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El entierro del conde de Orgaz

Cecilio Fernández Bustos

 

¿La luz es de los dioses o la luz es un dios?

Antonio Colinas

 

Hay cuadros que gustan, los hay que impresionan y algunos de esos cuadros nos dejan mareados de entusiasmo y animación. Pero algunos de estos cuadros que nos gustan, impresionan y nos dejan desvanecidos, además de todo esto nos embrujan y se adhieren a nuestros sueños y fantasías pasando a formar parte de nuestra integridad humana, de nuestra respiración, de nuestra gesticulación, de nuestra esencia. Son esos cuadros —también algunos poemas de los que hablaremos en otra ocasión— que nos persiguen por el bosque y nos dejan extenuados ante tanta belleza. Y es que el arte ha sido, es y será siempre la más prodigiosa y mágica de las expresiones humanas. Se trata, pues, de aquello que nos vincula a la cultura y nos hace más humanos, más cercanos a la respiración de la historia de los hombres. Escribir sobre uno de estos cuadros se nos antoja complicado pero necesario para alentar el rescoldo del espíritu. Mi intención no es limitar la nómina de  esos cuadros mágicos y sublimes. No obstante me voy a parar con estas breves reflexiones, fruto tal vez de mi apasionamiento, en tres de ellos. El primero que me deslumbró cuando, todavía niño visité por primera vez el museo de El Prado, fue la Anunciación de Fray Angélico, más tarde descubrí el nacimiento de Venus de Sandro Botticelli y por último, completando este trío fabuloso, me caí del caballo —ya siendo joven— ante el entierro del conde de Orgaz del místico Doménikos Theotokópoulus, el Greco.

Ignoro los ritmos de la mecánica de las emociones y la mayoría de los ritos iniciáticos. Solo sé lo que siento y cómo lo siento, pero no estoy seguro de saber cual sea el proceso que me lleva a esa especie de éxtasis que me acoge cuando contemplo alguna de estas pinturas. Si sé que es la belleza que contemplo mirando al cuadro. Cómo la contemplación del cuadro suscita tan importante corriente emocional —toda ciencia trascendiendo, diría Juan de Yepes—. No sé cómo fluye en los demás este sentir pero sería muy torpe si pensara que el efecto y el afecto se suscitan  solo en mí, en mi contemplar. Yo no he llegado aún a tanto, pero es cierto que contemplando una espléndida obra de arte hay gentes cuya sensibilidad les provoca un brotar de lágrimas y en esas ocasiones perciben manantiales de agua tibia brotando bajo sus pies y es entonces cuando buscas más allá de la mirada y captas el movimiento de las hojas del bosque movidas por la levedad de tu sentir.

La pintura, como la poesía, la narrativa o la dramaturgia establecen caminos y vericuetos por los que se adentran hacia el bosque de la emoción nuestras sensaciones emotivas, aquellas que nos permiten acceder a la consciencia del significado, más allá del significante, aún cuando no lo entendamos, algo parecido a lo que dice Wittgenstein cuando trata de ajustar el significado de la palabra al uso que de ella se hace y que no siempre son coincidentes. Hay también aquí una revelación, un descubrimiento que nos va a permitir seguir pensando, pese a las creencias más recientes, que en el Greco habitaba un mago, más que un científico.

El Greco pintó este cuadro entre 1586-87 —pronto cumplirá 430 años la existencia de tan excepcional sorpresa—. Cuando se habla de un cuadro, de una obra de arte singular y única, es necesario, antes de entrar en el ámbito de la emoción y de la admiración que nos provoca, hacer una breve semblanza de la obra en cuestión. El entierro del Conde de Orgaz es una de las obras más significativas, conocida y admirada de cuantas pinto Doménikos Theotokópoulus. Lo hizo por encargo de Andrés Núñez, párroco de la Iglesia de Santo Tomé de Toledo, lugar donde podemos contemplar esta obra magistral.

El cuadro representa el entierro de don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz, ocurrido en  1323 y es uno de los más importantes y populares de cuantos pintó el Greco. Personaje de la nobleza toledana muy vinculado a la iglesia de santo Tomé de Toledo, pues, aportaba a su servicio cantidades económicas todos los años e incluso hubo un tiempo en que sostuvo la restauración de esta iglesia. Aquí, el señor toledano, tenía reservada su sepultura por lo que a su muerte, en olor de santidad se dijo, y con ocasión de dar sepultura a sus restos, se obró el milagro del descenso de dos santos, san Esteba y san Agustín, que en el cuadro son los dos personajes revestidos que soportan el cadáver al tiempo que lo depositan en su tumba. Y este milagro, que presencian los nobles toledanos sobrecogidos en su profunda devoción, es el motivo principal del cuadro.

