Archivo de la categoría: Calles de Aranjuez

Aquella tormenta que vivimos ayer

Cecilio Fernández Bustos

 

Los cuerpos cuentan, desde luego —cuentan más de lo que estamos dispuestos a admitir—; pero no nos enamoramos de los cuerpos, nos enamoramos de lo que somos, y si en gran parte de la naturaleza se ve circunscrita a un ámbito de carne y hueso, también hay otra cosa.
Paul Auster (de La noche del oráculo)

 

escanear0008Paul Auster tiene un pequeño libro titulado El cuaderno rojo. Se trata del libro que ahora tengo entre las manos y ojeo pasando páginas. Está editado por Seix Barral en la colección Booket y tiene fecha de mayo de 2012. El libro posee cuatro relatos autobiográficos del autor de Trilogía de Nueva York. Según leo la presentación o prólogo que del libro hace Justo Navarro, recuerdo que cuando lo compré, el mismo año de su edición, e hice una breve lectura de esas que van saltando páginas y nunca mejor dicho lo de saltando pues, cuando echaba un vistazo a este libro, iba en tren desde Madrid a Aranjuez. No obstante, hoy, según avanzo en esta nueva lectura descubro que el libro, que sigo recordando según lo voy leyendo, tiene algunos de los textos de Paul Auster prolijamente subrayados. Sin embargo, este artículo que escribo en estos momentos a modo de crónica, que no de crítica, sobre una lectura, quiero dedicarlo a uno de los primeros efectos y afectos de singular recuerdo que me proporcionara la lectura del llamado prólogo de Justo Navarro.

Siempre he creído que los recuerdos se sustentan sobre gestos y anécdotas y que su sustancia se conforma como una espiral que, según se va cebando y tomando cuerpo con nuevas vueltas, nos abisma y agarra fuertemente. Así te vas deslizando hacia el exterior y vas descubriendo e incorporando nuevos gestos, nuevas anécdotas. Vuelve a mí el manido ejemplo de las cerezas, pero es algo más serio y sutil. No son cerezas lo que va saliendo, son vainas que contienen multitud de diminutas semillas que están ahí, en un recóndito lugar de la mente, esperando el impulso de la respiración para brotar e iniciar el proceso de tejer emociones al ritmo de los latidos del corazón.

Paul Auster fue de excursión al bosque cuando tenía trece o catorce años, nos dice Juan Navarro al comienzo del prólogo. Y le sorprendió una tormenta. Antes de buscar y leer el relato de tal acontecimiento, importante, ¡qué duda cabe!, al leer en la introducción bosque, trece o catorce años y tormenta, automáticamente se abrió una vaina en mi mente. Se abrió la vaina que contiene las semillas gestadas cuando yo tenía parecida edad e iba de campamento a la Serranía de Cuenca con mis compañeros de las Escuelas Loyola de Aranjuez. Me quedé sólo en un bosque de pinos resineros buscando un abrelatas que nos habíamos olvidado al recoger después de la comida y mi ansiedad subió de tono cuando empezó a llover torrencialmente y escuché un sonoro trueno que retumbó en estrepitosos ecos frente a los altos farallones pétreos de Uña. Si hay que decir que pasé miedo, dicho queda: pasé miedo, mucho miedo hasta que desanduve la senda que me condujo hasta mis compañeros de acampada.

Cuando lees algo, real o ficticio, que interviene en las vainas tu colección y activa el ser de tu memoria y saltan esas destellos que chisporrotean e iluminan tus recuerdos, ¡ay!, entonces tienes consciencia de haber vivido y, aún más importante, eres consciente de estar vivo.

Testigo de aquella tormenta en la sierra y tal vez testigo del pavor que sintió aquel breve muchacho que era yo a los catorce años y otras posteriores vividas en otros ámbitos —tal vez eso que llaman suerte— nunca he sido testigo de la muerte de un amigo entre mis brazos, ni he contemplado el giro de su piel al color azul por el impacto del rayo.

Pronto hará un año (30 de agosto), sobre Aranjuez un potente huracán desgajo ramas y arranco árboles. Oculto en casa, desde mi ventana y con mucha precaución, fui testigo de cómo la naturaleza ocasionalmente se cobra su óbolo.

¡Ya pasó! Aranjuez, 30 de agosto de 2015 (fotografía CFB)

¡Ya pasó! Aranjuez, 30 de agosto de 2015 (fotografía CFB)

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Calles de Aranjuez

Las calles de Aranjuez 8

Calle de Postas
Cecilio Fernández Bustos

 

Las multiplicidades que giran múltiples en la multiplicidades del instante único en que vivimos. Y fíjate, el instante todavía no ha acabado!
Franz Kafka

Alguien está tocando una música espesa en la esquina del mundo. Alguien que ni siquiera conozco.
Julio Llamazares

«Hagamos de momento una breve posada» y vayamos al encuentro del descanso necesario. Aventemos los fantasmas del tiempo y sentémonos a ver cómo el sol mueve los objetos —les da y quita brillos y formalidades—: las fachadas, las gentes que caminan, los vehículos, los geranios de la señora Pepa, todo cambia con el movimiento propio y la luz que los bruñe y ciega al que mira —la mirada es quien crea, por el amor, el mundo, dijo el poeta— . Y hagamos todo esto desde la escueta mirada de una recta, de una curva, de un plano encalado. Hagámoslo en la calle de Postas, aquí, en Aranjuez.

         Paquito aún conserva el grillo que encontró esta mañana. Lo guarda en una caja de cerillas, apresado el insecto contra su voluntad. Se pregunta, ¿tendrán los grillos voluntad?. Acaba de ver lo que ponen en el cine de Infiesta —La diligencia, John Wayne y John Ford—. Sigue caminando y deja el cine a su espalda, en la calle de San Antonio, cuando gira a su izquierda entrando en la calle de Postas (seguro que también fue tierra de diligencias). Se dirige a la Madrileña (pensión) a comprar gomas para el tirachinas. Es verano, la fábrica de hielo está cerca y deja un destacado olor a amoniaco por todo el primer tramo de la calle. Si, primer tramo, pues, la calle Postas, tiene dos tramos, uno al norte de la fachada del Mercado de abastos, el otro al sur.

Calle Postas. Aranjuez (fotografía CFB)

Calle Postas. Aranjuez (fotografía CFB)

         La calle de Postas tiene un trazado singular. Comienza en la calle de san Antonio, con la que forma una T si miramos al norte, frente a la Casa de Atarfe. Se interrumpe porque el Mercado de Abastos está situado sobre ella y continua, una vez salvado este obstáculo, hasta fundirse con el Camino de Ontígola en los aledaños de la Plaza de Toros, la centenaria dicen por aquí, tras colisionar con la hoy conocida como Avenida de la Plaza de Toros. Justo donde se interrumpe, frente a la fachada norte del Mercado, forma nueva T con la calle del Gobernador. En su reanudación, fachada sur del Mercado, la atraviesa la calle de Abastos e, inmediatamente, le surge, a la derecha, el callejón del Pescado. Luego, en su recorrido, siempre hacia el sur, es atravesada por las calles de San Pascual, La Naranja, Las Heras, que muere en esta intersección, y, por último, antes del final ya señalado, la calle Calandria.

         En la calle de Postas se celebraba un mercadillo, al que en Aranjuez llamamos El Rastro —no, no es el Rastro de Madrid, ni funciona como aquel, es otra cosa— todos los sábados del año, salvo contadas excepciones —este mercadillo lo conocí, en los años cuarenta del siglo pasado, en la plaza de la Constitución—. Por aquellos tiempos, claro oscuro de mi memoria, la plaza de la Constitución albergaba en su centro, protegida por unas rejas, la estatua de Alfonso XII. Más tarde se ajardinó de forma recoleta, podía haber sido una plaza de Sevilla o de cualquiera otra ciudad. Luego, ya en tiempos democráticos, la plaza fue remodelada en su totalidad y se ornamentó con magnolios y tilos y la estatua de Alfonso XII, el rey curandero que regaló limones pasa sanar y prevenir el cólera de los ribereños, hoy luce desplazada de ese centro y junto a la fachada este del Mercado de abastos, siempre protegida por su reja.

La placa lo dice, calle Postas. Aranjuez (fotografía CFB)

La placa lo dice, calle Postas. Aranjuez (fotografía CFB)

         Es ésta una calle que ha tenido varios nombres. Según comenta Ángel Ortiz , «Cuando en Aranjuez se construían las primeras casas en el siglo XVIII, esta vía urbana era conocida como de las Tahonas»…«En agosto de 1932 se cambia su nombre por el de Manuel Azaña»… y en «Noviembre de 1934 vuelve a su antiguo nombre de Postas». Nombre que le viene, probablemente, de la Casa de Postas que hubo en esta calle y no del mercadillo de los sábados que, además, cuando esto se escribe ya feneció en el avatar de los cambios inducidos desde la administración local y hace algunos años que nos aguarda, todos los sábados, en la calle de Valera. Por consiguiente podemos deducir que, si una calle se llama de Postas, ha de ser porque en ella se establecieron asuntos relacionados con las Postas (y no precisamente las de escopeta), es decir con el Correo. Mas no solo el Correo, las Casas de Postas constituían uno de los servicios públicos más completos y más singulares de cuantos amanecieron con la tiempos históricos, pues, edemas de soporte para el correo eran soporte para los viajeros. El nombre le viene de los tiempos originales de cuando ejercían su oficio las casas de postas, cuyo diseño legal se pierde en los tiempos muy anteriores al decurso del diseño de Aranjuez sustentado por Fernando VI a partir de «Uno de estos logros hispanos, que nadie rememora, fue el establecimiento en España en 1518 (por Cédula Real de 28 de agosto por orden de la reina doña Juana y su hijo Carlos I) del correo de postas reglado. En realidad las postas habían comenzado a funcionar en nuestro país en tiempos de los Reyes Católicos, coetáneo a los instituidos por Luis XI en Francia, siendo ambos pioneros en este tipo de organización en la Europa del siglo XV y, por ello, en el mundo (en Inglaterra se instituyó a partir de 1660, y de 1688 en Alemania). La puesta en marcha de la citada Cédula Real propició el desarrollo de una serie de rutas postales, con las consiguientes apariciones de casas de postas, dotadas del personal y equipamiento correspondientes, las cuales siempre fueron protegidas por el Gobierno real y que se extendieron rápidamente por la geografía peninsular para conectar la mayoría de las ciudades del reino».

