Dar las gracias 16

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Así pues, lo mejor es curarse a la primera sensación del mal, dar también entonces a las palabras de uno la máxima libertad y reprimir los impulsos.

Séneca

 

 

Partir es dejarse ir, soltar lastre, entornar los ojos como cuando se mira al sol, apresar las cosas que vienen. Se despierta la percepción de los colores, los olores, la superficie lisa o rasposa de las cosas.

Claudio Magris

(De El infinito viajar, 2008)

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Ya sé que hay viajeros que antes de partir se fortifican  contra la sorpresa y contra lo imprevisto, es decir, contra lo nunca visto. También hay escritores que calculan sus libros tan meticulosamente como un turista sus itinerarios, y amantes que sólo apetecen la rutina y habitan confortablemente en el tedio. Pero uno, que ha perdido tantas certezas en los últimos años, ya casi sólo una de ellas conserva, la de que no vale la pena vivir sino lo que no se ha vivido nunca ni decir nada más que lo que nunca ha sido dicho. Paradójicamente, esa singularidad de la experiencia acaba volviéndose el vínculo más poderoso y común con nuestros semejantes, con quienes se parecen tanto a nosotros que son nuestros cómplices sin que lo sepamos, mujeres y hombres a los que nunca veremos porque vivieron antes que nosotros o porque no han nacido. Algunos de ellos viven en nuestro mismo tiempo y acaso respiran el aire de la misma ciudad, y sin embargo nos son tan lejanos como los muertos y los no nacidos, porque no los llegaremos a encontrar. Esa conspiración secreta justifica los libros, los que escribimos y los que leemos. Quien lee es tan poseído como quien escribe, y también, al leer, nada nos maravilla tanto como el descubrimiento de lo que ya sabíamos. Cada día nos roza la convicción platónica de que aprender es recordar, y de que todo amor y toda amistad encubren un reconocimiento, el de las dos mitades escindidas que se encuentran después de un largo destierro en el acto mutuo de la posesión.

Antonio Muñoz Molina

(De Córdoba de los omeyas, 1991)

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El comienzo de toda decadencia es dar por supuesto que hay que tomar en serio las cosas grandes y no tomar en serio las pequeñas, que hay que respetar profundamente a la Humanidad, pero fastidiar a los subalternos, considerar sagrados la Patria, o la Iglesia o el Partido, pero hacer el trabajo de cada día mal y chapucero; así comienza toda corrupción. Contra eso sólo existe un remedio pedagógico: dejar de momento a un lado, en uno mismo y en los demás, las llamadas cosas serias y sagradas, como las convicciones, las ideologías y el patriotismo, y dirigir todas la seriedad a lo pequeño y mínimo, al trabajo del momento.

Hermann Hesse

(De Escritos sobre literatura, 1983)

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La lluvia desplegaba toda la tristeza de Marruecos, sacaba las tripas enfermas del país y las tendía sobre las hortalizas embarradas de los mercados, los caminos intransitables y los cafés qu8e apestaban a lana mojada y suciedad. Después, de repente, la lluvia se convirtió en nieve y pareció que nos purificaba a todos. Un silencio apacible se extendió por los jardines abandonados. Fue como si después de una larga enfermedad, hubiese al fin venido a visitarnos una vieja amiga. Los caminos se llenaron de mudas flores bancas. Los taxis de Baab Marwan arrastraban su cargamento humano rumbo a Fez, y los campesinos los miraban irse desde detrás de los cristales empañados del Café de la Poste.

Rafael Chirbes

(De Mimoun, 1988)

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(Abismo generacional.) Tropiezas con alguien en la acera, pides perdón y no te contesta; al pronto lo atribuyes a mala educación, pero enseguida adviertes que no ha notado siquiera tu contacto; no es mala educación, es algo previo y mas irremediable: falta de la sensibilidad que se necesitaría para poder tener buena o mala educación.