Por lo que a mí respecta, al contemplar un cuadro, como al leer un poema que te llega adentro y se queda contigo como tesela que define tu ser, siempre he sentido la necesidad del silencio y la celosía que solo te permite ver sin ser visto; es decir, la ausencia de sentir, todo callado y desierto, sin referencias. Recuerdo una ocasión, bajo la penumbra de la iglesia de santo Tome, la contemplación de el entierro del conde de Orgaz me produjo tan profunda emoción y pasé más de media hora sumido en un sentido arrobo. Todo convino a crear aquel fenómeno personal que acabo de nombrar arrobo. La luz de la iglesia, la composición plástica, el embeleso de los personajes retratados, el milagro de los santos a dar tierra a don Gonzalo, la pantalla formada por los nobles toledanos y el conjunto formado por el milagro transido de un realismo eficaz y por ello convincente. Y por último, el espectáculo de la gloria celestial sobre sus cabezas soportando el embrujo manierista. Entre el autor del cuadro y los que lo contemplamos y gozamos existe un puente que estrecha sus manos y así el autor retorna con su vida, su obra, sus amores. No, no está definitivamente ausente. La sola contemplación de este cuadro, amigos míos, justifica un viaje a Toledo, para tenderle una mano al greco y comentar con él cosas de la vida, y también, ¡claro está! de la muerte.

El entierro del conde de Orgaz. El Greco (pintado en 1586-87) Iglesia de Santo Tomé, Toledo [fotografía tomada de Wikipedia]

El entierro del conde de Orgaz. El Greco (pintado en 1586-87) Iglesia de Santo Tomé, Toledo [fotografía tomada de Wikipedia]

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Antonio Machado. 76 aniversario de su muerte

Cecilio Fernández Bustos

 

Queridos amigos, ¿sentís una leve vibración en vuestros corazones? Pues claro que sí la habéis sentido. Y aún ahora, ya entrada la noche, ese estremecimiento aún perdura en vosotros como en mí. Pues de eso se trata, hoy se cumplen 76 años de la muerte en Collioure de Don Antonio Machado.

En su memoria, amigos míos, os invito a leer uno de sus poemas.

 

 CANTE HONDO 

Yo meditaba absorto, devanando
los hilos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,
el plañir de una copia soñolienta,
quebrada por los trémolos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.

… Y era el Amor, como una roja llama…
—Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro
que se trocaba en surtidor de estrellas—.

… Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética.
—Tal cuando yo era niño la soñaba—.

Y en la guitarra, resonante y trémula,
la brusca mano, al golpear, fingía
el reposar de un ataúd en tierra.

Y era un plañido solitario el soplo
que el polvo barre y la ceniza avienta.

Antonio Machado

 

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Luis Cernuda. Sevilla, 21 de septiembre de 1902 / México, 5 de noviembre de 1963

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Luis Cernuda, poeta de la Generación del 27, nos dejó una de las obras poéticas más importantes del siglo XX. Su exilio y su pudor lo han dejado en el lugar que da nombre a uno de sus más brillantes poemarios Donde habite el olvido (1932-1933), por ello, al cumplirse el 50 aniversario de su fallecimiento, fuera de España y en el más absoluto de los olvidos de los no expertos, he sentido la tentación de traer su memoria a este blog que tanto interés muestra por la poesía y los poetas. Creo además, que más allá de todo sentimentalismo, la obra de Cernuda es tan singular y dice tantas cosas que no podemos renunciar a la hermosura de leerlo pues, como dijo él, «Todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa».

         Su paisano, el Premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre, escribió de él un retrato, del poeta y del hombre joven. Me ha parecido indicado para este breve y sencillo homenaje en el 50 aniversario de la muerte del poeta sevillano Luis Cernuda, recordarle según le conoció su paisano en aquel primer encuentro en Velintonia, 3, en el otoño de 1928. También en otoño para nosotros y en primavera para él, en la ciudad de México, nos dejaría para siempre el 5 de noviembre de 1963. Murió, como moriremos todos, pero él, poeta inimitable, nos dejó una obra emblemática, plena de hondura y belleza, que debemos recordar y gozar ahora que aún estamos vivos y nuestros ojos pueden dar fe de aquello que dejó dicho en un bellísimo poema: «La mirada es quien crea, / Por el amor. el mundo, / Y el amor quien percibe, / Dentro del hombre oscuro, el ser divino, / Criatura de luz entonces viva / En los ojos que ven y que comprenden».    

