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José Ángel Valente: El jardín lugar de diálogo apacible

 

Cecilio Fernández Bustos

El jardín no es un lugar de soledad, sino lugar de un dialogo apacible generado en estancia de soledad.

                                                                                     José Ángel Valente

 

José Ángel Valente nació en Orense el 25 de abril de 1929 y murió en Ginebra (Suiza) el 18 de julio de 2000. Profesor, ensayista y poeta  realizó estudios de Derecho en Santiago de Compostela, pero fue en Madrid, en 1954, donde se licencio en Filología Románica. Fue profesor de lengua y literatura española en la Universidad de Oxford.

         Trabajó como profesor y funcionario de la ONU en Ginebra, a donde se trasladó en 1958 y donde estableció su residencia habitual. Ha vivido también en París (1982/1985) donde ejerció de director del servicio español de traducción de la UNESCO. Desde 1986 alternó su residencia entre Almería, Ginebra y París.

         Su obra literaria tiene en la poesía su máxima representación o, dicho con palabras de Andrés Sánchez Robayna, «…el espacio que esa obra crea o ha de crear a su alrededor y que constituye su ámbito natural de formación y de existencia.» Empezó a publicar poemas cuando aún era estudiante pero fue la concesión del Premio Adonais de Poesía, en 1954, por su libro A modo de esperanza, lo que le sirvió para darse a conocer en el mundo de la literatura. Además del ya citado Premio Adonais, José Ángel Valente obtuvo los siguientes: Premio de la Crítica en 1961 y 1980; Príncipe de Asturias, 1988; Premio Nacional de Poesía en 1993 y 2001; Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1998.

          El jardín nos hace una llamada, que no siempre esperamos, que se resuelve en los recuerdos de aquellos por los que hemos paseado, solos o en compañía. Por qué no, José Ángel Valente también ha debido respirar, en París o en Aranjuez, el aire, la luz, el sonido y los aromas de los jardines. El poeta se apoya en una cita de Eliot —«Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido, / y acercarse al sentido restaura la experiencia.»[1]—, para decirnos que: «El poema conlleva la restauración plenaria o múltiple de la experiencia en un acto de rememoración o de memoria, en el que los tiempos divididos se subsumen, pues toda experiencia así rememorada en su sentido, proyectada de una o muchas vidas, vuelve a urdir en potencia toda la trama de lo memorable desde su origen.»[2]

         Y es posible que en su caminar por los jardines se haya adentrado “más adentro en la espesura”, al estilo de Juan de Yepes y conocido al ser y su materia sumido en el recuerdo de su imagen. De ahí estos poemas que penemos aquí, en este blog, para gozar con su lectura.

 

Jardín de la Isla.- Aranjuez (CFB / 2012)

 

Los muslos de la mujer eran largos y húmedos. El fino vello brillaba    dorado al sol. Interminables profundidad sin fondo de la piel. Cuando reía, parecía su risa estremecerle el sexo y desatar       bandadas por el aire de indeclinables pájaros. Brotaba allí, me dije,    como otras tantas cosas de la naturaleza.
                                             
            (Jardín botánico)
                                                           De No amanece el cantor, 1992
 
Quisiera haber estado en los lugares en donde tú estuviste, en todos        los lugares donde hay acaso aún o sobrevive un fragmento de ti o de tu mirada. ¿Sería este vacío tuyo lacerante lo que hace de pronto        un espacio lugar? ¿Lugar, tu ausencia?
                                               De No amanece el cantor, 1992
                                              
 
Y la fidelidad que se deslíe
en los oscuros senos de la tarde
y el corazón de agua que naufraga
en el papel ceniza del estanque
y el llanto tenue y sus pequeños hilos
de niebla hilada por arañas frágiles
y el último peldaño
y el pie que en él en mano se convierte
y nos saluda cereal, nos lleva,
y vámonos, nos dice, aún y aún,
y vamos
hacia los oros de la sombra antigua.
 
                                              (Jardines)
                            De Al Dios del lugar, 1989

 

 

Puesta de sol en otoño. Jardín de la Isla, Aranjuez (CFB / 2011)

 


[1] T. S. Eliot.- Cuatro cuartetos

[2] José Ángel Valente.- Las palabras de la tribu. La hermenéutica y la cortedad del decir. Siglo XXI / Madrid, 1971

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Celia Viñas. Los navíos se suben a las torres

Cecilio Fernández Bustos

 

                                               Más duro que la muerte es el olvido.

                                                                                              Emilio Lledó

Si en el mundo existe alguien capaz de hacerlo todo con un absoluto fervor poético, de entregarse hasta la exhaustación a una obra de arte, a una empresa de cultura, de divulgación literaria o defensa de los valores eternos se llama Celia Viñas. Criatura irradiante, comunicativa, es autora de una poesía en verso y en prosa, llena de sensibilidad.

 Carmen Conde

Pintaba un mapa mi niño,

¡qué color azul de mar!,

¡qué verde tierno en los valles!,

¡qué montes color de pan! 

