Un poeta un libro: “Aranjuez. Entre amistades y ausencias”. Antonio Gallego Buendía

Cecilio Fernández Bustos

 

El árbol está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia de los ojos ahora que el viento graciosamente lo cimbrea.

Dámaso Alonso

 

Aranjuez. Entre amistades y ausencias Antonio Gallego Buendía Editorial Doce Calles Aranjuez, 2015

Aranjuez. Entre amistades y ausencias
Antonio Gallego Buendía
Editorial Doce Calles
Aranjuez, 2015

Antonio Gallego Buendía es un poeta que a falta de una definición que nos permita integrarlo, por su obra, en un ámbito de voces, o escuelas, o generaciones, lo hemos bautizado como poeta de la intuición y de la entraña, que es algo parecido a poeta de nuestras leves presencias en lo existencial y cotidiano, lo que eleva su voz a la categoría de los poetas cercanos, localizables en la dulzura íntima de lo entrañable. Se trata de esos poetas presentes en la cercanía de la penumbra —y en todos los ámbitos «locales»—  que nos ofrecen su voz y nos invitan a degustar su sustancia. En definitiva la expresión poética no deja de ser, sino una iluminación, una revelación que se transmite entre la mente del poeta y la del lector. Si se produce esa comunicación el poema acierta a definir lo que quiere decir, por ello, en este caso, vamos a intentar comentar lo que yo quiero decir al tratar de este libro. Cuando Miguel Hernández comienza su andadura al trasluz de la lírica lo hace desde lo entrañable y cercano, desde el ámbito donde coincide con sus amigos y especialmente Ramón Sijé. Vendrán otros tiempos y conformaran nuevas ligaduras a lo vital y a lo esencialmente poético y se llamará escuela o singularidad. En el caso de Miguel como en el de Antonio yo me quedo con una expresión universal: Singularidad poética. Es decir voz propia, que no imita, que surge nítida y pura del manantial, transparente, impar.  Tal vez sea la nota más singular, entre las múltiples particularidades de la poética de Antonio Gallego, esa espontaneidad para integrar el costumbrismo, lo tradicional, lo cercano, dejando el sello existencial sobre la insurrección del alma.

Como el árbol de Dámaso Alonso, el poema está ahí, no para ser juzgado, sino para ser leído y disfrutado.  Antonio Gallego Buendía se presenta ante sus lectores con un hermoso poema incrustado en la solapa del libro como vestíbulo que nos invita a entrar en la casa. Bello pórtico que nos pone en contacto con el autor que ya en este momento, nos da una nota sobre su respiración poética —«Y vine yo a ver la luz / entre el olivar y el pino / en Siles pueblo serrano / que siempre estará conmigo».— Pero es aquí, en Aranjuez, a las orillas del Tajo, donde tropieza el escritor con el nicho vital donde encontrará su voz y el timbre consonante y asonante de su poesía: —«Me trajeron a Aranjuez / cuando yo era solo un niño / y aquí empecé nueva vida / aquí empecé otro camino, / aquí empecé a caminar / entre la estrofa y el mito, / entre la piedra y el agua / y el árbol siempre mi amigo / aquí anclaron mis raíces / y aquí nacieron mis hijos».— Ya hemos empezado a notar el fresco aroma a esas plantas que van a ser, junto a la poesía, uno de los grandes amores y motivos del poeta, su permanente cercanía a sus pueblos, el de la nacencia y el de apuntalar la vida, valor vivo, desde labios vivos: —«Entre sueños de futuro / siempre irán los dos conmigo. / Aranjuez y Siles son / pueblos por mí muy queridos.»—

Concluida su presentación entre origen y establecimiento, entre imagen acústica y percepción moral y social, el poeta nos abre las páginas de su libro y empiezan a aparecer personas, espacios, sensaciones, fidelidades, recuerdos. Y es como si un calafateador estuviera dando seguridad y belleza a la nave que va a hender levemente las aguas de la vida en compañías muy diversas y, como Felline, dará un primer grito —¡La nave va!—

Tres partes tiene el libro y las tres se abren en suavidad como el agua de los ríos: I Aranjuez y su entorno —paisaje, amigos, aficiones—; II Entre amistades y ausencias —familia, más amigos, memoria—; III A mis nietos —toda la sensibilidad vertida—. Hemos dejado el zaguán, acabamos de entrar en la casa y nada más pisar las primeras losas del primer aposento, nos encontramos un hermoso y sutil soneto que estando como estamos a orillas del Tajo nos lleva a dar un paseo con Garcilaso —«Que estando ya, no estaban, / Pues entre estar y estar hay diferencia.»[1]—. Antonio Gallego Buendía, como creador artístico, busca su inspiración en materiales ligeros pero profundos, hundidos en la tierra como el arado que va abriendo los

surcos y al tiempo va dejando caer para el lector las perlas de este soneto:

                                               Aranjuez
                            Bebiendo sin cesar con avidez
                            del padre Tajo el líquido elemento
                            en castellano páramo sediento
                            surgió a la vida el pueblo de Aranjuez.
                            Impacto de verdor fue en la aridez
                            a reyes y nobleza dio aposento
                            y este pueblo jardín y monumento
                            capaz de amotinarse fue una vez
                            testigos mudos fueron del Motín
                            Apolo entre corintios capiteles
                            Narciso por Atlantes sostenido
                            por Hércules Ateneo sometido
                            y Baco que entre mirtos y laureles
                            a Venus esperaba en el jardín.

