Archivo de la categoría: Poetas y narradores

Emilio Lledó. Premio Nacional de Letras 2014

Cecilio Fernández Bustos

 

 

La voz sin eco no habría inventado nunca el tiempo de la historia, o sea, el tiempo humano.

Emilio Lledó

 

 

 

¿Quienes, de aquellos que me conocen, no me han oído citar a Emilio Lledó en alguna de las ocasiones en que hemos coincidido?. Hay una cita del filosofo sevillano descubierta en uno de los libros que más me han influido en esta vida «El silencio de la escritura»  que pasa por ser elemento básico en mi pensar y sentir. Me refiero a aquello que dice: «Ser es, esencialmente, ser memoria». Sí, ha sido ésta una de las citas que más he manejado en intervenciones orales o escritas, y pienso que es una acertada definición de la «esencia» del homo sapiens: «esencialmente memoria».

  Scan       Llevo muchos años leyendo la obra del «maestro» Emilio Lledó. De él me he servido para acercarme levemente a los griegos, pero también le he leído en cuestiones relacionadas con la convivencia ética y política. Él, el filoso, el maestro del decir la palabra precisa para definir el gusto y el olfato, me viene ayudando siempre que me pongo a escribir o a hablar. Me sumerjo en su estilo fecundo y maravilloso para encontrar la palabra exacta, y me dejo deslizar por ese tobogán del pensamiento, construido por él con esa forma sencilla y comprensible para todos los que, doctos o iniciados, nos acercamos a sus textos y a su palabra hablada, dicha o escrita: como se dice o escribe aquello que puede ser dicha de la palabra y del saber.

         Y es que el profesor Lledó anda siempre preocupado con las herramientas útiles para la comunicación entre los hombres, entre las que destaca, ¡sin dudarlo!, la palabra. Así, pues, son multitud los trabajos que ha dedicado a reflexionar sobre estas cuestiones. Ocupado siempre  en estos personajes, los hombres, que hemos sido y somos en sociedad.  Él nos mira sin dogmatizar, ya que, cada uno tenemos una idea, coincidente o no «del hombre, de la ideología que sustenta el fondo de nuestra personalidad como personajes que somos o pudiéramos estar en una órbita del poder, y del interés que, realmente, tengamos en colaborar en una educación creadora, libre, abierta, real y verdadera».[1]

         Emilio Lledó nos ha propuesto siempre un reto existencial vinculado al conocer y al establecimiento de vínculos, ocasionalmente metafóricos, que nos permitan trazar, como hiciera Pulgarcito perdido en el bosque con sus hermanos, el camino del retorno a la libertad. Por tanto, para el filósofo de la Bética, los libros son la herramienta para labrar la memoria de la libertad, para traernos a casa y fundamentar la evocación, para que esta discurra libre como agua por el hermoso cauce de un río sin represas ni trasvases. Si leer, leamos a autores ungidos de la dignidad del creador que no enfatiza y nos habla con palabra clara, como la del río cuando aún es solo manantial.

         Emilio Lledó nació en Sevilla en 1927 y según nos cuenta él «Soy el mismo que con una maletita de cartón me fui a Alemania».[2] Sí, Pepe, también Lledó cogió su maleta y se fue a Alemania, como tantos a dar y recibir. A dar belleza en la palabra y en el pensar y en el sentir y en el compartir. Nos enseño y nos enseña, maestro cercano él, a recibir reciprocidad, saber, diálogo, sueño, vida. Diseñó y construyó la esencia real del hombre culto, de la cultura que es palabra y comunicación. Y hoy, con tanto ya vivido —filósofo, profesor, ensayista, miembro de la RAE—, recibe en España la distinción del Premio Nacional de las Letras 2014.

         No estamos sobrados de mentes lúcidas ante la ética, tan necesitada hoy, como la del pensador Emilio Lledó. La mejor forma que tenemos de felicitar al maestro es la de leer sus libros, sus artículos y escuchar sus conferencias. Bajar o subir a su pensamiento y compartirlo. ¡Felicidades, profesor!

[1] Emilio Lledó. Los libros y la libertad. RBA Actualidad / Barcelona, 2013

[2] Tereixa Constela. Trilogía de premios para un sabio. El País / Madrid, 19 / 11 /2014

 

Emilio Ledó (Fotografía de cubierta de "Los libros y la libertad", RBA / Barcelona, 2013)

Emilio Ledó (Fotografía de cubierta de “Los libros y la libertad”, RBA / Barcelona, 2013)

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Caballero Bonald sigue escribiendo

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Cómo no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre.
Juan Carlos Onetti

 

Hasta que el tiempo fue reconstruido
bajo tu propia vigilancia, cuántas
residuales versiones de los hechos
fueron depositando su carroña
en papeles, en bocas, en conciencias.
José Manuel Caballero Bonald

 

 

El poeta jerezano, a punto de cumplir 88 años, publica un nuevo libro, Anatomía poética (Círculo de Tiza). En esta ocasión lo hace en compañía del pintor José Luis Fajardo, autor de las ilustraciones.

En la presentación de este último libro, el poeta aparecía acompañado por un importante grupo de amigos y admiradores y nos anunciaba la edición de un nuevo poemario para el próximo mes de marzo. Velaremos atentos para llegar a tiempo a los libros. Aunque cueste creerlo los libros tardan más tiempo que los teléfonos en agotarse. Llegaremos a tiempo, seguro.