                                            Celia Viñas 

 

 

Celia Viñas Olivella nació en Lérida en 1915 y falleció en Almería en 1954. Vivió en Mallorca durante su infancia y juventud, pues, su familia se trasladó a la isla buscando un mejor clima para la salud de la madre. Inicia sus estudios de Filosofía y Letras en Barcelona y tras los avatares de la guerra civil, consigue licenciarse en 1941. Becaria en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Madrid, aprovechó su estancia en la capital de España para preparar oposiciones a catedrática de Institutos de Enseñanzas Medias. Tras las pruebas obtuvo una calificación excepcional y una plaza para ejercer la docencia en Almería. «Siendo catedrática de instituto cursó la carrera de magisterio, puesto que su verdadera vocación era la enseñanza, de hecho comentó en alguna ocasión que habría deseado ser maestra de párvulos.»[1]

         Trabajó con suma dedicación y exquisita bondad en la educación de sus alumnos. Fue, pues, educadora, maestra y no mera enseñante. La década de los 40 no era una época luminosa y estaba, eso sí, habitada por algunos poetas que no hurtaron su voz. Celia Viñas se ocupó en la creación una poesía de calidad,  humana y de perfección técnica, nada arrogante y vinculada al neoclasicismo y al romanticismo aún latente en algunos poetas. Dada su vinculación al mundo de los niños, a los que adoraba, sus primeros libros pueden tener esa nota infantil y populista, pero a partir de Canto su voz adquiere unas tonalidades más profundas y vinculadas con el ámbito existencial: el Mediterráneo, Almería, la promoción cultural y un intimismo donde la espiritualidad adquiere un profundo significado.

         Su labor no se limitó a la educación y a la poesía, no sin dificultades ejerció, en tiempos tan difíciles para la lírica, de animadora cultural. Participó y organizó actividades dramáticas. Impartió conferencias, organizó y dirigió programas radiofónicos de divulgación cultural y gracias a su esfuerzo, tuvo lugar el famoso Congreso Indiano en Pechina en 1947, en el que participaron numerosos intelectuales almerienses. Alguien ha escrito que Almería y sus gentes le robaron el corazón.

         Poetisa y narradora, escribió indistintamente en catalán y en castellano. Publicó novela, poesía y excelentes cuentos infantiles e incluso teatro— Plaza de la Virgen del Mar, comedia almeriense estrenada en el teatro Apolo de Almería, publicada en Almería en 1974— Sus principales libros de poesía publicados (aún hay alguno inédito) son: Trigo en el corazón (1946), Canción tonta en el sur (1948),  El amor de trapo (1949) Palabras sin voz (Alicante, 1953), Del foc y la cendra (Palma de Mallorca, 1953), Como el ciervo corre (Almería, 1955), Canto (Madrid, 1964),  Antología poética (Madrid, 1976)  Poesía última (Almería, 1979)

         Dejó algunas obras inéditas, que poco a poco han ido apareciendo. Tanto impacto como su obra, causó su persona en cuantos la trataron, amigos y discípulos que dedican un culto cálido y entrañable a su memoria. Su calidad humana se desborda de su obra poética y permanece en el recuerdo de los almerienses.

         Celia Viñas casó en 1953 con Arturo Medina, profesor como ella, que tras la muerte de la poetisa hará un excepcional trabajo en la publicación de su obra inédita. Murió poco después de contraer matrimonio, en 1954. Solo tenía 39 años y era de esperar que su obra hubiera tenido más una mayor notoriedad.

         El poema, con una cierta pimienta surrealista, que presento a continuación pertenece al poemario Canto. Lo descubrí en una de aquellas maravillosas antologías de poesía española que publicaba la Editorial Aguilar, en este caso concreto fue la de 1963-1964.[2]     

 

Carta al amado desde un jardín de Mallorca 

 
¿Sabes? Tantas adelfas en la sangre
—una sangre donde se abren surtidores
de sombra—
y tanta sombra bien quemada,
y tanta sombra…
Amado mío, voy a contarte…
 
Caen las naranjas verdes desde la rama
y en los rosales se peinan las rosas,
hay una araña con velo de novia
quieta, quieta,
de hoja a hoja,
y me hace sollozar eso, que su vida
no se llame “corazón”.
La lluvia dice —arroró, niñita, arroró—.
Hay un sueño de almendra y de aceite virgen
y de sombra de algarrobo
—y de aquello ya no hay más
no hay más…—.
Golondrinas con los huesecillos de música
han huido negras, azules, chilladoras…
No sé qué me decían de ti,
que estás lejos y que mordisqueas
limones en la tarde malva
mirando desde una ventana
con murallas y Puerto.
Los navíos remontan por las parras
y en las torres se hace de fruta la sed
en la ciudad donde el viento pasea unas barbas
de desierto, de vidrios, de plata muerta.
Gritos son los besos,
gritos los besos…
y tanta palabra amarilla
balanceándose como una fruta
—racimos, granadas bien acuchilladas—
tan dulcemente moribunda de perfumes…
En la tierra, tan mojada de salivilla,
la baba del caracol
por la frente de los ángeles dormidos.
 
Cerca del estanque
hay un ángel que duerme
y las hormiguillas le corren por las alas
buscando y rebuscando un plumoncito
con una pequeña gota de sangre viva,
sólo una gotita de sangre
que será la semilla de un bosque
de catedrales y torres con campanas,
de torres con campanas, amor mío.
 
