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Un poeta un libro: “Aranjuez. Entre amistades y ausencias”. Antonio Gallego Buendía

Cecilio Fernández Bustos

 

El árbol está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia de los ojos ahora que el viento graciosamente lo cimbrea.

Dámaso Alonso

 

Aranjuez. Entre amistades y ausencias Antonio Gallego Buendía Editorial Doce Calles Aranjuez, 2015

Aranjuez. Entre amistades y ausencias
Antonio Gallego Buendía
Editorial Doce Calles
Aranjuez, 2015

Antonio Gallego Buendía es un poeta que a falta de una definición que nos permita integrarlo, por su obra, en un ámbito de voces, o escuelas, o generaciones, lo hemos bautizado como poeta de la intuición y de la entraña, que es algo parecido a poeta de nuestras leves presencias en lo existencial y cotidiano, lo que eleva su voz a la categoría de los poetas cercanos, localizables en la dulzura íntima de lo entrañable. Se trata de esos poetas presentes en la cercanía de la penumbra —y en todos los ámbitos «locales»—  que nos ofrecen su voz y nos invitan a degustar su sustancia. En definitiva la expresión poética no deja de ser, sino una iluminación, una revelación que se transmite entre la mente del poeta y la del lector. Si se produce esa comunicación el poema acierta a definir lo que quiere decir, por ello, en este caso, vamos a intentar comentar lo que yo quiero decir al tratar de este libro. Cuando Miguel Hernández comienza su andadura al trasluz de la lírica lo hace desde lo entrañable y cercano, desde el ámbito donde coincide con sus amigos y especialmente Ramón Sijé. Vendrán otros tiempos y conformaran nuevas ligaduras a lo vital y a lo esencialmente poético y se llamará escuela o singularidad. En el caso de Miguel como en el de Antonio yo me quedo con una expresión universal: Singularidad poética. Es decir voz propia, que no imita, que surge nítida y pura del manantial, transparente, impar.  Tal vez sea la nota más singular, entre las múltiples particularidades de la poética de Antonio Gallego, esa espontaneidad para integrar el costumbrismo, lo tradicional, lo cercano, dejando el sello existencial sobre la insurrección del alma.

Como el árbol de Dámaso Alonso, el poema está ahí, no para ser juzgado, sino para ser leído y disfrutado.  Antonio Gallego Buendía se presenta ante sus lectores con un hermoso poema incrustado en la solapa del libro como vestíbulo que nos invita a entrar en la casa. Bello pórtico que nos pone en contacto con el autor que ya en este momento, nos da una nota sobre su respiración poética —«Y vine yo a ver la luz / entre el olivar y el pino / en Siles pueblo serrano / que siempre estará conmigo».— Pero es aquí, en Aranjuez, a las orillas del Tajo, donde tropieza el escritor con el nicho vital donde encontrará su voz y el timbre consonante y asonante de su poesía: —«Me trajeron a Aranjuez / cuando yo era solo un niño / y aquí empecé nueva vida / aquí empecé otro camino, / aquí empecé a caminar / entre la estrofa y el mito, / entre la piedra y el agua / y el árbol siempre mi amigo / aquí anclaron mis raíces / y aquí nacieron mis hijos».— Ya hemos empezado a notar el fresco aroma a esas plantas que van a ser, junto a la poesía, uno de los grandes amores y motivos del poeta, su permanente cercanía a sus pueblos, el de la nacencia y el de apuntalar la vida, valor vivo, desde labios vivos: —«Entre sueños de futuro / siempre irán los dos conmigo. / Aranjuez y Siles son / pueblos por mí muy queridos.»—

Concluida su presentación entre origen y establecimiento, entre imagen acústica y percepción moral y social, el poeta nos abre las páginas de su libro y empiezan a aparecer personas, espacios, sensaciones, fidelidades, recuerdos. Y es como si un calafateador estuviera dando seguridad y belleza a la nave que va a hender levemente las aguas de la vida en compañías muy diversas y, como Felline, dará un primer grito —¡La nave va!—