Como lector que admira su poesía y su prosa, me permito incorporar a estas páginas uno de sus poemas más remotos y que, desde que lo leí por primera vez, en los años sesenta, no ha dejado de conmoverme. Me refiero a Versículo del Génesis perteneciente al libro Las adivinaciones, que vio la luz en 1952, yo aún vestía pantalón corto. Incorporo también un poema más reciente titulado Tiempo de los antídotos y que ocupa el primer lugar en el poemario La noche no tiene paredes, publicado en 2009.

 

 

VERSÍCULO DEL GÉNESIS

 

Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.
Entra la noche como un trueno
por las rompientes de la vida,
recorre salas de hospitales,
habitaciones de prostíbulos,
templos, alcobas, celdas, chozos,
y en los rincones de la boca
entra también la noche.
Entra la noche como un bulto
de mar vacío y de caverna,
se va esparciendo por los bordes
del alcohol y del insomnio,
lame las manos del enfermo
y el corazón de los cautivos,
y en la blancura de las páginas
entra también la noche.
Entra la noche como un vértigo
por la ciudad desprevenida,
rasga las sábanas más tristes,
repta detrás de los cobardes,
ciega la cal y los cuchillos
25y en el fragor de las palabras
entra también la noche.
Entra la noche como un grito
entre el silencio de los muros,
propaga espantos y vigilias,
late en lo hondo de las piedras,
abre sus últimos boquetes
entre los cuerpos que se aman,
y en el papel emborronado
entra también la noche.

(De Las adivinaciones, 1952)

 

TIEMPOS DE LOS ANTÍDOTOS

 

La edad me ha ido dejando
sin venenos, malgasté en mala hora
esa fortuna
¿qué más puedo perder?
Llega el tiempo ruin de los antídotos.
Materia devaluada, la aventura
disiente de ella misma y se aminora.
Ya solo quedan rastros de peligros,
una zona prohibida apenas frecuentada,
la pauta exigua de lo inconfesable,
cierto amago fugaz de furia y desacato.
La osadía de bordes delictivos,
los deseos gastados
en los bruscos dispendios de la infidelidad,
la virtud y su inercia depravada,
el amor consumiéndose
como un licor impuro, la excitante
trastienda de la noche,
¿qué se hicieron?
Los años, ay de mí, me han desmentido.

(De La noche no tiene paredes, 2009)

 

Soto de ribera, Aranjuez (fotografía CFB)

Soto de ribera, Aranjuez (fotografía CFB)

 

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75 aniversario de la muerte de Antonio Machado

Cecilio Fernández Bustos

Todo es revelación, todo sería de ser acogido en estado naciente. La visión que llega desde afuera rompiendo la oscuridad del sentido, la vista que se abre, y que sólo se abre verdaderamente si bajo ella y con ella se abre al par la visión. Cuando el sentido único del ser despierta en libertad, según su propia ley, sin la opresiva presencia de la intención, desinteresadamente, sin otra finalidad que la fidelidad a su propio ser, en la vida que se abre».
María Zambrano

 

 

Hoy, 22 de febrero de 2014, se cumplen 75 años de muerte de Antonio Machado. Nació en Sevilla, España, el 26 de julio de 1875 y murió en Colliure, Francia, el 22 de febrero de 1939. Hoy debemos alegrarnos y estar felices en el recuerdo, desde la cultura, la  poesía y el humanismo social y civil. Hoy debemos sentir la conmoción gozosa de sabernos parte de ese mundo que nos legó el poeta sevillano. ¡Hoy debemos recordar su vida y su muerte! ¡Hoy y todos los días, debemos leer su poesía, sus aforismos y caminar, junto a Juan de Mairena, por las tierras que alentaron la vida y la obra del poeta, del ciudadano, del hombre.

 

 

Boda de Antonio y Leonor

Boda de Antonio y Leonor

DOS POEMAS PARA RECORDAR AL POETA

 

Recuerdo Infantil

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón.
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.

 

LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS POR LA MUERTE DE DON GUIDO

         Al fin, una pulmonía
mató a don Guido, y están
las campanas todo el día
doblando por él: ¡din-dan!
         Murió don Guido, un señor
de mozo muy jaranero,
muy galán y algo torero;
de viejo, gran rezador.
         Dicen que tuvo un serrallo
este señor de Sevilla;
que era diestro
en manejar el caballo
y un maestro
en refrescar manzanilla.
         Cuando mermó su riqueza,
era su monomanía
pensar que pensar debía
en asentar la cabeza.
         Y asentóla
de una manera española,
que fue casarse con una
doncella de gran fortuna;
y repintar sus blasones,
hablar de las tradiciones
de su casa,
escándalos y amoríos
poner tasa,
sordina a sus desvaríos.
         Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía;
el Jueves Santo salía,
llevando un cirio en la mano
— ¡aquel trueno!—,
vestido de nazareno.
Hoy nos dice la campana
que han de llevarse mañana
al buen don Guido, muy serio,
camino del cementerio.
         Buen don Guido, ya eres ido
y para siempre jamás…
Alguien dirá: ¿Qué dejaste?
Yo pregunto: ¿Qué llevaste
al mundo donde hoy estás?
         ¿Tu amor a los alamares
y a las sedas y a los oros,
y a la sangre de los toros
y al humo de los altares?
         Buen don Guido y equipaje,
¡buen viaje!…
El acá
y el allá,
caballero,
se ve en tu rostro marchito,
lo infinito:
cero, cero.
         ¡Oh las enjutas mejillas,
amarillas,
y los párpados de cera,
y la fina calavera
en la almohada del lecho!
¡Oh fin de una aristocracia!
La barba canosa y lacia
sobre el pecho;
metido en tosco sayal,
las yertas manos en cruz,
¡tan formal!
el caballero andaluz.