Heine está en el jardín en la voz de la amiga
y dice: —¡Qué poco amáis los árboles—
Sí, mi señora de la dulce Germania,
nosotros amamos los huesos de los árboles,
las cruces,
amamos a Dios.
Mordiscos, y el amor grande, grande, grande,
—playas y silencios, escuchad—
a mordiscos el amor grande
se merendó las mentiras,
y encuentra la fuente, la tórtola, la albahaca allí.
Hay más cosas en el jardín.
¿Cómo se llama aquella flor blanca?
—No lo sé.
Es una flor blanca que es muy blanca—.
La piedra, tan sencilla,
encuentro allí,
tan sencilla vestida de día de trabajo.
No nos engañará, no
como engañan los nidos de pájaro
o los lirios de agua azul.
La niña pequeñita pregunta:
—Los ángeles ¿tienen pico como los pollitos?
Y yo pienso que los ángeles pían
y balan y trinan como ruiseñores
y dicen: —Padre mío—.
Todo se ha hecho redondo en el Santo Nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.
Crece mi amor como un mediodía,
el corazón, una piscina de miel
con peces de azúcar candy
de cuando yo era niña
y la lengua, un jardincillo
húmedo de lluvia también
donde la hierba hace y deshace
palabrillas de amor,
para ti, amado mío, que, lejos, muy lejos,
comes limones al atardecer.
 
Los navíos se suben a las torres.

 (De Canto, Ágora. Madrid, 1964)

 

Celindas en el Jardín de la Isla, Aranjuez (fotografía / CFB)

 


[1] María Jesús Soler Arteaga.- Celia Viñas, Almería, en el corazón / Mujeres en la literatura. Escritoras / www.destiempos.cm 

[2] Luis Jiménez Martos.- Antología de poesía española (1963-1964) / Editorial Aguilar / Madrid, 1965

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Antonio Colinas. El jardín y la creación poética

Cecilio Fernández Bustos

 

                                               Más duro que la muerte es el olvido.

                                                                                              Emilio Lledó

 

 

Antonio Colinas nació en La Bañeza, León, en 1946. Ha vivido en Ibiza y actualmente reside en Salamanca. Su relación con la literatura es múltiple pues ha escrito poesía, relato, ensayo y ha traducido a importantes autores italianos clásicos y contemporáneos. Como poeta nos ha donado una colección de conmovedores y excelentes poemarios, con los que ha obtenido diversos premios: Premio de la Crítica (Sepulcro en Tarquía, 1975); Premio Nacional de Literatura (por el conjunto de su obra poética, 1982);  Premio de las Letras de Castilla y León (1999). Entre sus libros de poesía cabe destacar: Preludios a una noche total (1969), Truenos y flautas en un templo (1972), Sepulcro en Tarquía (1976), Astrolabio (1979), Noche más allá de la noche (1983), Jardín de Orfeo (1988), Los silencios de fuego (1992), Libro de la mansedumbre (1997), Tiempo y abismo (2002), Desiertos de la luz (2008). En 2005 le fue concedido el Premio Nacional de Traducción —Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia—.

         De la poesía de Antonio Colinas dijo María Zambrano: «de lenta y pausada gestación, se destaca en el panorama de la poesía actual por haber ido paso a paso, porque el poeta la ha dejado crecer sin forzarla… Lúcidamente la lleva consigo. No se perderá». Más allá de toda anécdota culturalista, la poesía de Colinas ahonda en lo sublime, en lo mágico, en lo trágico de la vida humana: belleza y servidumbre, amor y dolor, decadencia y derrota. Vida vista a través de la cultura y de una estética depurada que actúa como herramienta de conocimiento. Y es ahí, en esa exactitud de la voz donde el poeta define su razón en la “armonía de la palabra musical”. Palabra enamorada de la música y de la magia de la creación, envuelta en los colores y los aromas del paisaje, de las estaciones, de los seres humanos, de la memoria.

         Antonio Colinas publica en 1988 el poemario Jardín de Orfeo. “El microcosmos del jardín es ahora el triple símbolo que revela e interpreta, respectivamente, el mundo interior del poeta, la realidad más aparente y, en fin, la que está detrás del muro con fuego, la del más allá.”[1]  El jardín es unos de los elementos consustanciales a la poesía de Colinas, pero el jardín no es lo anecdótico, actúa como ámbito emblemático de sueños y deseos, símbolo  y espacio mítico. Hay que entrar al jardín —tal vez un claro en el confuso bosque de la vida—, abrir la puerta, atravesar el muro e iniciar el camino.

         Para iniciarnos en el conocimiento de esta poesía, presentamos tres poemas sobre el jardín: en primer lugar, Espeso otoño, incluido en Preludio de una noche total, pertenece a la poesía más primitiva del autor (1969). El segundo poema, titulado también Espeso otoño, pertenece al libro Truenos y flautas en un templo (1972); ambos poemarios forman parte de la antología Poesía, 1967-1980, que contribuyó a que al poeta le concedieran el Premio Nacional de Literatura. El tercero de estos poemas, Muro con fuego, pertenece a Jardín de Orfeo (1988)

         La poesía de Antonio Colinas es poesía para conservar entre nuestros libros y en nuestra memoria; para decirla de viva voz y escucharla en tertulias y recitales o breve compañía. Poesía para andar el camino de la iniciación por bosques y jardines oliendo el humo dulzón de las hojas quemadas en este otoño, prologo de un invierno que se avecina. No se trata de detener el sol, se trata de ser iluminados por su luz y calentados con su calor.