        En la actualidad, en la calle Postas han florecido numerosos comercios y abundantes locales dedicados a la hostelería y el ocio. En sus entrañas no es difícil tomar unas copas, intercambiar miradas, o darse un homenaje con una sencilla comida o unas suculentas tapas —esto se repite en los dos tramos de la calle, además, el Marcado de Abastos les espera con sus puertas abiertas al norte y al sur; el este y al oeste—

Hacia el sur. Calle Postas. Aranjuez (fotografía, CFB)

Hacia el sur. Calle Postas. Aranjuez (fotografía, CFB)

4 comentarios

Archivado bajo Calles de Aranjuez

Las calles de Aranjuez 7

Calle de Stuart

Cecilio Fernández Bustos

 

A mis primos: José María, Ramón y Julio

 

El privilegio del origen, en los hechos humanos, es, al par, el privilegio del sentido: vislumbrar razones y causas con cuyo conocimiento sea posible evitar que los comportamientos se deslicen, colectivamente, hacia la destrucción de los individuos.

Emilio García Lledó

 

 

En la calle Stuart siempre hubo muchas cosas interesantes, allí se  gestaba el magma social del Aranjuez que conoció mi amigo. La mayoría de las tiendas de confección, las zapaterías, el cine de Canina, las bicicletas Casa Bernardino y las bicicletas Casa Marcos, la Librería Garpaje. Un casino, dos casinos, tres casinos: el de Industria y Comercio, el de los Militares y el del Círculo Agrario. Las peluquerías de Boni, Toro, la de mi peluquero, el señor Ángel, Castaña, Talavera y alguna que seguramente olvido. Imprentas, estación de autobuses, banco Vizcaya y Caja Madrid —en un local que otrora fue ferretería—, peluquerías y algunos bares muy representativos. Incluso un local donde se bailaba y se organizaban veladas de boxeo. Y, siempre gobernando, el Ayuntamiento ubicado en la Casa de empleados y la plaza de la Constitución. Al principio de la calle, con esquinas y fachadas a las calles de la Reina y del Príncipe estaba el hotel Pastor, hoy colegio de SAFA y ayer palacio del valido de Carlos IV, Manuel Godoy, Príncipe de la Paz y, cuando mi amigo era niño, residencia de una familia—familia de la que surgieron algunos buenos futbolistas—  dedicada al transporte de peatones en vehículos tirados por caballos y al negocio de los taxis, ya vehículos con motor de explosión. También estaba el magnífico  Mercado de Abastos; según nos dice Ángel Ortiz[1] «El Mercado Público de Aranjuez es el primer edificio importante construido por una Corporación municipal». Al final de la calle uno podía darse de frente con la plaza de toros, «la bicentenaria». En esta calle vivían mis primos José María, Ramón y Julio que se fueron a Madrid para siempre y por allí siguen.
         Paquito, el amigo que me lleva de su mano, durante varios años, anduvo fuera de Aranjuez. Cuando terminó el Servicio Militar, la Mili, se fue a vivir a Madrid. Pero siempre que tenía una ocasión, aunque solo fuera por unas pocas horas, regresaba a Aranjuez. Aquí estaban la novia, los padres, las hermanas y hermano, los sobrinos, primos y primas, tíos y tías, los amigos y la ciudad —sus calles, sus jardines, el campo y el río—, en fin todo lo que le interesaba en aquel tiempo. El viaje más cómodo lo hacía en autobús, cuando los AISA estaban en el paseo de las Delicias de Madrid, pero hubo un momento en que pudo disponer de una moto, una escúter de la marca Vespa y a partir de esa posesión solía venir a casa y volver a Madrid en moto. Aquello sucedía en los primeros años sesenta del siglo XX y el tráfico nada tenía que ver con el de hoy.
Calle de Stuart -Calle arriba, calle abajo- (fotografía CFB)

Calle de Stuart -Calle arriba, calle abajo- (fotografía CFB)

 

         También solía viajar frecuentemente por toda la geografía española. Aquellos viajes, siempre relacionados con el trabajo que en aquel tiempo hacía, le dejaban pequeñas rendijas de tiempo para hacer turismo en todas las ciudades que visitaba. Así, conocía calles, edificios, jardines. Algunas de aquellas ciudades le causaron una profunda impresión —nunca volvería a disfrutar de una visita a la Alhambra granadina como lo hiciera en aquellos tiempos, acompañado por un amigo ilustrado y sin turistas—. También tuvo oportunidad de degustar, en plan barato o invitado por los amigos o sus familiares, algunos de los platos más sabrosos del Cantábrico, de Andalucía, de Levante, de Cataluña o del interior. De hecho, no es que se dedicase a este deporte pero, si se terciaba, no solía negarse. Para resumir, ya que no es este el tema del artículo, citaré solo dos comistrajos de aquel tiempo y aquel trabajo que mi amigo degustó. En una ocasión, en Gijón, un compañero que andaba de patrona, le invito a comer en aquella casa y la sorpresa fue que, detrás de una fantástica fabada, bien surtida de excelentes fabes y los no despreciables frutos del cerdo, pusieron sobre la mesa unos pollos camperos asados al horno y una fuente de huevos fritos. El otro recuerdo le lleva a Huelva, a una corrala gigantesca —me río yo, dijo Paquito, de las de la calle Stuart— en uno de cuyos pisos vivía su amigo con sus padres y hermanos; el padre de mi amigo quiso obsequiarme, comentó, y me recibió a su mesa sobre la que esperaban una inmensa fuente de gambas blancas cocidas, ¡de Huelva, claro está!, y otra de pescada o merluza, como ustedes quieran nombrar, cocinada en salsa verde. Si Cervantes hubiera gozado de aquellas oportunidades que tuvo este ribereño para yantar manjares, tal vez los hubiera incluido en las bodas de Camacho.
Y sin embargo, ¡aún quedan corralas! (fotografía CFB)

Y sin embargo, ¡aún quedan corralas! (fotografía CFB)

 

         Debería disculparme de este devaneo pues de lo que yo quiero escribir en esta ocasión es de la calle de Stuart de Aranjuez. La calle de Stuart ha sido una de las calles más importantes y comerciales de Aranjuez, especialmente en mi infancia, adolescencia y juventud. No solo en Aranjuez se encuentra una calle con el nombre de un inglés, en Andalucía abundan. La calle de Stuart tiene su origen, como una princesa, en la mismísima calle de la Reina y avanza de norte a sur atravesando las calles del Príncipe, de las Infantas, del Real, de San Antonio, Gobernador, de Abastos, de San Pascual, Naranja, de la Rosa, de las Eras, de la Calandria y encuentra su final en la avenida de la Plaza de Toros —mal lugar para morir aunque se trate de una calle— El nombre de esta calle se funda, según puedo leer en un texto de mi amigo Luis de la Vega,  Calle Stuart «La Calle Stuart se denomina así por el propietario de la primera vivienda que se edificó en esa calle, la de Pedro Fitz-James Stuart y Ventura Colón de Portugal, marqués de San Leonardo, título concedido en mayo de 1764. Nació en Madrid en 1720. Era hijo segundo del tercer duque de Berwick y de Liria. Primer caballerizo del rey Fernando VI, gentilhombre de cámara, teniente general de los RE, Almirante de España y hermano del James Edward Fitz-James Stuart y Ventura Colón de Portugal, Duque de Veragua y de Berwick, origen del actual linaje de la Casa de Alba y genealógicamente descendientes de Cristóbal Colón»[2].
         Es ésta una de las calles que más ha bailado su nombre durante el pasado sigloXX, de nuevo mi amigo Luis, en su entrada citada, nos cuenta que «En el año 1929, cambio esta calle su nombre por el de Reina Dª María Cristina; en 1931 pasó a denominarse Pablo Iglesias; tras la guerra civil, en 1939 volvió de nuevo a cambiar su nombre llamándola Calle del Generalísimo Franco hasta 1980, en que se le devuelve su nombre original»[3].
Como indica su nombre (fotografía CFB)

Como indica su nombre (fotografía CFB)

 

         De la calle de Stuart conservaba mi amigo muchos recuerdos imborrables. Tal vez sea el más universal y compartido el ambiente que se formaba la noche de fin de año. Un conocido ciudadano tenía la sabia costumbre de pasarse toda la noche, ¡sí!, han entendido, ¡toda la noche!, calle arriba, calle abajo tocando una singular zambomba, por cuya caña subía el pellejo de un conejo. De tramo en tramo hacía una parada y trasegaba indistintamente brandy o aguardiente de las botellas que guardaba, una a la derecha otra a la izquierda, en los bolsillos del chaquetón con que se abrigaba. Se tocaba con un gorro, bien para el frío o para calentar el alcohol que cambiaba de las botellas a su estómago. Hace muchos años que no paseo la calle de Stuart las noches de fin de año, pero Paquito me comentó que aquel señor de la zambomba del conejo, había sido sustituido por su hijo. ¡Hijo o espíritu, todas las noches de fin de año!
         La calle de Stuart es camino inmejorable para acercarse al jardín del Príncipe o a tomar una cerveza en El Rana Verde, ese magnífico restaurante cuyos reflejos se mecen en las aguas del Tajo. No lo dudes, te hablo de ese Tajo cantado en excelente soneto por el poeta José García Nieto[4].