 

 

Cabeza de Antonio Machado. (Pablo Serrano)

Cabeza de Antonio Machado. (Pablo Serrano)

 

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Los centenarios a celebrar en el 2014

Cecilio Fernández Bustos

Para Isidro Camacho Caballero

 

El año que acabamos de empezar, 2014, está poblado de efemérides de todo tipo. Son numerosos los centenarios que se cumplen y que, en cada caso, tendrán su pertinente celebración. En Toledo, ¡qué duda cabe!, se celebrará con todo tipo de actividades el IV Centenario de la muerte Domenico Theotocopoulos, el Greco, tal vez uno de los más representativos entre sus hijos adoptivos. La literatura española se ha de volcar en la celebración de la publicación de Platero y yo, uno de los libros más singulares y revolucionarios del siglo XX y uno de los más importantes de los escritos por Juan Ramón Jiménez. Siguiendo en el ámbito de las letras, Octavio Paz, mexicano y también, como Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura, vio la luz en Ciudad de México. Julio Cortázar, el admirado cronopio argentino, vio la luz en Bruselas. Ortega y Gasset y sus coetáneos, entre los que estaba Juan Ramón, dieron los primeros pasos de lo que se conocería como generación del 14 y es de suponer que también tendrán su celebración.

Hoy queremos ofrecer nuestro pequeño homenaje en estas páginas a los tres escritores, cercados en este centenario, cuyas personalidades y, especialmente sus obras, han constituido, en este aquí, algunos de los hallazgos que más han contribuido a seducirme en esta vida.

 

Platero y yo.- Juan Ramón Jiménez

Platero y yo engendrado, crecido y se desarrollado en Moguer, Huelva, y es, como dice su autor todos los burros que él conoció: «En realidad, mi Platero no es un solo burro, sino varios, una síntesis de burros plateros. Yo tuve de muchacho y de joven varios. Todos eran plateros. La suma de todos mis recuerdos con ellos me dio el ente y el libro.»[1] Así, tras larga gestación, nace en Madrid Platero y yo en 1914. Este libro es uno de los máximos exponentes de la poesía en prosa de su padre, Juan Ramón Jiménez, más tarde nos sorprendería con dos máximos poemas en prosa, Diario de un poeta recién casado (1917) y Espacio[2] . De este último diría Octavio Paz: «Espacio es uno de los monumentos de la conciencia poética moderna y con ese texto capital culmina la interrogación que el gran cisne hizo a Darío en su juventud»

 

I Platero

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. Que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

         Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualda… Lo llamo dulcemente: «¿Platero?», y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

         Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscatel, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel…

         Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

         —Tien’ asero…

         Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

 

Octavio Paz

Nace en Ciudad de México el 31 de marzo de 1914. Siempre anduve enamorado de la prosa de Octavio Paz, sus ensayos nos han señalado «el camino por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido» En mi caso, siempre caminé encelado con El arco y la lira, y no es para menos: «La poesía pone al hombre fuera de sí y, simultáneamente, lo hace regresar a su ser original: lo vuelve a sí. El hombre es su imagen: él mismo y aquel otro. A través de la frase que es ritmo, que es imagen, el hombre —ese perpetuo llegar a ser— es. La poesía es entrar en el ser».[3]

Un poema de Octavio Paz para celebrar el Centenario de Octavio Paz:

Los ojos de ella (Fotografía de CFB / Aranjuez, 1963)

Los ojos de ella (Fotografía de CFB / Aranjuez, 1963)

 Tus ojos

Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
otoño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo.

 

Julio Cortázar

Ceremonias_Julio CortázarNace en Bruselas (Bélgica) el 26 de agosto de 1914. Era el año 1969, ya había pasado mayo del 68, en la librería CULTART de Madrid organizamos unas jornadas sobre el boom de la novela latinoamericana, creo recordar que los ponentes fueron Rafael Conte, Alfonso Groso y Andrés Amorós. Amorós, tocado por la belleza de Rayuela (el pasado año se ha celebrado el cincuenta aniversario de su publicación) fue quien habló de esta obra y de su autor, Julio Cortázar.

