JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: “Generalife”

Cecilio Fernández Bustos

 

                                                        ¡No le toques ya más,

                                                                       Que así es la rosa!

 

 

Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura en 1956, nació en Moguer (Huelva) el 23 de diciembre de 1881 y murió en Puerto Rico el 29 de mayo de 1957. En agosto de 1936 Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí salieron de España a la que ya nunca regresaron.   

          Presentar un poema de Juan Ramón Jiménez no deja de ser una osadía por mi parte ya que se trata de uno de los poetas más grandes de nuestra lengua. Y en el caso que nos ocupa doble osadía. Sí, doble atrevimiento porque se trata del poeta por excelencia de la lírica española del siglo XX y, para muchos,  una de las cumbres de la poesía en nuestra lengua; y, de otra parte, el poema que presentamos es uno de los más singulares y poco conocidos escritos por el poeta de Moguer.

         Javier Blasco comienza la introducción de la Antología poética que sobre la obra de Juan Ramón  publicó en Cátedra en 1992 con estas palabras: “Por razones de índole muy diversa, la obra de Juan Ramón Jiménez ha sido tradicionalmente mal leída y peor comprendida”. Antonio Sánchez Barbudo, gran conocedor de la obra del poeta, habló de una poesía de calidad excepcional en las conferencias que dictó en la Fundación Juan March en 1981 sobre la poesía de Juan Ramón y también dejo claro la necesidad de una mejor lectura y un mayor conocimiento de la obra juanramoniana. Es cierto que la obra de Juan Ramón tiene ámbitos, etapas muy significativas y por supuesto distintas y que se trata de un autor cuya obra va adquiriendo una mayor calidad y hondura a medida que el hombre madura y van pasando los años.

         Juan Ramón Jiménez es autor de uno de los mayores poemas escritos en la lengua de Cervantes: Espacio. De este poema ha dicho Octavio Paz, “Espacio es uno de los momentos de la conciencia poética moderna y con ese texto capital culmina y termina la interrogación que el gran cisne hizo a Darío en su juventud.”[1] Pero no es de Espacio de lo que vamos a hablar en esta ocasión. El poema que vamos a presentar en esta página se llama Generalife

         Posiblemente sea Juan Ramón Jiménez el poeta que más utilizo el agua y el jardín como temas o motivos de su poesía. Motivos objetivos y motivos metafóricos para hablarnos del amor y sus soledades.  Así, pues, muchos son los poemas de Juan Ramón que podríamos traer a esta página dedicada a los jardines, pero dada su calidad poética excepcional he decidido traer hasta aquí un poema poco conocido y poco popular. El poema que presento en esta ocasión es un romance que el poeta dedicara a Isabel García Lorca, hermana de Federico, durante una estancia de Juan Ramón y Zenobia en Granada, en julio de 1924, invitados por Federico y su familia.

Generalife vio la luz por primera vez en 1925 en el número 1 de Unidad, uno de los cuadernos y hojas impresas que entre 1925 y 1935 publicó Juan Ramón Jiménez —Unidad, Obra en marcha, Sucesión, Presente y Hojas— y más tarde fue incluido en Olvidos de Granada que vería la luz en Puerto Rico en 1960[2]

Generalife es un poema del agua, por el agua y para el agua, protagonista singular del romance. El agua y el jardín se hermanan, no podía ser menos, en este poema pleno de luces y transparencias. Nadie mejor que el poeta y filólogo Antonio Carvajal para ayudarnos a presentar un poema tan excepcional: “Juan Ramón Jiménez levanta al agua el mayor monumento lírico de nuestra cultura, su romance Generalife…He aquí, sabiamente distribuidas, las rimas básicas del agua: lágrimas, alma, plata. Supe qué es la poesía cuando leí este romance. Conocía el Generalife prácticamente en todos sus estados de estación y de hora: no lo conocía, no lo había oído, olido, percibido en su color y su temperie, tocado en su fertilidad mudable hasta que el verbo juanramoniano me lo encarnó: había estado en aquel ámbito, pero no supe vivirlo al no tener la palabra. ¡Tener la palabra, el nombre exacto y conseguido de los nombres, como pedía y buscó el poeta de Moguer!” [3]

Granada, julio de 1924. A la Izquierda Federico Gracía Lorca, Zenobia, Isabel García Lorca, Emilia Llanos, Juan Ramón y Concha García Lorca (Poesía. nº 13-14 / Madrid, 1981-82)

GENERALIFE

 

                            A Isabel García Lorca, hadilla del Generalife

 

Nadie más. Abierto todo.
Pero ya nadie faltaba.
No eran mujeres, ni niños,
no eran hombres, eran lágrimas
— ¿quién se podía llevar
la inmensidad de sus lágrimas?—
que temblaban, que corrían
arrojándose en el agua.
 
…Hablan las aguas y lloran
bajo las adelfas blancas;
bajo las adelfas rosas,
lloran las aguas y cantan,
por el arrayán en flor,
sobre las aguas opacas.
 