 

Reencuentro del Tajo en Aranjuez

Te vi, río que viera una mañana,
después, mucho después, temblando acaso
como agua presa en el gozado vaso
de la más delicada porcelana.
 
Sobre la piedra, el cielo, malva, grana,
se iba haciendo frutal en el ocaso.
Y el río, rama, verso, ¡oh, Garcilaso!
deshacía su música cercana.
 
Distribuyendo, repartiendo notas,
arpas de mármol, brazos de mujeres,
hojas del árbol fácil, confundía…
 
Río después cantado, rimas, gotas:
Narciso, Apolo; cisne, Hércules, Ceres,
el nombre por la fuente a la armonía.

 

         Si subes calle arriba (o calle abajo), con un ligero trote como de caballo bien educado. No obstante, va derrotando a izquierda y derecha como un toro mal criado. Los chiquillos se abren espantados y se paran a una distancia lógica para su rápida huida si es necesaria. Estamos, amigo mío, en la calle Stuart de Aranjuez. Hubo un tiempo, años cuarenta, cincuenta y sesenta, en que esta calle fue la preferida de la industria comercial, de las cañas de cerveza bien tiradas y de las terrazas. ¿Tú recuerdas el toldo del bar Sol?, cuando lo desplegaban como si se tratara de la vela de una goleta, uno podía creerse que estaba en Sevilla, sí, en Sevilla, en la mismísima calle de las Sierpes.
         La calle de Stuart la recuerdo, dice mi amigo, asfaltada siempre. Posiblemente esta calle con asfalto y la calle de San Antonio adoquinada hayan sido las primeras calles sin barro en días de lluvia o nieve de Aranjuez. Ambas calles eran paseo obligado de las tardes de domingo hasta la hora del cine. Los que iban al cine por esta razón y los que no iban al cine porque ya no había nada que hacer por la calle en los fríos inviernos del Aranjuez del brasero y la badila. A la postre, los amores buscados se encontraban casi siempre en la encrucijada de estas calles —las cuatro esquinas, tan nombradas como los jardines, guardan el espíritu civil de la Villa de Aranjuez y el dulce permanente de la pastelería La Madrileña—. Después de tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, como en las fábulas, un domingo cualquiera el chico se decidía y se acercaba a la chica que, en tantos cruces, le había aguantado la mirada y se iniciaba una conversación torpe, ingenua, entrecortada que, no obstante, en la mayoría de los casos era el preámbulo de unas vidas cosidas  para siempre. Más tarde, en pasado algún tiempo, si tenían dinero suficiente, se tomaban unas gambas a la plancha o unos calamares fritos y dos cañas de cerveza en Casa Jacinto. Si la película era interesante y conseguían entradas, algún domingo, la chica y el chico iban al cine.

[1] Ángel Ortiz Córdoba. El Mercado de Abastos. Algunas páginas de la historia de mi pueblo. Doce Calles / Aranjuez, 1898

[2] Publicado por Caminantes en Aranjuez en lunes, octubre 15, 2007

[3] Publicado por Caminantes en Aranjuez en lunes, octubre 15, 2007

[4] https://cecibustos.wordpress.com/2010/08/15/jose-garcia-nieto-reencuentro-del-tajo-en-aranjuez/

 

Alfonso XII contempla a los ribereños (fotografía CFB)

Alfonso XII contempla a los ribereños (fotografía CFB)

 

16 comentarios

Archivado bajo Calles de Aranjuez

Las calles de Aranjuez 6. Calle de los Borrachos (calle de la Gobernación)

Cecilio Fernández Bustos

 

                               Para Benedicto Ramírez     

 

Mira, Platero, cómo ha puesto el río entre las minas, el mal corazón y el padrastreo.

Juan Ramón Jiménez (De Platero y yo, 1914)

 

 

 

      A uno de mis mejores amigos le gusta mucho acudir al billar, a mi primo también le tienta y yo, aunque no es asunto que me apasione, como soy más pequeño, me dejo llevar y en ocasiones tengo la oportunidad de ver alguna carambola brillante. Son varios los que juegan bien pero hay uno que sobresale y marca distancias. Los billares están en la calle de los Borrachos, cerca del Gran Teatro. Sí, en Aranjuez hay una calle que protagoniza con suficiencia esa singularidad que yo llamo de lo nominal ambiguo. En el callejero se llama calle de la Gobernación, pero los ciudadanos de Aranjuez, especialmente los más añejos, la hemos conocido siempre como la calle de los Borrachos.

         La calle de los Borrachos o de la Gobernación para correos, es una calle pequeña, quiero decir corta, que tiene su origen en los pares de la calle de las Infantas y que corre de norte a sur atravesando la calle del Real y termina su efímero recorrido en la calle de San Antonio, frente a la fachada del teatro, todo apariencia, Real Coliseo Carlos III. Como pueden comprobar, cuando quieran, quienes no la conozcan, se trata de una calle breve en longitud, unos 200 metros, pero, ¡que les contaría yo!, una de las calles con más enjundia y vida ciudadana pegada a sus paredes, a sus esquinas, y a su asfalto.

Fachada de la calle de los Borracos desde el jardín de Isabel II (fotografía CFB)

Fachada de la calle de los Borrachos desde el jardín de Isabel II (fotografía CFB)

         Las campanas de iglesia de San Antonio — ¡Las campanitas!, como les decía a mis hijos la señora Pepa— tocaban a misa del alba. Aquellos eran tiempos de limpiabotas, remolachas caídas de los vehículos que las transportaban a la Azucarera y pan de estraperlo en la esquina del Submarino. Cuanta gente ha envejecido en estos últimos años, amigo Bene. Incluso los hay que han muerto, como nuestros querido Paco López y Ángel Ortiz. Con uno de los que han muerto, Ortiz, cambie algunas impresiones sobre la calle de los Borrachos. Su familia había regentado los billares durante largos años y uno de sus hermanos, Pedro, posiblemente fuera el mejor jugador de billar de Aranjuez. Yo recuerdo cuando, siendo aún un niño que apenas podía sostener el taco, veía algunas partidas en las que Pedro Ortiz ganaba siempre. Pero la calle de los Borrachos, aquella en la que tú jugabas, amigo mío, ha ido cambiando; igual que las hojas de los árboles, han volado con los vientos del tiempo, también han sucumbido algunas de las construcciones y las que no, han cambiado de color y de función y alguna, frente al jardín de Isabel II, ofrecen un aspecto deplorable. Excepto la Casa de Atarfe (en cuya fachada a la calle de los Borrachos estaba la entrada a Radio Aranjuez [Emisora nº 40 de la Cadena Azul de Radiodifusión del Frente de Juventudes]. En ese mismo espacio conocí yo, que fisgaba por las ventanas, un gimnasio del que recuerdo espalderas y pequeñas máquinas para remar y, antes de aquello, lugar con un ring de boxeo donde algunos niños, ocasionalmente, nos dimos de bofetadas un día de festejos. Local que permanece ahí aceptando con los cambios de su uso, el avanzar perenne de la vida.

Calle de los Borracos desde la calle de san Antonio (fotografía CFB)

Calle de los Borrachos desde la calle de san Antonio (fotografía CFB)

         Con Ángel intenté descifrar el porqué de una calle, que se llama formalmente de la Gobernación, es conocida popularmente cómo la calle de los Borrachos. No tengo ninguna duda de que es ésta y no otra la primera pregunta que nos hacemos todos. La respuesta que me dio Ángel, aunque él no parecía convencido del todo, a mí, sin embargo, me pareció muy apropiada, la voy a dar por válida. Él me contó que a la entrada de la calle desde San Antonio, había un mingitorio y que era ahí donde terminaban todos los borrachos de Aranjuez, con su cogorza ocasional, para aliviarse por todos los caños de sus sufridos cuerpos antes de retirar se a sus casas. De esta circunstancia, que yo no recuerdo haber conocido, me dijo él, podría haberse seguido esa nueva denominación de la calle. De otra parte, Mingo Salamanca, en su blog Estampas de Aranjuez[1], da esta explicación:

 

« Así era como se denominaba (y aún muchos denominan) a la calle de la Gobernación. Hasta hace no muchos años, esta calle tenía una iluminación más bien escasa, lo que era aprovechado por la gente ebria (y los no tanto) para aliviar sus estómagos  y vejigas.

            También era muy común que los usuarios del Teatro salieran a esta calle a orinar, ya que el local no disponía de W.C. En cierta ocasión se colocaron unos urinarios de chapa en la calle con el fin de evitar que la gente orinara en cualquier sitio, pero con el tiempo, los orines pudrieron la chapa y el olor que había en el lugar era insoportable, por lo que al final fueron retirados de nuevo.

            Con el arreglo de la calle y mejora de la iluminación, parece que el problema se ha erradicado totalmente de la zona».