Maravilla de todo lo posible, el autor, la Maga y su desgarro, personaje de Rayuela y los cuentos (todos) de Julio Cortázar tomaron posesión de conciencia estética y ya no me abandonaron nunca. Para que nos emocionemos con su lectura, aquí dejo un cuento breve y sublime:

 

Continuidad de los parques

 Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusión, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: cuartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía a penas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

         Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


[1] Germán Bleiberg.- Presentación. Platero y yo. Alianza Editorial / Madrid, 1983

[2] Juan Ramón Jiménez.- Espacio. En el otro costado (1936-1942). Lírica de una Atlántida. Galaxia de Gutenberg / Barcelona, 1999

[3] Octavio Paz.- El arco y la lira. Fondo de Cultura< Económica / México, 1970 (Primera reimpresión de la Segunda edición)

Más allá de los ventanales (Fotografía CFB / Aranjuez, 2011)

Más allá de los ventanales (Fotografía CFB / Aranjuez, 2011)

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Sueños de otoño. La afición al teatro

Cecilio Fernández Bustos

 

                                                                Para La Mirada de Ellas

 

El pasado día 15, domingo gris y frío de un invierno anticipado, tuve

Ahí están. Fotografía de Alfonso Segovia

Ahí están, son ellas. Fotografía de Alfonso Segovia

la oportunidad de asistir a una función de teatro, Sueños de Otoño, en la Nave de Cambaleo. La Compañía La Mirada de Ellas, bajo la dirección de Antonio Sarrió, nos ofreció un montaje nada convencional donde el palpitar de la fibra feminista nos sacudió una y otra vez en unos cuadros donde las actrices ritualizaron el dolor antiguo de ser mujer en una sociedad que, por más disimulos que haga, sigue siendo machistas hasta las cachas.

         La escena, impoluta en su negrura, nos mostraba la opacidad del ser que palpita allá, a lo lejos, esperando que un ligero rayo de luz, una leve brisa genere el movimiento ágil y armonioso de la danza, el paso firme de la osadía o el gesto airado de la elocuencia. Son mujeres que cantan y danzan, que tejen y destejen como Ariadna, un ligero aliento en el nombre del tiempo que vivimos. Crítica mordaz a una sociedad que no levanta faldas pues los pantalones nos han uncido por fin al carro de la historia. Son mujeres que portan el bramido y el grito para salvarse, para salvarnos de lo turbio y lo torpe de este siglo sin luces.

Y además tortura. Fotografía de Alfonso Segovia

Y además tortura. Fotografía de Alfonso Segovia

         Habrá quienes piensen que se trata de un juego y no lo es. Es verdad que el arte es con frecuencia un mero canto de diversión, una búsqueda activa, dirían los psicólogos, de apaciguar deseos. Pero yo veía antorchas de libertad guiando al pueblo como las pintadas por Delacroix en el siglo XIX. En esta ocasión no salimos al jardín, uno de los cuadros nos mostraba como una enferma inmóvil, ¡portadora del grito!, en la cama de un hospital, era tranquilizada por otra compañera que la calmaba describiendo desde la ceguera un paisaje que decía ver a través de una ventana. Y es que la ceguera debe atravesar el viso de opacidad para contarnos esos sueños de angustia que nos ofrece el pálpito heroico del despertar asolados por el grito. Y estas mujeres, como escapadas de un cuadro del siglo de las luces o de una tragedia griega nos alientan e iluminan.

         Mas las emociones que nos despiertan, hay que decirlo, proyectan la imagen de una mirada divertida más allá de la sonrisa y del volcán explosivo que deja verter su lava sobre el mar de nuestras dudas entrañables. Esas dudas de la entraña que se asoma de nuevo a la intemperie. Me ha gustado la obra en su conjunto, me han gustado las propuestas, una a una, me han gustado los vínculos del montaje. Todo ello, junto a la pasión y el esfuerzo de las actrices me ha empujado a comparar y sentir el vértigo de lo grande. Incluso esa peque niña, encantadora actriz moviéndose entre mujeres, me ha revelado esa paz de la ternura y el futuro.

         Sobre todo lo dicho, añadir el interés de los textos, diálogos, parlamentos dichos o gritados en un coagulo de esencia sobre lo que palpita la figura de Antonio Sarrió alojando su excelente maestría, su visión del espectáculo puro que talla y consigue las mejores luces como si de un diamante se tratara. Todo lo que he dicho de la obra y de las actrices debo decirlo de él, todo un maestro, ¡un resistente!   

Ellas también aplauden. Fotografía de Alfonso Segovia

Ellas también aplauden. Fotografía de Alfonso Segovia

      

Doy las gracias a Alfonso Segovia, autor de las fotografías, por autorizarme su utilización para este artículo. 

 

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Alberto Bustos. Una infancia en Aranjuez allá por 1970

Cecilio Fernández Bustos

Aranjuez es río y es huerta, es jardín y palacio,
avenidas y plazas; pero Aranjuez es cerro. No
entenderá esta vega con ínfulas de oasis quien no
entienda sus cerros. Y no se puede ser niño aquí
sin querer subir a los Fortines. Ya siendo muy pequeño,
cualquier mayor que quisiera convertir mi
día en una fiesta solo tenía que pronunciar cuatro
palabras mágicas: «¡Vámonos a los cerros!».

Alberto Bustos

(De Una infancia en Aranjuez allá por 1970 / Cáceres, 2013)

escanear0002Conocí a Alberto en 1985, era un adolescente al que le gustaba escribir. Se acercó a la Universidad Popular de Aranjuez, que acababa de comenzar su andadura, para participar en el Taller Literario. Por espacio de un año nos acompañó dando muestras de excelentes condiciones para las letras. Han pasado casi treinta años de aquella aventura.