Rafael Sánchez Ferlosio

(De Volverán más tiempos malos y nos harán más ciegos, 1994)

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Ni Platón ni Aristóteles se proponen dar razones del proyecto político como tal. Para ambos, la dimensión socio-política del ser humano es algo evidente, que no precisa de legitimación. No es evidente, en cambio, cómo debe organizarse la comunidad política, y es a esa forma debe organización a la que apuntan sus teorías. Ahora bien, esa evidencia del punto de partida, el carácter comunitario del ser humano, va perdiendo fuerza a medida que los ideales de la polis se van frustrando. Así, el helenismo decadente tiende a ignorar el carácter político del individuo para concentrarse en la orientación de la vida privada. El cristianismo potenciará aún más la escisión entre lo público y lo privado al proyectar un más allá como la verdadera patria del ser humano. Todo lo cual condiciona, como es lógico, el pensamiento moderno que, al apartarse de la razón divina, se queda con el individuo solitario. El punto de partida es ya el individuo, no la sociedad. Habrá que justificar la necesidad del orden y de la justicia ante un ser que resiste a las obligaciones y a las leyes.

Victoria Camps

(De Ética, retórica, política, 1988)

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Tranquilizado con la presencia del ejército francés, Fernando VII se entregó a una de las represiones más desenfrenadas que ha conocido nuestra historia (¡y no son pocas!). Los mayorazgos fueron reimplantados, los gremios también, la reforma universitaria anulada de un plumazo. Se cerraron las universidades de provincia (secundarias) y se suprimieron las peligrosas enseñanzas de matemáticas y astronomía, a las que se preferían la música, la danza y la esgrima. En 1830, el monarca cerró de un plumazo todas las universidades, incluso la catalana (restaurada por él en Cervera en lugar de Barcelona), que estaba lejos de “funesta manía de discurrir”. Los mejores hombres de ciencias tuvieron que emigrar, como el naturalista La Gasca, o sufrieron toda suerte de persecución, como el geólogo D. Casiano del Prado o el matemático Rodríguez González.

Manuel Tuñón de Lara

(De La España del siglo XIX, —París, 1968—)

El Rana Verde. Aranjuez (CFB)

El Rana Verde. Aranjuez (CFB)

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En el bosque 11

Cecilio Fernández bustos

 

 

Hazme amargo.
Cuéntame entre las almendras.
Paul Celan

 

 

Alborada 11 

158)   Entonces apareció el amor y todo cambió.[1]

159)   En las frías noches de insomnio ella masticaba con gozo sustantivo las «heces del espíritu»[2]

160)   Si existe la eternidad, ¿cuál es el camino que conduce hasta ella? ¿Y si resulta que el tiempo es finito?

161)   Y si encuentro el camino que lleva a la eternidad, ¿dónde me pararé a descansar?, ¿o, tal vez, la eternidad sea el descanso eterno?. ¡Cuánto cansancio de descansar tanto!

162)   Y, ¿qué decir de la desmemoria? ¿Sería esto una estancia de paso en la eternidad, unas vacaciones?

163)   Cuando uno alcanza una especie de eternidad en el olvido, ¿acaso no está muerto?

164)   Es posible que en la desmemoria, ¡qué no en la muerte!, se esté fundando de nuevo el mundo con cada nuevo descubrimiento de pequeños retales de realidad.

165)   Pasa cerca de la puerta y si puedes mira al interior. Si te espera algo de dicha traspasa el umbral, sino lo ves claro espera a mañana para dar el paso. No obstante, si tu arrojo requiere más celeridad, no olvides ser prudente.

166) El poeta busca el resplandor, la respuesta luminosa que habita en la palabra precisa para nombrar su emocionada visión de la existencia.

167)   El hombre también, como el poeta, busca el resplandor y escarba para ello, con la palabra, hasta raer el hueso y la esperanza.

168)   El derecho, la justicia, la libertad para que sean activos tienen que ser universales. 

169)   Epicuro nos enseñó que no es impiedad desechar a los  dioses que nos imponen otros hombres en su propio beneficio. Hoy sabemos que los dioses no forma parte del conflicto de los hombres, en todo caso participarían en el amor y en la felicidad, pues, ¡qué duda cabe!, es su imagen reflejada en el espejo de nuestras vidas.

170) Algunas jóvenes, profesionales de la moda, soportan sobre sus privaciones una belleza efímera, impersonal, transparente y sin gluten.

171) Cuando la música me atrapa entre sus notas, ahí estás tú: ¡toda sonrisa!, ¡toda mirada!