Aceptamos la invitación que nos convoca y así Garcilaso, nuestro vecino toledano, más melancólico que Antonio, se asoma al Tajo y dice:

                            Cerca del Tajo, en soledad amena,
                            de verdes sauces hay una espesura,
                            toda de hiedra revestida y tierna
                            que por el tronco va hasta el altura,
                            y así la teje arriba y encadena,
                            que el sol no halla paso a la verdura;
                            el agua baña el prado con sentido,
                            alegrando la vista y el sonido.
 
                            Con tanta mansedumbre el cristalino
                            Tajo en aquella parte caminaba,
                            que pudieran los ojos el camino
                            determinar apenas que llevaba.

 

Si leemos con sosiego y nos adentramos en el libro de Antonio Gallego, vamos a descubrir poemas memorables, tanto por el significado como por el significante. Tal vez haya sido su profesión de maestro, su andar curso tras curso tratando de convencer a sus alumnos de lo importante que para sus vidas puede ser aficionarse a la lectura. Así que, nuestro poeta, maestro como tantos de los que al poema han dedicado su tiempo, anduvo manejando, hasta casi la identificación personal, a Miguel Delibes y su sensibilidad le dictó estos hermosísimos versos que dedica al vallisoletano:

                                               Miguel Delibes
                            Hoy se ha marchado Miguel
                            muy triste queda el Mochuelo
                            la Milana y Azarías
                            y la Desi y el Lorenzo,
                            Mario oyendo cinco horas
                            interminable lamento
                            y la profunda Castilla
                            y el Nini y el tío Ratero,
                            impasible el señor Cayo
                            viendo morir a su pueblo,
                            las perdices de Sedano
                            volando sobre los tesos.
                            Hoy todos ellos Miguel
                            te ven partir hacia el cielo.

 

Nuestro poeta vive emocionado con su propio vivir y con las gentes que conoce y le dejan huella en su sensibilidad. Sus familiares, desde padres a nietos, sus amigos y compañeros, coincidencias de la vida algunos también son amigos míos, Elena Cebrián; Teyo, ¿le recordáis?, siempre atento dejando su palabra «de liberal pensamiento, / buen conversador y amigo / un excelente maestro.» Los que vivimos en Aranjuez vamos descubriendo en este libro el recuerdo de aquellos que ya no están, como Gregorio Sánchez o Antonio Pizarro,  también poetas y pedagogos de afición aunque no de profesión. Y creador sensible y culto no pudo olvidarse del Maestro Rodrigo, cuyo Concierto de Aranjuez, elevó a esta ciudad al estrellato de las ciudades del mundo.

                                               Maestro
                            Soporte natural de la estructura
                            del célebre concierto que Rodrigo
                            compuso en Aranjuez, su pueblo amigo,
                            se hicieron árbol, agua y escultura.
                            Aquel árbol anclado en la espesura
                            del sueño del maestro fue testigo
                            y su alma llevará siempre consigo
                            de su obra magistral la partitura.
                            Del agua libre el ritmo visitó
                            la celda horizontal del pentagrama
                            trocando libertad por armonía
                            y el mármol transformado en bella dama
                            doblando su rodilla le rindió
                            al insigne maestro pleitesía.

Antonio Gallego entre sus muchas aficiones de hombre culto y sensible, de pedagogo vocacional, de naturalista convencido debemos destacar su amor a la naturaleza y a la prestación de útiles conocimientos con el amor a la vida relacionados. así que, en su poesía no faltan esas huellas, esas señales repetidas que le llevaron a ser jardinero de su colegio.

 

                                               Otra vez
                            Las hojas del liquidambar
                            se están tiñendo de rojo,
                            amarillean los tilos
                            púrpura viste el madroño,
                            fruto derrama el castaño
                            y el ginkgo se viste de oro,
                            lenta lluvia de colores
                            tapizando nuestro entorno.
                            Vuelve a vestir Aranjuez
                            los colores del otoño.

 

Debo decirlo y lo digo, Aranjuez. Entre amistades y ausencias es un libro lleno de aciertos, pasiones y emociones para compartir. Volviendo a Dámaso Alonso: El árbol —«El libro»— está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia…

[1] Luis Cernuda

 

 

 

 

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El entierro del conde de Orgaz

Cecilio Fernández Bustos

 

¿La luz es de los dioses o la luz es un dios?

