Celia Viñas. Los navíos se suben a las torres

Cecilio Fernández Bustos

 

                                               Más duro que la muerte es el olvido.

                                                                                              Emilio Lledó

Si en el mundo existe alguien capaz de hacerlo todo con un absoluto fervor poético, de entregarse hasta la exhaustación a una obra de arte, a una empresa de cultura, de divulgación literaria o defensa de los valores eternos se llama Celia Viñas. Criatura irradiante, comunicativa, es autora de una poesía en verso y en prosa, llena de sensibilidad.

 Carmen Conde

Pintaba un mapa mi niño,

¡qué color azul de mar!,

¡qué verde tierno en los valles!,

¡qué montes color de pan! 

                                            Celia Viñas 

 

 

Celia Viñas Olivella nació en Lérida en 1915 y falleció en Almería en 1954. Vivió en Mallorca durante su infancia y juventud, pues, su familia se trasladó a la isla buscando un mejor clima para la salud de la madre. Inicia sus estudios de Filosofía y Letras en Barcelona y tras los avatares de la guerra civil, consigue licenciarse en 1941. Becaria en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Madrid, aprovechó su estancia en la capital de España para preparar oposiciones a catedrática de Institutos de Enseñanzas Medias. Tras las pruebas obtuvo una calificación excepcional y una plaza para ejercer la docencia en Almería. «Siendo catedrática de instituto cursó la carrera de magisterio, puesto que su verdadera vocación era la enseñanza, de hecho comentó en alguna ocasión que habría deseado ser maestra de párvulos.»[1]

         Trabajó con suma dedicación y exquisita bondad en la educación de sus alumnos. Fue, pues, educadora, maestra y no mera enseñante. La década de los 40 no era una época luminosa y estaba, eso sí, habitada por algunos poetas que no hurtaron su voz. Celia Viñas se ocupó en la creación una poesía de calidad,  humana y de perfección técnica, nada arrogante y vinculada al neoclasicismo y al romanticismo aún latente en algunos poetas. Dada su vinculación al mundo de los niños, a los que adoraba, sus primeros libros pueden tener esa nota infantil y populista, pero a partir de Canto su voz adquiere unas tonalidades más profundas y vinculadas con el ámbito existencial: el Mediterráneo, Almería, la promoción cultural y un intimismo donde la espiritualidad adquiere un profundo significado.

         Su labor no se limitó a la educación y a la poesía, no sin dificultades ejerció, en tiempos tan difíciles para la lírica, de animadora cultural. Participó y organizó actividades dramáticas. Impartió conferencias, organizó y dirigió programas radiofónicos de divulgación cultural y gracias a su esfuerzo, tuvo lugar el famoso Congreso Indiano en Pechina en 1947, en el que participaron numerosos intelectuales almerienses. Alguien ha escrito que Almería y sus gentes le robaron el corazón.

         Poetisa y narradora, escribió indistintamente en catalán y en castellano. Publicó novela, poesía y excelentes cuentos infantiles e incluso teatro— Plaza de la Virgen del Mar, comedia almeriense estrenada en el teatro Apolo de Almería, publicada en Almería en 1974— Sus principales libros de poesía publicados (aún hay alguno inédito) son: Trigo en el corazón (1946), Canción tonta en el sur (1948),  El amor de trapo (1949) Palabras sin voz (Alicante, 1953), Del foc y la cendra (Palma de Mallorca, 1953), Como el ciervo corre (Almería, 1955), Canto (Madrid, 1964),  Antología poética (Madrid, 1976)  Poesía última (Almería, 1979)

         Dejó algunas obras inéditas, que poco a poco han ido apareciendo. Tanto impacto como su obra, causó su persona en cuantos la trataron, amigos y discípulos que dedican un culto cálido y entrañable a su memoria. Su calidad humana se desborda de su obra poética y permanece en el recuerdo de los almerienses.

         Celia Viñas casó en 1953 con Arturo Medina, profesor como ella, que tras la muerte de la poetisa hará un excepcional trabajo en la publicación de su obra inédita. Murió poco después de contraer matrimonio, en 1954. Solo tenía 39 años y era de esperar que su obra hubiera tenido más una mayor notoriedad.