 

Otoño en el Jardín del Príncipe / Aranjuez (C/F)

 

 
ESPESO OTOÑO
 
Cuela la tarde su oro entre las ramas.
No tardará en venir un nuevo invierno.
Arden las hojas húmedas del parque
y por poniente se desgaja el cielo
en racimos de nubes encendidas.
Hay un temblor de luz en los aleros
Las palomas fecundan la silueta
oscurecida de cada paseo.
Las ubres del otoño están cargadas.
Serafines de luz están muriendo
sobre nuestras cabezas asombradas
para que una vez más se teja el sueño,
la melodía dulce de otra noche,
la alucinada noche de los cuentos.   
 

Otoño / Aranjuez (C/F)

 
ESPESO OTOÑO
 
Una cascada de hojas en el aire
pone ronco rumor a los paseos.
Plenitud rezumante de los pinos,
espesa luz ardiendo en los castaños,
cristalina penumbra de las grutas.
Un viento como un dios nos acaricia,
penetra en nuestras venas como un vino,
llena de brasas todo el corazón.
Hay en el aire un trino que no acaba
cuando en el césped ruedo enajenado,
me embriago de perfumes, reconozco
y acepto la locura de este otoño.
¿Dónde el misterio, dónde la secreta
mano que va tejiendo esta estación?
Llueven racimos, pétalos, palomas.
(Una brizna de yerba hay en mi lengua.)
En lo hondo del estanque duerme un cisne.
(Este rocío de las madreselvas)
En el templo de Venus una virgen
ha desgarrado sus vestidos pálidos,
corre entre las columnas desolada.
(Todo mi cuerpo dulcemente herido.)
Centauro azul, sal ya del soto verde.
(Qué victoria morir en este otoño.) 
 
 
 
MURO CON FUEGO
 
Cerrad el alto muro del jardín
y fúndase mi fuego con su fuego.
Cerrad el alto muro y que mi alma
quede en el tiempo y quede en el aroma
aromada, embebida eternamente.
Cerrad el alto muro del jardín
que yo cerraré todos mis sentidos
al mundo y, cerrándolos de golpe,
sabré todo del mundo y de mí mismo.
No sabré del amor, que está dormido
detrás del muro del jardín con fuego.
 
El sol entra en mis huesos con placer
y murmura en su mármol cada fuente.
El agua enciende el corazón cansado
despierta el agua olvidos en sus ondas:
“Mi infancia son recuerdos de la nieve
en un huerto sin hojas. (Las estrellas
eran los frutos del árbol desnudo
en las noches purísimas de invierno.)”.
Le dice el agua al corazón cansado
que aún brilla el hondo sueño en la espesura.
Mosaicos oxidados, luz de oro
en la tierra abrasada del sendero,
polvo de oro temblando en el verdor.
“Y volvían rebaños al ocaso
bajo una polvorienta nube de oro…
 


[1] Antonio Colinas.- Jardín de Orfeo.- Contraportada / Visor, Madrid, 1988

 

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JOSÉ GARCÍA NIETO: Reencuentro del Tajo en Aranjuez

Cecilio Fernández Bustos

 

José García Nieto nació en Oviedo en 1914 y murió  en Madrid en 2001. Funcionario municipal, como tantos otros, comenzó su actividad profesional en el Ayuntamiento de Chamartín de la Rosa, municipio que sería absorbido por el ayuntamiento de Madrid, también como otros. Generacionalmente está encuadrado en la generación de la posguerra.

         Fue uno de los máximos representantes de la corriente garcilasista (poesía formalmente inspirada en Garcilaso de la Vega y posicionada frente a la poesía social y surrealista) de la poesía posterior a la Guerra Civil.  Poeta clásico en el fondo y, sobre todo, en la forma: sus sonetos fueron comparados por Juan Ramón Jimenez con los de Garcilaso, Calderón, Lope de vega, Góngora, Quevedo. Su obra ensalza los valores tradicionales: la patria, el paisaje, el amor a la mujer, la familia; perspectiva al servicio de un apasionado humanismo de signo católico y conservador que tiene al individuo, la tierra y Dios como principales protagonistas. A lo largo de su carrera el poeta superara la frialdad técnica y perfeccionista de su primera poesía y logrará un mayor apasionamiento.

         García Nieto, poeta, dramaturgo y periodista, es uno de los escritores  más galardonados en España. Premio Adonais en 1950, Premio Nacional de Literatura en 1951 y 1957, académico de la Real Academia Española en 1982, Premio Cervantes en 1996.

         El poema que traemos hoy, Reencuentro del Tajo en Aranjuez, forma parte del libro Geografía es amor, ganador del Premio Nacional de Literatura en 1957. Es de rigor que el poeta, siendo garcilasista y viviendo en Madrid, posara su mirada en el Tajo a su paso por Aranjuez y nos dejara este bello soneto.

 

Reencuentro del Tajo en Aranjuez
 
Te vi, río que viera una mañana,
después, mucho después, temblando acaso
como agua presa en el gozado vaso
de la más delicada porcelana.
 
Sobre la piedra, el cielo, malva, grana,
se iba haciendo frutal en el ocaso.
Y el río, rama, verso, ¡oh, Garcilaso!
deshacía su música cercana.
 
Distribuyendo, repartiendo notas,
arpas de mármol, brazos de mujeres,
hojas del árbol fácil, confundía…
 
Río después cantado, rimas, gotas:
Narciso, Apolo; cisne, Hércules, Ceres,
el nombre por la fuente a la armonía.