Tres partes tiene el libro y las tres se abren en suavidad como el agua de los ríos: I Aranjuez y su entorno —paisaje, amigos, aficiones—; II Entre amistades y ausencias —familia, más amigos, memoria—; III A mis nietos —toda la sensibilidad vertida—. Hemos dejado el zaguán, acabamos de entrar en la casa y nada más pisar las primeras losas del primer aposento, nos encontramos un hermoso y sutil soneto que estando como estamos a orillas del Tajo nos lleva a dar un paseo con Garcilaso —«Que estando ya, no estaban, / Pues entre estar y estar hay diferencia.»[1]—. Antonio Gallego Buendía, como creador artístico, busca su inspiración en materiales ligeros pero profundos, hundidos en la tierra como el arado que va abriendo los

surcos y al tiempo va dejando caer para el lector las perlas de este soneto:

                                               Aranjuez
                            Bebiendo sin cesar con avidez
                            del padre Tajo el líquido elemento
                            en castellano páramo sediento
                            surgió a la vida el pueblo de Aranjuez.
                            Impacto de verdor fue en la aridez
                            a reyes y nobleza dio aposento
                            y este pueblo jardín y monumento
                            capaz de amotinarse fue una vez
                            testigos mudos fueron del Motín
                            Apolo entre corintios capiteles
                            Narciso por Atlantes sostenido
                            por Hércules Ateneo sometido
                            y Baco que entre mirtos y laureles
                            a Venus esperaba en el jardín.

Aceptamos la invitación que nos convoca y así Garcilaso, nuestro vecino toledano, más melancólico que Antonio, se asoma al Tajo y dice:

                            Cerca del Tajo, en soledad amena,
                            de verdes sauces hay una espesura,
                            toda de hiedra revestida y tierna
                            que por el tronco va hasta el altura,
                            y así la teje arriba y encadena,
                            que el sol no halla paso a la verdura;
                            el agua baña el prado con sentido,
                            alegrando la vista y el sonido.
 
                            Con tanta mansedumbre el cristalino
                            Tajo en aquella parte caminaba,
                            que pudieran los ojos el camino
                            determinar apenas que llevaba.

 

Si leemos con sosiego y nos adentramos en el libro de Antonio Gallego, vamos a descubrir poemas memorables, tanto por el significado como por el significante. Tal vez haya sido su profesión de maestro, su andar curso tras curso tratando de convencer a sus alumnos de lo importante que para sus vidas puede ser aficionarse a la lectura. Así que, nuestro poeta, maestro como tantos de los que al poema han dedicado su tiempo, anduvo manejando, hasta casi la identificación personal, a Miguel Delibes y su sensibilidad le dictó estos hermosísimos versos que dedica al vallisoletano:

                                               Miguel Delibes
                            Hoy se ha marchado Miguel
                            muy triste queda el Mochuelo
                            la Milana y Azarías
                            y la Desi y el Lorenzo,
                            Mario oyendo cinco horas
                            interminable lamento
                            y la profunda Castilla
                            y el Nini y el tío Ratero,
                            impasible el señor Cayo
                            viendo morir a su pueblo,
                            las perdices de Sedano
                            volando sobre los tesos.
                            Hoy todos ellos Miguel
                            te ven partir hacia el cielo.

 

Nuestro poeta vive emocionado con su propio vivir y con las gentes que conoce y le dejan huella en su sensibilidad. Sus familiares, desde padres a nietos, sus amigos y compañeros, coincidencias de la vida algunos también son amigos míos, Elena Cebrián; Teyo, ¿le recordáis?, siempre atento dejando su palabra «de liberal pensamiento, / buen conversador y amigo / un excelente maestro.» Los que vivimos en Aranjuez vamos descubriendo en este libro el recuerdo de aquellos que ya no están, como Gregorio Sánchez o Antonio Pizarro,  también poetas y pedagogos de afición aunque no de profesión. Y creador sensible y culto no pudo olvidarse del Maestro Rodrigo, cuyo Concierto de Aranjuez, elevó a esta ciudad al estrellato de las ciudades del mundo.