¡Locura de canto y llanto,
de las almas, de las lágrimas!
Entre las cuatro paredes,
Penan, las llamas, las aguas;
las almas hablan y lloran,
las lágrimas olvidadas;
las aguas cantan y lloran,
las emparedadas almas.
 
…¡Por allí la están matando!
¡Por allí se la llevaban!
—Desnuda se la veía.—
¡Corred, corred, que se escapan!
—Y el alma quiere salirse,
mudarse en mano de agua,
acudir a todas partes
con palabra desatada,
hacerse lágrima en pena,
en las aguas, con las almas…—
¡Las escaleras arriba!
¡No, la escalera bajaban!
—¡Qué espantosa confusión
de almas, de aguas, de lágrimas;
qué amontonamiento pálido
de fugas enajenadas!
 
…¿Y cómo saber qué quieren?
¿Dónde besar? ¿Cómo, alma,
almas ni lágrimas ver
temblorosas en el agua?
¡No se pueden separar;
dejadlas huir, dejadlas!—
 
…¿Fueron a oler las magnolias,
a asomarse por las tapias,
a esconderse en el ciprés,
a hablarle a la fuente baja?
 
…¡Silencio, que ya no lloran!
¡Escuchad! Que ya no hablan.
Se ha dormido el agua y sueña
que la desenlagrimaban;
que las almas que tenía,
no lágrimas, eran alas;
dulce niña en su jardín,
mujer con su rosa grana,
niño que miraba el mundo,
hombre con su desposada…
Que cantaba y que reía…
¡Que cantaba y que lloraba,
con rojos de sol poniente
en las lágrimas más altas,
en el más alto llamar,
rodar de alma ensangrentada!
 
¡Caída, tendida, rota
el agua celeste y blanca!
¡Con qué desencajamiento,
sobre el brazo se levanta!
Habla con más fe a sus sueños,
que se le van de las ansias;
parece que se resigna
dándole la mano al alma,
mientras la estrella de entonces,
presencia eterna, la engaña.
 
Pero se vuelve otra vez
del lado de su desgracia;
mete la cara en las manos,
no quiere a nadie ni nada,
y clama para morirse,
y huye sin esperanza.
…Hablan las aguas y lloran,
lloran las almas y cantan.
¡Oh qué desconsolación
de traída y de llevada;
qué llegar al rincón último,
en repetición sonámbula;
qué darse con la cabeza
en las finales murallas!
 
—…En agua el alma se pierde,
y el cuerpo baja sin alma;
sin llanto el cuerpo se va,
que lo deja con el agua,
llorando, hablando, cantando,
con las almas, con las lágrimas
del laberinto de pena,
entre las adelfas blancas,
entre las adelfas rosas
de la tarde parda y plata,
con el arrayán ya negro,
bajo las fuentes cerradas.—

[1] Octavio Paz. El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica. México, 1970[2] Antonio Sánchez Barbudo.- Antología comentada.- Ediciones de la Torre /  Madrid, 1986[3] Antonio Carvajal Milena.-  El agua en verso (Notas para una lectura de poemas)

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2 comentarios

Archivado bajo El Jardín de los poetas

2 Respuestas a “JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: “Generalife”

  1. Rocío

    Cecilio, muchas gracias por este hermoso poema. Es la primera vez que lo leo, es en verdad precioso. Si no te molesta, un día de estos voy a ponerlo en mi blog.

    Una cosa, mira el año de nacimiento en el primer párrafo 🙂

    Y por último, cual es la interrogación que hizo el gran cisne a Rubén?

    Como siempre, es gustazo leerte.

    Un beso.

    • cecibustos

      Hola, Rocío:
      Muchas gracias por tu comentario. Palabras de este color me ayudan a seguir empapándome con el agua menuda y lenta de la poesía más hermosa. Por supuesto que puedes, qué digo puedes, debes colgar de tu blog este poema; seguro que a Juan Ramón le gustará y alegrará.
      Ahora mismo corrijo el año del nacimiento de Juan Ramón, 1881, el mismo de Picasso. Aquel no fue mal año para la lírica.
      El cisne, ay el cisne. No soy un experto en las vidas ni de uno ni de otro. Me consta que fueron buenos amigos y que Juan Ramón se manifestó como admirador de Darío en más de una ocasión. Creo que incluso le llegó a preguntar en una carta algo parecido a esto: “Maestro ¿por qué en el mundo nadie escribe cosas así?” Darío dedicó a Juan Ramón «Los cisnes», poema en cuatro partes (Cantos de vida y esperanza). La primera estrofa de la I parte dice así: “¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello / al paso de los tristes y errantes soñadores? / ¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello, / tiránico a las aguas e impasible a las flores?” En el mismo texto de Octavio Paz (El arco y la lira), unos párrafos más arriba de la cita que incluyo en el texto sobre Juan Ramón presentando «Generalife», el erudito mexicano cita al poeta nicaragüense: «Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, dice Darío, y no hallo sino la palabra que huye… y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.»
      Hay quienes sostienen que el poema Los Cisnes se lo inspiraron a Darío los jardines de Aranjuez.
      Un beso.

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