Antonio Colinas

 

Hay cuadros que gustan, los hay que impresionan y algunos de esos cuadros nos dejan mareados de entusiasmo y animación. Pero algunos de estos cuadros que nos gustan, impresionan y nos dejan desvanecidos, además de todo esto nos embrujan y se adhieren a nuestros sueños y fantasías pasando a formar parte de nuestra integridad humana, de nuestra respiración, de nuestra gesticulación, de nuestra esencia. Son esos cuadros —también algunos poemas de los que hablaremos en otra ocasión— que nos persiguen por el bosque y nos dejan extenuados ante tanta belleza. Y es que el arte ha sido, es y será siempre la más prodigiosa y mágica de las expresiones humanas. Se trata, pues, de aquello que nos vincula a la cultura y nos hace más humanos, más cercanos a la respiración de la historia de los hombres. Escribir sobre uno de estos cuadros se nos antoja complicado pero necesario para alentar el rescoldo del espíritu. Mi intención no es limitar la nómina de  esos cuadros mágicos y sublimes. No obstante me voy a parar con estas breves reflexiones, fruto tal vez de mi apasionamiento, en tres de ellos. El primero que me deslumbró cuando, todavía niño visité por primera vez el museo de El Prado, fue la Anunciación de Fray Angélico, más tarde descubrí el nacimiento de Venus de Sandro Botticelli y por último, completando este trío fabuloso, me caí del caballo —ya siendo joven— ante el entierro del conde de Orgaz del místico Doménikos Theotokópoulus, el Greco.

Ignoro los ritmos de la mecánica de las emociones y la mayoría de los ritos iniciáticos. Solo sé lo que siento y cómo lo siento, pero no estoy seguro de saber cual sea el proceso que me lleva a esa especie de éxtasis que me acoge cuando contemplo alguna de estas pinturas. Si sé que es la belleza que contemplo mirando al cuadro. Cómo la contemplación del cuadro suscita tan importante corriente emocional —toda ciencia trascendiendo, diría Juan de Yepes—. No sé cómo fluye en los demás este sentir pero sería muy torpe si pensara que el efecto y el afecto se suscitan  solo en mí, en mi contemplar. Yo no he llegado aún a tanto, pero es cierto que contemplando una espléndida obra de arte hay gentes cuya sensibilidad les provoca un brotar de lágrimas y en esas ocasiones perciben manantiales de agua tibia brotando bajo sus pies y es entonces cuando buscas más allá de la mirada y captas el movimiento de las hojas del bosque movidas por la levedad de tu sentir.

La pintura, como la poesía, la narrativa o la dramaturgia establecen caminos y vericuetos por los que se adentran hacia el bosque de la emoción nuestras sensaciones emotivas, aquellas que nos permiten acceder a la consciencia del significado, más allá del significante, aún cuando no lo entendamos, algo parecido a lo que dice Wittgenstein cuando trata de ajustar el significado de la palabra al uso que de ella se hace y que no siempre son coincidentes. Hay también aquí una revelación, un descubrimiento que nos va a permitir seguir pensando, pese a las creencias más recientes, que en el Greco habitaba un mago, más que un científico.

El Greco pintó este cuadro entre 1586-87 —pronto cumplirá 430 años la existencia de tan excepcional sorpresa—. Cuando se habla de un cuadro, de una obra de arte singular y única, es necesario, antes de entrar en el ámbito de la emoción y de la admiración que nos provoca, hacer una breve semblanza de la obra en cuestión. El entierro del Conde de Orgaz es una de las obras más significativas, conocida y admirada de cuantas pinto Doménikos Theotokópoulus. Lo hizo por encargo de Andrés Núñez, párroco de la Iglesia de Santo Tomé de Toledo, lugar donde podemos contemplar esta obra magistral.

El cuadro representa el entierro de don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz, ocurrido en  1323 y es uno de los más importantes y populares de cuantos pintó el Greco. Personaje de la nobleza toledana muy vinculado a la iglesia de santo Tomé de Toledo, pues, aportaba a su servicio cantidades económicas todos los años e incluso hubo un tiempo en que sostuvo la restauración de esta iglesia. Aquí, el señor toledano, tenía reservada su sepultura por lo que a su muerte, en olor de santidad se dijo, y con ocasión de dar sepultura a sus restos, se obró el milagro del descenso de dos santos, san Esteba y san Agustín, que en el cuadro son los dos personajes revestidos que soportan el cadáver al tiempo que lo depositan en su tumba. Y este milagro, que presencian los nobles toledanos sobrecogidos en su profunda devoción, es el motivo principal del cuadro.