172)   Suavicemos el encuentro, no es un nido de víboras lo que queremos construir. Se trata solamente de ensalivar con la voz los recodos del grito, se trata de buscar y encontrar el placer de la música. ¡La sensatez del beso y el aromático tacto de la flor!

173) Si concibes la vida como problema estás obligado a darle solución.

174) El amor, la fraternidad, la justicia, la libertad, la solidaridad, el respeto, y algunos no señalados aquí, son valores irrenunciables para todos los ciudadanos.

175) La peculiaridad fundamental de todo ser humano es la de ser él mismo.

176) Ser yo mismo es la mayor rotundidad de mi existencia.

177) Vivir es atravesar un paisaje de lado a lado.

178) Mis primeros años fueron duros, para mis padres. Ellos guardaban sus hambres en los bolsillos. Nosotros, sus hijos, no.

179) Ni todo es verdad histórica, ni todo es costumbre, ni todo es tiempo. Solo una pequeña partícula verbal conforma la memoria y da contenido común a la celebración del acto singular de vivir.

180) Si te cabe en un bolsillo bájame una estrella, pues, aunque no lo creas, necesito luz. Solamente la luz es capaz de pasar por una ranura mental, pero, ¿una estrella?, seguro que no cabe por la pequeña rendija de mi intelecto. ¡Necesito más luz!

[1] Ricardo Menéndez Salmón. La luz es más antigua que el amor. Seix Barral / Barcelona, 2012. «No feliz. Satisfecho. Entonces apareció Matilde y todo cambió».

[2] Ricardo Menéndez Salmón. La luz es más antigua que el amor. Seix Barral / Barcelona, 2012. «confesando a su esposa que mastica sus pinturas porque son las verdaderas heces del espíritu».

Verano en Aranjuez. Jardín de la Isla (fotografía CFB)

Verano en Aranjuez. Jardín de la Isla (fotografía CFB)

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Un poeta un libro: “Aranjuez. Entre amistades y ausencias”. Antonio Gallego Buendía

Cecilio Fernández Bustos

 

El árbol está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia de los ojos ahora que el viento graciosamente lo cimbrea.

Dámaso Alonso

 

Aranjuez. Entre amistades y ausencias Antonio Gallego Buendía Editorial Doce Calles Aranjuez, 2015

Aranjuez. Entre amistades y ausencias
Antonio Gallego Buendía
Editorial Doce Calles
Aranjuez, 2015

Antonio Gallego Buendía es un poeta que a falta de una definición que nos permita integrarlo, por su obra, en un ámbito de voces, o escuelas, o generaciones, lo hemos bautizado como poeta de la intuición y de la entraña, que es algo parecido a poeta de nuestras leves presencias en lo existencial y cotidiano, lo que eleva su voz a la categoría de los poetas cercanos, localizables en la dulzura íntima de lo entrañable. Se trata de esos poetas presentes en la cercanía de la penumbra —y en todos los ámbitos «locales»—  que nos ofrecen su voz y nos invitan a degustar su sustancia. En definitiva la expresión poética no deja de ser, sino una iluminación, una revelación que se transmite entre la mente del poeta y la del lector. Si se produce esa comunicación el poema acierta a definir lo que quiere decir, por ello, en este caso, vamos a intentar comentar lo que yo quiero decir al tratar de este libro. Cuando Miguel Hernández comienza su andadura al trasluz de la lírica lo hace desde lo entrañable y cercano, desde el ámbito donde coincide con sus amigos y especialmente Ramón Sijé. Vendrán otros tiempos y conformaran nuevas ligaduras a lo vital y a lo esencialmente poético y se llamará escuela o singularidad. En el caso de Miguel como en el de Antonio yo me quedo con una expresión universal: Singularidad poética. Es decir voz propia, que no imita, que surge nítida y pura del manantial, transparente, impar.  Tal vez sea la nota más singular, entre las múltiples particularidades de la poética de Antonio Gallego, esa espontaneidad para integrar el costumbrismo, lo tradicional, lo cercano, dejando el sello existencial sobre la insurrección del alma.