         Recuerdo los carrillos que en la zona se instalaban, frente al teatro-cine, llamado por entonces Gran Teatro Maestro Guerrero y ahora, restaurado y pendiente de empezar a funcionar, recuperando su nombre original, se le conoce como Real Coliseo de Carlos III. De aquel teatro-cine me viene a mí cierta afición al teatro. Recuerdo haber visto algunas funciones y algún musical que, en aquellos tiempos, antes de la colonización cultural por los Estados Unidos de América, conocíamos como Revistas, si, ¡Revistas!, a aquellos espectáculos donde tanto destacó Celia Gámez. ¡Cuántas veces cambié tebeos y novelas en el carrillo de Antonio!, nuestro querido Antonio González Parrilla, famoso por sus completas colecciones de postales históricas de Aranjuez y por su vida dedicada al turismo y promoción del Real Sitio y Villa, después del carrillo de la calle de los Borrachos, regentando un kiosco en la zona de recepción turística, junto a la glorieta de Santiago Rusiñol, al principio de la calle de las Infantas

         En su nervioso trajinar por las calles de Aranjuez, el narrador, en sus tiempos de adolescente, iba encontrando amigos con los que jugar al peón o a las bolas, incluso a palitroque o, más tarde, algo más crecido, al fútbol. En los aledaños de la calle de los Borrachos vivía José María y también Salva con los que correteaba y en ocasiones chutaban una pelota sobre las hojas que el otoño había depositado en la calle de las Infantas, en el solar del cine de verano. Cecilio hacía de portero y lograba excelentes estiradas que asombraban a sus amigos.

Jardín de Isabell II desde la calle de los Borrachos (fotografía CFB)

Jardín de Isabel II desde la calle de los Borrachos (fotografía CFB)

La calle de los borrachos con su negra barandilla, frontera del jardín de Isabel II, se prestaba a todo tipo de juegos violentos o arriesgados y tenía especial atractivo para los aspirantes a funambulistas. Abundaban las añagazas de los críos mayores y los más nuevos harto hacíamos evitando caer en alguna trampa. No eran pelotillas de papel, eran elementos más sólidos lo que te tiraban al menor descuido o, en el mejor de los casos, te atizaban un correazo, a veces con hebilla. Y, aunque no se lo crean mis lectores, yo he visto emplumar a algún chaval, igual que se emplumaba a los negros en la película “Arde Misisipi”. Los chicos del barrio, tras atacar, sabían escapar atravesando un patio con doble portal, entraban por la calle de los Borrachos y salían por la calle de Stuart sin que tú supieras como se habían desvanecido.      

         En todas las ciudades existen calles y plazas dotadas de una personalidad ambigua. La mejor expresión de esa ambigüedad la encontramos en los nombres. Se trata pues de calles que tienen denominaciones múltiples y lo normal es que tengan un nombre en el callejero y otro en el acervo popular de los habitantes de esa ciudad o barrio de ciudad grande. Suelen ser esas calles que dan sabor y color a los barrios y que no solo existen en las grandes ciudades. Aranjuez, en los años cincuenta, con más de veinte mil habitantes, constituía el núcleo de población más importante de la provincia de Madrid, después de Madrid capital, ¡faltaría más!

Plátanos del jardín de Isabel II (Fotografía CFB)

Plátanos del jardín de Isabel II (Fotografía CFB)

         Situemos mejor esta calle. Su primer tramo, a la derecha, conforma y establece el límite del jardín de Isabel II, peculiar zona real, con lo que es propiamente calle, es decir, ámbito puramente plebeyo o, más exactamente villano —entiéndase siempre villano, como habitante de la villa, no villano de vil y malvado— El jardín de Isabel II constituye una de las pequeñas joyas que engalanan el paisaje urbano de Aranjuez. Surgió en un solar con pretensiones de albergar un importante edificio pero que, como cuenta Teodoro L. Diez Carnero,[2] «…había sido determinado en el Plan Bonavía  para la edificación de las casas del Gobernador y Ministros. Habiéndose construido la Casa de Infantes, quedó la manzana que hoy ocupa el jardín convertida en un solar utilizado por arrieros para el descanso propio y de sus caballerías (algo que acurre en la actualidad con los coches aparcados de forma indiscriminada en las zonas más brillantes de Aranjuez). A comienzos del siglo XIX y dada su cercanía al Palacio Real, desde el cual la vista resultaba indecorosa, se decidió realizar una plantación de árboles para embellecer dicho solar y posteriormente la ejecución del jardín». Pues bien, ese jardín que fue creciendo con el tiempo y llegó a estar rodeado por unos magníficos plátanos de sombra, la mayoría de ellos perdidos hoy —tal vez consecuencia de la N IV que cercenaba Aranjuez hasta 1986— que rimaban con los de la plaza de la Mariblanca (¿los recuerdas?), la iglesia de San Antonio y el jardín del Parterre, dando suma belleza al entorno. Pasada la calle del Real, única que atraviesa a la calle de los Borrachos, nos encontramos con la fachada éste de la Casa de los Infantes y la Casa Atarfe, fachada compartida. Y a la izquierda de la calle, desde Real a San Antonio, nos encontramos hoy una fachada confusa pues los edificios de ayer ya difuntos han sido sustituidos por otros que no tienen ninguna gracia y, en consecuencia, qué te voy a contar amigo Bene, deslucen la perspectiva cuyo punto de fuga es el teatro. Pero tú, como yo, recordamos el olor a fresas del principio de la calle en el mes de mayo y es que, me lo recordabas hace unos días, ahí vivía el Sr. Canene, aquel ribereño que regentaba el kiosco de venta de fresón, fresa y espárragos del Brillante.

Calle de la Gobernación (fotografía CFB)

Calle de la Gobernación (fotografía CFB)


[2]  Teodoro L. Diez Carnero. Aranjuez. Un museo en la calle. Ediciones Marañón / Aranjuez, 2011

8 comentarios

Archivado bajo Calles de Aranjuez

Las calle de Aranjuez 5

Calle de la Reina

Cecilio Fernández Bustos

                     

A Tomás Ruiz, por su imparcial reparto de saber y de amistad

          

… fiesta que congregó a muchos espectadores a lo largo de la calle de la Reina, para admirar el cortejo por entre las dos filas de arbolillos plantados para dar sombra a la ruta hasta el puente sobre el Tajo. Fue en verdad deslumbradora la sucesión de berlinas, birlochos, landós, volantes, faetones y otros coches de paseo, así como de apuestos jinetes y hábiles amazonas, escoltados por la guardia personal autorizada a Godoy por los reyes.

José Luis Sampedro

(De Real Sitio)

 

E

ra un hermoso día de julio, la cacera que regaba los plátanos iba llena aquella mañana, casi a rebosar. Pese al calor de julio, la sombra de los plátanos, gigantes de gran porte que se cuadraban como adustos guerreros a nuestro paso y el discurrir del agua, daban una nota de frescor a la mañana. Paquito y yo caminábamos descalzos con el agua muy por encima de los tobillos, ¡qué tobillos, por las pantorrillas! Llevábamos las alpargatas en una mano y en la otra un puñado de palitos que íbamos depositando sobre la rizada superficie del agua. Eran los barcos de nuestra armada. Un grito, ¡ay!, y un salto fuera del agua, Paquito se acababa de cortar en la planta del pie y mostraba dos labios profundos, de donde empezaba a brotar abundante sangre. El asunto  me impresiona tanto que también grito, ¡joder! Un cristal, el casco de una botella rota le había herido profundamente y la sangre ya salía a borbotones. No sin gran esfuerzo, atamos un pañuelo alrededor del pie y con notables dificultades logramos replegarnos y llegar a casa de mi amigo. Su madre se encargó del herido y el practicante le clavó cinco plateadas lañas —parecidas a las que colocaba el paragüero lañador a los lebrillos de barro— para suturar el corte. Además, al lesionado le pusieron la antitetánica. Tras esta aventura, Paquito estuvo más de una semana, nunca mejor dicho, fuera de juego.

La calle de la Reina en Aranjuez. Juan Bautista Martínez del Mazo (Museo del Prado. Madrid)

La calle de la Reina en Aranjuez. Juan Bautista Martínez del Mazo (Museo del Prado. Madrid)

         La calle de la reina es una de las calles más emblemáticas de Aranjuez. Es una de las más extraña, atractiva e inclasificable de las calles del urbanismo universal. Cuando Aranjuez es declarada Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad, se está reconociendo, entre otras, la maravilla de esta calle. Larga y sedosa, como la cabellera de una virgen, con el verde de la primavera y del verano, el cobre del otoño o el frío enneblinado y desnudo del invierno, los plátanos de la calle de la Reina están ahí, con su centenaria juventud, para recordarnos que el lugar ha sido habitado por el hombre.

         La calle de la Reina es larga, muy larga, 3 kilómetros (los Campos Elíseos de París solo tienen 2 kilómetros). Nace al pie del Puente de Barcas y muere en el Puente de la Reina. Como dice Tomás Ruiz, «… se trata de una calle “entrepuentes” a semejanza de la que con tal nombre existe y que va desde la actual Puerta del Legamarejo hasta la plaza de la Isleta, y que fuese además la primera de las calles trazadas a cordel en 1545 y que sirviese a Juan Bautista de Toledo y a Juan de Herrera para el trazado de Pico Tajo».