En la actualidad es profesor titular de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de Extremadura. Antes de esto ha sido profesor en las Universidades de Bohemia Occidental y Bohemia Meridional de la República Checa, también en Wellington (Nueva Zelanda) para el New Zealand Council for Teacher Education, en las Universidades de Dresde y Halle-Wittenberg (Alemania) y en la Universidad Carlos III de Madrid. Pero no es de su currículo profesional de lo que me interesa hoy. Mi mirada se centra en un pequeño libro que acaba de publicar y cuyo título, Una infancia en Aranjuez allá por 1970, ha llamado mi atención de ribereño y también la del hombre que, como el autor, ayer fue niño en Aranjuez, aunque en mi caso fue en 1940.

El autor, Alberto Bustos, ha tenido conmigo la deferencia de ofrecerme para que lo leyera los diversos capítulos de este libro según los iba escribiendo. Así que, como el mismo autor, conozco el libro según se ha ido cocinando. Pero no solo es el caso de este libro, a lo largo de estos años, he tenido la oportunidad de asomarme a casi todo lo que ha escrito Alberto, incluso a algún texto de carácter eminentemente técnico como su Tesis Doctoral. Puedo decir que he visto la evolución de un autor que ha ido creciendo en sus relatos. El que queremos comentar hoy es uno de ellos. También he conocido  sus textos dramáticos y los que he gozado y estudiado. En este mismo blog, he publicado al menos dos comentarios a su obra: el relato Bonaire y el drama titulado Faustino Fernández. La disyuntiva / Homenaje a Sören Kierkegaard.

Según leía los capítulos de Una infancia en Aranjuez que Alberto me enviaba, hacía yo algunos comentarios fruto de la improvisación y la emoción que su lectura me provocaban. Algunos de aquellos comentarios me voy a atrever a incluirlos en este trabajo. Por ejemplo el titula

«La radio: Alberto, en Aranjuez también se decía la arradio, y no eran pocos los que así se expresaban. Tal vez tenga un sentido esa forma de hablar y el maestro, un día cualquiera, nos cuente las cuitas de esa forma de decir. Yo, ¡cómo no!, también me he dormido muchas noches al calor y color de los sonidos de la radio y, de mayor, tuve la oportunidad de saludar a Juana Ginzo. El relato va adquiriendo cuerpo, pátina elocuente porque, aunque el narrador es un adulto, el relato conserva todo el color de esos ojos expectantes del niño que, por primera vez, se fija en la luna y dice: «¡Quiero la luna!» 

Espero que Berlín alimente tus sueños y te renueve para que, ese niño que nos cuenta cosas sobre su experiencia vital, nos ofrezca el maná que alimenta y no sacia».

«Los fortines: ¡Qué maravilla!, Alberto, los fortines. Creo que, a medida que voy leyendo los textos que me mandas, observo que, el brillo del relato de tu infancia, adquiere un mayor relieve y una más avezada singularidad. Es decir, tu estilo se depura y alcanza una exquisita sonoridad, como Juan de Yepes, sobre el silencio distante de la infancia. 

Esta mirada es genial: «una alfombra que por las costuras enseñaba los senderos de yeso de los cerros, que se mantenían abiertos por las pisadas de otros paseantes»… Leer esto me ha producido un cierto estremecimiento y creo que, pese a que en mi caso haya tocado fibras muy personales, tiene auténtico carácter de universal.

Este edificio, que construyes desde la memoria, va adquiriendo relieve y sentido. Sentido de otra dimensión, no de sentimentalidad, sino de existencia. Ahí hay elementos plenos de sustancia vital, con los que vas construyendo un sutil tejido de lenguaje poético inspirado en la cotidianidad de lo que fue. Y es aquí, donde surge el lenguaje que pinta la anécdota buscando, en Lorca, el origen del grito y, en tu caso, el origen de la voz. Oralidad y ritmo son la amalgama sobre el que construyes esta bella historia del hombre que regresa a la infancia para degustar mejor su fruta de la vida. Qué más decir —de momento— que hay que seguir en ello y que habrá que pensar en publicar. Yo no sé cómo, pero recuerdo haber leído en algún sitio que Nietzsche publicó una primera de edición del Zarathustra de solo 40 ejemplares».

Nuestro narrador ha estructurado un libro breve. Son 19 capítulos o más exactamente 19 nombre singulares. En los dos primeros nos introducen en el mundo de su intención. Se trata de fijar la memoria de los recuerdos de la infancia a partir de 17 elementos significativos, profundamente significativos para el autor. Parecen 17 poemas vividos ayer y transcendidos hoy en algo que, tomando el título de uno de los últimos libros de Steiner —él lo llama La poesía del pensamiento— podríamos nombrar el trabajo de Alberto como la poesía lo sentido. Sí, sentido ayer, en la distante infancia, pero que está ahí, en el hueco de la vivido por el autor cuando, siendo niño, despertaba a tantas sensaciones nuevas. ¿Acaso no es poesía ensimismarse con el discurrir del agua en las caceras?

Y cómo nos deja Alberto Bustos, a nosotros, los lectores, acariciar el verdín que se desliza por las caceras, o dibujar el cántaro que porta la Venus,  esculpida en blanco, que enfrenta su mirada a la Iglesia de San Antonio.

