MANUEL MACHADO: En el jardín

Cecilio Fernández Bustos

 

                                      A Rubén Pérez

 

                   Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron
                   —soy de la raza mora, vieja amiga del sol—
                   que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
                   Tengo el alma de nardo del árabe español.
                                                                      

Hace sólo unos días, Rubén Pérez, me recordaba una ocasión en la que me oyó recitar un poema de Manuel Machado. Comentaba mi amigo que le habían llamado la atención la hondura de lo que decía el poeta y el entusiasmo que puse diciendo aquellos versos. El poema era nada menos que Adelfos, uno de los poemas que más me han impresionado y conmovido a lo largo de mi experiencia como lector y como rapsoda.

         Nació Manuel Machado en Sevilla el 29 de Agosto de 1874, unos meses antes que su hermano Antonio (julio de 1875), también nativo de la ciudad del Betis. Ambos hermanos compartieron con su padre la huella de lo andaluz y una acendrada afición al folklore de su tierra. Los dos niños fueron a la misma escuela en su ciudad y juntos se trasladaron con sus padres a Madrid y asistieron a las clases de la Institución Libre de Enseñanza. También, juntos, escribieron obras de teatro y anduvieron por los cafés y las tertulias literarias del Madrid de finales del siglo XIX; y les vieron en los tablados donde se cultivaba lo tópico y lo hondo del arte andaluz. Mas, Manuel y Antonio, no anduvieron juntos todo el camino de sus vidas.

         Manuel volvió a Sevilla bajo presión familiar y allí concluyó los estudios de Filosofía y Letras en 1897. El retorno a su ciudad natal lleva al joven poeta a vincularse más con las costumbres y el arte de su tierra,  alcanzando sobre la esencia de lo andaluz conocimientos de erudito. Así, no debe extrañar el encontrarnos entre sus poemas estos versos: Vino, sentimiento, guitarra y poesía / hacen los cantares de la patria mía. / Cantares… / Quien dice cantares dice Andalucía.

         Manuel Machado no pudo evitar verse tapado por la potente voz del hermano menor. Sin embargo, es un gran poeta digno del máximo reconocimiento. Poeta claramente modernista. Muy admirado por Juan Ramón Jiménez, que consideraba el libro tenido por el primero de Manuel, Tristes y alegres, una alta cima, donde se aprecia la huella del más excelso modernismo, en el que los expertos no dudan en reconocer, como en tantos otros, la huella de Rubén Darío. Desde que me inicie en la lectura de la poesía de Manuel Machado, tres han sido los poemas que más me han seducido de este autor: Adelfos, Castilla y Felipe IV; un cuarto poema, Retrato, tiene toda la esencia de Adelfos y no llega tan alto. ¿Qué decir de Adelfos?, para mí es una de las joyas más grandes de nuestra lírica. Leed los cuatro y abrir una ventana al gozo.

         Lo dicho, en honor a Rubén Pérez, amigo muy querido, dos poemas de Manuel Machado dedicados al jardín. Jardines de su Sevilla o de Aranjuez, eso no importa. Sólo cambian la luz, pero el rumor del agua y el sabor de los besos son iguales en Aranjuez como en Sevilla.

 

Sevilla (fotografía tomada desde el campanario de La Giralda) C/F

 
JARDÍN NEOCLÁSICO
 
    Es la hora elegante de los parques ingleses…
Un Cupido de mármol flecha bajo los sauces.
Y, ante mí, como antiguos, abandonados cauces,
las veredas —muy blancas— se van formando eses.
    Macizos de arrayán cuadrados…, welintonias…
Bancos de piedra… Un grupo clásico de las Gracias.
Los cipreses se hacen, junto a las acacias
—levemente inclinados—, rígidas ceremonias.
    Leo las Amistades peligrosas…, un tomo
de elegantes horrores y sentencias banales,
relatos con una galante impertinencia…
    Surge de la enramada la máscara de Momo.
Y, a mi lado, la fuente dice sus madrigales,
escuchándose como beau diseur Regencia.
 

Fuente de Venus. Jardín de La Isla.- Aranjuez (fotografía, C/F)

 
SANDRO BOTTICELLIi
LA PRIMAVERA
 
    ¡Oh, el sotto voce balbuciente, oscuro,
de la primera lujuria!… ¡Oh, la delicia
del beso adolescente, casi puro!…
¡Oh, el no saber de la primer caricia!…
    ¡Despertares de amor entre cantares
y humedad del jardín, llanto sin pena,
divina enfermedad que el alma llena,
primera mancha de los azahares!…
    Ángel, niño, mujer… Los sensuales
ojos adormilados y anegados
en inauditas savias incipientes…
    ¡Y los rostros de almendra, virginales,
como flores al sol, aurirrosados,
en los campos de mayo sonrientes!…
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