Calle de la RTeina. Larga, larguísima. (fotografía CFB / 2012)

Calle de la RTeina. Larga, larguísima. (fotografía CFB / 2012)

         Si pasamos el Puente de la Reina, a la izquierda, nos encontrábamos un blando que el Tajo había ido formando y dando forma de pequeña playa, muy frecuentada por familias de Aranjuez en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. Aquellas familias se servían  del gango instalado ahí, en lo más alto, sobre el río, y que prestaba su nombre a la playa: Gango de Salivilla, Playa de Salivilla. Sí, ya lo he dicho, muchas familias combatían el verano de Aranjuez comiéndose el pisto, la tortilla o los filetes empanados de la noche en los gangos. Aquello era una fiesta para los niños que, también allí, aprendieron a nadar.

         Hace unos pocos días, un buen amigo, Tomás Ruiz, me comentaba el laberinto de nombres que había servido para nombrar a la calle de la Reina en su larga vida y me recordaba, citando «… la real Orden de Felipe II fechada en Febrero de 1557 se ordena hacer: “…el puente que está trazado se haga en el Tajo al cabo de la calle Grande…” Así podemos dar por buena que la primera denominación de la calle se corresponde con “calle Grande” (1556)». Fundado en encadenadas citas bibliográficas, mi amigo sigue comentándome los nombres que sucesivamente va teniendo la calle de la Reina. Así, aún en tiempos de Felipe II, se llamó calle de la Chopera de Alpajés y con Carlos II, que mandó plantar la calle con olmos negros, se la nombró, por primera vez, calle de la Reina. En la Segunda República se llamaría avenida de Joaquín Costa y finalizada la guerra civil volvería a llamarse calle de la Reina

         Amigo lector te invito a caminar conmigo. Vamos a pasearnos por la calle de la reina, nuestro paseo desde el principio hasta el final de la calle caminaremos tres kilómetros y si llegados al final, nos damos la vuelta para volver al origen, terminaremos una caminata de seis kilómetros. Este ejercicio lo hacen habitualmente muchos ribereños. Así que, prestos a iniciar nuestro paseo, para preparar el espíritu nos tomaremos una cervecita, solo una, en la Rana verde, el más francés de los restaurantes de Aranjuez, donde Marco Marchioni, al reputado sociólogo italiano afincado en Málaga, le sirvieron un “pernot” sentado tras los cristales y frente a las aguas otoñales del Tajo, y comentó, en este momento no sé si estoy en Aranjuez o en París. Aunque la calle es larga vamos a ir señalando sus ajustes y conexiones con el resto de la ciudad y algunas singularidades del jardín frontera de la calle.

El Rana Verde desde el Jardín de la Isla (fotografía CFB / 2011)

El Rana Verde desde el Jardín de la Isla (fotografía CFB / 2011)

         A la izquierda la verja del jardín que, el Tajo y la calle de la Reina dan cobijo, y sus diversas entradas, públicas unas, privadas otras para el manejo laboral del mantenimiento del jardín. «A lo largo de la calle de la Reina se accede al Jardín del Príncipe por un total de quince puertas…»[2], tres son las principales y utilizadas para la entrada y salida de los visitantes del jardín: Puerta del Príncipe, también conocida como Puerta del Embarcadero; Puerta de la Plazuela Redonda; Puerta de la Casita del Labrador:

Puerta del embarcadero. Jardín del Prícipe (fotografía CFB / 2012)

Puerta del embarcadero. Jardín del Prícipe (fotografía CFB / 2012)

         El jardín, frontera de la calle de la Reina, está constituido por la anexión de diversos espacios con nombre propio, que se van efectuando desde  el siglo XVI hasta principios del siglo XIX, si bien el trabajo de conformación y organización del jardín tal como lo podemos contemplar hoy, se lleva a efecto por el impulso de Carlos IV y la intervención de Pablo Boutelou y Juan de Villanueva[3]. Los espacios constitutivos del jardín del Príncipe que limitan con la calle de la reina son, según nos indica Teodoro en su excelente libro: Primer jardín (Español), Jardín de Primavera, Jardín Segundo, Jardines Quinto, Jardines Sexto, Jardines Séptimo, Jardines Octavo, Parque de Miraflores.

         Elementos singulares del la calle de la reina son Plazuela Redonda y Plazuela Cuadrada, ambas a la izquierda en la zona que amablemente da perfil al Jardín del Príncipe. Otro elemento singular, éste de muy reciente construcción, la Fuente de Cervantes, en los pares, al comienzo de la calle, frente a la Puerta del Príncipe o del Embarcadero. En el año 2005, la Comisión del IV Centenario, creada por iniciativa popular, y la colaboración del Ayuntamiento y empresas de Aranjuez, levantó un Monumento a Cervantes, conmemorativo de VI Centenario de la publicación del Quijote.

Plazuela Cuadrada. Calle de la Reina (fotografía CFB / 2008)

Plazuela Cuadrada. Calle de la Reina (fotografía CFB / 2008)

         La calle de la Reina forma con las calles del Príncipe y de las Infantas, el tridente occidental, cuyo vértice de convergencia se sitúa en la fachada occidental del Palacio Real. A la derecha tienen su origen, directo o simulado con la interposición de la paralele calle de la Primavera, las calles: Stuart, Capitán, Rey, Montesinos, Foso, Primero de mayo, Sóforas, Calle de las Aves (más conocida como camino de la Pavera, Casa la Monta, Sotomayor), Calle de Macadán.

         La calle de la Reina ha sido siempre una calle muy querida por los ribereños. En primer lugar por su belleza y capacidad de acogida. Lugar ideal para los primeros besos, para el ejercicio deportivo, para el paseo relajado, para acechar a las torcaces y algún faisán de los que dormían en los frutales de Las Parrillas en tiempos de hambre y para citarse a dilucidar, con los puños si era necesario, quién debería ser el novio de aquella chica tan guapa. José Ángel Orgaz Torres, en su excelente Se ha cometido un crimen[4], nos cuenta como, el 30 de junio de 1920, Juan Vicente Jiménez dio muerte de una cuchilla a Miguel Domínguez en el curso de una pelea que ambos habían concertado para disputarse el amor de una muchacha que, valga la paradoja, no manifestaba interés por ninguno de los dos.

Platanos de la Plazuela redonda. Calle de la reina (fotografía CFB / 2012)

Platanos de la Plazuela redonda. Calle de la reina (fotografía CFB / 2012)

         Aquellos, como yo, que hemos vivido ya unos cuantos años, recordamos con nostalgia el trasegar de grupos de chicos y chicas de camino hacia el Cortijo de San Isidro todos los 15 de mayo. Y en el regreso, ya a anochecido y sin luz artificial, intentando el robo de algún beso a la moza que bailó contigo al son del acordeón o, tal vez, fue la Orquesta de Don Francisco Simón la que amenizó el baile aquel día.  

         De niño, lo que más me impresionaba de la calle de la Reina era el hecho de que, en todas las puntas de las lanzas en que remata la verja del jardín, había una libélula viva y despiadada a la caza de comida. Los niños las mirábamos siempre como si fueran pequeños helicópteros. Y, de cuando en cuando, no era difícil encontrarse, frente a frente, con un escarabajo rinoceronte, abundantes entonces y hoy prácticamente desaparecidos.

Escarabajo rinoceronte identificado en la calle de la Reina (fotografía CFB)

Escarabajo rinoceronte identificado en la calle de la Reina (fotografía CFB)

         Difícil me lo han puesto los recuerdos. La calle de la Reina es una de las piezas más singulares del urbanismo ribereño. Aquí me gustaría a mí ver a Hemingway hablando de los Campos Elíseos de París o a Pedro de Répide hablando del Paseo de la Castellana. Él no, pero yo si tomo de su descripción del Paseo de la Castellana, las primeras palabras. “Este magnífico paseo forma la  más extensa de la hermosísima avenida denominada” calle de la Reina, que va desde la glorieta de Rusiñol hasta el puente de la Reina —con vocación de seguir, como ya hizo en otros tiempos, con ese nombre hasta la curva del Embocador—. En esta calle, tres kilómetros de larga, me imagino el discurrir del tiempo y de las gentes —las que fueron, las que son y las que serán— Carlos III, a caballo o birlocho, trasladándose al Cortijo de San Isidro y tal vez el palafrenero, siempre cerca del monarca, con las armas preparadas por si algún venado o algún jabalí se cruzaba en el camino.

         También me paro a considerar los grupos de señoras y señores mayores descendiendo la cuesta que va desde la Residencia Santiago Rusiñol a la entrada al Jardín del Príncipe, por la puerta de la plazuela redonda. Y el trajín, cuando yo era niño y adolescente de las parejas de enamorados —aún las gentes no teníamos coche—, buscando un lugar recatado o defensa de mirones y clérigos enviados por la verdad contra los pecadores. Ya en estos tiempos, cuando ya no hacía ninguna falta ni importaba, mandaron encender la luz en la calle de la Reina y la luz se hizo, ¡vaya si se hizo!, hasta el mismísimo puente de la reina, facilitándoles a los búhos la posibilidad de dar a la caza alcance.

         Yo era usuario permanente de esta calle para juegos, paseos y lecturas. Vivía sólo a cien metros, en la calle del Capitán y hasta recuerdo que, en pleno verano, antes de los exámenes finales de curso en Loyola, tres amigos, Luis, Jose María y yo, dedicábamos las siestas a preparar esos exámenes en la mismísima Calle de la Reina, en el poyete de la verja del jardín. Y la calle o nuestro esfuerzo nos reportaba unas excelentes notas. De aquella forma nos anticipamos, los tres amigos, a los esfuerzos que hacen los estudiantes de hoy en las salas dedicadas al estudio en el Centro Cultural Isabel de Farnesio. Si, cuando la calle de la Reina abre sus puertas y escuchas el zurear de las palomas, has hecho tu entrada en uno de los más excepcionales salones de Aranjuez. Y nosotros tres lo hacíamos, aquellas tardes de verano, para preparar nuestros exámenes.

