Plazuela de la Mariblanca

Cecilio Fernández Bustos

 

                                                Para Ángel Ortiz Córdoba

 

Su vida contiene acaso todas sus pasadas horas, las horas de espera y de abandono, las horas de duda y las largas horas de desamparo: es una vida que nada tiene perdido ni olvidado, una vida que se forma transcurriendo.

Rainer María Rilke

 

 

Nací y crecí en Aranjuez. Me acunaron, como a tantos otros, malos tiempos de frío y de pobreza. Más tarde, ya crecido, me tentó la aventura y anduve por otras tierras. Conocí a otras gentes, me enamoré de otras ciudades y vi incendiarse el mar a la puesta del sol, igual que tantas veces, a la caída de la tarde,  viera incendiarse el cielo arancetano. Sin embargo, el deseo era fuerte y volví a esta ciudad y en ella ando, tal vez porque comparto aquello que, aunque ante otro paisaje, escribiera Camus: Aquí comprendo lo que llaman gloria: el derecho a amar sin medida.

         El paso del tiempo va apartando múltiples intereses y deseos de la conciencia de los hombres. Cambian los usos, las costumbres; también, con el paso de los años, se conmueven las certezas inamovibles e incluso las rocas se doblegan erosionadas por el fluir temporal. Pero el juego de la vida sigue y con él, los hombres, abandonados al mundo y sus promesas, añaden su inagotable esfuerzo —sus dudas, sus deseos y energías— para conformar el tiempo y el espacio a otros intereses, a nuevas utopías. El hombre, viviendo el presente, se precipita inexorablemente en el futuro tratando de aproximar la historia que construye a aquellos ideales que la razón concreta en deseo de libertad.

         Las prisas y el tráfago de la cultura contemporánea han ido arrinconando en el desván de la memoria colectiva pequeños hechos, junto a grandes e imponentes historias; hábitos placenteros que en otros tiempos comerciaron con la alegría. Todo aquello, lo que fue, quedó adherido a los rincones íntimos, allí donde los pueblos, grandes o pequeños, guardan, como húmedo musgo, la huella de su historia. El que esto escribe podría, acariciando las piedras que soportan esos musgos, recuperar un bello día de primavera, lleno de aromas, en el que una muchacha le aguantó por primera vez la mirada y bendecir, sin ningún pudor, tanta belleza.

         Lamentablemente no vamos habitualmente acariciando piedras por las calles. Sólo alguna que otra vez, liberándonos del tinglado de lo cotidiano, nos dejamos seducir por esa tentación romántica. Así, al atardecer de un día festivo, no podemos resistir el impulso que nos llama a transitar los caminos de la evocación. Largos años de ausencia hacen que el viajero que retorna pueda explicarse la enorme dificultad que tiene el hombre para divorciarse de la tierra. Cuando la llama del olor de los tilos en flor o de las blancas magnolias, abiertas sus puertas, se posa en el curso de la sangre, cuando después de un breve diálogo con la lluvia en primavera, ya caída la tarde, la tierra está húmeda y olorosa, paseas por la Plazuela de San Antonio, ¡ay!, en ese momento, la vida puede ser tan hermosa.

 Anatomía de una Plaza

         El viajero que llega por primera vez puede conmoverse, quedar perplejo ante la contemplación de un espacio tan singular. El nativo que regresa después de larga ausencia se  emociona al descubrir su propia intimidad descansando en el alféizar de los recuerdos. Y aquel que nunca perdió la visión de este rectángulo de armonía, cederá su pasión al ritmo sosegado del que, al estar seguro de la posesión, no percibe bien la calidad de lo poseído. Sin embargo, los tres comparten un mismo sentimiento: el palpitar hiriente del placer de vivir.

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        Aparece un cielo vivo, todo luz, y de los ojos que contemplan hechizados se cuelgan y mecen los verde tilos. Estos abrazan, tiernamente, la magnífica y ancha plaza. Fachada de San Antonio, contraluz azul de la mañana; arcos y más arcos formados por la pulida y alba piedra de Colmenar; Casa de Oficios, Casa de Caballeros, Casa de Infantes; Jardín de Isabel II, frondoso y recoleto espacio donde buscábamos la sombra en los cálidos días del verano. Al norte, mirando hacia Madrid, la melódica sonrisa verde del Parterre y sus magnolios. Y hete ahí, en el centro, exacta en su blancura, la fuente que, al nombrarla, dará a la Plaza uno de sus varios nombres: Plaza de la Mariblanca.

         Los arquitectos y los urbanistas han escrito, con detalle, amplitud y precisión, sobre las múltiples consideraciones técnicas, estéticas, culturales, históricas y políticas que se dan cita en esta plaza porticada tan excepcional en el paisaje urbano de los pueblos ibéricos. Amplitud y una gran simplicidad son los elementos de la cocina de este barroco y mítico espacio.