                                               Maestro
                            Soporte natural de la estructura
                            del célebre concierto que Rodrigo
                            compuso en Aranjuez, su pueblo amigo,
                            se hicieron árbol, agua y escultura.
                            Aquel árbol anclado en la espesura
                            del sueño del maestro fue testigo
                            y su alma llevará siempre consigo
                            de su obra magistral la partitura.
                            Del agua libre el ritmo visitó
                            la celda horizontal del pentagrama
                            trocando libertad por armonía
                            y el mármol transformado en bella dama
                            doblando su rodilla le rindió
                            al insigne maestro pleitesía.

Antonio Gallego entre sus muchas aficiones de hombre culto y sensible, de pedagogo vocacional, de naturalista convencido debemos destacar su amor a la naturaleza y a la prestación de útiles conocimientos con el amor a la vida relacionados. así que, en su poesía no faltan esas huellas, esas señales repetidas que le llevaron a ser jardinero de su colegio.

 

                                               Otra vez
                            Las hojas del liquidambar
                            se están tiñendo de rojo,
                            amarillean los tilos
                            púrpura viste el madroño,
                            fruto derrama el castaño
                            y el ginkgo se viste de oro,
                            lenta lluvia de colores
                            tapizando nuestro entorno.
                            Vuelve a vestir Aranjuez
                            los colores del otoño.

 

Debo decirlo y lo digo, Aranjuez. Entre amistades y ausencias es un libro lleno de aciertos, pasiones y emociones para compartir. Volviendo a Dámaso Alonso: El árbol —«El libro»— está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia…

[1] Luis Cernuda

 

 

 

 

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Tierra con pan

Tierra con pan[1]

Enrique Jiménez

  

Cecilio Fernández Bustos

 

Evita que mañana se deshaga
todo lo que tú mismo
pudiste no haber hecho ayer.

            Ángel González

 

Conocí a Enrique Jimenez hace cuatro o cinco años. Fue en la emisora municipal, en una de aquellas emisiones que, bajo el nombre de Abanta, presentaba y diría Juan Carlos Jiménez, profesor del Taller literario de la Universidad Popular. De Enrique, me llamó la atención su seguridad ante el micrófono y su excelente voz para decir los poemas que leía, tanto los propios como los de otros poetas.

         Enrique Jiménez, hace unos días, me ha entregado un libro titulado TIERRA CON PAN. Recién salido del rescoldo de las máquinas de imprenta, un libro es siempre una tentación que nos libera de otras ocupaciones. Si además consigue conmovernos, es posible que hayamos encontrado un nuevo amigo.

         Escribir sobre un libro nuevo y además, como en este caso, el primero de su autor, resulta siempre arriesgado. Arriesgado porque una primera lectura supone una cierta inseguridad. Los poemas, como la música, requieren una reiteración en la lectura, hay que escucharlos varias veces hasta poder amarlos. Además, importa percibir que se trata de poesía, lo que, en este caso, nos ofrece Enrique Jiménez y cómo, a nuestro entender, esa sustancia íntima, al utilizar la materia del lenguaje, se nos ofrece en objeto artístico. Sí, el poeta trata de integrar e integra en los poemas del libro que leemos, el fluir incesante de sus emociones y su elaborada experiencia con los sonidos expertos del lenguaje. Y es de esa integración, de donde surge la creación artística, la voz de un poeta que, ¡no lo dudamos!, conmoverá al lector.     

         He leído con interés y placer los poemas de Tierra con pan, y he intentado entenderlos y colocarlos en el ámbito de los objetos cercanos y reconocibles. Y al leer, he podido establecer las posibles señas de identidad de estos poemas y nombrar los ecos de la voz que los sustenta. De este modo he buscado entablar diálogo con el autor y situarme en el quicio de la puerta por donde, desde el escenario ancestral del norte de Cáceres y de Las Hurdes, ha llegado hasta el Aranjuez urbano de nuestros días. Paisaje por paisaje nada tienen que envidiarse aquella y esta tierra, incluso ambas propiciaron el apetito por la caza de los príncipes. Sí hay una diferencia, ¡no tan pequeña!, las castañas de la infancia extremeña de Enrique, no son como las castañas que contempla el autor en los jardines de Aranjuez.