Como el árbol de Dámaso Alonso, el poema está ahí, no para ser juzgado, sino para ser leído y disfrutado.  Antonio Gallego Buendía se presenta ante sus lectores con un hermoso poema incrustado en la solapa del libro como vestíbulo que nos invita a entrar en la casa. Bello pórtico que nos pone en contacto con el autor que ya en este momento, nos da una nota sobre su respiración poética —«Y vine yo a ver la luz / entre el olivar y el pino / en Siles pueblo serrano / que siempre estará conmigo».— Pero es aquí, en Aranjuez, a las orillas del Tajo, donde tropieza el escritor con el nicho vital donde encontrará su voz y el timbre consonante y asonante de su poesía: —«Me trajeron a Aranjuez / cuando yo era solo un niño / y aquí empecé nueva vida / aquí empecé otro camino, / aquí empecé a caminar / entre la estrofa y el mito, / entre la piedra y el agua / y el árbol siempre mi amigo / aquí anclaron mis raíces / y aquí nacieron mis hijos».— Ya hemos empezado a notar el fresco aroma a esas plantas que van a ser, junto a la poesía, uno de los grandes amores y motivos del poeta, su permanente cercanía a sus pueblos, el de la nacencia y el de apuntalar la vida, valor vivo, desde labios vivos: —«Entre sueños de futuro / siempre irán los dos conmigo. / Aranjuez y Siles son / pueblos por mí muy queridos.»—

Concluida su presentación entre origen y establecimiento, entre imagen acústica y percepción moral y social, el poeta nos abre las páginas de su libro y empiezan a aparecer personas, espacios, sensaciones, fidelidades, recuerdos. Y es como si un calafateador estuviera dando seguridad y belleza a la nave que va a hender levemente las aguas de la vida en compañías muy diversas y, como Felline, dará un primer grito —¡La nave va!—

Tres partes tiene el libro y las tres se abren en suavidad como el agua de los ríos: I Aranjuez y su entorno —paisaje, amigos, aficiones—; II Entre amistades y ausencias —familia, más amigos, memoria—; III A mis nietos —toda la sensibilidad vertida—. Hemos dejado el zaguán, acabamos de entrar en la casa y nada más pisar las primeras losas del primer aposento, nos encontramos un hermoso y sutil soneto que estando como estamos a orillas del Tajo nos lleva a dar un paseo con Garcilaso —«Que estando ya, no estaban, / Pues entre estar y estar hay diferencia.»[1]—. Antonio Gallego Buendía, como creador artístico, busca su inspiración en materiales ligeros pero profundos, hundidos en la tierra como el arado que va abriendo los

surcos y al tiempo va dejando caer para el lector las perlas de este soneto:

                                               Aranjuez
                            Bebiendo sin cesar con avidez
                            del padre Tajo el líquido elemento
                            en castellano páramo sediento
                            surgió a la vida el pueblo de Aranjuez.
                            Impacto de verdor fue en la aridez
                            a reyes y nobleza dio aposento
                            y este pueblo jardín y monumento
                            capaz de amotinarse fue una vez
                            testigos mudos fueron del Motín
                            Apolo entre corintios capiteles
                            Narciso por Atlantes sostenido
                            por Hércules Ateneo sometido
                            y Baco que entre mirtos y laureles
                            a Venus esperaba en el jardín.

Aceptamos la invitación que nos convoca y así Garcilaso, nuestro vecino toledano, más melancólico que Antonio, se asoma al Tajo y dice:

                            Cerca del Tajo, en soledad amena,
                            de verdes sauces hay una espesura,
                            toda de hiedra revestida y tierna
                            que por el tronco va hasta el altura,
                            y así la teje arriba y encadena,
                            que el sol no halla paso a la verdura;
                            el agua baña el prado con sentido,
                            alegrando la vista y el sonido.
 
                            Con tanta mansedumbre el cristalino
                            Tajo en aquella parte caminaba,
                            que pudieran los ojos el camino
                            determinar apenas que llevaba.