Por lo que a mí respecta, al contemplar un cuadro, como al leer un poema que te llega adentro y se queda contigo como tesela que define tu ser, siempre he sentido la necesidad del silencio y la celosía que solo te permite ver sin ser visto; es decir, la ausencia de sentir, todo callado y desierto, sin referencias. Recuerdo una ocasión, bajo la penumbra de la iglesia de santo Tome, la contemplación de el entierro del conde de Orgaz me produjo tan profunda emoción y pasé más de media hora sumido en un sentido arrobo. Todo convino a crear aquel fenómeno personal que acabo de nombrar arrobo. La luz de la iglesia, la composición plástica, el embeleso de los personajes retratados, el milagro de los santos a dar tierra a don Gonzalo, la pantalla formada por los nobles toledanos y el conjunto formado por el milagro transido de un realismo eficaz y por ello convincente. Y por último, el espectáculo de la gloria celestial sobre sus cabezas soportando el embrujo manierista. Entre el autor del cuadro y los que lo contemplamos y gozamos existe un puente que estrecha sus manos y así el autor retorna con su vida, su obra, sus amores. No, no está definitivamente ausente. La sola contemplación de este cuadro, amigos míos, justifica un viaje a Toledo, para tenderle una mano al greco y comentar con él cosas de la vida, y también, ¡claro está! de la muerte.

El entierro del conde de Orgaz. El Greco (pintado en 1586-87) Iglesia de Santo Tomé, Toledo [fotografía tomada de Wikipedia]

El entierro del conde de Orgaz. El Greco (pintado en 1586-87) Iglesia de Santo Tomé, Toledo [fotografía tomada de Wikipedia]

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El camino

Cecilio Fernández Bustos

 

Ella cuenta las horas y yo cuento los años.
Bebimos lluvia. Lluvia bebimos.
Paul Celan

 

He ahí el vértigo del camino.
 De cuando en cuando
tienes la oportunidad
de asomarte a un pozo sin fondo,
a una de esas heridas que le nacen
a la tierra con muy diversas formas
—volcán o río o sima o boca de mujer—
¡Y en su color
florecen tantas glorias,
es tanto el placer de la visión,
que la vida se agolpa en ese instante
y, más tarde, renovados
volvemos al camino!

 

Pero siempre nos quedara el vértigo.

 

Acanto en Aranjuez (fotografía CFB)

Acanto en Aranjuez (fotografía CFB)

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En el bosque 10

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Claro que el silencio nos abruma. Detectamos en el silencio una incomodidad natural que nos obliga a arrastrarnos por un bosque de palabras. ¿Recuerdas lo que escribió el viejo Goethe al final de su vida: «Todo está ahí y no soy nada». Ésa es mi religión […].   

Ricardo Menéndez Salmón

(De La luz es más antigua que el amor)

 

 

Alborada 10

142)  Han pasado siglos y más siglos y aún el hombre sigue devorando al hombre. Algunos nos preguntamos ¿dónde guarda el Minotauro nuestra libertad?, ¿en qué emplea la sangre de los jóvenes?

143)  Busco encontrar un hombre, una mujer sin mentira que se entregue a la vida sin desplegar bandera alguna. Que me ofrezca su mano y una leve sonrisa. Busco lo sencillo, lo que no amenaza, lo que no da miedo. Busco lo más elemental de la existencia humana.

144)  Pudiera ser un error la convicción de educar más con una perspectiva moral en exclusiva y no también con una mirada intelectual. Es así como nacen los integrismos religiosos, políticos, culturales y sociales.

145)  Es importante poner en común unas pocas ideas. Sí, las suficientes para no estar solos.

146)  ¡El infinito, siempre el infinito!. Pero torpes poetas, el infinito concuerda y rima con lo finito.

147)  No era Eva quien te invitaba a la orgía. Tal vez la orgía fue quien primero invitó a Eva.

148)  No, las piedras no están calladas. Refulgen con el sol y con la luna y si el agua forma torrenteras pueden sonar como guitarra o tambor. Y si un músico llega a tiempo escribirá su melodía.

149)  No todo es placentero en la vida, existe el dolor y muerde en las carnes y en el alma. Pero, pese a todo, vivir puede ser muy hermoso.

150)  Pretendemos hacernos una vida a la medida en la que vaya sucediendo lo que deseamos y esperamos. No obstante, las más de las veces nos sorprende lo inesperado. Así y todo, la vida debe embarcarse en una proyecto. Ser es memoria, pero también es pronóstico.

151)  Es complicado, sí, es muy complicado dedicarse a buscar un lugar donde meditar y pasear acogidos en el seno un paisaje excelente, luminoso y sereno. Yo ya lo encontré, pese a su excepcional naturaleza, necesité adaptarme.

152)  Los politólogos modernos, a caballo entre la filosofía y la sociología, elaboren brillantes teorías sobre el deber de la política y sus discursos no son solo brillantes, sino convincentes. Más, a la hora de la verdad —si es que admitimos la posibilidad de la verdad en política— suelen encasillarse en el lugar común y encasillarse en la dialéctica: ¡El deber ser no se encuentra con el ser!

