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Cielos de Aranjuez 1

Cecilio Fernández Bustos

 

No somos nunca lo que fuimos.
Chantal Maillard

La rosa sin porqué florece porque florece.
Angelus Silesius

 

 

Los cielos de Aranjuez suelen ser sorprendentes en cualquier época del año. Yo tengo una posición ideal «desde mi ventana» para contemplarlos. Suelen encontrar fantásticas gradaciones del color: azules, verdes, amarillos, rojos, malvas, grises. Emocionante paleta a la caída de la tarde cuando te diluyes en la lectura de un buen libro. Tal vez merodean por esas tardes las palabras caídas de la boca de los poetas que extasiados contemplan la levedad mortal de los colores. Sucede también en las mañanas. Yo ignoro las mañanas y me suelo enamorar al atardecer. Es entonces cuando se establece una leve brisa y como decurso de vasos comunicantes por donde se derraman los colores, se empiezan a observar las felices transformaciones que, creciendo y decreciendo, van tiñendo el cielo que contempla mi mirada de netas fragilidades.
Crepúsculo 1. Aranjuez (fotografía de CFB)

Crepúsculo 1. Aranjuez (fotografía de CFB)

Lo dice el cielo deslizándose por el tobogán de los minutos. No somos nunca lo que fuimos, ni volveremos a serlo en los espejos ni en las fotografías. Ya no hay dioses que dicten reglas a los hombres. El hombre se sabe inventor de las mentiras y también de alguna que otra sometida verdad. Pero el color no. El color tiene su origen en la luz y los múltiples filtros de la atmósfera empujados por los vientos entre el sol y los humanos. Griterío de los espíritus hechizados que habitan la biblioteca de Emerson. Ese ámbito del color silencioso de la lejana belleza: lejana, cambiante, resplandeciente, cobijo de toda levedad y frágil como esa imagen que tratamos de aprehender y se desvanece en nuestras manos como si fuera solo un gemido.
Crepúsculo 2. Aranjuez (fotografía CFB)

Crepúsculo 2. Aranjuez (fotografía CFB)

Como presagio de lo oscuro, este incendio del cielo nos muestra la sentencia de la eternidad difusa y cambiante de la vida, ese río de Heráclito, metáfora existencial, que solo deja huellas de lo que fuimos y aún de lo que seremos más tarde. Tal vez estos cielos crepusculares de Aranjuez, que preceden al viento oscuro en la sombra de la noche, aúnan en su agradable belleza la nota seductora del color. No es cielo en nuestro desconsuelo, es cielo para que huelas el silencio sideral de las palabras.
Crepúsculo 3. Aranjuez (fotografía CFB)

Crepúsculo 3. Aranjuez (fotografía CFB)

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De colección

Cecilio Fernández Bustos

 

 

No todas las realidades son del mismo orden: A. Machado dijo sobre esta verdad tan conocida una frase que me exime de más comentario: «Todo necio confunde valor y precio».
Santiago González Noriega

 

Solo hay unos cuantos tipos de personas, y cada cual desea ser reconocido por aquellos a quienes pertenece. Ésta es la única función de las ideologías; y las ideas, encerradas en paquetes tales, se ven supeditadas a ese único y tristísimo papel.
Rafael Sánchez Ferlosio

 

            El gran reto de la economía y de la política debería de ser, hoy como ayer, hacer posible el pleno empleo —aquí y allí—. Son estas circunstancias nuestras, hubiera dicho Ortega y Gasset. Mas cuando hablamos de cuestiones tan fundamentales deberíamos hacer un esfuerzo por superar el limitado espacio de lo tribal y dialogar buscando acuerdos. Bueno sería la aplicación de una mirada cubista que nos permitiera ver más allá de los cercanos límites de lo inmediato y próximo. Buena sería una mirada universal, ecuménica como el hombre; una mirada que desalojara de nuestras estrechas mentes las fáciles simplificaciones; una mirada que descubriera las hambres cercanas pero, también, las otras hambres; las hambres agobiadas y agobiantes de los otros, los que habitan tras el simple altozano que establece el límite de lo local, la frontera de lo nacional; una mirada que nos despojara de los cristales, más o menos brillantes, a través de los cuales contemplamos los paisajes irreales de nuestros deseos. Una mirada no sólo para mirar o por mirar, sino para ver y por ver detrás de la cara oculta de todas las lunas que hacen opaca la realidad. Y vean como avanza la muerte, como trepa por las débiles entrañas de millones y millones de niños, mujeres y hombres; mientras otros niños, otras mujeres, otros hombres, tal vez tú y yo, alimentamos con nuestras sobras un inmenso catafalco de inmundicias donde, irremisiblemente, se deshoja el planeta tierra.