 

El Tajo, espejo de Aranjuez (C/F)

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MANUEL MACHADO: En el jardín

Cecilio Fernández Bustos

 

                                      A Rubén Pérez

 

                   Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron
                   —soy de la raza mora, vieja amiga del sol—
                   que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
                   Tengo el alma de nardo del árabe español.
                                                                      

Hace sólo unos días, Rubén Pérez, me recordaba una ocasión en la que me oyó recitar un poema de Manuel Machado. Comentaba mi amigo que le habían llamado la atención la hondura de lo que decía el poeta y el entusiasmo que puse diciendo aquellos versos. El poema era nada menos que Adelfos, uno de los poemas que más me han impresionado y conmovido a lo largo de mi experiencia como lector y como rapsoda.

         Nació Manuel Machado en Sevilla el 29 de Agosto de 1874, unos meses antes que su hermano Antonio (julio de 1875), también nativo de la ciudad del Betis. Ambos hermanos compartieron con su padre la huella de lo andaluz y una acendrada afición al folklore de su tierra. Los dos niños fueron a la misma escuela en su ciudad y juntos se trasladaron con sus padres a Madrid y asistieron a las clases de la Institución Libre de Enseñanza. También, juntos, escribieron obras de teatro y anduvieron por los cafés y las tertulias literarias del Madrid de finales del siglo XIX; y les vieron en los tablados donde se cultivaba lo tópico y lo hondo del arte andaluz. Mas, Manuel y Antonio, no anduvieron juntos todo el camino de sus vidas.

         Manuel volvió a Sevilla bajo presión familiar y allí concluyó los estudios de Filosofía y Letras en 1897. El retorno a su ciudad natal lleva al joven poeta a vincularse más con las costumbres y el arte de su tierra,  alcanzando sobre la esencia de lo andaluz conocimientos de erudito. Así, no debe extrañar el encontrarnos entre sus poemas estos versos: Vino, sentimiento, guitarra y poesía / hacen los cantares de la patria mía. / Cantares… / Quien dice cantares dice Andalucía.

         Manuel Machado no pudo evitar verse tapado por la potente voz del hermano menor. Sin embargo, es un gran poeta digno del máximo reconocimiento. Poeta claramente modernista. Muy admirado por Juan Ramón Jiménez, que consideraba el libro tenido por el primero de Manuel, Tristes y alegres, una alta cima, donde se aprecia la huella del más excelso modernismo, en el que los expertos no dudan en reconocer, como en tantos otros, la huella de Rubén Darío. Desde que me inicie en la lectura de la poesía de Manuel Machado, tres han sido los poemas que más me han seducido de este autor: Adelfos, Castilla y Felipe IV; un cuarto poema, Retrato, tiene toda la esencia de Adelfos y no llega tan alto. ¿Qué decir de Adelfos?, para mí es una de las joyas más grandes de nuestra lírica. Leed los cuatro y abrir una ventana al gozo.

         Lo dicho, en honor a Rubén Pérez, amigo muy querido, dos poemas de Manuel Machado dedicados al jardín. Jardines de su Sevilla o de Aranjuez, eso no importa. Sólo cambian la luz, pero el rumor del agua y el sabor de los besos son iguales en Aranjuez como en Sevilla.

 

Sevilla (fotografía tomada desde el campanario de La Giralda) C/F

 
JARDÍN NEOCLÁSICO
 
    Es la hora elegante de los parques ingleses…
Un Cupido de mármol flecha bajo los sauces.
Y, ante mí, como antiguos, abandonados cauces,
las veredas —muy blancas— se van formando eses.
    Macizos de arrayán cuadrados…, welintonias…
Bancos de piedra… Un grupo clásico de las Gracias.
Los cipreses se hacen, junto a las acacias
—levemente inclinados—, rígidas ceremonias.
    Leo las Amistades peligrosas…, un tomo
de elegantes horrores y sentencias banales,
relatos con una galante impertinencia…
    Surge de la enramada la máscara de Momo.
Y, a mi lado, la fuente dice sus madrigales,
escuchándose como beau diseur Regencia.
 

Fuente de Venus. Jardín de La Isla.- Aranjuez (fotografía, C/F)

 
SANDRO BOTTICELLIi
LA PRIMAVERA
 
    ¡Oh, el sotto voce balbuciente, oscuro,
de la primera lujuria!… ¡Oh, la delicia
del beso adolescente, casi puro!…
¡Oh, el no saber de la primer caricia!…
    ¡Despertares de amor entre cantares
y humedad del jardín, llanto sin pena,
divina enfermedad que el alma llena,
primera mancha de los azahares!…
    Ángel, niño, mujer… Los sensuales
ojos adormilados y anegados
en inauditas savias incipientes…
    ¡Y los rostros de almendra, virginales,
como flores al sol, aurirrosados,
en los campos de mayo sonrientes!…

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María Rosa de Gálvez: Una ilustrada en Aranjuez

Cecilio Fernández Bustos

                        

                                     

                                   Para Aurora Luque

 

Pienso en la Gálvez, en la justicia poética. No la destruyeron del todo las críticas de sus contemporáneos cretinos y cortos de miras que se creían decentes y con derecho a hundir a los que optaban por vivir y crear en libertad. El arte sobrevive, encriptado, latente, aguardando tiempos óptimos para romper el letargo, los maleficios.