         Leer a Luis Cernuda hoy nos abre el campo de nuestras personales emociones ante el horizonte de volver a enfrentar, no desde supuestos románticos, realidad y deseo. Ha crecido el mundo, hemos crecido nosotros, más, los problemas y las ingratitudes de la vida vuelven a mostrar las taras de las gentes de este enorme patio de vecindad, donde todos nos conocemos. Es el momento de leer al poeta sevillano. La mejor forma de conocer la obra de Cernuda es haciéndose con un ejemplar de La realidad y el deseo (1924-1962)[1]

 

 

Luis Cernuda deja Sevilla[2]

I

A luis Cernuda le conocí en Madrid. Estaba yo ordenando unos libros, en una habitación donde los había dispersos por algunos estantes, cuando oí la voz que me lo anunciaba: “Luis Cernuda”. Volví la cabeza y allí estaba: silencioso, enlutado, fino. Octubre de 1928. Yo sabía de Luis Cernuda que era el autor de un libro de poesía aparecido el año anterior: Perfil del aire. Que era de Sevilla y vivía allí, en una callecita de la ciudad exhalada. Sutil y densísimo, ese primer volumen de poemas estaba ahí, en esa tabla, al lado justo de la figura que en ese momento daba unos pasos. Nos sentamos y empezamos a hablar. Tenía el pelo negro, de un negro definitivo, partido en raya, con hebra suelta y lisa sobre la cabeza. La tez, pálida; escueta la cara, con el pómulo insinuado bajo la piel andaluza. Dominaban allí unos ojos oscuros y un poco retrasados, tan pronto fijos, tan pronto vagos y renunciadores. Le vi con ellos recorrer las cosas, como si las estuviese viendo pasar en una corriente, mientras oía su voz, con dejo sevillano serio, modular unas breves palabras amistosas. Habíamos nacido los dos en Sevilla; pero Sevilla para mí fue el relámpago de mi nacimiento. Para él era su niñez y su juventud. Acababa de perder a su madre y abandonaba su ciudad natal, este sevillano recóndito, para pasar por Madrid, cruzar la frontera y aposentarse en Toulouse, donde sería por un año lector de español en su Universidad. Era la hora última del atardecer, y la ventana daba a Poniente. Al fondo, la azulada masa de la Sierra, casi vaporosa bajo un cielo de luces increíbles. Delante, las largas tierras de la Moncloa, apenas movidas, llanas, todavía precisas hasta el confín. Como dos poetas jóvenes que se ven por vez primera, hablábamos de poesía, de libros, de poetas…

Acabada la breve charla, Luis Cernuda se puso de pie y dio un paso. Apoyado en la biblioteca, con su mano delgada estaba repasando las primeras hojas de un libro. Pero apenas lo miraba. Se detuvo, y con su pluma trazó una dedicatoria: una caligrafía esbelta, de letras separadas, como una suma de rasgos verticales, en pie, que se consagrasen. . Firmó. Levantó los ojos con lejanía y afecto. Vestido de negro, bajo de color el rostro, fina la figura, anduvo casi sin pesar, como si al marchar recogiese todo lo suyo para que debidamente no molestase. La puerta estaba abierta y un último gesto amistoso en el umbral, dejó ver un momento, allá, una tierra ancha, con sol, bajo un cielo retirado. “Hasta el regreso”. Y despacio, quedamente, sin ruido, se cerró la puerta.

 

Sevilla, desde el campanario de la Giralda (CFB, 1994)

Sevilla, desde el campanario de la Giralda (CFB, 1994)

Para ti, que lees este blog, la I parte del poema que inicia el poemario Vivir sin estar viviendo (1944-1949).

 

CUATRO POEMAS A UNA SOMBRA 

I

La ventana

Recuerda la ventana

Sobre el jardín nocturno,

Casi conventual; aquel sonido humano,

Oscuro de las hojas, cuando el tiempo,

Lleno de la presencia y la figura amada,

Sobre la eternidad un ala inmóvil,

Hace ya de su vida

Centro cordial del mundo,

De ti puesto en olvido,

Enajenado entre las cosas.

 

Todo esplendor, misterio

Primaveral, el cielo luce

Como agua que en la noche orea;

Y al contemplarle, sientes

Pena de abandonar esta ventana,

Para ceder en sueño tanta vida,

Al reposo definitivo

Anticipado el cuerpo,

Cuando por el amor tu espíritu rescata

La realidad profunda.