153)  Es frecuente que al elaborar tesis y propuestas nos  olvidarnos de lo esencial: ¡quienes somos!, ¡donde estamos! y ¡a donde queremos ir! Tal vez Wittgenstein intentaba aclararlo «mediante el diagnóstico de las causas por las que fueron propuestas»[1]

154)  ¿No os habéis dado cuenta? Los revolucionarios de hoy como los que defienden el capitalismo más radical ya no hablan de obreros, ni de clase obrera. Solo sale de sus bocas y de sus escritos una expresión: clase media. ¿Acaso hemos arrojado a la tumba del mediterráneo la lucha de clases?

155)  Aún te recuerdo, amigo mío, filosofando sobre la lucha de clases y el papel revolucionario de la clase obrera. Sí, te lo digo a ti y a ti y a ti.

156)  Siempre hay un temor, más o menos oculto, a romper el equilibrio de la armonía, el lustre ensamblador de la dicha y la verdad. Del deseo y la realidad hubiera dicho el poeta.

157)  Aprehender la idea del naufragio a todos nos cuesta. Hay que hacer un esfuerzo poderoso para entender que el desarrollo y crecimiento de los sistemas capitalista de última hora se hayan gestado al margen de la creación de riqueza, pues, solo la estafa, el robo y la especulación han contribuido a esa cruel forma de explotación de los más pobres.

[1] Richard Rorty. El giro lingüístico. Ediciones Paidós. Barcelona, 2012

Plazuela de la Mariblanca. Aranjuez (fotografía CFB)

Plazuela de la Mariblanca. Aranjuez (fotografía CFB)

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De colección

Cecilio Fernández Bustos

 

 

No todas las realidades son del mismo orden: A. Machado dijo sobre esta verdad tan conocida una frase que me exime de más comentario: «Todo necio confunde valor y precio».
Santiago González Noriega

 

Solo hay unos cuantos tipos de personas, y cada cual desea ser reconocido por aquellos a quienes pertenece. Ésta es la única función de las ideologías; y las ideas, encerradas en paquetes tales, se ven supeditadas a ese único y tristísimo papel.
Rafael Sánchez Ferlosio

 

            El gran reto de la economía y de la política debería de ser, hoy como ayer, hacer posible el pleno empleo —aquí y allí—. Son estas circunstancias nuestras, hubiera dicho Ortega y Gasset. Mas cuando hablamos de cuestiones tan fundamentales deberíamos hacer un esfuerzo por superar el limitado espacio de lo tribal y dialogar buscando acuerdos. Bueno sería la aplicación de una mirada cubista que nos permitiera ver más allá de los cercanos límites de lo inmediato y próximo. Buena sería una mirada universal, ecuménica como el hombre; una mirada que desalojara de nuestras estrechas mentes las fáciles simplificaciones; una mirada que descubriera las hambres cercanas pero, también, las otras hambres; las hambres agobiadas y agobiantes de los otros, los que habitan tras el simple altozano que establece el límite de lo local, la frontera de lo nacional; una mirada que nos despojara de los cristales, más o menos brillantes, a través de los cuales contemplamos los paisajes irreales de nuestros deseos. Una mirada no sólo para mirar o por mirar, sino para ver y por ver detrás de la cara oculta de todas las lunas que hacen opaca la realidad. Y vean como avanza la muerte, como trepa por las débiles entrañas de millones y millones de niños, mujeres y hombres; mientras otros niños, otras mujeres, otros hombres, tal vez tú y yo, alimentamos con nuestras sobras un inmenso catafalco de inmundicias donde, irremisiblemente, se deshoja el planeta tierra.

¡Ni en verano ni en invierno! C. Fernández Gil

¡Ni en verano ni en invierno! C. Fernández Gil

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En el bosque 9

Cecilio Fernández Bustos

 

A los expoliados que naufragaron ayer en el Mediterráneo

 

Para no ser de los que se callan, para dar testimonio a favor de aquellos apestados, para dejar al menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que se les había infringido, y para decir sencillamente lo que se aprende en medio de las calamidades: no hay en los hombres más cosas que admirar que cosas que despreciar.

Albert Camus

  

Alborada 9

126) Cuando el laberinto se oscurece, como en los tiempos presentes, no es nada fácil encontrar la salida. Ni con el hilo de Ariadna ni con el GPS.

127)  La cultura es un proceso, antiguo como el hombre. Una especie de lluvia fina que va empapando la tierra, que la riega y disfruta. Y que va creando acuíferos, depósitos y huellas de identidades.

128)  Queridos amigos, ¿acaso no sentís una leve vibración en vuestros corazones. Pues claro, es eso. Hoy se cumplen 76 años de la muerte de Don Antonio Machado. (22 de febrero de2015)

129)  Para saber, que es conocer, el hombre debe abrir la puerta de la espera.