Aurora Luque

 

 

María Rosa de Gálvez nació en Málaga en 1768 y murió en Madrid en 1806. Vivió una vida intensa y nada plana, con muchos sobresaltos y no pocas preocupaciones. Una de las familias más poderosas de Málaga, la de los Gálvez Macharaviaya, la sacaron del hospicio. Parece probable que su estancia en esa institución se debiera al hecho de ser hija ilegítima de quien más tarde la adoptaría y criaría junto a su esposa, como auténtica hija, en un clima de comodidades y lujos, propios de una familia poderosa. Pese a ello hubo de luchar contra múltiples adversidades —prejuicios, pleitos, conflictillos matrimoniales, divorcio y problemas con la Inquisición— Y fue su vocación literaria la razón última de tanta dificultad ya que no era lo propio de una señora de su época y de su alcurnia dedicarse a escribir poemas, dramas y comedias. No obstante, pese a tanto bullicio a su alrededor, logró ver publicadas sus obras y aplaudidos sus dramas y sus comedias en los principales teatros del Madrid de Carlos IV.

          María Rosa de Gálvez fue una cabal y genuina escritora ilustrada, sus obras aportan polémicas perspectivas no tratadas por sus contemporáneos y anticipan novedosos motivos prerrománticos. Se preocupó  por la renovación de la escena, componiendo ambiciosas tragedias y ágiles comedias exitosas y críticas a un  tiempo, en una sociedad nada proclive a dar espacio a la mujer en los intersticios de la cultura y la opinión.

          Cierta simplicidad romántica y la misoginia de la historiografía literaria se unieron a los prejuicios antifranceses para condenar a María Rosa de Gálvez al injusto cadalso de un olvido que ha perdurado hasta nuestros días. Aurora Luque[1], que viene trabajando  para rescatarla del olvido, en la introducción de Poesías, antología poética de María Rosa de Gálvez, la define como una autora política y dice de ella: “…fue, si se nos permite el anacronismo, una escritora comprometida con los ideales políticos de la Ilustración (en el sentido profundo, etimológico de la palabra político, es decir, no de espaldas a las inquietudes sociales y colectivas de su época). No se ajusta al papel de escritora reducida al ámbito privado y doméstico”[2]

          Vivió alguna temporada en Aranjuez, acogida a la protección del Príncipe de la Paz, Manuel Godoy, y en este lugar descansó y escribió. Algunos de sus poemas más celebrados están  inspirados en el Real Sitio y hacen explícita mención a lo bien que lo pasó aquí. En la antología editada por Aurora Luque podemos leer dos de estos poemas: Descripción de la fuente de la Espina en el Real Sitio de Aranjuez y Despedida al Real Sitio de Aranjuez.

          El 11 de marzo de 2008 se rindió en Aranjuez un homenaje a María Rosa de Gálvez. La organización corrió a cargo del Aula de Poesía ‘José Luis Sampedro’ y la Biblioteca Municipal ‘Álvarez Quindós’, con la colaboración del Instituto Municipal del Libro del Ayuntamiento de Málaga. Desde la ciudad donde nació María Rosa, la Ciudad del paraíso de Vicente Aleixandre —ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo, / angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.”— dice el poeta. Sí, desde Málaga, llegó hasta Aranjuez, como embajada de la luz, en fina constelación de música y poesía, un hermoso homenaje a la insigne poeta ilustrada. 

          Sin duda para enriquecer nuestra antología sobre El jardín de los poetas, hasta este blog traemos, con enorme respeto y admiración, el poema que María Rosa de Gálvez dedicó a la Fuente del Niño de la espina o Fuente de las Arpías como también se denomina.

  

DESCRIPCIÓN DE LA FUENTE DE LA ESPINA EN EL REAL SITIO DE ARANJUEZ
MARÍA ROSA DE GÁLVEZ

 

Romance endecasílabo
 
 
 
 
 
Donde oprimido el Tajo por el arte
 
 
 
en hondo cauce el curso facilita,
 
 
 
mudando en mansedumbre la soberbia,
 
 
 
con que arrastraba su corriente altiva:
 
 
 
yace un frondoso bosque, cuyo centro
 
 
 
la majestad, y la hermosura habitan;
 
 
 
asilo celebrado de las gracias,
 
 
 
morada deliciosa de las ninfas.
 
 
 
Anchurosos canales y cascadas
 
 
 
aumentan de este sitio las delicias,
 
 
 
siendo su estruendo y vagaroso giro
 
 
 
encanto del oído y de la vista.
 
 
 
En sendas mil los chopos siempre verdes
 
 
 
cruzan sus ramos, y su pompa aspira
 
 
 
a eclipsar de la bóveda del aire
 
 
 
la luz quede los astros participa.
 
 
 
Varias fuentes adornan las ochavas
 
 
 
de este ameno pensil, y fertilizan
 
 
 
con desperdicios de cristal el suelo,
 
 
 
donde renace la estación florida:
 
 
 
Pero entre todas la escultura eleva
 
 
 
el nombre de la fuente de la Espina,
 
 
 
obra que diera honor a la memoria
 
 
 
de Praxitéles, de Lisipo y Phidias:
 
 
 
de cuatro cenadores rodeada,
 
 
 
que en medios puntos cubren sus cornisas,
 
 
 
muestra la arquitectura las bellezas
 
 
 
más sublimes del arte y más sencillas.
 