         Caminar por la calle de la Reina, por el paseo limitado por los plátanos y la verja del Jardín del príncipe es como si te abrieras paso en un bosque, donde vas bebiendo, sorbo a sorbo, las luces de la mañana o del atardecer que se filtran por la cúpula de la enramada. Ayer eran carricoches y cabriolés, hoy son automóviles y por el paseo jóvenes deportistas y mayores que buscan mantener la forma, bicicletas y caballos montados por jinetes y amazonas y también aquellos que sujetan las correas de sus fieles compañeros, los perros. Y emocionante la ternura de las jóvenes mamás con sus retoños de la mano o en ligeros cochecitos.

         Hay un hecho meramente físico, de la misma biología de las plantas, me refiero al porche de tejido vegetal que, a gran altura, forman los árboles sobre la calle. Dicho en otras palabras, sombra, que no umbría, por la que se mueve levemente el viento. Ricardo Lorenzo, en el artículo publicado en el semanario  MAS, el pasado 11 del actual, sobre la visita que Mesonero Romanos hizo a Aranjuez en junio de 1831, cita  “Por la tarde salí al paseo de la calle de la Reina, que era  el punto de reunión. La misma escena que por la mañana, aunque en distinto teatro. Todas las damas sentadas a lo largo del enrejado de los jardines…”. De otra parte, el recuerdo me está estirando de una manga de la chaqueta, posiblemente todos los lectores de este blog hayan tenido noticias de las grandes avenidas del Tajo. Este río, tan triste y desaguado hoy, fue hasta el año 1947 un río bravo que provocaba importantes avenidas casi todos los inviernos y primaveras. E incluso alguna tormenta de verano u otoño podría provocar su desbordamiento. Y cuando esto sucedía, sus aguas inundaban la Calle de la Reina. Ya no se desborda el Tajo. De su poco caudal y la permisiva mirada de todos, sus aguas se han poblado de especies no autóctonas, acabando con la biología natural del río. No obstante, pese a la muerte del Tajo, la Calle de la reina sigue ahí, fracción de vida y flor de la elegancia.

 


[1] Ángel Ortiz Córdoba.- Topónimos de Aranjuez y su comarca.- Editorial Doce Calles / Aranjuez, 2005

[2] Teodoro L. Díez Carnero.- Aranjuez. Un museo en la calle. Ediciones Marañón / Aranjuez, 2011

[3] Teodoro L. Díez Carnero.- Aranjuez. Un museo en la calle. Ediciones Marañón / Aranjuez, 2011

[4] José Ángel Orgaz Torres.- Se ha cometido un crimen. Crónica negra de Aranjuez y su comarca (1844-1931).- Editorial Doce Calles / Aranjuez, 2011

20 comentarios

Archivado bajo Calles de Aranjuez

Las calles de Aranjuez 4

Calle del Rey. La navajita

Cecilio Fernández Bustos

 

La calle del Rey empieza en la de la Primavera extendiéndose formando una plaza por delante de S. Pascual, donde concluye, siendo plantada por primera vez de madroños en 1864

                                           Cándido López y Malta 

El hombre es un ser circunstancial, excepcionalmente circunstancial me atrevería a decir, no sólo porque como todos los seres que existen ha de hacerlo siempre en alguna parte, sino porque además su propia condición le insta a producir en cierto modo el lugar de su existencia. En otras palabras, el ser humano no está bien dotado para subsistir en su entorno natural; necesita acondicionarlo, acomodarlo a sus posibilidades, perfeccionarlo.

José Luis Pinillos

 

 

El niño no tendría más de seis o siete años. La tapia que rodea la huerta del convento de San Pascual está hecha con piedra caliza, sin enlucir. Abundan los huecos en los que el niño que camina calle abajo, o calle arriba que lo mismo da, pegado a la tapia, va metiendo una de sus pequeñas manos en esos agujeros. Porque los niños sí, los niños saben que a la ciudad hay que tocarla. Y hay que tocarla tocando sus edificios y cayendo en su suelo, para dejar esa pequeña muestra de sangre, de la pequeña herida, pegada a la tierra o a la pared, donde se roza el hueso de albaricoque —el güito— para abrirle el hueco y, vaciado de semilla, utilizarlo como silbato. Y es de esa forma, tocándola, como la ciudad acaba invadiéndonos y penetrando en nosotros para formar parte de nuestras historias personales. Y así, el niño, que siente en la piel de sus manos la tortuosa y agresiva forma de la tapia, recupera en su tacto y en su piel, que quema, la sorpresa inesperada: la mano ha tropezado con un objeto pequeño, gestante en uno de los huecos que acaricia. Una navajita de cachas blancas, de   hueso pulido y brillante, aparece en su mano. Es una miniatura de navaja, como él que es una miniatura de hombre. La mira, la abre y cierra y, ¡oh, mágico tesoro!, tras el estremecimiento, la envuelve en el pañuelo y lo guarda con cuidado, es su tesoro, en un bolsillo del pantalón. Pero hoy nos toca hablar de la Calle del Rey, donde Cecilio, niño, encontró la navajita blanca.

  

Calle del Rey, vista desde el Cerro Períco y antes de la urbanización de la Montaña (fotografía CFB)

       En lo más alto de su geometría, en el límite con el sur, forma un nudo con la avenida de la Plaza de Toros y el camino de las Cruces, que se resuelve hoy con una pequeñísima glorieta, rematada con la alta farola que han incrustado para ordenar el tráfico. Desde ese punto, para llevarles la contraria a los que numeran las calles, esta hermosa avenida se deja deslizar por la pendiente en sentido contrario, de sur a norte. Y es que en Aranjuez el sur está más alto que el norte. Y no es desde abajo, sino desde arriba la mejor forma de ver la calle del Rey. Aquí nos apostamos y hacemos las primeras fotografías. Mirada aún mejor es la que se organiza desde lo más alto del cerro Perico, ese abultamiento gredoso del terreno que, cuando Cecilio encontró la navajita, era un plantío de almendros —lamentablemente amargos— y que ahora está sembrado de casas unifamiliares, con sus pequeños jardines y sus miradores para disfrutar de las tormentas en las noches de primavera y en las de otoño.

         La calle del Rey, llamada en su origen, según el Cronista Oficial de Aranjuez José Luis Lindo, calle de los Gremios[1], ha sido una calle muy académica, solo superada por la calle del Capitán. Cuando yo era muy pequeño, haciendo esquina con la calle de las Infantas, estaba el colegio de la señorita Jesusa, también llamado de la señorita Chucla[2], en el que me estrené de párvulos;  pasada la calle de Abastos, a la derecha, bajo unos soportales que cayeron ante el filo y empuje de la piqueta, existió el colegio de Don Joaquín, aquel maestro tan alto y transparente en su blancura, siempre acompañado por sus hermanas; y, en el recinto de San Pascual, pasada la Iglesia, muy pronto floreció el colegio del mismo nombre, que aún hoy pervive. También el instalado en el número 1 de la calle, el colegio San José, que hoy ya no existe, regido que fuera por la congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente Paul y en sus últimos años muy participado por la comunidad escolar. Mi memoria no da para más, así que, si algo olvido o equivoco, espero ser disculpado.

 

Sí, es la calle del Rey, en Aranjuez. (fotografía CFB)

         Aquellos soportales que acabo de citar albergaron servicios importantes y, en consecuencia, la casa en cuestión tuvo dos nombres que alientan en la memoria de los arancetanos. Unos dicen que aquel edificio albergó la casa de los gremios y por ello se llamó Casa de los Gremios; otros hablan de unas instalaciones importantes para amasar y hornear el pan y por ello era conocida como la Casa de la Panadería.  

         Hay quién dice que hubo un tiempo en el que, en esta calle, se ejercía otro magisterio en un local llamado Las Palmeras o La Palmera. ¡Quién lo hubiera dicho!

         El paisaje de esta calle ha cambiado mucho y la arquitectura de sus edificios se ha vuelto difusa y confusa. Algunas de sus edificaciones, nacidas en los años sesenta o setenta del siglo pasado, son feas de solemnidad. Si Italo Calvino hubiese soñado la ciudad de Aranjuez, seguro que la realidad de algunos edificios no se adaptaría a sus sueños, posiblemente tampoco se acercarían a los sueños de Villanueva, ni a los de Fernando VI o Carlos III, aquellas gentes que tanto anduvieron por esta calle. No obstante, recientemente una intervención pública ha salvado a esta avenida del progresivo deterioro que la envolvía, con especial atención a la Plaza de San Pascual. Pero los edificios, salvo los construidos más recientemente, bajo la atenta mirada del PGOU del 82, ya lo hemos dicho, dejan mucho que desear.