         Enrique Jiménez publica su primer poemario, Tierra con pan, a una edad tardía para los poetas. A estas alturas de sus vidas, casi todos tienen engavillada su cosecha y, poéticamente hablando, viven de explicar y explicarse, a sí mismo, el cómo y el por qué de su obra. Nos leen sus poemas, escriben comentarios, dan conferencias, publican antologías propias y ajenas, pero son pocos los que siguen escribiendo poesía. Se dice que la musa poética solamente ama a los más jóvenes, incluso a los niños como en el caso de Rimbaud. Sin embargo, en la literatura siempre nos han sorprendido algunos creadores que han saltado sobre la fresca hierba de la comunicación a una edad en la que hombres y mujeres ya han cuajado y dado fruto. Este es el caso de Enrique Jiménez y su libro Tierra con pan.

         Enrique contempla el mundo desde la infancia y lo encuentra desordenado y confuso. Nos ofrece un fresco con sabor a fruta y a vino añejo. Sus poemas son un lúcido registro de aquellas emociones de la infancia y la adolescencia que han quedado residenciadas en su memoria. Emociones que infunden los latidos del hombre integrado en una sociedad distante —siempre es otra la sociedad de los adultos— Ya lo dijo Quevedo, «El tiempo es enemigo de las horas». El poeta se sirve de la poesía para describir la muerte y el entierro de los sueños, con la perspectiva del que ve el paisaje y escucha las cuitas de los adultos, que ven como sus vidas y sus sueños se las va tragando el gigante que nace sobre sus tierras. Se trata de uno más de aquellos pantanos que sembraron la geografía de España, degollando ríos y regatos, cambiando nuestra piel y volviéndonos del revés el alma. Después de recorrer un largo camino de más de sesenta poemas, Enrique Jiménez nos dice en el Epílogo que todavía hay más, que el ámbito de los vínculos, de su vida de hoy con el ayer, está hipotecado por el fluir de los recuerdos y se diluyen en la esencia de estar vivo:

                   Todavía fluye en tu alma
                            el murmullo de las fuentes
                            el grito acompasado de la noche
                            el viento que se afila en las quebradas

 

         Hermoso verso, el viento que se afila en las quebradas. Aquel viento de ayer que se encauzaba en las quebradas, como el río asesinado en el pantano. Viento que se conduce por las quebradas de la vida del poeta. La poética de Enrique Jiménez no se nutre en las fuentes de un universo imaginario como hacen otros poetas. Su voz se nutre de su universo, de la experiencia, elaborada con su vivir, que llama o grita desde la nostalgia de un tiempo pasado y que dejó herida el alma del poeta. Y es que hay ocasiones en las que, como dice Claudio Rodríguez glosando la obra de Miguel Hernández, “…en poesía hay que «estar dentro» y hay que realizar la participación con el hombre, la sociedad, la cultura, la historia, en suma, y no como en tantas veces y aún más ahora en torno a una «crítica práctica», en el vacío, exangüe, inútil y desorientada.”[2]

         “La vida de un niño está entre la realidad y el sueño” le escuché decir a Antonio Colinas, Pero cuando el hombre repasa la vida que vivió el niño, pese al paso del tiempo, tiende a poner el dedo en el centro de la llaga y aunque tantas cosas el niño no entendiera, hoy el hombre sabe lo que significaban y nos dice que el Pipotuna, personaje que da título a uno de los poemas, Me miraba con ojos de hambre. El poeta narra historias, describe paisajes y retrata personajes que habitan en su mundo. Y la mirada del hambre,  adherida a los recuerdos, se nutre hoy del lenguaje y regresa en el poema. De este modo, la poesía de Enrique Jiménez, se levanta sobre el mito y nos conmueve, porque lo vivido es siempre huella dejada en el camino.                                           

                   INFANCIA
                   Cuajó la nieve inesperada
                   para vestir de luz el olvido,
                   la promesa de deshielo, frías aguas
                   arrastrando los detritus por la pendiente de la vida      ,
                   misteriosos manantiales, sonoras fuentes,
                   deseos trepando a las montañas,
                   futuro que reverdece sobre un sueño fértil,
                   locura infantil que llora y canta un tiempo nuevo,
                   promesa de frutos prohibidos
                   proyectada en horizontes lejanos. 