 

Si leemos con sosiego y nos adentramos en el libro de Antonio Gallego, vamos a descubrir poemas memorables, tanto por el significado como por el significante. Tal vez haya sido su profesión de maestro, su andar curso tras curso tratando de convencer a sus alumnos de lo importante que para sus vidas puede ser aficionarse a la lectura. Así que, nuestro poeta, maestro como tantos de los que al poema han dedicado su tiempo, anduvo manejando, hasta casi la identificación personal, a Miguel Delibes y su sensibilidad le dictó estos hermosísimos versos que dedica al vallisoletano:

                                               Miguel Delibes
                            Hoy se ha marchado Miguel
                            muy triste queda el Mochuelo
                            la Milana y Azarías
                            y la Desi y el Lorenzo,
                            Mario oyendo cinco horas
                            interminable lamento
                            y la profunda Castilla
                            y el Nini y el tío Ratero,
                            impasible el señor Cayo
                            viendo morir a su pueblo,
                            las perdices de Sedano
                            volando sobre los tesos.
                            Hoy todos ellos Miguel
                            te ven partir hacia el cielo.

 

Nuestro poeta vive emocionado con su propio vivir y con las gentes que conoce y le dejan huella en su sensibilidad. Sus familiares, desde padres a nietos, sus amigos y compañeros, coincidencias de la vida algunos también son amigos míos, Elena Cebrián; Teyo, ¿le recordáis?, siempre atento dejando su palabra «de liberal pensamiento, / buen conversador y amigo / un excelente maestro.» Los que vivimos en Aranjuez vamos descubriendo en este libro el recuerdo de aquellos que ya no están, como Gregorio Sánchez o Antonio Pizarro,  también poetas y pedagogos de afición aunque no de profesión. Y creador sensible y culto no pudo olvidarse del Maestro Rodrigo, cuyo Concierto de Aranjuez, elevó a esta ciudad al estrellato de las ciudades del mundo.

                                               Maestro
                            Soporte natural de la estructura
                            del célebre concierto que Rodrigo
                            compuso en Aranjuez, su pueblo amigo,
                            se hicieron árbol, agua y escultura.
                            Aquel árbol anclado en la espesura
                            del sueño del maestro fue testigo
                            y su alma llevará siempre consigo
                            de su obra magistral la partitura.
                            Del agua libre el ritmo visitó
                            la celda horizontal del pentagrama
                            trocando libertad por armonía
                            y el mármol transformado en bella dama
                            doblando su rodilla le rindió
                            al insigne maestro pleitesía.

Antonio Gallego entre sus muchas aficiones de hombre culto y sensible, de pedagogo vocacional, de naturalista convencido debemos destacar su amor a la naturaleza y a la prestación de útiles conocimientos con el amor a la vida relacionados. así que, en su poesía no faltan esas huellas, esas señales repetidas que le llevaron a ser jardinero de su colegio.

 

                                               Otra vez
                            Las hojas del liquidambar
                            se están tiñendo de rojo,
                            amarillean los tilos
                            púrpura viste el madroño,
                            fruto derrama el castaño
                            y el ginkgo se viste de oro,
                            lenta lluvia de colores
                            tapizando nuestro entorno.
                            Vuelve a vestir Aranjuez
                            los colores del otoño.

 

Debo decirlo y lo digo, Aranjuez. Entre amistades y ausencias es un libro lleno de aciertos, pasiones y emociones para compartir. Volviendo a Dámaso Alonso: El árbol —«El libro»— está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia…

[1] Luis Cernuda

 

 

 

 

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El entierro del conde de Orgaz

Cecilio Fernández Bustos

 

¿La luz es de los dioses o la luz es un dios?

Antonio Colinas

 

Hay cuadros que gustan, los hay que impresionan y algunos de esos cuadros nos dejan mareados de entusiasmo y animación. Pero algunos de estos cuadros que nos gustan, impresionan y nos dejan desvanecidos, además de todo esto nos embrujan y se adhieren a nuestros sueños y fantasías pasando a formar parte de nuestra integridad humana, de nuestra respiración, de nuestra gesticulación, de nuestra esencia. Son esos cuadros —también algunos poemas de los que hablaremos en otra ocasión— que nos persiguen por el bosque y nos dejan extenuados ante tanta belleza. Y es que el arte ha sido, es y será siempre la más prodigiosa y mágica de las expresiones humanas. Se trata, pues, de aquello que nos vincula a la cultura y nos hace más humanos, más cercanos a la respiración de la historia de los hombres. Escribir sobre uno de estos cuadros se nos antoja complicado pero necesario para alentar el rescoldo del espíritu. Mi intención no es limitar la nómina de  esos cuadros mágicos y sublimes. No obstante me voy a parar con estas breves reflexiones, fruto tal vez de mi apasionamiento, en tres de ellos. El primero que me deslumbró cuando, todavía niño visité por primera vez el museo de El Prado, fue la Anunciación de Fray Angélico, más tarde descubrí el nacimiento de Venus de Sandro Botticelli y por último, completando este trío fabuloso, me caí del caballo —ya siendo joven— ante el entierro del conde de Orgaz del místico Doménikos Theotokópoulus, el Greco.