 
 
En el centro frondoso de este cuadro
 
 
 
la fuente muestra su anchurosa pila,
 
 
 
presentando la estatua, en que compiten
 
 
 
la materia y artífice a porfía.
 
 
 
De un joven es, que de su pie doliente
 
 
 
la punta de un abrojo solicita
 
 
 
arrancar cuidadoso, demostrando
 
 
 
con su actitud(5) el daño de la herida:
 
 
 
desmiente lo insensible de la estatua
 
 
 
la aflicción, que en su rostro se nos pinta;
 
 
 
y a no ser su color dorado bronce,
 
 
 
la humana compasión excitaría.
 
 
 
Los ángulos hermosos de esta fuente
 
 
 
en columnas se apoyan; sus cornisas
 
 
 
sostienen al remate por adorno
 
 
 
el rostro engañador de las harpías,
 
 
 
por cuya boca y pecho se desatan
 
 
 
los raudales del agua cristalina,
 
 
 
que tejiendo cruceros agradables
 
 
 
quedan al fin en nieve derretida.
 
 
 
En torno de este sitio deleitoso
 
 
 
asientos hay con varia simetría,
 
 
 
que brindan el descanso a los mortales,
 
 
 
el tiempo que disfrutan sus delicias.
 
 
 
Robustos troncos, que la antigua yedra
 
 
 
cubre para aumentar su lozanía,
 
 
 
los ardores de Febo disminuyen,
 
 
 
y hacen templado y apacible el día:
 
 
 
en sus ramos los dulces pajarillos
 
 
 
con alegres gorjeos solicitan
 
 
 
se olvide para oírlos el encanto,
 
 
 
que arrebata el sentido de la vista.
 
 
 
En fin, naturaleza creadora,
 
 
 
como en su trono, en este sitio unida
 
 
 
del arte a los esfuerzos, sus tesoros
 
 
 
y sus deleites sin cesar prodiga.
 
 
 
Yo admiré su esplendor: una y mil veces
 
 
 
sentí de gratitud el alma mía
 
 
 
llenarse en este plácido recinto,
 
 
 
gozosa de observar sus maravillas;
 
 
 
y en tanto que engreídos los mortales
 
 
 
en loca vanidad su centro pisan,
 
 
 
Apolo me inspiraba dulce metro,
 
 
 
para cantar la fuente de la Espina.
   

 


[1] Poeta, profesora y escritora que nos reveló la existencia de María Rosa de Gálvez en el Aula de Poesía José Luis Sampedro —13 de febrero de 2007—

[2] María Rosa de Gálvez.- Poesías.- Edición de Aurora Luque.- Centro de Ediciones de la Diputación Provincial de Málaga / Málaga, 2007

Fuente de la Espina (Jardín de la Isla / Aranjuez)

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: “Generalife”

Cecilio Fernández Bustos

 

                                                        ¡No le toques ya más,

                                                                       Que así es la rosa!

 

 

Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura en 1956, nació en Moguer (Huelva) el 23 de diciembre de 1881 y murió en Puerto Rico el 29 de mayo de 1957. En agosto de 1936 Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí salieron de España a la que ya nunca regresaron.   

          Presentar un poema de Juan Ramón Jiménez no deja de ser una osadía por mi parte ya que se trata de uno de los poetas más grandes de nuestra lengua. Y en el caso que nos ocupa doble osadía. Sí, doble atrevimiento porque se trata del poeta por excelencia de la lírica española del siglo XX y, para muchos,  una de las cumbres de la poesía en nuestra lengua; y, de otra parte, el poema que presentamos es uno de los más singulares y poco conocidos escritos por el poeta de Moguer.

         Javier Blasco comienza la introducción de la Antología poética que sobre la obra de Juan Ramón  publicó en Cátedra en 1992 con estas palabras: “Por razones de índole muy diversa, la obra de Juan Ramón Jiménez ha sido tradicionalmente mal leída y peor comprendida”. Antonio Sánchez Barbudo, gran conocedor de la obra del poeta, habló de una poesía de calidad excepcional en las conferencias que dictó en la Fundación Juan March en 1981 sobre la poesía de Juan Ramón y también dejo claro la necesidad de una mejor lectura y un mayor conocimiento de la obra juanramoniana. Es cierto que la obra de Juan Ramón tiene ámbitos, etapas muy significativas y por supuesto distintas y que se trata de un autor cuya obra va adquiriendo una mayor calidad y hondura a medida que el hombre madura y van pasando los años.

         Juan Ramón Jiménez es autor de uno de los mayores poemas escritos en la lengua de Cervantes: Espacio. De este poema ha dicho Octavio Paz, “Espacio es uno de los momentos de la conciencia poética moderna y con ese texto capital culmina y termina la interrogación que el gran cisne hizo a Darío en su juventud.”[1] Pero no es de Espacio de lo que vamos a hablar en esta ocasión. El poema que vamos a presentar en esta página se llama Generalife

         Posiblemente sea Juan Ramón Jiménez el poeta que más utilizo el agua y el jardín como temas o motivos de su poesía. Motivos objetivos y motivos metafóricos para hablarnos del amor y sus soledades.  Así, pues, muchos son los poemas de Juan Ramón que podríamos traer a esta página dedicada a los jardines, pero dada su calidad poética excepcional he decidido traer hasta aquí un poema poco conocido y poco popular. El poema que presento en esta ocasión es un romance que el poeta dedicara a Isabel García Lorca, hermana de Federico, durante una estancia de Juan Ramón y Zenobia en Granada, en julio de 1924, invitados por Federico y su familia.

