Dar las gracias 11: Así comienza…

Cecilio Fernández Bustos

 

Son muchos los autores que consideran fundamental para el desarrollo de la obra el comienzo de ésta. La urdimbre del primero o de los primeros párrafos ha de sonar como un acorde de llamada: mirad, aquí esta lo que buscabais. Y no son pocos los críticos que se quedan ahí, en el primer párrafo. O, por el contrario, aquellos otros que se ven cogidos desde el primer momento en el relato solo por esas primeras palabras. Hay autores que en el primer párrafo, nos hacen el resumen general de la obra con toda clase de detalles sobre el personaje central, acaso sea este el primer párrafo de Don Quijote de La Mancha. Otros, por el contrario, lo dejan todo por decir, como Camus en El extranjero: Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer; no sé. He recibido un telegrama del asilo: «Madre muerta. Entierro mañana. Sentido pésame. Esto no quiere decir nada. Podía ser ayer.

         Desde hace algunos años vengo coleccionando los comienzos de algunos libros, especialmente relatos, que voy leyendo y que me dejan señalado con una ligera o profunda huella. No deja de ser una caprichosa peripecia personal. Sin embargo a lo mejor tiene algún interés para los lectores de este blog y por ello, en el contexto de dar las gracias, empiezo hoy la publicación de Así comienza, el equivalente a Erase una vez… 

         Mi peripecia personal con los comienzos de algunas obras se ha encontrado recientemente con un libro de Amos Oz, La historia comienza. Ensayos sobre literatura.[1] El escritor israelí se enfrenta sin excesos al análisis del comienzo de las historias que narran algunos autores y aprovecha para hacer una introducción, en cada caso, a ese mecanismo tan complejo que hace de un relato una obra de arte. En mi caso voy a dejar caer algunos de los textos que he ido seleccionando y que habitan un recóndito lugar en mi memoria. Son fragmentos de obras leídas y gozadas. Oz, además de ofrecernos el texto de otro autor, acompaña su comentario. No es mi caso, los texto no tendrán más apoyo que su excelsa dignidad y yo no tendré en cuenta ni las exigencias cronológicas.

         En primer lugar, no me sustraigo a la tentación de empezar con uno de los libros que más lectores ha reunido en torno a su obra, me refiero a Cervantes y su Ingenioso Hidalgo

Así comienza…

 

Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra

 

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sallo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobre nombre de Quijada, o Quesada, (que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben), aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad. Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aún la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y de todos, ninguno le parecía también como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intricadas razones suyas le parecía de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».

 

***

 

La Regenta

Leopoldo Alas “Clarín”

 

         La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles…

 

***

 

El amor en los tiempos de cólera

Gabriel García Márquez

 

         Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.  

 

***

Justine: El cuarteto de Alejandría

Lawrence Durrell

 

         Otra vez hay mar gruesa, y el viento sopla en ráfagas excitantes: en pleno invierno se sienten ya los anticipos de la primavera. Un cielo nacarado, caliente y límpido hasta mediodía, grillos en los rincones umbrosos, y ahora el viento penetrando en los grandes plátanos, escudriñándolos…

         Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña, la hija de Melissa. No sé por qué empleo la palabra “refugiado”. Los isleños dicen bromeando que sólo un enfermo puede elegir este lugar perdido para restablecerse. Bueno, digamos, si se prefiere, que he venido aquí para curarme…

 

***

 

Moby Dick

Herman Melville

 

         Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuántos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en la bolsa y sin nada de especial interés que me retuviera en tierra, pensé que lo mejor sería darme a la mar por una temporada para ver la parte acuática del mundo. Es una manera mía de combatir la melancolía y regular la circulación de la sangre…

 

***

 

La peste

Albert Camus

 

         Los curiosos acontecimientos que forman el tema de esta crónica se produjeron en Orán en 194…; según el parecer general no encajaba bien allí, ya que se salían un poco de lo ordinario. A primera vista Orán es, en efecto, una ciudad corriente, una simple prefectura francesa de la costa argelina.

 

***

 

Pedro Páramo

Juan Rulfo

 

         VINE a COMALA porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo —me recomendó—. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que me costó trabajo zafar mis manos de sus manos muertas.

 

Invierno en el jardín del Príncipe (Aranjuez / fotografía de CFB)

 


[1] Amos Oz. La historia comienza. Ensayos sobre literatura. Siruela. Madrid, 2007

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1 comentario

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Una respuesta a “Dar las gracias 11: Así comienza…

  1. Rafael Muñoz Martínez

    Cecilio: Hablas de las manzanas de Aranjuez. Yo tengo el recuerdo, que no he olvidado nunca, de cuando vine a Aranjuez en 1935. Habitaba en una casa del Patrimonio, cerca del “camping” actual, un amigo y paisano de mi padre. Un buen día nos invitó a merendar en su casa y después nos llevó a los guardillones donde almacenaban las manzanas cosechadas. Exhalaban tan agradable perfume que se me quedó grabado para siempre. ¡Cuánta diferencia con lo que consumimos hoy, que la mayoría de las veces ni sabe ni huele!.

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