Ignoro los ritmos de la mecánica de las emociones y la mayoría de los ritos iniciáticos. Solo sé lo que siento y cómo lo siento, pero no estoy seguro de saber cual sea el proceso que me lleva a esa especie de éxtasis que me acoge cuando contemplo alguna de estas pinturas. Si sé que es la belleza que contemplo mirando al cuadro. Cómo la contemplación del cuadro suscita tan importante corriente emocional —toda ciencia trascendiendo, diría Juan de Yepes—. No sé cómo fluye en los demás este sentir pero sería muy torpe si pensara que el efecto y el afecto se suscitan  solo en mí, en mi contemplar. Yo no he llegado aún a tanto, pero es cierto que contemplando una espléndida obra de arte hay gentes cuya sensibilidad les provoca un brotar de lágrimas y en esas ocasiones perciben manantiales de agua tibia brotando bajo sus pies y es entonces cuando buscas más allá de la mirada y captas el movimiento de las hojas del bosque movidas por la levedad de tu sentir.

La pintura, como la poesía, la narrativa o la dramaturgia establecen caminos y vericuetos por los que se adentran hacia el bosque de la emoción nuestras sensaciones emotivas, aquellas que nos permiten acceder a la consciencia del significado, más allá del significante, aún cuando no lo entendamos, algo parecido a lo que dice Wittgenstein cuando trata de ajustar el significado de la palabra al uso que de ella se hace y que no siempre son coincidentes. Hay también aquí una revelación, un descubrimiento que nos va a permitir seguir pensando, pese a las creencias más recientes, que en el Greco habitaba un mago, más que un científico.

El Greco pintó este cuadro entre 1586-87 —pronto cumplirá 430 años la existencia de tan excepcional sorpresa—. Cuando se habla de un cuadro, de una obra de arte singular y única, es necesario, antes de entrar en el ámbito de la emoción y de la admiración que nos provoca, hacer una breve semblanza de la obra en cuestión. El entierro del Conde de Orgaz es una de las obras más significativas, conocida y admirada de cuantas pinto Doménikos Theotokópoulus. Lo hizo por encargo de Andrés Núñez, párroco de la Iglesia de Santo Tomé de Toledo, lugar donde podemos contemplar esta obra magistral.

El cuadro representa el entierro de don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz, ocurrido en  1323 y es uno de los más importantes y populares de cuantos pintó el Greco. Personaje de la nobleza toledana muy vinculado a la iglesia de santo Tomé de Toledo, pues, aportaba a su servicio cantidades económicas todos los años e incluso hubo un tiempo en que sostuvo la restauración de esta iglesia. Aquí, el señor toledano, tenía reservada su sepultura por lo que a su muerte, en olor de santidad se dijo, y con ocasión de dar sepultura a sus restos, se obró el milagro del descenso de dos santos, san Esteba y san Agustín, que en el cuadro son los dos personajes revestidos que soportan el cadáver al tiempo que lo depositan en su tumba. Y este milagro, que presencian los nobles toledanos sobrecogidos en su profunda devoción, es el motivo principal del cuadro.