 

         ¡Quién de niño no jugó con botes de carburo no sabe de emociones primeras! ¡Esa espera, temblando, a la tímida explosión que levantará el bote por los aires! Ese descubrimiento de la química y el olor de una materia desconocida, está adherida ahí, en la sustancia de la vida. Pero no, no fue el bote de carburo la causa de la media luna hundida en la cara del Diógenes. Al Diógenes le dio una coz un mulo. Y será así, con recuerdos, anécdotas y sueños, como el poeta irá hilvanando las coces de la vida — ¡más ‘cornás’ da el hambre!, dijo el torero—  hasta mostrarnos el envés del recorrido y aquello que quedó al otro lado del espejo. Nadie se acuerda ya del carbón de encina, ni del cisco, ni del picón, pero ahí estaban y había familias que vivían de aquel esfuerzo.

                   —El trabajo del carbón es duro.
                   No hay dinero y nadie compra.
                   —Toma unos higos y unas castañas.
                   En este pueblo tampoco te comprarán,
                   Las cosechas han sido muy malas,
                   Sólo hay esto para pasar el invierno.
                   —En Las Hurdes, ni eso.
                   Le cambio el saco de picón
                   Por una cesta de higos y castañas.
                            —Hecho.

 

         No es fácil urdir una poesía tan cercana y tan sublime. El poeta nutre su voz en los rescoldos —como el carbón que vuelve a arder en otros fuegos— de los objetos cotidianos y las vivencias mágicas que nutrieron las luces de su infancia. ¿Poesía de la experiencia?, ¡sí, poesía de la experiencia! Y también de la ternura. El que ha pisado el barbecho en tiempos de sequía tiene aún, en su boca, el regusto del polvo y la ducha de hoy sigue siendo un milagro. Sirvan estas primeras reflexiones como entrada a una lectura más sosegada del poemario Tierra con pan. Y sirvan,  también, para felicitar y dar la bienvenida a un poeta que no es nuevo,  aunque nuevo sea su libro.

________________________________________________

[1] Enrique Javier Jiménez Domínguez. Tierra con pan. Beturia Ediciones / Madrid, 2011

[2] Claudio Rodríguez. La otra palabra. Escritos en prosa. Poesía como participación: hacia Miguel Hernández. Edición de Fernando Yubero. Tusquets / Barcelona, 2004

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Elvira Coderch. Palabras del silencio

 

Cecilio Fernández Bustos

 

                                      Si no esperas, no te sobrevendrá lo inesperado.
                                               Heráclito el Oscuro

 

Llevaba algún tiempo buscándolo sin demasiado éxito. Sabía de su existencia y por eso lo buscaba. Hace unos días lo encontré en la Casa del Libro de Madrid y de esta forma llegó el momento de compartirlo con su autora, Elvira Coderch, y los muchos lectores que han tenido la oportunidad de asomarse a sus páginas. Palabras del Silencio es un libro singular, acogedor y amigo. La amistad es como la luz y nos ayuda a caminar, que es lo que pretende un libro como éste, construido con las voces de tantos autores que, cual magos de la sabiduría, han buscado en la palabra la luz y el sentido del ser.

         Elvira Coderch lleva años recolectando “Aforismos y reflexiones de las tradiciones espirituales de todo el mundo”. Su libro abre y señala caminos que nos llevan a la búsqueda, razón y corazón, salud, verdad, amor, felicidad, sabiduría. Los textos seleccionados son representativos de todas las culturas que se han gestado y siguen gestándose entre los hombres. Filósofos, científicos, novelistas, dramaturgos, poetas, actrices y actores, se asoman a las páginas de este libro y nos hacen sus confidentes e invitan a participar y compartir su impaciencia natural por alcanzar la sabiduría y la paz.