130)  Todo el llanto es inútil. Generación tras generación los hombres van naciendo de una pesadilla, ¡la guerra! No hay consuelo, solo dolor y odio que se infiltra en la sangre desde las fauces del recuerdo. Eso que algunos llamaron contraste histórico.

131)  Aquel cuento lo leí ya mayor en la edición que publico Seix Barral de Ceremonias. Pese a mi visita a París en 1964, aún no conocía a Julio Cortázar. No obstante, pese a descubrirlo siendo ya un hombre aún no lo he podido olvidar. Sí, me refiero a Continuidad de los parques.

132)  Alguien dijo que «Antes la cultura se dividía entre lo culto y lo popular». Y señalaba, —«Hoy, los taxistas escuchan a Mozart».[1]  Y digo que hay más cosas que pueden hacer -y hacen- los taxistas y los metalúrgicos y los pescadores; si se los deja, incluso pueden dirigir un país. No solo hoy, ayer también.

133)  No es el único, pero sí se trata de un valor a tener en cuenta. Me refiero a la lealtad. Por supuesto que hay cuestiones que pueden torcer nuestro rumbo, pero no aquellas cuyo fundamento o razón sea la de no haber llegado el primero a la meta. Cuestión esta que tantas tormentas ocasiona entre los políticos profesionales.

134)  No siempre está dispuesta la palabra para nombrar lo innombrable. Tal vez, en el caso que me ocupa, podría servir ruindad.

135)  ¡Es tanta la miseria pegada a las esquinas!

136)  La creación depende también del método y la disciplina. Las musas suelen andar de vacaciones descubriendo nuevos dolores y nuevas bellezas.

137)  Dejadme completarla, el ritmo es importante, pero la vida no suele avisar cuando está completa.

138)  La mirada es quien crea, por el amor, el mundo —dijo el poeta—. Pero, ¿quién crea la mirada?, Y el amor, ¿dónde habita?

139)  No le pidáis al poeta explicaciones. Su voz está en el poema y espera de ti, lector, todas las explicaciones.

140)  Yo sigo en ello, buscando una sola perla para dársela a ella.

141)  Donde mejor me encuentro es en la transparencia, es decir,

mezclado con la gente.

[1] Giles Lipovetsky. La posmodernidad no era esto. ICON, nº 15

Primavera (fotografía CFB)

Primavera (fotografía CFB)

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Las calles de Aranjuez 7

Calle de Stuart

Cecilio Fernández Bustos

 

A mis primos: José María, Ramón y Julio

 

El privilegio del origen, en los hechos humanos, es, al par, el privilegio del sentido: vislumbrar razones y causas con cuyo conocimiento sea posible evitar que los comportamientos se deslicen, colectivamente, hacia la destrucción de los individuos.

Emilio García Lledó

 

 

En la calle Stuart siempre hubo muchas cosas interesantes, allí se  gestaba el magma social del Aranjuez que conoció mi amigo. La mayoría de las tiendas de confección, las zapaterías, el cine de Canina, las bicicletas Casa Bernardino y las bicicletas Casa Marcos, la Librería Garpaje. Un casino, dos casinos, tres casinos: el de Industria y Comercio, el de los Militares y el del Círculo Agrario. Las peluquerías de Boni, Toro, la de mi peluquero, el señor Ángel, Castaña, Talavera y alguna que seguramente olvido. Imprentas, estación de autobuses, banco Vizcaya y Caja Madrid —en un local que otrora fue ferretería—, peluquerías y algunos bares muy representativos. Incluso un local donde se bailaba y se organizaban veladas de boxeo. Y, siempre gobernando, el Ayuntamiento ubicado en la Casa de empleados y la plaza de la Constitución. Al principio de la calle, con esquinas y fachadas a las calles de la Reina y del Príncipe estaba el hotel Pastor, hoy colegio de SAFA y ayer palacio del valido de Carlos IV, Manuel Godoy, Príncipe de la Paz y, cuando mi amigo era niño, residencia de una familia—familia de la que surgieron algunos buenos futbolistas—  dedicada al transporte de peatones en vehículos tirados por caballos y al negocio de los taxis, ya vehículos con motor de explosión. También estaba el magnífico  Mercado de Abastos; según nos dice Ángel Ortiz[1] «El Mercado Público de Aranjuez es el primer edificio importante construido por una Corporación municipal». Al final de la calle uno podía darse de frente con la plaza de toros, «la bicentenaria». En esta calle vivían mis primos José María, Ramón y Julio que se fueron a Madrid para siempre y por allí siguen.
         Paquito, el amigo que me lleva de su mano, durante varios años, anduvo fuera de Aranjuez. Cuando terminó el Servicio Militar, la Mili, se fue a vivir a Madrid. Pero siempre que tenía una ocasión, aunque solo fuera por unas pocas horas, regresaba a Aranjuez. Aquí estaban la novia, los padres, las hermanas y hermano, los sobrinos, primos y primas, tíos y tías, los amigos y la ciudad —sus calles, sus jardines, el campo y el río—, en fin todo lo que le interesaba en aquel tiempo. El viaje más cómodo lo hacía en autobús, cuando los AISA estaban en el paseo de las Delicias de Madrid, pero hubo un momento en que pudo disponer de una moto, una escúter de la marca Vespa y a partir de esa posesión solía venir a casa y volver a Madrid en moto. Aquello sucedía en los primeros años sesenta del siglo XX y el tráfico nada tenía que ver con el de hoy.
Calle de Stuart -Calle arriba, calle abajo- (fotografía CFB)