Por lo que a mí respecta, al contemplar un cuadro, como al leer un poema que te llega adentro y se queda contigo como tesela que define tu ser, siempre he sentido la necesidad del silencio y la celosía que solo te permite ver sin ser visto; es decir, la ausencia de sentir, todo callado y desierto, sin referencias. Recuerdo una ocasión, bajo la penumbra de la iglesia de santo Tome, la contemplación de el entierro del conde de Orgaz me produjo tan profunda emoción y pasé más de media hora sumido en un sentido arrobo. Todo convino a crear aquel fenómeno personal que acabo de nombrar arrobo. La luz de la iglesia, la composición plástica, el embeleso de los personajes retratados, el milagro de los santos a dar tierra a don Gonzalo, la pantalla formada por los nobles toledanos y el conjunto formado por el milagro transido de un realismo eficaz y por ello convincente. Y por último, el espectáculo de la gloria celestial sobre sus cabezas soportando el embrujo manierista. Entre el autor del cuadro y los que lo contemplamos y gozamos existe un puente que estrecha sus manos y así el autor retorna con su vida, su obra, sus amores. No, no está definitivamente ausente. La sola contemplación de este cuadro, amigos míos, justifica un viaje a Toledo, para tenderle una mano al greco y comentar con él cosas de la vida, y también, ¡claro está! de la muerte.

El entierro del conde de Orgaz. El Greco (pintado en 1586-87) Iglesia de Santo Tomé, Toledo [fotografía tomada de Wikipedia]

El entierro del conde de Orgaz. El Greco (pintado en 1586-87) Iglesia de Santo Tomé, Toledo [fotografía tomada de Wikipedia]

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El camino

Cecilio Fernández Bustos

 

Ella cuenta las horas y yo cuento los años.
Bebimos lluvia. Lluvia bebimos.
Paul Celan

 

He ahí el vértigo del camino.
 De cuando en cuando
tienes la oportunidad
de asomarte a un pozo sin fondo,
a una de esas heridas que le nacen
a la tierra con muy diversas formas
—volcán o río o sima o boca de mujer—
¡Y en su color
florecen tantas glorias,
es tanto el placer de la visión,
que la vida se agolpa en ese instante
y, más tarde, renovados
volvemos al camino!

 

Pero siempre nos quedara el vértigo.

 

Acanto en Aranjuez (fotografía CFB)

Acanto en Aranjuez (fotografía CFB)

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En el bosque 10

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Claro que el silencio nos abruma. Detectamos en el silencio una incomodidad natural que nos obliga a arrastrarnos por un bosque de palabras. ¿Recuerdas lo que escribió el viejo Goethe al final de su vida: «Todo está ahí y no soy nada». Ésa es mi religión […].   

Ricardo Menéndez Salmón

(De La luz es más antigua que el amor)

 

 

Alborada 10

142)  Han pasado siglos y más siglos y aún el hombre sigue devorando al hombre. Algunos nos preguntamos ¿dónde guarda el Minotauro nuestra libertad?, ¿en qué emplea la sangre de los jóvenes?

143)  Busco encontrar un hombre, una mujer sin mentira que se entregue a la vida sin desplegar bandera alguna. Que me ofrezca su mano y una leve sonrisa. Busco lo sencillo, lo que no amenaza, lo que no da miedo. Busco lo más elemental de la existencia humana.

144)  Pudiera ser un error la convicción de educar más con una perspectiva moral en exclusiva y no también con una mirada intelectual. Es así como nacen los integrismos religiosos, políticos, culturales y sociales.

145)  Es importante poner en común unas pocas ideas. Sí, las suficientes para no estar solos.

146)  ¡El infinito, siempre el infinito!. Pero torpes poetas, el infinito concuerda y rima con lo finito.

147)  No era Eva quien te invitaba a la orgía. Tal vez la orgía fue quien primero invitó a Eva.

148)  No, las piedras no están calladas. Refulgen con el sol y con la luna y si el agua forma torrenteras pueden sonar como guitarra o tambor. Y si un músico llega a tiempo escribirá su melodía.

149)  No todo es placentero en la vida, existe el dolor y muerde en las carnes y en el alma. Pero, pese a todo, vivir puede ser muy hermoso.

150)  Pretendemos hacernos una vida a la medida en la que vaya sucediendo lo que deseamos y esperamos. No obstante, las más de las veces nos sorprende lo inesperado. Así y todo, la vida debe embarcarse en una proyecto. Ser es memoria, pero también es pronóstico.

151)  Es complicado, sí, es muy complicado dedicarse a buscar un lugar donde meditar y pasear acogidos en el seno un paisaje excelente, luminoso y sereno. Yo ya lo encontré, pese a su excepcional naturaleza, necesité adaptarme.