         Estas Palabras del Silencio que Elvira Coderch ha ido recopilando en un proceso de “búsqueda personal de serenidad, de verdad, de sabiduría —no de erudición—, de sencillez, de amor”[1], constituyen la recuperación, de forma ordenada, de un núcleo, sabiamente escogido, de lo fundamental del pensamiento humano.  

         Elvira Coderch es una profesora habitada de sabiduría y erudición,  cercana y entrañable que nos tiende la mano a través de un blog —Flores y palabras ( http://floresypalabras.blogspot.com/) donde habitan la palabra y la imagen, divulgando e informando sobre vidas de seres excepcionales: humanos, animales y plantas. Sus debilidades son la fotografía y la pintura, pero es acogedora de la música y de las plantas por las que siente una especial devoción. También es recolectora de lo que se ha pensado y se piensa, he ahí Palabras del Silencio

         El libro está perfectamente organizado con esa estructura que indicábamos más arriba: búsqueda, razón y corazón, salud, verdad, amor, felicidad, sabiduría. Además, un prefacio en el que la autora nos explica cómo surgió el libro, fruto de las anotaciones que iba tomando de aquellas lecturas que incendiaban su atención. Igualmente un número importante de fotografías ilustran el libro, concebido, por su formato, como pequeña joya a consultar y conservar.

         Tras felicitar a Elvira Coderch por el acierto de Palabras del Silencio, nada mejor para cerrar esta breve presentación que incluir un pequeño ramillete de los pensamientos recopilados en el libro.

 

         Cuando alguien da, recibir es un acto de generosidad.
                   Joan Brady             
 
                   Cuando el sabio señala la luna, el necio se queda mirando el  dedo.
                   Proverbio oriental
 
Yo he buscado siempre agitar, y a lo sumo sugerir, más que instruir. No vendo pan, sino levadura o     fermento.
                   Miguel de Unamuno
 
                   Transformar una experiencia en conciencia, en esto estriba ser
hombre.
                   André Malraux
 
                   Meditar es permitir que nos invada el silencio.
                   Consuelo Martín
 
                   El que quiere en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos
disgustos en la vida.
                   Francisco de Quevedo
 
                   Intento comprender la verdad, aunque esto comprometa mi ideología.
                   Grahan Greene
 
                   Cuanto más se enjuicia, menos se ama.
                   Chamfort
 
Dicen que el amor es ciego. No: La pasión puede ser ciega. El verdadero amor es siempre lúcido. La pasión ciega es aquella que te arrastra, que te puede. Hay otra clase de pasión que es entusiasmo por la vida, vibración, ilusión.
                   Elvira Coderch

[1] Elvira Coderch. Palabras del Silencio. Editorial Oceano, Barcelona

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Un poeta un libro: Carlos Manrique

Si en esos tus semblantes plateados

 

Lluvia de Oboes
Carlos Manrique
Editorial 12 calles
Aranjuez, 2011

 

Cecilio Fernández Bustos

 

Las casas de tejados rojos
se precipitan en el azul
transparente del tiempo
que enmudece abrazando magnolios.

Carlos Manrique

 

Un nuevo libro de poemas verá la luz en Aranjuez. El poeta Carlos Manrique presentará el próximo día 28 de abril, en el IES Domenico Scarllatti, a las 20 horas, su libro de poemas Lluvia de oboes. El libro ha sido editado por la editorial Doce Calles.

         Carlos Manrique nació en Aranjuez en 1963. Se licenció en Filología Hispánica (especialidad: Literatura) en la universidad Complutense de Madrid en 1988. En 1990 ganó las oposiciones al cuerpo de agregados de instituto. Lleva veinte años ejerciendo la docencia y desde hace diez es profesor titular del Instituto Doménico Scarlatti.