¡Ni en verano ni en invierno! C. Fernández Gil

¡Ni en verano ni en invierno! C. Fernández Gil

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Como una pequeña herida

Cecilio Fernández Bustos

 

Qué importa que esté lloviendo, aunque llueva así cien años esto no es lluvia. Agua que cae, pero no lluvia.
Juan Carlos Onetti

 

Tiempo y tiempo, los ribereños han venido fecundando con su sudor la vida de esta tierra. Las manos de los agricultores han soportado heladas y húmedas nieblas recolectando pequeñas y nevadas coles de Bruselas, repollos y lombardas. Por aquí, ni en pleno invierno, la tierra dejaba un pequeño y merecido descanso a aquellos que se afanaban en sembrar y recolectar, aquellos obreros que facilitaban la ocupación de las cocinas y las mesas con al menos tibias hogazas de pan para untar con aceite que resbalaba por las aberturas acogedoras del migajón que nosotros contemplábamos hipnotizados por el color claro del pan y el verde untuoso del aceite.

A veces sucede y en esta ocasión sucedió. El suceso restallo al ritmo de tambores en los cristales de todas las ventanas y allí velozmente se asomaron los ojos de mujeres y hombres que apuraban el sueño de la noche recostados en sus lechos. Y vieron pasar la cabalgada de hombres y bestias levantando el polvo de las calles, reconstruyendo las viejas soledades olvidadas. El viendo andaba por las calles y los niños perseguían a los pájaros y buscaban en cada esquina una cara conocida, la cara de un amigo o la de una niña marcada en el mapa del corazón. Y en la penumbra, sumergidos en las grietas de los recuerdos, el hombre que ayer fuera el niño el niño de los pájaros, dejaba sentir, como un elogio, el sosegado e interrumpido aplauso de la vida y los olores sin clasificar quedaban suspendidos en el aire.

Niebla (fotografía CFB)

Niebla (fotografía CFB)

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Por detrás de la Montaña antes de la nacencia de los adosados

Cecilio Fernández Bustos                                                

                                                          

Las multiplicidades que giran múltiples en la multiplicidades del instante único en que vivimos. ¡Y fíjate, el instante todavía no ha acabado!        

Franz Kafka

Alguien está tocando una música espesa en la esquina del mundo. Alguien que ni siquiera conozco.

Julio Llamazares

Acaba de encontrar un grillo que hace muy poco, agitando su alas, cantaba su rítmica estridencia entre las flores. El niño lo ha descubierto y ha sacado de uno de sus bolsillos una cajita de cerillas vacía y la abre para depositar en ella el grillo, pues, espera cazarlo. Hubo suerte, lo cazó y ahora, dentro de su bolsillo, el grillo vuelve a cantar. El niño, gozada la vacación de la tarde del jueves, sin colegio por definición, vuelve a casa con un tesoro en el bolsillo.

         Otra forma de contar las cosas y los sucesos que nos acompañan en la vida es aquella de recurrir a las líneas, las superficies y las formas. Relato que, no dudamos, es más abstracto, menos figurativo pese a su innegable fuerza. Habrá otras más dotadas de color y desgarradas formas, más expresionista en su fortaleza: como, por ejemplo, si el niño hubiera aplastado al grillo sobre su mano y, de este modo el pequeño sintiera sobre su piel la desintegración del insecto. Otras más sutiles y espontáneas, son formas más impresionistas y sugerentes al conformar una realidad en tránsito, como la puesta del sol o el transporte del grillo en el bolsillo. Y, por último, aquellas otras más cercanas al entendimiento de nuestra percepción por su realismo compresible, próximas a las formas identificables por la experiencia, formas a las que la fotografía consagró belleza y noticia, esas que, antes del ordenador, quedaban difusas y perdidas en el amarillear del tiempo y que dejaban, en permanente actualidad, imágenes que ya no son ni están.