         El paisaje urbano de Aranjuez podría haber llegado a la perfección; casi la alcanza. Tal vez, en esta aproximación radica la posibilidad de conciliar la coincidencia entre el sueño y la realidad. Y es posible, no soy urbanista para afirmarlo, que el paradigma de esa casi perfección sea la Plazuela de San Antonio. Plaza, Plazuela, enorme patio de vecindad recuperado hoy del cerco grasiento y agresivo donde, acuchillada su anatomía, yació agónico durante años, lastrado por la nacional IV.

Una Plaza y seis nombres

         Podríamos renovar el espíritu y situarnos en el reconocimiento preciso y adentrarnos en la lucidez punzante que nos transmite este espacio de elocuencia urbana y racional. Su posición en el corazón histórico de la Villa, su lirismo emocionado por el aroma de la luz, su capacidad para dar pleno cobijo a la más elemental expresión de convivencia ciudadana: la imprescindible y mediterránea presencia callejera de unas gentes temperamentalmente inclinadas a favor de extraerle a la intemperie toda la sabiduría de la vida. Porque, con harta frecuencia, nuestro ritmo se sitúa en esa ingenuidad nativa que vibra al sol de los espacios abiertos. Esa necesidad de sensación profunda, abandonados al diálogo intranscendente y plácido en la mañana de un domingo.

         La Plaza, su historia, su presencia en el diario acontecer de la vida ciudadana. La Plaza y su importante poso de anécdotas y curiosidades sobre las señas de identidad de sus gentes. La Plaza cuando queremos encontrarnos, reconocernos encontrando y reconociendo a la ciudad que amamos, a la ciudad que nos sustenta, a la ciudad que, como afirma José Luis Pinillos, se constituye “en el gran órgano de la humanización del hombre. La Plaza y sus ecos como dulce trajín de sosegada fiesta que nos acoge en el incendio voraz de la nostalgia. La Plaza, sus luces y sus sombras por donde gime el dulce salmo del tiempo. La Plaza, como seno nutricio que guarda la levedad de nuestro pasar por el frágil puente de la existencia.

         Nos hemos detenido en esta Plaza, y desde aquí, tras abrir los postigos de los recuerdos, contemplamos a aquel niño de los sueños, que fuimos un día ya lejano, persiguiendo el torpe vuelo de una mariposa. También vemos la ensimismada inexperiencia del serio adolescente, buscando ese instante de la atrevida mirada femenina, creadora del mundo y de la historia. Y es paisaje iluminado por el vuelo vertiginoso, negros venablos, de los vencejos, las golondrinas y los aviones que chian con gran algarabía persiguiendo insectos.

         Estoy sentado junto a la fuente de Venus, Mariblanca, Afrodita y percibo el rumor de estos espacios donde, súbitamente, espejismo caudaloso de la sangre, se agolpan los latidos que expresan lo social y lo más intimo de nuestra relación con la ciudad. Nombrando los recuerdos, poniéndoles nombres y fechas a los rincones, a sus luces mágicas que guardan las presencias de personas que han sido y están ahí. Contemplando y poniéndoles nombres a todo lo que envuelve la cicatriz de habernos deslizado por el cartílago del tobogán del tiempo. Así, de esta forma, nombrando las historias, descubrimos que una ciudad puede ser amada tanto o más que una mujer y podemos recorrer sus calles y sentarnos a ver morir la tarde en una de sus plazas, con el mismo estremecimiento que acariciamos a esa mujer amada.

         Nombrar supone siempre el comienzo, el inicio, la afirmación del conocimiento. El nombre suele ser una importante referencia para acceder a los íntimos laberintos de los objetos. Al igual que las personas, los objetos, las ciudades, las calles y las plazas, también tienen sus nombres. Nuestra Plaza, la que huele empalagosamente cuando se abren las puertas de las flores de los tilos y de los magnolios, tiene muchos nombres; ha sido nombrada de tantas maneras que puede acumular todos los símbolos de la ciudad y de su historia.

         Plaza Principal, del Rey, de las Cadenas, de San Antonio, de la Mariblanca, de la Libertad. Sobre todos estos nombres, en mi infancia y juventud e incluso hoy mismo, para los nativos  más castizos, como lugar de referencia para propios y extraños, el nombre de uso ha sido la Plazuela… Pero tornemos al nombre, tal vez original: Plaza Principal. Analicemos la dimensión simbólica, el significado en la vida de los ciudadanos de este fragmento de nuestra idiosincrasia urbanística. Es Octavio Paz quien afirma: Creo que el fragmento es la forma que mejor refleja esta realidad en movimiento que vivimos y que somos. Esta realidad en movimiento que vivimos y que puede simbolizarse en nuestra Plaza Principal, o de la Libertad; de Las Cadenas o de la Mariblanca; y, cómo no, Plazuela de San Antonio.