 

Sin esperarle, contra el tiempo,

Nuevamente ha venido,

Rompiendo el sueño largo

Por cuyo despertar te aparecía

La muerte sólo; y trae

El sentido consigo, la pasión, la conciencia,

Como recién creados admirables,

En su pureza y su vigor primeros,

Que estando ya, no estaban,

Pues entre estar y estar hay diferencia.

 

Su voluntad, maestra de la tuya,

Delicia y miedo inspira,

Penetrando en la sangre, como música

Inmaterial dominadora,

Y al poder te somete de unos ojos,

Donde amanece el alma

Allá en su fondo azul, tranquilo y frío,

Hacia la luz alzados,

Unida a ellos, y unido tú con ellos

Por vida y muerte quieres contemplarlos.

 

El amor nace en los ojos,

A donde tú, perdidamente,

Tiemblas de hallarle aún desconocido,

Sonriente, exigiendo;

La mirada es quien crea,

Por el amor, el mundo,

Y el amor quien percibe,

Dentro del hombre oscuro, el ser divino,

Criatura de luz entonces viva

En los ojos que ven y que comprenden.

 

Miras la noche a la ventana, y piensas

Cuán bello es este día de tu vida,

Por el encanto mudo

Del cual ella recibe

Su valor; en los cuerpos,

Con soledad heridos,

Las almas sosegando,

Que a una y otra cifra, dos mitades

Tributarías del odio,

A la unidad las restituye.

 

Un astro fijo iluminando el tiempo,

Aunque su luz al tiempo desconoce,

Es hoy tu amor, que quiere

Exaltar un destino

A donde se conciertan fuerza y gracia;

Fijar una existencia

Con tregua eterna y breve, tal la rosa;

El dios y el hombre unirlos:

En obras de la tierra lo divino olvidado,

Lo terreno probado en el fuego celeste.

 

Como la copa llena,

Cuando sin apurarla es derramada

Con un gesto segura de la mano,

Tu fe despierta y tu fervor despierto,

Enamorado irías a la muerte,

Cayendo así, ¿ello es muerte o caída?

Mientras contemplas, ya a la aurora,

El azul puro y hondo de esos ojos,

Porque siempre la noche

Con tu amor se ilumine.


[1] Hay muchas ediciones y algunas muy recientes.

[2] Vicente Aleixandre. Luis Cernuda deja Sevilla. Los encuentros (1954-1958). Obras Completas Volumen II. Aguilar / Madrid, 1978 (En artículo que reproducimos de tiene dos partes. Solo hemos reproducido la primera)

Sevilla. Torre del Oro, Cuadalquivir y Chillida desde el Puente Triana (CFB, 1994)

Sevilla. Torre del Oro, Cuadalquivir y Chillida desde el Puente Triana (CFB, 1994)

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Es otoño, en el recuerdo Pablo Neruda

Cecilio Fernández Bustos

 

Sabéis estar, y me arrepiento ahora
de no buscar entonces, cuando pude,
vuestra hermosa manera de vivir.
Francisco Brines
 

 

 

Pablo Neruda es uno de los poetas más universales de cuantos han utilizado la lengua de Cervantes para cantarle al amor, a la vida y a la naturaleza. Uno de sus libros más famosos, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, lo escribió con menos de veinte años y se publicó en 1924 cuando el poeta acababa de cumplir o estaba a punto de cumplir los 20 años. Mas no por ello, como le sucediera al precoz Rimbaud, su libro dejó de tener encanto y gancho para ser cantado por multitudes. ¡Cuántos no hemos musitado alguno de esos poemas al oído de una mujer mientras todo nuestro ser temblaba de afecto o de deseo!. Con qué fervor habremos dicho infinidad de veces aquellos versos: «Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, / te pareces al mundo en tu actitud de entrega. / Mi cuerpo de labriego salvaje te socava / y hace saltar al hijo del fondo de la tierra».

