Antonio Colinas. El jardín y la creación poética

Cecilio Fernández Bustos

 

                                               Más duro que la muerte es el olvido.

                                                                                              Emilio Lledó

 

 

Antonio Colinas nació en La Bañeza, León, en 1946. Ha vivido en Ibiza y actualmente reside en Salamanca. Su relación con la literatura es múltiple pues ha escrito poesía, relato, ensayo y ha traducido a importantes autores italianos clásicos y contemporáneos. Como poeta nos ha donado una colección de conmovedores y excelentes poemarios, con los que ha obtenido diversos premios: Premio de la Crítica (Sepulcro en Tarquía, 1975); Premio Nacional de Literatura (por el conjunto de su obra poética, 1982);  Premio de las Letras de Castilla y León (1999). Entre sus libros de poesía cabe destacar: Preludios a una noche total (1969), Truenos y flautas en un templo (1972), Sepulcro en Tarquía (1976), Astrolabio (1979), Noche más allá de la noche (1983), Jardín de Orfeo (1988), Los silencios de fuego (1992), Libro de la mansedumbre (1997), Tiempo y abismo (2002), Desiertos de la luz (2008). En 2005 le fue concedido el Premio Nacional de Traducción —Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia—.

         De la poesía de Antonio Colinas dijo María Zambrano: «de lenta y pausada gestación, se destaca en el panorama de la poesía actual por haber ido paso a paso, porque el poeta la ha dejado crecer sin forzarla… Lúcidamente la lleva consigo. No se perderá». Más allá de toda anécdota culturalista, la poesía de Colinas ahonda en lo sublime, en lo mágico, en lo trágico de la vida humana: belleza y servidumbre, amor y dolor, decadencia y derrota. Vida vista a través de la cultura y de una estética depurada que actúa como herramienta de conocimiento. Y es ahí, en esa exactitud de la voz donde el poeta define su razón en la “armonía de la palabra musical”. Palabra enamorada de la música y de la magia de la creación, envuelta en los colores y los aromas del paisaje, de las estaciones, de los seres humanos, de la memoria.

         Antonio Colinas publica en 1988 el poemario Jardín de Orfeo. “El microcosmos del jardín es ahora el triple símbolo que revela e interpreta, respectivamente, el mundo interior del poeta, la realidad más aparente y, en fin, la que está detrás del muro con fuego, la del más allá.”[1]  El jardín es unos de los elementos consustanciales a la poesía de Colinas, pero el jardín no es lo anecdótico, actúa como ámbito emblemático de sueños y deseos, símbolo  y espacio mítico. Hay que entrar al jardín —tal vez un claro en el confuso bosque de la vida—, abrir la puerta, atravesar el muro e iniciar el camino.

         Para iniciarnos en el conocimiento de esta poesía, presentamos tres poemas sobre el jardín: en primer lugar, Espeso otoño, incluido en Preludio de una noche total, pertenece a la poesía más primitiva del autor (1969). El segundo poema, titulado también Espeso otoño, pertenece al libro Truenos y flautas en un templo (1972); ambos poemarios forman parte de la antología Poesía, 1967-1980, que contribuyó a que al poeta le concedieran el Premio Nacional de Literatura. El tercero de estos poemas, Muro con fuego, pertenece a Jardín de Orfeo (1988)

         La poesía de Antonio Colinas es poesía para conservar entre nuestros libros y en nuestra memoria; para decirla de viva voz y escucharla en tertulias y recitales o breve compañía. Poesía para andar el camino de la iniciación por bosques y jardines oliendo el humo dulzón de las hojas quemadas en este otoño, prologo de un invierno que se avecina. No se trata de detener el sol, se trata de ser iluminados por su luz y calentados con su calor.

 

Otoño en el Jardín del Príncipe / Aranjuez (C/F)

 

 
ESPESO OTOÑO
 
Cuela la tarde su oro entre las ramas.
No tardará en venir un nuevo invierno.
Arden las hojas húmedas del parque
y por poniente se desgaja el cielo
en racimos de nubes encendidas.
Hay un temblor de luz en los aleros
Las palomas fecundan la silueta
oscurecida de cada paseo.
Las ubres del otoño están cargadas.
Serafines de luz están muriendo
sobre nuestras cabezas asombradas
para que una vez más se teja el sueño,
la melodía dulce de otra noche,
la alucinada noche de los cuentos.   
 

Otoño / Aranjuez (C/F)

 
ESPESO OTOÑO
 
Una cascada de hojas en el aire
pone ronco rumor a los paseos.
Plenitud rezumante de los pinos,
espesa luz ardiendo en los castaños,
cristalina penumbra de las grutas.
Un viento como un dios nos acaricia,
penetra en nuestras venas como un vino,
llena de brasas todo el corazón.
Hay en el aire un trino que no acaba
cuando en el césped ruedo enajenado,
me embriago de perfumes, reconozco
y acepto la locura de este otoño.
¿Dónde el misterio, dónde la secreta
mano que va tejiendo esta estación?
Llueven racimos, pétalos, palomas.
(Una brizna de yerba hay en mi lengua.)
En lo hondo del estanque duerme un cisne.
(Este rocío de las madreselvas)
En el templo de Venus una virgen
ha desgarrado sus vestidos pálidos,
corre entre las columnas desolada.
(Todo mi cuerpo dulcemente herido.)
Centauro azul, sal ya del soto verde.
(Qué victoria morir en este otoño.) 
 
 
 
MURO CON FUEGO
 
Cerrad el alto muro del jardín
y fúndase mi fuego con su fuego.
Cerrad el alto muro y que mi alma
quede en el tiempo y quede en el aroma
aromada, embebida eternamente.
Cerrad el alto muro del jardín
que yo cerraré todos mis sentidos
al mundo y, cerrándolos de golpe,
sabré todo del mundo y de mí mismo.
No sabré del amor, que está dormido
detrás del muro del jardín con fuego.
 
El sol entra en mis huesos con placer
y murmura en su mármol cada fuente.
El agua enciende el corazón cansado
despierta el agua olvidos en sus ondas:
“Mi infancia son recuerdos de la nieve
en un huerto sin hojas. (Las estrellas
eran los frutos del árbol desnudo
en las noches purísimas de invierno.)”.
Le dice el agua al corazón cansado
que aún brilla el hondo sueño en la espesura.
Mosaicos oxidados, luz de oro
en la tierra abrasada del sendero,
polvo de oro temblando en el verdor.
“Y volvían rebaños al ocaso
bajo una polvorienta nube de oro…
 


[1] Antonio Colinas.- Jardín de Orfeo.- Contraportada / Visor, Madrid, 1988

 

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2 comentarios

Archivado bajo El Jardín de los poetas

2 Respuestas a “Antonio Colinas. El jardín y la creación poética

  1. Querido Cecilio:

    Seguimos aprendiendo contigo. Gracias por dejarme ver la poesía de Colinas a través de tus ojos y gracias por esas fotos de nuestro Aranjuez.

    Un abrazo

    • Alberto:
      Antonio Colinas es un poeta al que regreso frecuentemente. Descubrí su poesía hace muchos años y nunca me ha decepcionado. Te recomiendo la lectura de su último poemario, “Desiertos de la luz”, especialmente el poema que da título al libro.
      Un abrazo,
      Cecilio

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