         Posiblemente el lector y el que esto escribe tratemos de establecer un nexo de interpretación entre la aparente y relativa serenidad que nos transmite esta plaza y la voluntariedad con que nos asomamos a la comprensión de sus múltiples significados en la vida de la ciudad. La vida fluye por los espacios urbanos con el sabor de la mecánica histórica del cuerpo social. El ámbito de la convivencia tiende a instalarse en los espacios más excelentes y de ahí el carácter de lo principal. Así, la Plaza, la Plazuela puede ser el símbolo de la tensión que enfrenta dos instancias, dos fuerzas, dos intereses en apariencia contrapuestos. Y ello porque, tal vez, sea éste el lugar donde la escenografía de lo ribereño alcanza más altas cotas de monumentalidad.

         Aranjuez empieza a definirse y conformarse como ciudad en el reinado de Fernando VI y a él debemos la existencia de esta Plaza. A partir de ese momento, mediado el siglo XVIII, comienza la gestación de un latido que todavía hoy agita los pulsos de los ribereños y condiciona las posibilidades culturales y sociales de esta ciudad. Aquí siempre nos hemos movido en el sofisma: no nos desarrollamos porque todo pertenece al Patrimonio Nacional, o, por el contrario, gracias al Patrimonio Nacional existe Aranjuez.

         Pero la vida sigue. Arancetano, te espero en la Mariblanca.

Aranjuez, julio de 2009

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7 comentarios

Archivado bajo Calles de Aranjuez

7 Respuestas a “Plazuela de la Mariblanca

  1. Pues allí nos veremos, Cecilio.

  2. Pablo

    Allí nos vemos Cecilio, paseando esos arcos llenos de recuerdos de nuestra infancia en los días de feria,
    de lluvia y de juegos de una epoca en la que el tiempo se detenía.

    • cecibustos

      Pues que así sea, Alberto y Pablo. La Mariblanca, en unos días, se poblará de los oros de los tilos y los bronces de los plátanos. Y volaran los silencios acompañando a las últimas golondrinas. El otoño y la Plazuela son tiempo y lugar ideales para hablar de futuro y de los huecos dejados por los árboles abatidos por el viento o talados por los hombres. Sí amigos, allí nos vemos.

  3. Ramón

    Querido Cecilio:

    He paseado tu blog desde el recien muerto estío; desde que se de su existencia por ti mismo… Hoy encuentro dos minutos sueltos para darte la enhorabuena por el menú que has preparado desde tus páginas. Y especialmente por ese “‘plato” magnífico, que no se si es entrante maravilloso o todo un excelente primer plato: tu mágico acercamiento a Mariblanca y su Plaza-plazuela. Un espacio común, de todos y todas, desde su diseño en el XVIII – que nos recuerdas- hasta mañana… y siempre. Un trozo de ciudad que nos pertenece, como nos pertenece a todos/as la memoria, la música de Rodrigo, la pincelada de Rusiñol, la palabra escrita de Sampedro… Un sitio en un Sitio que todos /as hemos pisado, corrido, paseado, desde la prisa infantil de plaza-atajo “que llego tarde al cole”, hasta el rincón juvenil del beso furtivo cuando se van las luces del día (¡qué no contarán esos bancos de piedra…!), pasando por el sosegado pie tras pie del otoño o el recorrido bajo sus galerías cuando el cielo arancetano se empeña en llorar a cántaros.

    Que me gusta nuestra plaza-plazuela, amigo, y me enternece saber que los arrullos, murmullos, palabras y gritos que dejemos en sus arcadas, podrían resonar cuando ya no estemos y solo podamos admirarla desde arriba (o desde abajo D.n.l.q.)

    Gracias por tu blog y por tus recuerdos.

    Ramón

    • cecibustos

      Ramón, muchas gracias por un comentario tan próximo y gratificante para mí. En la magia de tu decir, la palabra alcanza al pensamiento. Sí, amigo, La Maniblanca, la plazuela con sus arcos y su arena, tan pisada y siempre acogedora, es más que un símbolo para ribereños y arancetanos.
      ¡Gracias! amigo.

  4. Julián Marañón García-Gango

    Me alegró ayer encontrarte aquí, hoy saludarte dos veces y por ultimo llevarme esta alegría.

    • cecibustos

      Julián:
      A mí también me alegra que te hayas encontrado con este blog. Y me alegra, más aún, que te haya gustado. Espero que este encuentro de hoy, nos facilite la apertura y el acercamiento a esos conocimientos que tú guardas sobre Aranjuez y sus árboles. Y también, esos otros saberes tuyos sobre los caminos, trochas y cañadas, en los que sigues dejando tu holladura.
      Gracias por tu comentario y ¡bue viaje!, que tus pies aguanten el camino.
      Un abrazo,
      Cecilio

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