         Pablo Neruda, nacido Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto en Parral, Chile, el 12 de julio de 1904 y murió en Santiago el 23 de septiembre de 1973. La muerte le sobrevino solo unos pocos días después del golpe de estado que acabó con la vida de Salvador Allende y de la democracia en Chile. En 1971 recibió el Nobel de Literatura lo que acabó de consagrarle como uno de los escritores más grandes y celebrados del siglo XX. Su padre fue un obrero ferroviario y su madre maestra de escuela, cuya vida se acabó, fruto de la tuberculosis, cuando Neruda tenía solamente 1 año de edad. Sus primeros textos literarios, colaboraciones en periódicos o revistas, se remontan al año 1917 y su primer libro de poemas, Crepusculario, lo publica por primera vez en 1923, cuando solo tiene 19 años —Neruda dató la creación de estos poemas en 1919, aunque hay críticos que consideran que el libro se escribió entre 1920 y 1923, año de su publicación. En cualquier caso, 1919 o 1920, supone que el poeta ya escribía versos sublimes a los 15 o 16 años— 

         Pablo Neruda empieza a utilizar este seudónimo con el que firmará toda su obra y vida a partir de 1921, cuando solo tiene 16 años. Con este nombre será conocido el poeta y el hombre de acción comprometido que sin renunciar a su naturaleza chilena será hombre del mundo, asumiendo un destacado compromiso político tras su afiliación al Partido Comunista Chileno y participando como senador electo en la política de su país. A causa de su militancia comunista hubo de exiliarse de su país. Su residencia cambio frecuentemente desde muy joven, Buenos Aires, Barcelona, Madrid —trabaja en la Embajada de Chile—. Más tarde y después Italia, Francia, Unión Soviética, China y un largo etcétera. Trabaja ampliamente por la paz mundial, lo que le vale, en 1951, el Premio Internacional de la Paz, que le es otorgado al mismo tiempo que a Pablo Picasso. Todo su quehacer social, ético y poético forman parte de la esencia integral de Pablo Neruda, nada se disperso, todo forma parte del mismo ser. Ya en España, especialmente en Madrid, conecta con los poetas más destacados de la renovación poética. García Lorca, Alberti, Miguel Hernández forman parte del núcleo de sus amigos más entrañables.

         Traemos hoy un poema de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. El poemario es el libro de un adolescente que canta al amor. No es nuestra intención entrar aquí en el debate de si es la experiencia o el sueño del deseo lo que entrega al poeta la voz para poder crear unos versos tan simples y al mismo tiempo tan profundos y cargados de significado que hacen estremecerse a los lectores: «Te recuerdo como eras en el último otoño. / Eras la boina gris y el corazón en calma». El otoño tiene para el poeta un significado de rememoración y recuerda la imagen significada por «la boina gris» y la intimidad, el alma del recuerdo, por «el corazón en calma». Cómo tejió el poeta la urdimbre de un poema que, pese a su juventud, va a servir a multitud de generaciones de adolescentes y no tan adolescentes a vivir uncidos al amor por los versos del poeta que también conserva —recrea o crea— el abrazo amoroso, «Apegada a mis brazos como una enredadera». Y es en la tercera estrofa del poema donde el poeta nos canta, nos dice con su voz como un susurro —voz de pájaro que es trino musical—, lo que hubo y lo que queda y vuelve, la «boina gris», enhebrada ahora en esa «voz de pájaro» que deposita el «corazón en casa».

         ¡Ay, Dios!, seguro que el poeta no sabía esto cuando adolescente escribió el poema y es que a todos los que ya hemos vivido, más allá de la luz, del humo y del estanque en calma, gozamos con la visión de las «Hojas secas de otoño girando en nuestras almas». Tal vez sea solo esto lo que nos ha tocado levemente la piel del alma para traer en este otoño la voz de Pablo Neruda al «corazón de casa».

 

Poema 6

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

 

La Mariblanca. Aranjuez (fotografía CFB)

La Mariblanca. Aranjuez (fotografía CFB)

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En la muerte de Stéphane Hessel

Cecilio Fernández Bustos

Es cierto, las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo, demasiado complejo. ¿Quién manda?, ¿quién decide? No siempre es fácil distinguir entre todas las corrientes que nos gobiernan. Ya no se trata de una pequeña élite cuyas artimañas comprendemos perfectamente. Es un mundo vasto, y nos damos cuenta de que es interdependiente.  Vivimos en una interconectividad como no ha existido jamás. Pero en este mundo hay cosas insoportables. Para verlo, debemos observar bien, buscar. Yo les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontrareis. La peor actitud es la indiferencia, decir «paso de todo, ya me las apaño». Si os comportáis así, perdéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre. Uno de los componentes indispensable: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue.
Stéphane Hessel

 