         Hoy, ¡qué duda cabe!, la técnica digital oculta en un pequeño teléfono, hubiera permitido al niño, al tropezarse con el grillo, cosa harto difícil hoy, hacer una captura sin violencia —fotografía o filmación— que hubiera permitido al grillo seguir en su lugar y el niño, ya en casa, disfrutar con el grillo de su encuentro, bajo los aumentos microscópicos del ordenador. Son estas, todas ellas, herramientas para el creador, técnicas perfectamente válidas en función de la permanencia de la herida del recuerdo y de lo que queremos transmitir. He ahí, amigas y amigos míos, el pozo del que las hadas, los artistas y los niños extraen su magia para contar estrellas y dejar un hálito de belleza permanente en los recuerdos  y señales de haber sido.

         Y fue así, en una tarde cualquiera de aquellas sin colegio, como Paquito tuvo una primera revelación sobre su existencia. Y supo que él era él y no otro y que la compañía del grillo en un bolsillo de su pantalón le servía de referencia entre él y el resto de los seres vivos. Al igual que otro hombre, Gregorio Sansa, creado de la ficción por un tercero, se servía de un insectos para afirmar su singularidad de hombre deshabitado.

         Además del grillo, aquella tarde sin escuela, Paquito recolectó unas olorosas criadillas de tierra en las faldas de la montaña, cerca del fortín perdido por aquellas tierras, como recuerdo de una guerra.

         Pero lo más interesante de este cuento es que sin decirlo todo y callando muy poco, aquel niño del grillo y las criadillas, una vez que supo que él era él mismo, le nació un gran amor por las palabras. Y por aquí anda, sin atreverse a decirlo todo. Eso sí, ya no es un niño.

Y los cardos se secaron (fotografía CFB)

Y los cardos se secaron (fotografía CFB)

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Recuerdo de una exposición de pintura

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Un hombre sin doctrinas se parece más a un hombre.

Gao Xingjian

 

 

dormida está la mente en el recodo del grito en las trincheras del miedo se dilata se expande a la busca de un ojo contemplativo de un cerebro lúcido que ahonde en sus misterios que busque el verbo plástico de tu grito de tu palabra hecha color todo lo que rodea la armonía de tu delirio se sumerge en la expresión viva tenaz cálida —sobre los sueños— la realidad táctil de mis dedos recorriendo la piel azul de tu pintura buscando encontrando la belleza —ya hecha historia— más allá de tus ojos inventando engendrando alumbrando la dulce y dramática melodía del arte que de pronto se deja aprisionar en los delgados hilos de la muerte que te nace en tus figuras donde el amor se hace poesía y el tiempo se deja asesinar por el placer de contemplar tu melodía


El jardín de los Pavos Reales.- Cecilio F. Gil, 2009

El jardín de los Pavos Reales.- Cecilio F. Gil, 2009

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¿Qué estáis haciendo aquí? Para Claudio Rodríguez

Cecilio Fernández Bustos

Querido Claudio:
Estamos en verano y el tiempo cabalga sobre agosto, hace solo unos días, el 22 de julio, se han cumplido 14 años de tu partida. Sí, te fuiste para que pudiéramos respirarte en la llanura. Sí, Claudio, te fuiste y nos dejaste tantas cosas con tu palabra. Sí, tu voz, aquella que decía «Soy vuestro. Sois también vosotros míos». Y es evidente que algunos de nosotros nos preguntamos contigo: «Qué estáis haciendo? ¿Qué hacemos todos / en medio de esta plaza y a estas horas?»

         Solo han pasado 14 años de tu partida pero de nuevo vuelven por estas tierras aquellas cosas triste que tú, admirado Claudio, nos contabas en tus versos. Y se percibe el paso del tiempo con el mugido de la repetición y «Lo que antes era exacto ahora no encuentra / su sitio. No lo encuentra y es de día, / y va volando como desde lejos / el manantial, que suena a luz perdida». Y hay que volver a decirlo, a gritarlo a los cuatro vientos, porque como ayer, también hoy: «Son las seis y media de la mañana y los bostezos se suceden. A esta hora comienzan a llegar los primeros aspirantes: albañiles, fontaneros, electricistas o toderos, aquellos que hacen de todo y por la misma tarifa. Coger número antes que el resto no les garantiza, sin embargo, nada. Rafael, por ejemplo, lleva seis meses sin subirse a un andamio. En su mochila, además de un bocadillo de salchichas, tiene unas botas, un par de arneses de seguridad y una paleta. “El material lo pones tú, la cosa está fastidiada”, repite este boliviano casi a cámara lenta. Está sentado en el bordillo, pensativo. La cabeza se le resbala de la palma de la mano. Tiene mucho sueño, pero no quiere quedarse otra vez en tierra» (leído en el diario El País, el 6 de julio del año en curso http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/07/06/madrid/1373131868_596398.html)

         Ante tales noticias he pensado que podríamos leer, ¡en voz alta!, aquel poema tuyo, «La contrata de los mozos», publicado en «Conjuros» (1958), y que suena como si se hubiera escrito hoy mismo, después de leer el artículo de Rodrigo Casteleiro García, publicado en El País el pasado 6 de julio.