Calle de Stuart -Calle arriba, calle abajo- (fotografía CFB)

 

         También solía viajar frecuentemente por toda la geografía española. Aquellos viajes, siempre relacionados con el trabajo que en aquel tiempo hacía, le dejaban pequeñas rendijas de tiempo para hacer turismo en todas las ciudades que visitaba. Así, conocía calles, edificios, jardines. Algunas de aquellas ciudades le causaron una profunda impresión —nunca volvería a disfrutar de una visita a la Alhambra granadina como lo hiciera en aquellos tiempos, acompañado por un amigo ilustrado y sin turistas—. También tuvo oportunidad de degustar, en plan barato o invitado por los amigos o sus familiares, algunos de los platos más sabrosos del Cantábrico, de Andalucía, de Levante, de Cataluña o del interior. De hecho, no es que se dedicase a este deporte pero, si se terciaba, no solía negarse. Para resumir, ya que no es este el tema del artículo, citaré solo dos comistrajos de aquel tiempo y aquel trabajo que mi amigo degustó. En una ocasión, en Gijón, un compañero que andaba de patrona, le invito a comer en aquella casa y la sorpresa fue que, detrás de una fantástica fabada, bien surtida de excelentes fabes y los no despreciables frutos del cerdo, pusieron sobre la mesa unos pollos camperos asados al horno y una fuente de huevos fritos. El otro recuerdo le lleva a Huelva, a una corrala gigantesca —me río yo, dijo Paquito, de las de la calle Stuart— en uno de cuyos pisos vivía su amigo con sus padres y hermanos; el padre de mi amigo quiso obsequiarme, comentó, y me recibió a su mesa sobre la que esperaban una inmensa fuente de gambas blancas cocidas, ¡de Huelva, claro está!, y otra de pescada o merluza, como ustedes quieran nombrar, cocinada en salsa verde. Si Cervantes hubiera gozado de aquellas oportunidades que tuvo este ribereño para yantar manjares, tal vez los hubiera incluido en las bodas de Camacho.
Y sin embargo, ¡aún quedan corralas! (fotografía CFB)

Y sin embargo, ¡aún quedan corralas! (fotografía CFB)

 

         Debería disculparme de este devaneo pues de lo que yo quiero escribir en esta ocasión es de la calle de Stuart de Aranjuez. La calle de Stuart ha sido una de las calles más importantes y comerciales de Aranjuez, especialmente en mi infancia, adolescencia y juventud. No solo en Aranjuez se encuentra una calle con el nombre de un inglés, en Andalucía abundan. La calle de Stuart tiene su origen, como una princesa, en la mismísima calle de la Reina y avanza de norte a sur atravesando las calles del Príncipe, de las Infantas, del Real, de San Antonio, Gobernador, de Abastos, de San Pascual, Naranja, de la Rosa, de las Eras, de la Calandria y encuentra su final en la avenida de la Plaza de Toros —mal lugar para morir aunque se trate de una calle— El nombre de esta calle se funda, según puedo leer en un texto de mi amigo Luis de la Vega,  Calle Stuart «La Calle Stuart se denomina así por el propietario de la primera vivienda que se edificó en esa calle, la de Pedro Fitz-James Stuart y Ventura Colón de Portugal, marqués de San Leonardo, título concedido en mayo de 1764. Nació en Madrid en 1720. Era hijo segundo del tercer duque de Berwick y de Liria. Primer caballerizo del rey Fernando VI, gentilhombre de cámara, teniente general de los RE, Almirante de España y hermano del James Edward Fitz-James Stuart y Ventura Colón de Portugal, Duque de Veragua y de Berwick, origen del actual linaje de la Casa de Alba y genealógicamente descendientes de Cristóbal Colón»[2].
         Es ésta una de las calles que más ha bailado su nombre durante el pasado sigloXX, de nuevo mi amigo Luis, en su entrada citada, nos cuenta que «En el año 1929, cambio esta calle su nombre por el de Reina Dª María Cristina; en 1931 pasó a denominarse Pablo Iglesias; tras la guerra civil, en 1939 volvió de nuevo a cambiar su nombre llamándola Calle del Generalísimo Franco hasta 1980, en que se le devuelve su nombre original»[3].
Como indica su nombre (fotografía CFB)