Las Administraciones públicas no son empresas privadas. Son de todos y para servir, dije bien servir a todos. Nadie debería someter los objetivos ni su organización a los principios de la propiedad privada. Tampoco es una empresa cuyo objeto principal sea el de generar riqueza para retribuir al capital y a los accionistas. Las Administraciones son el principal instrumento de que disponen las sociedades democráticas para generar todos los servicios que, todos los ciudadanos precisan y cuyo coste deberá ser financiado por todos en función de lo que la sociedad nos gratifica en cada caso. Así, han de pagar más los que más tienen, pero los servicios deben ser universales e iguales. El que pueda y quiera podrá operarse una cardiopatía en los Estados Unidos, pero todos los que precisen de una intervención quirúrgica, tendrán respuesta, al máximo nivel del tiempo histórico en que viven, en su país de residencia. El que quiera y pueda costeárselo estudiará en cualquier universidad del mundo, pero todos los ciudadanos, sin excepción, dispondrán de educación a todos los niveles en su país de residencia. El que pueda y quiera, podrá costearse en privado todos aquellos servicios que le sean precisos para atender a sus problemas de dependencia, pero todos los ciudadanos dependientes deberán tener garantizados aquellos servicios mínimos que les permitan vivir con dignidad. Además de lo ya dicho, las Administraciones públicas han de ser garantes de que la justicia nos acoja y proteja por igual a todos los ciudadanos. También, ¡quién lo duda!, como dice la Constitución  Española,  promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo que a nadie le falte techo para vivir.  

Garantizar estos y otros derechos es la más alta dignidad de los objetivos que han de cumplir las Administraciones públicas.

 

El Universo. Técnica mixta. C. Fernández Gil

El Universo. Técnica mixta. C. Fernández Gil

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William Faulkner. En el 50 aniversario de su muerte

Cecilio Fernández Bustos

 

                                           Yo solo soy un agricultor al que le gusta contar historias.
                                            William Faulkner                          

 

William Faulkner nació en New Albany (Mississippi) el 25 de septiembre de 1897 y murió Byhalia el 6 de julio de 1962.

         Como la mayoría de sus personajes, escribió José María Valverde, Faulkner “procedía del «Sur profundo» de Estados Unidos y había nacido en el seno de una familia antaño importante pero venida a menos desde la guerra de Secesión.”  Faulkner ha sido uno de las autores más influyentes en la literatura del siglo XX, tanto en la de sus paisanos de América del norte, como en la del sur. “Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina. Los mejores escritores lo leyeron y, como Carlos Fuentes y Juan Rulfo, Cortázar y Carpentier, Sábato y Roa Bastos, García Márquez y Onetti, supieron sacar partido de sus enseñanzas, así como el propio Faulkner aprovechó la maestría y técnica de James Joyce y las sutilezas de Henry James entre otros para construir su espléndida saga narrativa.”

         Tras la publicación de varias obras que llegaran todas, pasando el tiempo, a ser consideradas obras importantes, será a partir de 1932, con la publicación de Luz de agosto, que su obra empezará a ser reconocida. Y no será hasta 1949, con la concesión del Premio Nobel, que Faulkner alcanzará el reconocimiento universal y en su país, Estados Unidos, dejaran de negarle el merecido reconocimiento.

         William Faulkner publico en torno a veinte novelas y numerosos relatos. Como poeta publicó varias colecciones de poemas. También colaboró con el cine. Además del Premio Nobel, recibió en dos ocasiones el Premio Pulitzer —Una fábula y Los rateros— Al conmemorarse hoy el 50 aniversario de su muerte, queremos recordarle reproduciendo uno de los textos que uno de sus más rendidos admiradores y seguidores, Juan Carlos Onetti, escribió el día de su muerte.

 

William Faulkner 

Estuvo toda su vida inmerso como nadie en la literatura, aún desde los años en que ni siquiera soñaba escribir.

      Pero el Buen Dios quiso preservarlo de uno de los aspectos más desagradables que puede ofrecer la personalidad de un hombre: nunca fue un intelectual, nunca se preocupó de la política de las letras.

      Obtenía en la noche y la soledad, sólo para sí mismo, sus triunfos y sus fracasos. Sabía que lo que llamamos éxito no pasa de una vanidad amañada: amigos, críticos, editores, modas.

      Su amor —casi incomparable con el siglo— por abandonarse a sí mismo, a sus frecuentes caos, a sus frases de cientos de palabras, reflejaba dos cosas de valor indudable y equivalente: respeto por la vida, por los seres que la pueblan y la hacen.

      Y, en estos tiempos de «rodeos», parece prudente un recuerdo. Descendiendo del reciente difunto inmortal a este humilde necrólogo ha pedido, reiteraremos que no fue hombre de academias, de discursos patrióticos, de asociaciones literarias. Y, si se le hubiera permitido escribir sobre su muerte, no habría aportado ni una gota a los chaparrones de cursilería que julio promete sobre el tema y cumplirá, sin duda alguna. Rodeándonos, claro, presumimos.