Gracias, Claudio, por habernos dejado tu voz.

La contrata de los mozos

¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Qué hacemos todos
en medio de la plaza y a estas horas?
Con tanto sol, ¿quién va a salir de casa
sólo por ver qué tal está la compra,
por ver si tiene buena cara el fruto
de nuestra vida, si no son las sobras
de nuestros años lo que vendemos?
¡A cerrar ya! ¡Vámonos pronto a otra
feria donde haya buen mercado, donde
regatee la gente, y sise, y coja
con sus manos nuestra uva, y nos la tiente
a ver si es que está pasa! ¿A qué otra cosa
hemos venido aquí sino a vendernos?
Y hoy se fía, venid, que hoy no se cobra.
Es tan sencillo, da tanta alegría
ponerse al sol una mañana hermosa,
pregonar nuestro precio y todo cuanto
de hombres darlo a la redonda.
Hemos venido así a esta plaza siempre,
con la esperanza del que ofrece su obra,
su juventud al aire. ¿Y sólo el aire
ha de ser nuestro cliente? ¿Sin parroquia
ha de seguir el que es alquiladizo,
el que viene a pagar su renta? Próspera
fue en otro tiempo nuestra mercancía,
cuando la tierra nos la compró toda.
Entonces, lejos de esta plaza, entonces,
en el mercado de la luz. Ved ahora
en que paró aquel género. Contrata,
lonja servil, teatro de deshonra.
Junto a las duras piedras del rastrillo,
junto a la hoz y la criba, el bieldo y la horca,
ved aquí al hombre, ved aquí al apero
del tiempo. Junto al ajo y la cebolla,
ved la mocil cosecha de la vida.
Ved aquí al mocerío. A ver, ¿quién compra
este de pocos años, de la tierra
del pan, de buen riñón, de mano sobria
para la siega; este otro, de la tierra
del vino, algo coplero, de tan corta
talla y tan fuerte brazo, el que más rinde
en el trajín del acarreo? ¡Cosa
regalada!

Y no viene nadie, y pronto
el sol de junio irá de puesta. Próspera
fue en otro tiempo nuestra mercancía.
Pero esperad, no recordéis ahora.
¡Nuestra feria está aquí! Si hoy no, mañana;
si no mañana, un día. Lo que importa
es que vendrán, vendrán de todas partes,
de mil pueblos del mundo, de remotas
patrias vendrán los grandes compradores,
los del limpio almacén. ¡Nadie recoja
su corazón aún! Ya sé que es tarde
pero vendrán, vendrán. ¡Tened la boca
lista para el pregón, tened la vida
presta para el primero que la coja!
Ya sé que hoy es igual que el primer día
y así han pasado una mañana y otra
pero nuestra uva no se ablanda, siempre,
siempre está en su sazón, nunca está pocha.
Tened calma, los oigo. Ahí, ahí vienen.

Y así seguimos mientras cae la tarde,
mientras sobre la plaza caen las sombras.

En la obra. C. Fernández Gil

En la obra. C. Fernández Gil

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Hablar en público

Cecilio Fernández Bustos

Para Alberto Bustos

La dialéctica de lo pensado acaba objetivándose en la lógica de lo dicho.

Emilio Lledó

Mi amigo, Alberto Bustos Plaza, tiene un blog singular: «Blog de Lengua Española» (http://blog.lengua-e.com/). Con esta herramienta, brillante y sutilmente pedagógica, mi amigo difunde amplios y profundos conocimientos de nuestra lengua, desde las más elementales normas gramaticales a los más sabios conceptos lingüísticos, sus textos son un amplio solar donde la didáctica va posando información clara y elocuente, construyendo una ciudad, tal vez un mundo, con sus edificios, calles y jardines que nos ayudan no solo a conocer la conceptualización, sino a practicar en nuestro decir oral y escrito con perfección y singularidad.