152)  Los politólogos modernos, a caballo entre la filosofía y la sociología, elaboren brillantes teorías sobre el deber de la política y sus discursos no son solo brillantes, sino convincentes. Más, a la hora de la verdad —si es que admitimos la posibilidad de la verdad en política— suelen encasillarse en el lugar común y encasillarse en la dialéctica: ¡El deber ser no se encuentra con el ser!

153)  Es frecuente que al elaborar tesis y propuestas nos  olvidarnos de lo esencial: ¡quienes somos!, ¡donde estamos! y ¡a donde queremos ir! Tal vez Wittgenstein intentaba aclararlo «mediante el diagnóstico de las causas por las que fueron propuestas»[1]

154)  ¿No os habéis dado cuenta? Los revolucionarios de hoy como los que defienden el capitalismo más radical ya no hablan de obreros, ni de clase obrera. Solo sale de sus bocas y de sus escritos una expresión: clase media. ¿Acaso hemos arrojado a la tumba del mediterráneo la lucha de clases?

155)  Aún te recuerdo, amigo mío, filosofando sobre la lucha de clases y el papel revolucionario de la clase obrera. Sí, te lo digo a ti y a ti y a ti.

156)  Siempre hay un temor, más o menos oculto, a romper el equilibrio de la armonía, el lustre ensamblador de la dicha y la verdad. Del deseo y la realidad hubiera dicho el poeta.

157)  Aprehender la idea del naufragio a todos nos cuesta. Hay que hacer un esfuerzo poderoso para entender que el desarrollo y crecimiento de los sistemas capitalista de última hora se hayan gestado al margen de la creación de riqueza, pues, solo la estafa, el robo y la especulación han contribuido a esa cruel forma de explotación de los más pobres.

[1] Richard Rorty. El giro lingüístico. Ediciones Paidós. Barcelona, 2012

Plazuela de la Mariblanca. Aranjuez (fotografía CFB)

Plazuela de la Mariblanca. Aranjuez (fotografía CFB)

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De colección

Cecilio Fernández Bustos

 

 

No todas las realidades son del mismo orden: A. Machado dijo sobre esta verdad tan conocida una frase que me exime de más comentario: «Todo necio confunde valor y precio».
Santiago González Noriega

 

Solo hay unos cuantos tipos de personas, y cada cual desea ser reconocido por aquellos a quienes pertenece. Ésta es la única función de las ideologías; y las ideas, encerradas en paquetes tales, se ven supeditadas a ese único y tristísimo papel.
Rafael Sánchez Ferlosio

 

            El gran reto de la economía y de la política debería de ser, hoy como ayer, hacer posible el pleno empleo —aquí y allí—. Son estas circunstancias nuestras, hubiera dicho Ortega y Gasset. Mas cuando hablamos de cuestiones tan fundamentales deberíamos hacer un esfuerzo por superar el limitado espacio de lo tribal y dialogar buscando acuerdos. Bueno sería la aplicación de una mirada cubista que nos permitiera ver más allá de los cercanos límites de lo inmediato y próximo. Buena sería una mirada universal, ecuménica como el hombre; una mirada que desalojara de nuestras estrechas mentes las fáciles simplificaciones; una mirada que descubriera las hambres cercanas pero, también, las otras hambres; las hambres agobiadas y agobiantes de los otros, los que habitan tras el simple altozano que establece el límite de lo local, la frontera de lo nacional; una mirada que nos despojara de los cristales, más o menos brillantes, a través de los cuales contemplamos los paisajes irreales de nuestros deseos. Una mirada no sólo para mirar o por mirar, sino para ver y por ver detrás de la cara oculta de todas las lunas que hacen opaca la realidad. Y vean como avanza la muerte, como trepa por las débiles entrañas de millones y millones de niños, mujeres y hombres; mientras otros niños, otras mujeres, otros hombres, tal vez tú y yo, alimentamos con nuestras sobras un inmenso catafalco de inmundicias donde, irremisiblemente, se deshoja el planeta tierra.

¡Ni en verano ni en invierno! C. Fernández Gil

¡Ni en verano ni en invierno! C. Fernández Gil

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