 

Al fondo el Cerro Períco, hoy urbanización El Mirador (fotografía CFB)

         ¡Hay que ver este Aranjuez de las múltiples paradojas! La calle del Rey avanza de norte a sur y en el lenguaje coloquial debería decirse bajar a lo que habitualmente nombramos subir. Y es que todas las calles de Aranjuez que se desplazan de norte a sur han de subir la cuesta del desnivel. Este año los pájaros, pese a que hubo alguna que otra tormenta  en primavera que sacudieron los árboles, en su mayoría nuevos y jovencísimos, no han tenido problemas, pues son muy listos y los nidos de verderones y jilgueros estaban ocultos en los olmos viejos, heridos por la grafiosis y en su mitad podridos, que aún le quedan a la calle. Los olmos, según cuentan los que entienden de árboles, pertenecen a una especie arbórea con una antigüedad de más de 30 millones de años en la península Ibérica. Tal vez sea ésta y no otra la razón de que en este nuevo diseño de la calle del Rey, se haya tomado al ginkgo como árbol ideal para sustituir a los olmos; ello es que, como en el caso de los olmos, también son los expertos los que dicen que este árbol está considerado un fósil viviente pues es el único superviviente de un antiguo orden de gimnospermas ya extinguidas.

         Cuando esto escribo el olor del verano lo invade todo. Desde mi observatorio veo descender la noble avenida y me empiezan a brotar los nombres de las calles que la atraviesan y las que en ella nacen. En estas uno recuerda y, como el niño de la navajita blanca, aparecen algunos nombres que, por nombrados, nos iluminan. Las gentes que pasamos por EISA guardamos un gratísimo recuerdo de Don Nicolás Bollaín. ¿Quién no recuerda al encargado del economato con su bata —creo que era gris o tal vez azul—? Aquí mismo, en el extremo que forma la primera esquina a la izquierda de mi mirada, el final de calle de El Rey, colindaba una hermosa casa de dos plantas, la casa de Don Nicolás. En sus últimos tiempos, casi ciego, le veíamos, desde la calle, pasear por la terraza de aquella casa, que también tenía jardín y un hermoso pilón donde manaba el agua fresca y nadaban peces de colores.

 

Hospita de San Carlos, fachada principal. Aranjuez (fotografía CFB)

         Dos importantes monumentos arquitectónicos permanecen y aguantan el paso de los siglos en la calle del Rey. El primero, ya citado, es el Convento e Iglesia de San Pascual. El otro, el conocido hospital de San Carlos aguarda, muy enfermo y cansado después de tantos servicios prestados a los ribereños, una rehabilitación que le ajuste las cuadernas de la cubierta y restaure bóvedas, habitaciones y ventanales (este edificio hizo una de sus últimas apariciones en público en 1986 de la mano de Fernando Fernán Gómez, que lo utilizó en la filmación de su película El viaje a ninguna parte

 

Iglesia de San Pascual y plaza del mismo nombre, Aranjuez (fotografía CFB)

         Uno de los inmuebles más singulares que yace acorralado en un rincón de mi memoria, formaba una manzana completa entre Rey, Concha, San Pascual y Abastos. Se trata del que fuera en su día importante casa de labradores y que era portador de una sutil singularidad ya olvidada, aunque instalada en alguna memoria. Pero tampoco yo quiero ser absurdo, las cosas pueden y deben modificarse y adaptarse a la modernidad, aunque no debieran, y los hombres tampoco, negar sus orígenes. Posiblemente hablo de la parte de la Casa de Panadería que daba a la calle de la Concha. Seguiré indagando.

         La calle del Rey es una de las pocas calles de Aranjuez que apenas si da cobijo a un solo bar de esos que llaman o llamaban de trago largo y a un restaurante. Aunque, supongo yo,  en La Palmera, algo se tomaría. Lo que si tiene la calle del Rey son muchas esquinas, si no me equivoqué al contarlas diría que son treinta y cuatro;y no recuerdo que en ninguna de ellas se vendiera pan de estraperlo en los años cuarenta del pasado siglo, eso era en la esquina de El Submarino.

         Hemos bajado de norte a sur y ahora iniciamos un recorrido más adaptado a la norma, y caminamos de norte a sur. Desde la calle de la Primavera iniciamos el ascenso de la calle del Rey. He aquí las dos primeras esquinas y no señalo más o tal vez sí, que cada uno haga su cuenta y me diga si acerté. Y en la primera, a la izquierda, en el número uno nos encontramos con la Casa San José, ayer colegio de primaria, ya lo dijimos,  con gran prestigio entre padres y alumnos por su calidad. Hoy centro de reparación del dolor de la pobreza, heredada o sobrevenida.

         Dejamos a la derecha el Palacio del Nuncio, del que hablamos cundo glosamos la calle del Príncipe.  Seguimos pegados a la fachada de la izquierda y dejamos a la derecha algunas casas de nuevo porte, unas de los años setenta y otras de los ochenta del siglo pasado. Cruzamos la majestuosa calle de las Infantas. Avanzamos unos metros y nos encontramos con la calle Peñarredonda, una de las calles más breves de Aranjuez, entre Rey y Capitán, que surgió cuando se construyó el edificio Casa de Ferroviarios allá por el año 1924 del siglo XX.

         Hemos pasado el edificio de Ferroviarios y ahora atravesamos la calle de San Antonio, una de las calles más largas de Aranjuez y, a no durarlo, de las más interesantes y sugerente para comentar algo de sus luces y de sus sombras. Aquí, en este cruce, hace unos pocos años, cuando se recuperaron para el uso público las cocheras de la Reina Madre, se recupero un amplio espacio que anduvo muchos años sustraído y camuflado, para rehabilitar una parte de la que en otros tiempos fuera la plaza de Abastos. Así que, una vez cruzada la calle de San Antonio, dejamos atrás cuatro nuevas esquinas que se suman a nuestra contabilidad.

         Seguimos caminando y, tras dejar la facha este del Centro Cultural Isabel de Farnesio, atravesamos la calle del Gobernador y unos más pasos más adelante y una vez dejada atrás la facha este del palacio de los Duques de Medinaceli, atravesamos la calle de Abastos. Y ahora sí, una vez atravesada la calle de San Pascual, otras cuatro esquinas, calle muy estrecha —buena para carros y diligencias, pero muy difícil hoy para tráfico y aparcamiento en ambos lados—.

         Haciendo camino nos encontramos, si vamos por la izquierda, con la tapia, infinitamente larga y alta para los niños, donde Cecilio encontró la navajita de cachas blancas. Hay que andar mucho desde este cruce para llegar hasta la avenida de la Plaza de Toros, calle muy joven que nació dándole un pellizco a la huerta del convento de San Pascual. En este cruce volvemos la vista, pues no podemos olvidar y por ello retrocedemos en nuestro paseo, que en la fachada de los pares le nacen a la calle del Rey varias callejuelas: en primer lugar, ahí sigue la calle de la Naranja, después el callejón del Hospital —fachada sur del hospital— calle de las Heras, fachada norte del hospital y, por último calle de la Calandria —si no he contado mal ocho nuevas esquinas para nuestra cuentas—. Como diría Don Juan tenorio, súmenlas y vean que son treinta y cuatro. Si me he equivocado, espero la rectificación.  

         Sí, calle del Rey: hermosa calle, grandiosa perspectiva, ¡Aranjuez!


[1] José Luis Lindo.- Calle del Rey. Su nombre en la historia.

[2] Alicia Pascual.- Cita con la escuela. Enseñanza en Aranjuez (1900-1940).- Ediciones Doce Calles / Aranjuez, 2007 «Colegio del Niño Jesús.- Este colegio, de similares características al que acabamos de referirnos, estaba regido por Jesusa Chucla Subiza y situado en la calle del Rey esquina a infantas. Al igual que la anterior (la autora se refiere a María del Carmen Gómez Ruiz, maestra y compañera de estudios de Doña Jesusa, que instaló y dirigió el Colegio Nuestra Señora de la Flor de Lis)»

22 comentarios

Archivado bajo Calles de Aranjuez

Las calles de Aranjuez 3: Calle del Príncipe

Cecilio Fernández Bustos

           

    A Loli.

 

Uno necesita un pueblo aunque no sea más que por la satisfacción de poder marcharse de él.
Un pueblo supone no sentirse solo, saber que en la gente, en los árboles, en la tierra hay algo de ti que incluso cuando no estás, se queda esperándote.
Cesare Pavese

 

En las calles de Aranjuez el invierno suele ser húmedo y gris todos los años. Las nieblas se originan en los ríos, Tajo y Jarama, y se extienden por todo el valle dejando breves perlas de agua como llanto en las ramas de árboles y arbustos. Pasada esta desolación, Carlos y Cecilio, como buenos compañeros, comían del mismo pan y distraían su tiempo jugando en la calle del Príncipe, cuando las primeras lluvias de primavera traían a los jilgueros y verderones para anidar en los olmos encallecidos por los vientos y el salpicado trajín de la estación del frío.

         ¡Ay, los aromas de la primavera! Entonces me di cuenta, tras la lluvia eran únicos en esta calle. Flores, frutas y tierra mojada —aquello iba mucho más allá del campo de la investigación científica, era la vida y sus asuntos—. Pensad que cuando yo tenía diez años en Aranjuez apenas había coches, nos desplazábamos a pie y algunos pocos en bicicleta. ¡Cuánto me gustaba escuchar la lluvia desde la cama y soñar despierto con los duendecillos que tamborileaban en los cristales de las ventanas! Y luego, ya entrado el mes de mayo, los sentidos abiertos se enjoyaban de sensaciones. Las flores del pequeño jardín —el jardín de Aurora, formando cuña entre Infantas y Príncipe— enfrentando sus aromas a las escusas del fresón y de la fresa que manipulaban en la agencia de transportes de los hermanos Gálvez. Y las manzanas que, en otoño, comprábamos ahí mismo, a la vuelta de la esquina, en casa de la señora Rufina.