          El profesor se sirve de diez principios fundamentales —tal vez normas— para decir un buen discurso, con la premisa de ser bien entendidos y atendidos por un auditorio. Sus diez principios pueden ser compartidos, sin duda alguna, pues se sustentan en la lógica y en la tradición del bien decir y del buen comunicar. Hasta ahora, en el «Blog de Lengua Española» hemos tenido la oportunidad de leer el desarrollo de cuatro de estos principios: Fallos en una exposición oral: Hablar hasta que te retiren la palabra; Fallos en una exposición oral: No mirar al público; Fallos en una exposición oral: El baile de san Vito; y Fallos en una exposición oral: Leer. Luego quedan pendientes seis de las diez propuestas que, a no dudarlo, nos gustaran tanto como nos han gustado estas cuatro que ya hemos tenido la oportunidad de leer y disfrutar.

       Dentro de sus propuestas, amplias y especificas, de vez en cuando nos agita con proposiciones que, yo no lo dudo, se inspiran en la competencia propia del oficio de profesor. Acabo de leer la cuarta, me refiero a la entrada en el blog con fecha 12 de julio del año en curso, en la categoría lengua oral, bajo el título Fallos en una exposición oral: Leer. Su presentación comienza diciendo lo siguiente: «Estamos acostumbrados a verlo: un orador que se aferra a unas cuartillas y nos suelta su discurso sin despegar las narices del papel. Lo vemos en el Congreso, lo vemos en juntas de accionistas, lo vemos en el pregón de las fiestas del pueblo… Lo vemos en tantos sitios que ya casi nos hemos acostumbrado».

            El asunto no solo me interesa, sino que ha sido uno de mis grandes caballos de batalla a través de mi historia personal y mi presencia en la sociedad, pues, desde muy joven, superando todo tipo de dudas y temores, me he venido confrontando a públicos, pequeños y numerosos, incluso muy numerosos en algunas ocasiones, con las artes y habilidades propias del autodidacta. He sabido de la existencia de grandes oradores, desde la Grecia de Demóstenes y la Roma de Cicerón a nuestros días donde son múltiples las voces que, desde la esfera pública o académica, nos conmueven, con especial referencia a las tribunas parlamentarias y a las cátedras universitarias —la tecnología moderna nos facilita el acceso a estas intervenciones, pues no es difícil tener la oportunidad de escuchar a los mejores por Internet [1]—. También he sabido de la existencia de grandes y elocuentes charlistas, capaces de embaucar a los más relamidos asistentes a las ágoras más diversas. Y, como tantos de mi generación, desde niño hasta la juventud me he visto atribulado o encendido con el martillo la oratoria sagrada, en ocasiones colgada de un balcón y amenazante, convirtiendo la Semana Santa de Aranjuez en un puro dolor. Hubo un tiempo en que mi interés me llevó a consultar textos milagrosos y reuní una numerosa colección. Así supe de un obispo que, en Estados Unidos, desde la pantalla de la televisión, hacia alardes de una elocuencia sublime y convincente; por mi madre supe, cuando era solo un niño, de la elocuencia de Federico García Sanchiz y han sido muchas las ocasiones en las que yo mismo, me he quedado como pájaro frente a serpiente, ante la elocuencia y brillante disertación de todo tipo de gentes, algunas muy cercanas. No siempre han sido los discursos académicos de humanista o científicos, los pronunciados por gentes bien formadas para la oratoria, los que más me conmovieron, sino que fueron aquellos que escuché de las bocas de autodidactas, cercanos a mi pensar y sentir, dirigentes del movimiento obrero, sindicalistas o dirigentes políticos.

          Nunca he sido una figura brillante, pero he llegado a defenderme y si bien no he sido capaz de envolver, como si de una croqueta se tratara, el conocimiento o percepciones en la elocuencia de la envoltura, si he logrado la atención y el entusiasmo de mis oyentes en no pocas ocasiones y en otras, ¡claro está!, el más radical desacuerdo. Así, creo haber dejado siempre claros aquellos conceptos que me llevaron a la tribuna o me impulsaron a levantar la mano pidiendo la palabra. Concentración y disciplina y, ¡cómo no!, información y elaboración. Estas han sido mis principales armas, junto a una apertura anti-dogmatica para conocer y entender las ideas y los pensamientos de los demás.

