseguirnos hoy por las salas vacías
en ronda de jinetes que disuelve un espejo
negando, con su doble, la realidad de este poema.
(De Arde el mar. Madrid, 1966)

Agon

Al entregarte así, como se entrega el día,
como entrega la noche sus dédalos al sol,
al entregarte como los boscaje de Umbría
musitan un murmullo de verde en si bemol,

al entregarte como un nocturno resol
enciela en nuestros pechos su llama de gumía,
al entregarte como la claridad desvía
las argollas del viento de la noche en formol,

al entregarte como, desde su luz de niña,
el abanico de tus días se aliña
con la grupa que al huerco de mis manos me mata;
al entregarte como tu blanca casamata
se desliza en cascada y en brillo es serpentina;
al entregarte como sólo el aire adivina
que eres tú quien se entrega y no el agua quien trina;
al entregarte así, como la marquesina
recibirá en sus ojos el fulgor de la lluvia;
al entregarte como tu cabellera rubia
y tu espada de espigas son en mármol aradas;
al entregarte así, como en mi cuerpo nadas,
tú serás mi marida, tú mi princesa Nubia;
al entregarte así, yo viviré incendiado;
al entregarte así, me uncirás lado a lado
y el fulgor de mi vida tomaras a puñadas;
al entregarte así me beben tus miradas
y ha encendido tu espalda un ardor de costado;
al entregarte así, pintarás las aguadas
de tu cuerpo en mi cuerpo, este rayo entregado;
al entregarte así, doy mis voces ancladas
a tu vientre y tu pubis de avispero dorado
y en la luz de recámara y fanal colorado
al entregarte así soy por ti fulminado:
a tu cuerpo en el viento van mis manos atadas.

(De Tornado. Barcelona, 2008)

Jardín del Príncipe, Aranjuez (fotografía, CFB)

Jardín del Príncipe, Aranjuez (fotografía, CFB)

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