Como indica su nombre (fotografía CFB)

 

         De la calle de Stuart conservaba mi amigo muchos recuerdos imborrables. Tal vez sea el más universal y compartido el ambiente que se formaba la noche de fin de año. Un conocido ciudadano tenía la sabia costumbre de pasarse toda la noche, ¡sí!, han entendido, ¡toda la noche!, calle arriba, calle abajo tocando una singular zambomba, por cuya caña subía el pellejo de un conejo. De tramo en tramo hacía una parada y trasegaba indistintamente brandy o aguardiente de las botellas que guardaba, una a la derecha otra a la izquierda, en los bolsillos del chaquetón con que se abrigaba. Se tocaba con un gorro, bien para el frío o para calentar el alcohol que cambiaba de las botellas a su estómago. Hace muchos años que no paseo la calle de Stuart las noches de fin de año, pero Paquito me comentó que aquel señor de la zambomba del conejo, había sido sustituido por su hijo. ¡Hijo o espíritu, todas las noches de fin de año!
         La calle de Stuart es camino inmejorable para acercarse al jardín del Príncipe o a tomar una cerveza en El Rana Verde, ese magnífico restaurante cuyos reflejos se mecen en las aguas del Tajo. No lo dudes, te hablo de ese Tajo cantado en excelente soneto por el poeta José García Nieto[4].

 

Reencuentro del Tajo en Aranjuez

Te vi, río que viera una mañana,
después, mucho después, temblando acaso
como agua presa en el gozado vaso
de la más delicada porcelana.
 
Sobre la piedra, el cielo, malva, grana,
se iba haciendo frutal en el ocaso.
Y el río, rama, verso, ¡oh, Garcilaso!
deshacía su música cercana.
 
Distribuyendo, repartiendo notas,
arpas de mármol, brazos de mujeres,
hojas del árbol fácil, confundía…
 
Río después cantado, rimas, gotas:
Narciso, Apolo; cisne, Hércules, Ceres,
el nombre por la fuente a la armonía.

 

         Si subes calle arriba (o calle abajo), con un ligero trote como de caballo bien educado. No obstante, va derrotando a izquierda y derecha como un toro mal criado. Los chiquillos se abren espantados y se paran a una distancia lógica para su rápida huida si es necesaria. Estamos, amigo mío, en la calle Stuart de Aranjuez. Hubo un tiempo, años cuarenta, cincuenta y sesenta, en que esta calle fue la preferida de la industria comercial, de las cañas de cerveza bien tiradas y de las terrazas. ¿Tú recuerdas el toldo del bar Sol?, cuando lo desplegaban como si se tratara de la vela de una goleta, uno podía creerse que estaba en Sevilla, sí, en Sevilla, en la mismísima calle de las Sierpes.
         La calle de Stuart la recuerdo, dice mi amigo, asfaltada siempre. Posiblemente esta calle con asfalto y la calle de San Antonio adoquinada hayan sido las primeras calles sin barro en días de lluvia o nieve de Aranjuez. Ambas calles eran paseo obligado de las tardes de domingo hasta la hora del cine. Los que iban al cine por esta razón y los que no iban al cine porque ya no había nada que hacer por la calle en los fríos inviernos del Aranjuez del brasero y la badila. A la postre, los amores buscados se encontraban casi siempre en la encrucijada de estas calles —las cuatro esquinas, tan nombradas como los jardines, guardan el espíritu civil de la Villa de Aranjuez y el dulce permanente de la pastelería La Madrileña—. Después de tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, como en las fábulas, un domingo cualquiera el chico se decidía y se acercaba a la chica que, en tantos cruces, le había aguantado la mirada y se iniciaba una conversación torpe, ingenua, entrecortada que, no obstante, en la mayoría de los casos era el preámbulo de unas vidas cosidas  para siempre. Más tarde, en pasado algún tiempo, si tenían dinero suficiente, se tomaban unas gambas a la plancha o unos calamares fritos y dos cañas de cerveza en Casa Jacinto. Si la película era interesante y conseguían entradas, algún domingo, la chica y el chico iban al cine.

[1] Ángel Ortiz Córdoba. El Mercado de Abastos. Algunas páginas de la historia de mi pueblo. Doce Calles / Aranjuez, 1898

[2] Publicado por Caminantes en Aranjuez en lunes, octubre 15, 2007

[3] Publicado por Caminantes en Aranjuez en lunes, octubre 15, 2007

[4] https://cecibustos.wordpress.com/2010/08/15/jose-garcia-nieto-reencuentro-del-tajo-en-aranjuez/

 

Alfonso XII contempla a los ribereños (fotografía CFB)

Alfonso XII contempla a los ribereños (fotografía CFB)

 

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