         Ahora sí, tras este breve preámbulo de presentación, llegamos al momento de divergir un poco, tal vez no estoy hablando de discrepar, sino de introducir en el discurso del amigo una nota que nos permita ampliar el concepto y sé, porque lo hemos comentado, que estamos de acuerdo o muy cerca del acuerdo en lo que voy a decir. Ello es que, en ocasiones, es absolutamente imprescindible leer el discurso o parte del discurso y es cierto que no siempre somos capaces de leer bien. Me explico, el soporte de la oratoria de ‘a pecho descubierto’ se apoya en tres elementos fundamentales que deben aparecer juntos e íntimamente entrelazados. Me refiero, en primer lugar a un amplio conocimiento de aquello de lo que se va a hablar; en segundo lugar, hablaríamos de la técnica del discurso, del arte de informar, convencer, comprometer; y, por último, estaríamos refiriéndonos a algo tan elemental, pero al mismo tiempo tan importante, como la memoria —la memoria del saber acumulado y especialmente la memoria inmediata (seguro que os ha sucedido muchas veces: pero, ¿cómo se llama aquel…?)—. Así, pues, bueno es hablar sin leer, como hablamos en la tertulia, entre amigos. Pero enfrentarse a un auditorio, no solo con oficio, sino con garra y arte, requiere, en muchos casos, superado el calor de la improvisación de la presentación, donde el orador ha tomado el pulso al auditorio que lo escucha, servirnos de cuantos elementos puedan ayudarnos: anécdotas, proyecciones, lecturas, animación corporal —nunca baile de san Vito— Y la lectura, leer el discurso, suele ser, en múltiples ocasiones, el único recurso posible.

          En mis recuerdos cobijo a muchos oradores brillantes con los que he tenido ocasión de coincidir a lo largo de mi vida: filósofos, profesores, clérigos, sindicalistas, políticos, hombres y mujeres autodidactas. Unos han dicho su discurso y han contestado a cuantas interpelaciones les han hecho de forma brillante y convincente; otros han leído con atención lo que decían y ponían todo el énfasis de su saber estar en la forma de decirlo. Los hubo provocadores, con las miradas y con lo dicho, los hubo humildes y los hubo pedantes. Escuché a los que hablaban con el alma y a los que, meros actores, se limitaban a interpretar. Pero en este hermoso conglomerado de la palabra hablada, siempre encontré en aquellos a los que escuché y busqué para mí decir, el ensalmo de la belleza y la sinceridad. Creo, pues, que la apoyatura en un texto que nos permita leer con claridad, es siempre mejor que salir a la plaza pública sin saber que decir o sin la oportuna memoria dispuesta hacernos el quite preciso en el momento oportuno.

          Un orador excepcional seguramente lo fue Federico García Lorca. Elocuente, sincero, conmovedor y brillante. Siempre que me acerco a su conferencia sobre el duende o, para ser más exactos, aquella titulada «Teoría y juego del duende», un escalofrío de emoción me recorre el cuerpo. Y es que García Lorca incorporaba a su elocuencia un elemento que yo me atrevería a incorporar a la relación de los diez principios de Alberto Bustos. Me refiero, ¡claro está!, al arte; sí, a eso mismo, «al duende».

         Desde este blog que no pretende ser didáctico y considera virtud cierto atisbo de frivolidad, me atrevo a reivindicar la validez del discurso leído y, ¡cómo no!, también el interpretado y en este orden de cosas hago mías las palabras de José Manuel Caballero Bonald cuando, en la recepción del Premio Cervantes, el pasado mes de abril, leyó: «Ya me corregirá el profesor Francisco Rico si me equivoco, pero esas andanzas medio enigmáticas de Cervantes, esas huidas imprevistas, tantas vaguedades, zozobras, cautiverios, vienen a trazar como la síntesis biográfica de un perdedor, de un hombre de azarosos lances, casi de un aventurero que, como don Quijote, fue acumulando decepciones, fracasos, desdenes. Pero nunca, sin embargo, renunció a ir macerando en la memoria su más universal empeño creador: el que hizo de la libertad un fecundo condimento literario. Basta una simple ojeada al esplendor polifónico de su gran novela para entender que todo lo que tuvo de infortunada la vida de Cervantes, acabó encontrando una justiciera contrapartida en esa manifestación suprema de la propia libertad que es la palabra».

[1] http://www.youtube.com/watch?v=wKI93aQyktM

Ricardo, Cecilio, Alberto y Enrique. Presentación del libro "Una infancia en Aranjuez allá por 1970" / Editorial Dikiturt / Cáceres, 2013

Ricardo, Cecilio, Alberto y Enrique. Presentación del libro “Una infancia en Aranjuez allá por 1970” / Editorial Dikiturt / Cáceres, 2013

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