Generalife vio la luz por primera vez en 1925 en el número 1 de Unidad, uno de los cuadernos y hojas impresas que entre 1925 y 1935 publicó Juan Ramón Jiménez —Unidad, Obra en marcha, Sucesión, Presente y Hojas— y más tarde fue incluido en Olvidos de Granada que vería la luz en Puerto Rico en 1960[2]

Generalife es un poema del agua, por el agua y para el agua, protagonista singular del romance. El agua y el jardín se hermanan, no podía ser menos, en este poema pleno de luces y transparencias. Nadie mejor que el poeta y filólogo Antonio Carvajal para ayudarnos a presentar un poema tan excepcional: “Juan Ramón Jiménez levanta al agua el mayor monumento lírico de nuestra cultura, su romance Generalife…He aquí, sabiamente distribuidas, las rimas básicas del agua: lágrimas, alma, plata. Supe qué es la poesía cuando leí este romance. Conocía el Generalife prácticamente en todos sus estados de estación y de hora: no lo conocía, no lo había oído, olido, percibido en su color y su temperie, tocado en su fertilidad mudable hasta que el verbo juanramoniano me lo encarnó: había estado en aquel ámbito, pero no supe vivirlo al no tener la palabra. ¡Tener la palabra, el nombre exacto y conseguido de los nombres, como pedía y buscó el poeta de Moguer!” [3]

Granada, julio de 1924. A la Izquierda Federico Gracía Lorca, Zenobia, Isabel García Lorca, Emilia Llanos, Juan Ramón y Concha García Lorca (Poesía. nº 13-14 / Madrid, 1981-82)

GENERALIFE

 

                            A Isabel García Lorca, hadilla del Generalife

 

Nadie más. Abierto todo.
Pero ya nadie faltaba.
No eran mujeres, ni niños,
no eran hombres, eran lágrimas
— ¿quién se podía llevar
la inmensidad de sus lágrimas?—
que temblaban, que corrían
arrojándose en el agua.
 
…Hablan las aguas y lloran
bajo las adelfas blancas;
bajo las adelfas rosas,
lloran las aguas y cantan,
por el arrayán en flor,
sobre las aguas opacas.
 
¡Locura de canto y llanto,
de las almas, de las lágrimas!
Entre las cuatro paredes,
Penan, las llamas, las aguas;
las almas hablan y lloran,
las lágrimas olvidadas;
las aguas cantan y lloran,
las emparedadas almas.
 
…¡Por allí la están matando!
¡Por allí se la llevaban!
—Desnuda se la veía.—
¡Corred, corred, que se escapan!
—Y el alma quiere salirse,
mudarse en mano de agua,
acudir a todas partes
con palabra desatada,
hacerse lágrima en pena,
en las aguas, con las almas…—
¡Las escaleras arriba!
¡No, la escalera bajaban!
—¡Qué espantosa confusión
de almas, de aguas, de lágrimas;
qué amontonamiento pálido
de fugas enajenadas!
 
…¿Y cómo saber qué quieren?
¿Dónde besar? ¿Cómo, alma,
almas ni lágrimas ver
temblorosas en el agua?
¡No se pueden separar;
dejadlas huir, dejadlas!—
 
…¿Fueron a oler las magnolias,
a asomarse por las tapias,
a esconderse en el ciprés,
a hablarle a la fuente baja?
 
…¡Silencio, que ya no lloran!
¡Escuchad! Que ya no hablan.
Se ha dormido el agua y sueña
que la desenlagrimaban;
que las almas que tenía,
no lágrimas, eran alas;
dulce niña en su jardín,
mujer con su rosa grana,
niño que miraba el mundo,
hombre con su desposada…
Que cantaba y que reía…
¡Que cantaba y que lloraba,
con rojos de sol poniente
en las lágrimas más altas,
en el más alto llamar,
rodar de alma ensangrentada!
 
¡Caída, tendida, rota
el agua celeste y blanca!
¡Con qué desencajamiento,
sobre el brazo se levanta!
Habla con más fe a sus sueños,
que se le van de las ansias;
parece que se resigna
dándole la mano al alma,
mientras la estrella de entonces,
presencia eterna, la engaña.
 
Pero se vuelve otra vez
del lado de su desgracia;
mete la cara en las manos,
no quiere a nadie ni nada,
y clama para morirse,
y huye sin esperanza.
…Hablan las aguas y lloran,
lloran las almas y cantan.
¡Oh qué desconsolación
de traída y de llevada;
qué llegar al rincón último,
en repetición sonámbula;
qué darse con la cabeza
en las finales murallas!
 
—…En agua el alma se pierde,
y el cuerpo baja sin alma;
sin llanto el cuerpo se va,
que lo deja con el agua,
llorando, hablando, cantando,
con las almas, con las lágrimas
del laberinto de pena,
entre las adelfas blancas,
entre las adelfas rosas
de la tarde parda y plata,
con el arrayán ya negro,
bajo las fuentes cerradas.—

[1] Octavio Paz. El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica. México, 1970[2] Antonio Sánchez Barbudo.- Antología comentada.- Ediciones de la Torre /  Madrid, 1986[3] Antonio Carvajal Milena.-  El agua en verso (Notas para una lectura de poemas)

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