         Conocí a Carlos Manrique hace veinticinco años —días más día menos— en el primer taller literario que organizó la Universidad Popular de Aranjuez. Durante mucho tiempo no hemos coincidido, si acaso, ocasionalmente en la librería LA, ya que ambos somos un poco ratas de librería. Hace unos años volvimos a coincidir en el Aula de Poesía José Luis Sampedro, descubriendo y tratando a grandes poetas de nuestra lengua. Uno de ellos, grande entre los grandes, Diego Jesús Jiménez, ya ha fallecido y su recuerdo emocionado nos acompaña.

         Publicar un libro es publicar el miedo a la libertad. La libertad siempre tiene un precio. El primero de todos superar el ancestral miedo a ser libres, que tanto nos hiere y desgarra a lo largo de la vida. Cuesta tanto que son muchos los que renuncian. Los poetas suelen ser, en la mayoría de los casos, gentes que irrumpen sofocando esos miedos a ser libres.

         Carlos Manrique ha dado el paso y presentará entre nosotros, sus amigos y discípulos, el primer libro de poemas que publica. Presentar un libro es siempre un rito singular al que se someten todos los autores, desde los más noveles a los más consagrados. En los años sesenta dos autores absolutamente desconocidos presentaban: uno, La Ciudad y los perros; el otro, Cien años de soledad; hoy, ya Premios Nobel, presentan sus discursos de aceptación del premio y nuevos libros para deleite de sus admiradores. A un acto como aquellos, los celebrados ayer por los consagrados, nos convoca hoy, recién estrenada la primavera, un poeta nacido entre notros.

         Carlos Manrique, tras haber vivido el largo proceso de su elaboración, nos presenta un libro excepcional. Lluvia de oboes es un libro formado por dos poemarios: Los oboes de la lluvia y Los pétalos de la lluvia. Dos libros en uno, dos largos poemas donde el autor se sumerge en el borbollar de su existir en un mundo donde se aúnan la belleza de la vida y el dolor de estar vivo. Paradoja y contradicción que el autor deshilvana en hermosísimos versos.

         La poética de Carlos Manrique se soporta en una voz ungida por el resplandor del acierto. Si bien el poeta nunca está seguro del lenguaje que utiliza, el autor de este libro ha encendido una fiesta de colores y aromas, donde el léxico más exigente y preciso se ufana y resplandece con brillos de novedad. Voz nueva prendida del clásico decir de los poetas, nos traslada hasta la “…ciudad donde crecen los violines…”

 

Yo te pregunté por la ciudad donde crecen los violines
como trenes que despedazan la noche con su fulgor.
Tú me respondiste que la ciudad dibujaba un meandro
sobre el arco que tañe cascadas y puentes
sobre la estructura del agua.
(La ciudad reflejaba un rebaño de nubes entre los pastos del azul).
Por senderos alpinos se llega al mirador de los acordes puros del aire.
Los oboes de la lluvia nunca imaginaron que las zarzas pudieran doler
tanto. Tanto recuento de olvidos recordados para apresar lo esquivo.
Fugaces sombras sobre el vuelo del cormorán derribado entre las olas.

 

         Cuando Carlos Manrique ordena las palabras en bellísimos acordes, interpreta el hecho de la transfiguración, creencia y creación del amor, más allá de la realidad física del encuentro y del abrazo, del placer de un manjar degustado en compañía, de la copa bebida, de la contemplación del paisaje y la voluptuosidad del agua que al bañarnos nos acaricia. Sí, todo eso fermenta en el recuerdo y se transforma en alucinación, soporte de la emoción, donde resuena el eco y la memoria engarza los elementos metafísicos a la sutileza de un surrealismo que nos lleva de la mano a la aceptación de lo real, lo admisible, lo humano. La experiencia poética de Carlos Manrique se abre a múltiples espacios poéticos donde habita el poema. Especial significación simbólica tienen los jardines que ha conocido en sus viajes y, ¡cómo no!, con marcada resonancia los de Aranjuez, sus jardines.

 

“con las amarguras viejas, / blanca cera y dulce miel.” (fotografía CFB)

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