                                                                                        Julio de 1962

                                                                                        Juan Carlos Onetti

(De Obras completas III / Galaxia de Gutenberg-Círculo de Lectores)

 

Una magnolia de Aranjuez para William Faulkner (CFB / julio, 2012)

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En la muerte de Tomas Segovia

Cecilio Fernández Bustos

 

La prosa aspira idealmente a presentar directamente los significados, mediante un lenguaje transparente que no se haga patente en su materialidad; por eso la longitud de las palabras, sus acentos, sus rimas, sus coincidencias fonéticas le son teóricamente indiferentes. La poesía en cambio aprovecha todo ese espesor de materialidad no significante que hay en las palabras, toda su contingencia muda, aunque sonora, para hacer pasar por ella alguna corriente que le es propia.

Tomás Segovia                              

 

 

Tomás Segovia nació en Valencia en 1927 y ha muerto en México el pasado día 7 de noviembre. Conocí la poesía del poeta de las dos orillas en los años sesenta del siglo pasado y al poeta, en persona, tuve el privilegio de estrechar su mano en octubre de 2007. El poeta acudió a Aranjuez respondiendo a la invitación que le había cursado para participar en el Aula de Poesía José Luis Sampedro, en aquellas fechas bajo mi dirección. Tomás acudió a la cita acompañado de María Luisa, su encantadora esposa, a quien desde aquí saludo en su dolor.

         Tomás, ya lo hemos dicho, nació en Valencia y, como tantos otros españoles se vio, junto a sus padres, desplazado de España. Anduvo por otras tierras. «Su padre, médico de reconocido prestigio, se exilio con su familia al final de la guerra civil. Primero Francia, después Marruecos y, por fin, México. Nuestro poeta, que “…fui hijo de exiliado, que no es lo mismo que ser un exiliado…”, él lo ha dicho en alguna ocasión,  se adaptó a la nueva vida que le ofrecieron sus progenitores. Y, ¡cómo no!, se aferró a esa nueva situación y (si bien sus estudios habían comenzado en El Liceo Francés de Madrid) siguió creciendo en las aulas y en las calles del país de acogida. Y en México nació, no sólo para la poesía, como dijera Octavio Paz, también para la docencia y la sabiduría; en definitiva para la vida.»[1] 

         Gran escritor comprometido con la vida, con la historia y la palabra. No es extraño que haya tenido la tentación de recordarle tras su muerte, porque considero importante que las generaciones de hoy y mañana seamos conscientes del legado de su obra. En los últimos tiempos, siempre agarrado a la esteva del trabajo, publicaba un blog (http://www.tomassegovia2.blogspot.com/) en el que daba cuenta de sus actividades intelectuales y en el que nos regalaba con nuevos poemas y textos comprometidos con los problemas sociales y culturales a uno y otro lado de los mares. En uno de los últimos correos que recibí de él, fechado el 6 de octubre pasado, un mes antes su fallecimiento,  Tomás, invitaba a sus amigos a participar en los actos del Encuentro de Poetas del Mundo Latino en México, en el que él iba a ser homenajeado —Están todos invitados, aunque sea in mente – Tomás—.

         El poeta de las dos orillas ha vivido hasta el último minuto de su vida abrazado a los dos mundos, España y Latinoamérica. Y ha sido en su otra patria, México, donde ha muerto.

         «Tomás Segovia es autor de una obra prolífica. Ensayista… traductor… narrador… dramaturgo… Ha impartido cursos de Literatura, Lingüística, Teoría Literaria, Traducción, etc. Como poeta ha publicado más de 25 poemarios y sus poemas aparecen en las más reputadas antologías de poetas mexicanos e iberoamericanos. Fue el mismo Octavio Paz el que le definió como el poeta de la ‘transparencia aterradora’… Y es que, más allá de toda paradoja, los poemas de Tomás Segovia no sólo son transparentes, son, como dice Carlos Piera en la introducción de En los ojos del día (excepcional antología poética de la obra de T. S. editada por Galaxia de Gutenberg y El Círculo de Lectores en 2003) “…claros, inteligentes y lúcidos, y un oído educado percibe en ellos que el autor es maestro del oficio, porque se lo ha tomado con toda la seriedad del que lo entiende como un oficio artesano…” De este modo, el fluir temporal de una poesía que nuestro poeta empezó a publicar, casi un niño, en 1945, se ha ido labrando ese rastro, polvo o ceniza diría María Zambrano, de acopio de belleza y decir genésico en una obra poética que es, antes que otra cosa, una ofrenda de encuentro con la vida, que es tiempo y memoria, que nos ofrece el poeta.»[2]