 

Glorieta de Rusiñol (c/f)

 

         Por esta calle “erran como vagabundos o fantasmas de desván” los susurros del viento acariciando los remolinos del transcurrir de las semillas de los ‘dientes de león’. Cada recuerdo, cada secuencia estacional, cada hoja mecida por el viento le confieren a esta calle la esencia de estar siempre ahí, luminosa y cercana, para ser habitada por los nudos de orfebre que festonan la vida.

 

Vivienda libre (c/f)

 

         Nuestra mirada en esta hora nos permite ver lo que hay y lo que hubo. Esa es la ventaja de haber vivido un tiempo largo. Pero, en la misma cosecha, con la perspectiva de ayer, podemos ver lo que hubo, lo que hay y lo que aún no existe. Vaya paradoja la contemplación de un futuro, en el que ya estamos, visto con la mirada de ayer, cuando aún no estábamos. Y es que, aunque se fuercen, las miradas no son del mismo tiempo. Los ojos del niño se abrían con asombro ante lo desconocido, los ojos del hombre, algo cansados y tras el desarraigo de aquel otro optimismo, buscan cobijo en el recuerdo.

 

Semáforo (c/f)

 

         La calle del Príncipe es la más barroca de Aranjuez. Se origina como Infantas y Reina en la glorieta de Rusiñol y es una radial más de las tres que, con el Palacio Real como vértice, constituyen el Tridente Oriental. Su natural prolongación en la calle Moreras nos permiten disfrutar de una perspectiva amplia aunque vaya encajada en las estrecheces de aquella canción infantil,…a coger la calle, que no pase nadie. Y aquí sí, nuestro punto de observación colocado al pie del cerro, no hay ninguna dificultad para desarrollar una larga mirada y contemplar la disolución de la silueta del palacio devorado por el crepúsculo en la lejanía del atardecer.

 

Tras la fuente (c/f)

 

         Al final de la calle, a espaldas de la iglesia de Alpajés, he conocido yo La Cintera, fábrica de cintas, donde trabajó mi madre en su juventud. Después venía una zona de solares sucios, con un gran hoyo, depósito de desechos y basuras, una zona desolada dentro del pueblo y algo más lejos, sobre el solar que ocuparon ayer los Estudios Cinematográficos, en los años cincuenta se instalo MAFE, más tarde AGFA. Hoy aquel hoyo de miserias se ha convertido en un moderno y divertido parque público con kiosco de música y en el solar que ocuparan los Estudios Cinematográficos se está terminando una estimable urbanización, con viviendas que se aproximan a las luces del Jardín del Príncipe y que, a no dudarlo, serán cómplices de una buena calidad de vida para sus habitantes.

         La prolongación por la derecha se enfrentaba a los restos de la antigua Huerta Valenciana, donde durante unos años acampó el Regimiento de Almansa nº 5, hoy en Zaragoza. Y más adelante estuvieron Las Pilillas, más zona de deshechos, y la Charca del secano donde, los más osados, jugábamos al fútbol.

         La primera sorpresa de la calle del Príncipe es la Iglesia de Alpajés . Debe este nombre al barrio que, al oeste de la Iglesia, es para algunos el origen de Aranjuez. Aunque tiene interés hablar del barrio de Alpajés, hoy lo dejamos para mejor ocasión, supuesto hablaremos de la calle de Alpajés. Lo que me ocupa en este momento es la Iglesia. Hoy Iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Angustias, patrona de Aranjuez. Obra de Cristóbal Rodríguez de Jarama, se construyó —según nos cuenta algunos aunque lo desmiente Juan Antonio Álvarez de Quindós —, sobre la antigua capilla dedicada a San Marcos Evangelista. De arquitectura clasicista, está realizada con ladrillo visto y alba piedra caliza de Colmenar. Sobre la puerta de acceso una inscripción dice: Carolus II Hispaniarum Rex Gubernante Don Francisco A Castro Vela MDCXC.

         Hasta final de los años sesenta del pasado siglo, tal vez los primeros setenta, Alpajés era la parroquia del pueblo y en ella fuimos bautizados mis hermanas y yo. Y también, en Alpajés me casé con Loli Gil, la chica de los ojos grandes y luminosos.

 

Iglesia de Alpajés (c/f)

 

         Vista la iglesia, cambiamos de ubicación e iniciamos nuestro recorrido desde la glorieta de Rusiñor, tras saludar al artista catalán inmortalizado en un bello busto realizado por el también catalán y amigo de Rusiñor, Sixto Alberti, padre de nuestra admirada Emilia Alberti. Tras dejar la glorieta y superar el primer cruce con otra calle importante, la calle Stuart, nos encontramos a la izquierda con el Palacio de D. Manuel Godoy. Antes que a Godoy perteneció al Marqués del Llano y en corriendo el tiempo sería el Hotel Pastor y, ya mediado el silgo XX, Colegio de la Inmaculada, perteneciente a SAFA. Continuando sin interrupción en la misma facha nos encontramos el Palacio de los Duques de Osuna, otrora Casa de Farinelli y ámbito de agitación cultural.

         Dejando atrás el Palacio de los Osuna hemos atravesado la calle del Capitán y, aún en el mismo lado de la calle, nos encontramos un excepcional edificio que, originalmente fuera la casa de D. Manuel de Iruegas, igualmente conocida como la Casa del Nuncio y, ya en el siglo XX, como la casa de la familia Careaga. En la actualidad y tras una importante reforma ha recuperado su antiguo nombre Casa del Nuncio donde se ubica el Centro Superior de Investigación y Docencia, adscrito a la Universidad Rey Juan Carlos.

 

Casa del Nuncio (c/f)

 

         Cruzamos la calle del Rey y pasándonos a los pares, nos encontramos con un edificio muy singular en cuya fachada podemos leer hoy Colegio Público Vicente Aleixandre. Se trata de la Casa de Montesinos, construida por encargo del Arzobispo de Toledo, Conde de Teva, a D. Luis Fernández Montesinos —de ahí su nombre—. Edificio con fachadas a las calles Infantas, Rey, Príncipe y Montesinos. También es conocida como Casa del Marqués de Pontejos, “D. Joaquín Vizcaíno, el que fuera célebre alcalde corregidor de Madrid” y que pasa por ser uno de los primeros edificios civiles construidos en Aranjuez.

         Este edificio ha tenido diversos usos públicos a lo largo de su historia , entre otros, en la última década del siglo XIX fue sede de la Comisión Liquidadora de atrasos de la Isla de Cuba. En 1903, el Ayuntamiento de Aranjuez cede su uso a la Diputación Provincial de Madrid para la Instalación de un Asilo de Ancianos, que regirán hasta finales de 1982 las Hermanas de la Caridad de San Vicente Paúl .

         En la actualidad y tras la división del edificio general en dos inmuebles medianeros, y la consiguiente rehabilitación de ambos, en uno se instaló el Centro Publico de Educación Infantil y Primaria Vicente Aleixandre y en el otro, con fachada a la calle de Infantas, el Centro de Nuevas Tecnologías, hoy Centro Municipal de Formación y Empleo.

        Ya que estamos en los pares y a estas alturas de la calle, seguiremos caminando hacia el este y pasada la calle de Montesinos, nos encontramos con un edificio renovado donde se han instalados los servicios de seguridad del Ministerio de Interior —Policía Nacional y Guardia Civil— y del Ayuntamiento de Aranjuez —Policía Municipal—

        Y por fin, dejando a nuestra izquierda un amplio espacio ocupado por la Iglesia de Alpajés, llegaríamos al final de la calle del Príncipe que, en este punto, se cruza con la calle del Foso. Y aquí, en este lugar, la brisa nos humedece el rostro con el agua de la fuente que se instaló al final de los años noventa del siglo pasado. Al otro lado de la Iglesia habitó durante más de cincuenta años del siglo XX el conocido restaurante La Mina.

        Siempre es una felicidad caminar en primavera por esta calle, florecida de rosas, los olmos, recuperados tras el fracaso de los chopos de los años sesenta, —habitación de jilgueros, verderones y mirlos— se mezclan con las amarillas flores de los jaboneros de China. La hierba recién segada huele a campo y nos transmite el vértigo de la hermosura.

         En el cruce con Capitán le han nacido a esta calle unas grandes copas que ornamentan pequeñísimos jardines para orientar el tráfico. Aún hoy, cierto temblor me habita cuando paseo por esta calle. Yo vivía en Capitán, en un bajo, y desde las ventanas mi casa, cuando era muy niño, contemplaba una breve bombilla que pendía en la esquina que formaban los impares de Capitán y Príncipe. Cuando llegaba la fecha, mis padres señalaban este punto de luz como la estrella de los Reyes Magos.

Primavera en la calle del Príncipe (c/f)

 

         De las calles nos queda también la memoria de los olores. El filósofo dice que somos memoria y el olfato no deja de ser un excelente instrumento para la memoria. Y las calles también se han ido formando con el aroma de acontecimientos importantes. Al principio de la calle del Príncipe, una empresa dedicada al transporte acumulaba y manipulaba toneladas de productos de las huertas de Aranjuez. Y ahí, en ese pedazo de calle, la fresa aromatizaba con su sabroso lujo y transmutaba todo la calle en sensual delicia. Pero mis amigos y yo ya habíamos probado esas diminutas perlas rojas y algunas grosellas del jardín de Aurora. Ya lo dijo Marcel Proust, “A veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas.” Pero tú y yo sabemos que la vida es un círculo que se cierra y todos los infinitos puntos que lo forman, pues, ahí están.

20 comentarios

Archivado bajo Calles de Aranjuez