En la casa de la abuela, «Bajo la arruga del techo había ido a encontrar su lugar el fogón, en el que se pintaba de rojo una resistencia cada vez que se cocían judías o se freían pestiños, unos pestiños que acababan llegando a mi boca bien cubiertos de miel y azúcar». Deliciosos pestiños de la abuela de Alberto que nos excitan las papilas con el recuerdo de aquellos otros pestiños, los que compraban mis padres en la confitería de Castellano, en la calle de Almíbar. Todo un rito de imágenes, sabores, olores, sensaciones que han quedado en la memoria de todos y el autor lo soporta en un estilo sobrio, elegante y poético. 

Empezamos el recorrido por «El jardinillo» mínimo insignificante, infantil, donde el niño empieza a balbucir los nombres de sus primeras amigas y amigos: «…la Manoli, la Angelines, el Chifla, el Murciano». Y terminamos con el clásico y «Colorín, colorado».

 Leído el libro, comprobamos que no estamos solos pese a la finitud de nuestros límites. Podemos proseguir andando y descubriendo nuevas emociones. Las propias de una vida que se va haciendo desde la infancia hasta cumplido el último perfil de ese límite de finitud donde habitamos.

Aranjuez, 7 de abril de 2013

 

Fortín en un cerro de Aranjuez (fotografía CFB)

Fortín en un cerro de Aranjuez (fotografía CFB)

 

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Aula de Poesía José Luis Sampedro (XVII): José Manuel Caballero Bonald

Caballero Bonald en Aranjuez[1]

Cecilio Fernández Bustos

 

Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas
entra la noche.
 
Caballero Bonald

(De Las adivinaciones —1950-1951—)

 

        Señoras y señores…

De nuevo nos reunimos para celebrar una sesión del Aula de Poesía José Luis Sampedro. Un otoño tranquilo, sólo en apariencia,  se pasea por nuestras calles y tras engalanar de oros los árboles de la Villa, nos va dejando los hielos del invierno. Hoy esos oros yacen por los suelos agitados por un viento helado que, mezclando polvo, humedad y hojas, nos convoca, una vez más, a condenar el terrorismo y su dolor inútil.

        Lamenté no poder acudir a la cita con Ana Rossetti y con ustedes el pasado 13 de noviembre. No obstante, les dejé escrita la presentación de tan querida poeta para que fuera leída, con acierto e impecable estilo, por Paco Gordillo, Director del Centro Cultural Isabel de Farnesio.

        Nada mejor para completar este ciclo de otoño de nuestra Aula de Poesía que la presencia de José Manuel Caballero Bonald (al que quiero transmitir, en este momento, el abrazo que, con la afirmación — ¡es el mejor de todos!—, le envía nuestra querida amiga Aurora Luque) Nuestro poeta de hoy es un hombre, culto, sensible y sabio, que aceptó a lo largo de toda su vida el riesgo y el compromiso. Se trata pues de un poeta de esos que, en palabras de Jesús Ruiz Mantilla, “toman partido ante la vida y lo que les rodea con un arma, el lenguaje, contra el que pocas veces caben pamplinas ni triquiñuelas”[2]

        José Manuel Caballero Bonald nace en Jerez de la Frontera el 11 de noviembre de 1926 (acaba de cumplir 81 años). Estudia náutica en Cádiz y Filosofía y Letras en Sevilla y Madrid. Acabados los estudios se dedica por entero a la creación literaria, dándose a conocer en la revista gaditana Platero, donde aparecieron sus primeros poemas. «En su literatura se reflejan sus aficiones, devociones, experiencias, memorias y viajes (ha vivido y viajado por gran parte del mundo: Cuba, Estados Unidos, Colombia, Hispanoamérica, Europa.»[3] Ha sido profesor de Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad Nacional de Colombia, ha dictados cursos en Universidades francesas y americanas. Asimismo ha sido secretario de la revista Papeles de Son Armadans. Y ha desarrollado un importante trabajo editorial. Ha colaborado con el Seminario de Lexicografía de la real Academia Española de la Lengua y es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Ha sido Presidente del PEN Club español. Fue miembro del grupo arte y cultura de la Junta Democrática durante la preparación de transición.

        De Caballero Bonald se ha dicho que es el poeta de la narrativa y el novelista de la poesía. Ha escrito ensayo —el cante, el baile, los vinos de Andalucía—, como novelista ha alcanzado alta relevancia e importantes premios entre los que destaca el Premio de la Crítica otorgado a su novela más famosa Ágata ojo de gato (1974). Ha escrito dos importantes libros de memorias Tiempo de guerras perdidas y La costumbre de vivir. Y, a todo esto, hay que añadirle la poesía. 

