Aquella tormenta que vivimos ayer

Cecilio Fernández Bustos

 

Los cuerpos cuentan, desde luego —cuentan más de lo que estamos dispuestos a admitir—; pero no nos enamoramos de los cuerpos, nos enamoramos de lo que somos, y si en gran parte de la naturaleza se ve circunscrita a un ámbito de carne y hueso, también hay otra cosa.
Paul Auster (de La noche del oráculo)

 

escanear0008Paul Auster tiene un pequeño libro titulado El cuaderno rojo. Se trata del libro que ahora tengo entre las manos y ojeo pasando páginas. Está editado por Seix Barral en la colección Booket y tiene fecha de mayo de 2012. El libro posee cuatro relatos autobiográficos del autor de Trilogía de Nueva York. Según leo la presentación o prólogo que del libro hace Justo Navarro, recuerdo que cuando lo compré, el mismo año de su edición, e hice una breve lectura de esas que van saltando páginas y nunca mejor dicho lo de saltando pues, cuando echaba un vistazo a este libro, iba en tren desde Madrid a Aranjuez. No obstante, hoy, según avanzo en esta nueva lectura descubro que el libro, que sigo recordando según lo voy leyendo, tiene algunos de los textos de Paul Auster prolijamente subrayados. Sin embargo, este artículo que escribo en estos momentos a modo de crónica, que no de crítica, sobre una lectura, quiero dedicarlo a uno de los primeros efectos y afectos de singular recuerdo que me proporcionara la lectura del llamado prólogo de Justo Navarro.

Siempre he creído que los recuerdos se sustentan sobre gestos y anécdotas y que su sustancia se conforma como una espiral que, según se va cebando y tomando cuerpo con nuevas vueltas, nos abisma y agarra fuertemente. Así te vas deslizando hacia el exterior y vas descubriendo e incorporando nuevos gestos, nuevas anécdotas. Vuelve a mí el manido ejemplo de las cerezas, pero es algo más serio y sutil. No son cerezas lo que va saliendo, son vainas que contienen multitud de diminutas semillas que están ahí, en un recóndito lugar de la mente, esperando el impulso de la respiración para brotar e iniciar el proceso de tejer emociones al ritmo de los latidos del corazón.

Paul Auster fue de excursión al bosque cuando tenía trece o catorce años, nos dice Juan Navarro al comienzo del prólogo. Y le sorprendió una tormenta. Antes de buscar y leer el relato de tal acontecimiento, importante, ¡qué duda cabe!, al leer en la introducción bosque, trece o catorce años y tormenta, automáticamente se abrió una vaina en mi mente. Se abrió la vaina que contiene las semillas gestadas cuando yo tenía parecida edad e iba de campamento a la Serranía de Cuenca con mis compañeros de las Escuelas Loyola de Aranjuez. Me quedé sólo en un bosque de pinos resineros buscando un abrelatas que nos habíamos olvidado al recoger después de la comida y mi ansiedad subió de tono cuando empezó a llover torrencialmente y escuché un sonoro trueno que retumbó en estrepitosos ecos frente a los altos farallones pétreos de Uña. Si hay que decir que pasé miedo, dicho queda: pasé miedo, mucho miedo hasta que desanduve la senda que me condujo hasta mis compañeros de acampada.

Cuando lees algo, real o ficticio, que interviene en las vainas tu colección y activa el ser de tu memoria y saltan esas destellos que chisporrotean e iluminan tus recuerdos, ¡ay!, entonces tienes consciencia de haber vivido y, aún más importante, eres consciente de estar vivo.

Testigo de aquella tormenta en la sierra y tal vez testigo del pavor que sintió aquel breve muchacho que era yo a los catorce años y otras posteriores vividas en otros ámbitos —tal vez eso que llaman suerte— nunca he sido testigo de la muerte de un amigo entre mis brazos, ni he contemplado el giro de su piel al color azul por el impacto del rayo.

Pronto hará un año (30 de agosto), sobre Aranjuez un potente huracán desgajo ramas y arranco árboles. Oculto en casa, desde mi ventana y con mucha precaución, fui testigo de cómo la naturaleza ocasionalmente se cobra su óbolo.

¡Ya pasó! Aranjuez, 30 de agosto de 2015 (fotografía CFB)

¡Ya pasó! Aranjuez, 30 de agosto de 2015 (fotografía CFB)

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