         El poema, con una cierta pimienta surrealista, que presento a continuación pertenece al poemario Canto. Lo descubrí en una de aquellas maravillosas antologías de poesía española que publicaba la Editorial Aguilar, en este caso concreto fue la de 1963-1964.[2]     

 

Carta al amado desde un jardín de Mallorca 

 
¿Sabes? Tantas adelfas en la sangre
—una sangre donde se abren surtidores
de sombra—
y tanta sombra bien quemada,
y tanta sombra…
Amado mío, voy a contarte…
 
Caen las naranjas verdes desde la rama
y en los rosales se peinan las rosas,
hay una araña con velo de novia
quieta, quieta,
de hoja a hoja,
y me hace sollozar eso, que su vida
no se llame “corazón”.
La lluvia dice —arroró, niñita, arroró—.
Hay un sueño de almendra y de aceite virgen
y de sombra de algarrobo
—y de aquello ya no hay más
no hay más…—.
Golondrinas con los huesecillos de música
han huido negras, azules, chilladoras…
No sé qué me decían de ti,
que estás lejos y que mordisqueas
limones en la tarde malva
mirando desde una ventana
con murallas y Puerto.
Los navíos remontan por las parras
y en las torres se hace de fruta la sed
en la ciudad donde el viento pasea unas barbas
de desierto, de vidrios, de plata muerta.
Gritos son los besos,
gritos los besos…
y tanta palabra amarilla
balanceándose como una fruta
—racimos, granadas bien acuchilladas—
tan dulcemente moribunda de perfumes…
En la tierra, tan mojada de salivilla,
la baba del caracol
por la frente de los ángeles dormidos.
 
Cerca del estanque
hay un ángel que duerme
y las hormiguillas le corren por las alas
buscando y rebuscando un plumoncito
con una pequeña gota de sangre viva,
sólo una gotita de sangre
que será la semilla de un bosque
de catedrales y torres con campanas,
de torres con campanas, amor mío.
 
Heine está en el jardín en la voz de la amiga
y dice: —¡Qué poco amáis los árboles—
Sí, mi señora de la dulce Germania,
nosotros amamos los huesos de los árboles,
las cruces,
amamos a Dios.
Mordiscos, y el amor grande, grande, grande,
—playas y silencios, escuchad—
a mordiscos el amor grande
se merendó las mentiras,
y encuentra la fuente, la tórtola, la albahaca allí.
Hay más cosas en el jardín.
¿Cómo se llama aquella flor blanca?
—No lo sé.
Es una flor blanca que es muy blanca—.
La piedra, tan sencilla,
encuentro allí,
tan sencilla vestida de día de trabajo.
No nos engañará, no
como engañan los nidos de pájaro
o los lirios de agua azul.
La niña pequeñita pregunta:
—Los ángeles ¿tienen pico como los pollitos?
Y yo pienso que los ángeles pían
y balan y trinan como ruiseñores
y dicen: —Padre mío—.
Todo se ha hecho redondo en el Santo Nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.
Crece mi amor como un mediodía,
el corazón, una piscina de miel
con peces de azúcar candy
de cuando yo era niña
y la lengua, un jardincillo
húmedo de lluvia también
donde la hierba hace y deshace
palabrillas de amor,
para ti, amado mío, que, lejos, muy lejos,
comes limones al atardecer.
 
Los navíos se suben a las torres.

 (De Canto, Ágora. Madrid, 1964)

 

Celindas en el Jardín de la Isla, Aranjuez (fotografía / CFB)

 


[1] María Jesús Soler Arteaga.- Celia Viñas, Almería, en el corazón / Mujeres en la literatura. Escritoras / www.destiempos.cm 

[2] Luis Jiménez Martos.- Antología de poesía española (1963-1964) / Editorial Aguilar / Madrid, 1965

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2 comentarios

Archivado bajo El Jardín de los poetas

2 Respuestas a “Celia Viñas. Los navíos se suben a las torres

  1. Loli

    ¿Por qué comparas la flor blanca, que es muy blanca, con las celindas del Jardín de la Isla?
    Me ha gustado el poema de Celia Viñas.
    Un beso.
    Loli

    • cecibustos

      Loli, las celindas son muy blancas entre las hojas verdes. El contraste entre los verdes faldones de las hojas te invita a elegir el blanco de la flor. Seguiremos leyendo a Celia Viñas, vale la pena.
      Un beso,
      Cecilio

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