        «Miembro de la llamada generación del medio siglo, Caballero Bonald es uno de nuestros mejores escritores y viene haciendo desde la literatura desde hace más de cincuenta años un sostenido ejercicio de rigor conceptual y verbal, y también, de contemplación del mundo desde un ángulo moral, sin que su escritura se haya degradado nunca, ni antes ni ahora, en la prédica moralista y doctrinaria.»[4] El mismo lo dijo en alguna ocasión, «con mi poesía —aquí y ahora— sólo pretendo darle coherencia a mis acciones morales, librarme de mis taras educativas, potenciar por mi cuenta de la más inmediata testificación de la realidad, cernir con la memoria la servidumbre de los hechos vividos»[5]

        En 1952 Caballero Bonald publica su primer poemario “Las adivinaciones”, accésit del Premio Adonais.  Con este libro nuestro poeta inicia, según palabras de uno de sus críticos, «su personal aventura lingüística, por la búsqueda de los destellos menos frecuentes de la lengua castellana, por el vocablo poco usado, las frases sentenciosas, las referencias a la literatura clásica y el protagonismo de los conceptos, lo que le alejó del estilo de los poetas de su grupo, el llamado del 50, que utilizaban como base de sus poemas el lenguaje coloquial.»[6] A este libro le siguen: Memorias de poco tiempo (1954), Anteo (1956), Las horas muertas (1959) —Premio Boscán—, Pliegos de cordel (1963). En 1977 se publica el poemario Descrédito del héroe, por el que Caballero Bonald recibe el Premio de La Crítica. En 1984 aparece Laberinto de fortuna, Diario de Argónida en 1997 y, el último hasta hoy, Manual de infractores en 2005. Del estilo de Vivir para contarlo —recopilación de su obra poética entre dos fechas— aparece en 1979 Poesía (1951-1977) y en 2004, su poesía reunida, Somos el tiempo que nos queda. El año 2004 fue galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. El 2005 publica también la antología poética Años y libros y recibe el Premio Nacional de las Letras en reconocimiento al conjunto de su obra. Este año, 2007, Galaxia de Gutenberg y Círculo de Lectores han publicado la antología Summa vitae (1952-2005) En 2006 recibe el premio Terenci Moix al Mejor Libro del año 2005 y el Premio Nacional de Poesía por ese mismo libro.   

         Entre Las adivinaciones y Manual de Infractores (primero y último poemarios editados por Caballero Bonald) median 53 años, Años de vivir y de crear; tiempo en el que el poeta va destilando una obra literaria plural —ensayos, novela, autobiografía y, sobre todo, poesía— El poeta y crítico granadino Luis Muñoz, a propósito de este último libro habla de la madurez poética alcanzada por Caballero Bonald: «Manual de infractores, —dice Muñoz— es el libro de alguien que ha alcanzado la sabiduría de mantenerse sereno y alerta al mismo tiempo. Esa clase de estado que cualquiera desearía no sólo para la literatura sino también para la vida y que supone haber pasado por numerosas fases previas, haberse sabido desprender de lo accesorio y tener un interés genuino por lo que sucede delante de los ojos. Cada poema del libro es el resultado de una rigurosa operación expresiva en la que la inteligencia se apoya en la sensualidad o la sensualidad conduce a la inteligencia. Cada poema es un lugar donde las provocaciones entre la sorpresa verbal y el pensamiento son continuas, como si no supiesen mantenerse quietos y ordenados en su sitio.»[7]

Caballero Bonald en el Aula de Poesía José Luis Sampedro. Aranjuez (fotografía CFB)

 

            Pedro Guimferrer, uno de los más reputados poetas de la generación de los novísimos, dice de la poesía de Caballero Bonald: «Extrema en densidad, en rigor, en poderío sonoro, llama la atención en esta poesía, por encima quizá de cualquier otro rasgo estilístico, la capacidad autogenésica que en ella posee el lenguaje. Se suscita a sí mismo, se propaga a sí mismo, se destruye a sí mismo, se redescubre a sí mismo: la palabra, aquí, vive de la palabra (…). Poner en movimiento al habla es, al cabo, la tarea primigenia del poeta»[8]

        En este punto, me tomo la licencia de leer un breve fragmento de un poema de Las adivinaciones, titulado Órbita de la palabra:

 

Órbita de la palabra
Pero me llamo hombre. Mi memoria está viva,
va más allá del tiempo, de jornales ganados
a fuerza de renuncias, de míseras cautelas
para andar y estar solo y andar después aún.
Pero me llamo tierra. Mis efímeros sueños
no pueden contener ese enjambre de indicios
que mi cuerpo recibe, que mis manos soportan
y más y más reduzco cuanto más me aniquila.

 

        Lo que para el poeta debe ser parte de esa permanente afirmación del eco de su voz, la lectura de unos poemas escritos a lo largo de su vida, para nosotros es la participación en el espectáculo de la creación… ya que, toda lectura de un poema nos convoca a descifrar y a recrear lo que el poeta dice y canta… Rindamos un tributo de entusiasmo y de respeto a una de las voces poéticas más singulares y cercanas. Rindamos un tributo de reconocimiento y respeto a uno de los hombres que han estado a la altura de las exigencias de esta España nuestra… con ustedes, José Manuel Caballero Bonald.

 

José Manuel Caballero Bonald leyó sus poemas en el Aula el 4 de diciembre de 2007. Después de esa fecha el poeta ha seguido publicando poesía. Así, en 2009 publicó en Seix Barral el poemario La noche no tiene paredes. El poeta ahonda desde la conciencia de su propia identidad en el conocimiento de su esencia temporal. Un libro hermoso en el ámbito del ser esencial y la búsqueda del lenguaje indicado para urdir la reflexión sobre el ser.Para que nos acerquemos a esta voz que, pese al transcurrir de tiempo, suena a presenta y a futuro, dejo aquí dos poemas de La noche no tiene paredes.