 

Tomás Segovia. Aula de Poesía José Luis Sampedro de Aranjuez (octubre de 2007)

 

         Tomás Segovia, siempre generoso, puso su obra a disposición de todos y sus inéditos han aparecido en el Blog de Tomás con la emoción del que se sabe correspondido. En su memoria traigo aquí dos poemas, uno de ayer y otro de hace…, digamos unos días. El primero me deslumbró cuando lo leí por primera vez hace más de cuarenta años; el otro, solo tiene cuatro años en mi memoria.

 

 

DÍME MUJER DÓNDE ESCONDES…

Dime mujer dónde escondes tu misterio
mujer agua pesada volumen transparente
más secreta cuanto más te desnudas
cuál es la fuerza de tu esplendor inerme
tu deslumbrante armadura de belleza
dime no puedo ya con tantas armas
mujer sentada acostada abandonada
enséñame el reposo el sueño y el olvido
enséñame la lentitud del tiempo
mujer tú que convives con tu ominosa carne
como junto a un animal bueno y tranquilo
mujer desnuda frente al hombre armado
quita de mi cabeza este casco de ira
cálmame cúrame tiéndeme sobre la fresca tierra
quítame este ropaje de fiebre que me asfixia
húndeme debilítame envenena mi perezosa sangre
mujer roca de la tribu desbandada
descíñeme estas mallas y cinturones de rigidez y miedo
con que me aterro y te aterro y nos separa
mujer oscura y húmeda pantano edénico
quiero tu ancha olorosa robusta sabiduría
quiero volver a la tierra y sus zumos nutricios
que corren por tu vientre y tus pechos y que riegan tu carne
quiero recuperar el peso y la rotundidad
quiero que me humedezcas me ablandes me afemines
para entender la feminidad la blandura húmeda del mundo
quiero apoyada la cabeza en tu regazo materno
traicionar al acerado ejército de los hombres
mujer cómplice única terrible hermana
dame la mano volvamos a inventar el mundo los dos solos
quiero no apartar nunca de ti los ojos
mujer estatua hecha de frutas paloma crecida
déjame siempre ver tu misteriosa presencia
tu mirada de ala y de seda y de lago negro
tu cuerpo tenebroso y radiante plasmado de una vez sin titubeos
tu cuerpo infinitamente más tuyo que para mí el mío
y que entregas de una vez sin titubeos sin guardar nada
tu cuerpo pleno y uno todo iluminado de generosidad
mujer mendiga pródiga puerto del loco Ulises
no me dejes olvidar nunca tu voz de ave memoriosa
tu palabra imantada que en tu interior pronuncias siempre desnuda
tu palabra certera de fulgurante ignorancia
la salvaje pureza de tu amor insensato
desvariado sin freno brutalizado enviciado
el gemido limpísimo de la ternura
la pensativa mirada de la prostitución
la clara verdad cruda
del amor que sorbe y devora y se alimenta
el invisible zarpazo de la adivinación
la aceptación la comprensión la sabiduría sin caminos
la esponjosa maternidad terreno de raíces
mujer casa del doloroso vagabundo
dame a morder la fruta de la vida
la firme fruta de luz de tu cuerpo habitado
déjame recostar mi frente aciaga
en tu grave regazo de paraíso boscoso
desnúdame apacíguame cúrame de esta culpa ácida
de no ser siempre armado sino sólo yo mismo.
                                      (De Revista Mexicana de Literatura. México, 1962  

 

 PAVANA

 
Tendré que preguntarme poco a poco
Sin saltarme ninguno de los pasos
De esa lenta pregunta
Si queda un heredero de aquel que fui algún día
El rendido dichoso
Dejado siempre de la mano
De todas las victorias y su macabro esfuerzo
El invisible príncipe del cofre del secreto
El rey iluminado del nunca tener nada
A quien bastaba palpitantemente
El gran amor arrebatado
De poderosa envergadura
Del cual nada era suyo
Salvo la dignidad fervientemente.
                            (De  Llegar. Valencia, 2001)

[1] Cecilio Fernández Bustos.- Aula de Poesía (XI). Tomás Segovia. Blog Unas palabras dichas

[2] Cecilio Fernández Bustos.- Aula de Poesía (XI). Tomás Segovia. Blog Unas palabras dichas

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