 

CONTRA CASANDRA

Cuando las pulsaciones de la noche
se juntan y acompasan
a los latidos del corazón,
                                        líbrate
de profetas, videntes, sacerdotes, huye
de aquellos que osan sin ningún temor
predecir el futuro.
No olvides nunca que esa codiciosa
incumbencia de dioses acabará implicada
en la enajenación.
                            La vecindad del caos
rondará tu conciencia
y nunca ya crecerás en más augurios.
Ser más veloz que el tiempo
conduce sin remedio a sus destitución.
Ni la vida es tan corta como pensó Casandra
ni está el mañana —ni el ayer— escrito.

 

 

PÉRDIDA DE TIEMPO

En la palabra tiempo anida
una gran ave, una consecutiva
privación de pretéritos
y ciertos excedentes de fugacidad.
En la palabra tiempo se intercalan
otras palabras de su misma estirpe:
el lento mar perpetuo y su inconmensurable
usura, el azar siempre errático
y sideral boquete de luz.
La única estrategia que puede más que el tiempo
es conseguir perderlo impunemente.

 

 

CABALLERO BONALD

Nace en Jerez de la frontera, Cádiz, en 1926. Estudió Náutica en Cádiz y Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla. Ha sido profesor de literatura española y humanidades en la Universidad Nacional de Colombia, ha trabajado en diversos proyectos editoriales y en el Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española de la Lengua. Su obra, poesía, novela y ensayo, le convierte en una de las figuras más representativa y modélica la evolución literaria española de la segunda mitad del siglo XX. Así, podemos hablar de un poeta que es, como dice Antonio Varo Baena, referencia de la novela y a un novelista que lo es de la poesía.

            Considerado uno de los poetas más significativos del conocido como Grupo (o generación) del 50, publica su primer poemario, Las adivinaciones, accésit del Premio Adonais, en 1952. En 1954 publica Memorias de poco tiempo, Anteo en 1956, en 1958 gana el Premio Boscán por Las horas muertas que se publica en Barcelona en 1959, en 1961 gana el Premio Biblioteca Breve de Novela con Dos días de setiembre y publica en Bogotá la antología El papel del coro. En 1963 publica Pliegos de cordel y en 1969 Vivir para contarlo, antología, publicada por Seix Barral, que incluye todos estos poemarios y que contribuirá a un mayor conocimiento de la obra del poeta. En este libro, Caballero Bonald, incluyó, bajo el título Nuevas situaciones, algunos de los poemas que formarán parte del poemario, publicado en 1977, Descrédito del héroe, con el que obtendrá, de nuevo, el Premio de la Crítica que ya había obtenido en 1974 con su famosa novela Ágata ojo de gato.  

            La segunda antología con pretensiones de poesías completas se publica en 1979 bajo el título Poesía (1951-1977) y alternando con la publicación de diversos textos (ensayos, una antología sobre la poesía de Góngora y las novelas: Toda la noche oyeron pasar pájaros y En la casa del padre) en 1984 publica el poemario Laberinto de fortuna y, en 1997, Diario de Argónida.

            Caballero Bonald es reconocido hoy como una de las figuras más importantes de su generación. En   1989 recibe el Premio Andalucía de las Letras y es nombrado miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Ha publicado dos libros de memorias: Tiempos de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001). En 2004 y 2005 publica una nueva edición de su poesía reunida, Somos el tiempo que nos queda, y el poemario Manual de infractores, por el que recibe el Premio Nacional de Poesía. En 2004 se le concede el XIII Premio Reina Sofía de Poesía por el conjunto de su obra. Nuestro autor sigue trabajando y verán la luz nuevos libros: Descrédito del héroe (con un estudio de Joaquín Pérez Azaústre).- Madrid: Bartleby Editores, 2007; Antídotos (con pinturas de Juan Martínez).- Málaga: Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2008; La noche no tiene paredes.- Barcelona: Seix Barral, 2009; Entreguerras o De la naturaleza de las cosas. – Barcelona: Seix Barral, 2012. En 2009 le concedieron el Premio Internacional de Poesía García Lorca.


[1] Una de mis muchas actividades vinculadas al mundo de la literatura y el arte ha sido, en los últimos tiempos, la Dirección del Aula de Poesía José Luis Sampedro, en Aranjuez. En ese tiempo he organizado 20 sesiones de notable interés y excelente acogida. Empezamos el 10 de octubre de 2006 con Félix Grande y concluimos el 8 de abril de 2008 con la intervención de Luis García Montero. Especial significado tuvo para mí, en junio de 2007, la entrega del Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez al poeta Pablo García Baena, fundador de la revista Cántico.

                José Manuel Caballero Bonald acudió al Aula de Poesía José Luis Sampedro el 4 de diciembre de 2007.

[2] Francisco Ruiz Mantilla.- Caballero Bonald, ‘El Terrible’.- El País / Madrid, 30/01/2007

[3] Antonio Varo Baena.- La poesía esencial de Caballero Bonald

[4] Francisco Arias Solís.- Caballero Bonald.- La voz del talante andaluz

[5] Francisco Rico y Domingo Ynduráin.- Hª crítica de la literatura española.- Época contemporánea: 1939-1980 (pago. 276)

[6] Luis Muñoz.- Una sabiduría serena y alerta.- El País, 4/10/2006

[7] Luis Muñoz.- Una sabiduría serena y alerta (El País, 4/10/2006)

[8] Pere Guimferrer.-

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