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Empecemos por seleccionar el pan

Cecilio Fernández Bustos

 

Para Benedicto Ramírez que, jubilado ya, no renuncia a seguir creciendo en amor y sabiduría

 

Vivo en un país en el que a diario nos espanta el espanto. ¿Y qué hacemos? Temer.
Ángeles Mastretta

Si sobrevives, si persistes, canta,
Sueña, emborráchate.
Es el tiempo del frío: ama,
Apresúrate. El viento de las horas
Barre las calles, los caminos.
Los árboles esperan: tú no esperes,
Éste es el tiempo de vivir, el único.
Jaime Sabines

En esta farsa, enajenación de la sociedad de consumo, la oferta es infinita para quienes nada tienen. Tal como están poniéndose las cosas y tal como han estado siempre para aquella parte de la sociedad que unas veces hemos llamado esclavos, otras veces proletariado y tras la segunda guerra mundial, ¡con mucho énfasis!, sociólogos y economistas, nombraron como tercer mundo por un lado y clase media por el otro. Ustedes me disculparan hoy si empezamos por seleccionar el pan —sustancia más humana y humanista que el mismo hombre e incluso que Sócrates y Kant—. Se trata del pan, es decir del primer alimento básico que nos permite crecer y multiplicarnos. Metáfora, al fin y al cabo, como el maná bíblico, del alimento de los hombres. ¿Qué duda cabe?: las leyes económicas consienten a unos ciudadanos disfrutarlo todo y de todo, en cambio a otros les obliga a no disfrutar de nada y a carecer de todo, incluso de la vida y del imprescindible «pan» que nos permita subsistir y, por subsistir, ser.

Ayer vi unas imágenes en televisión de un grupo de muchachos en medio de ruinas y charcos de sangre y aguas sucias. Entre el polvo de las detonaciones, discutían con algunos adultos de los asuntos de la vida y de la muerte y, a uno de ellos, le salía de entre las ropas una hogaza de pan de la que pellizcaba algunas pequeñas migas, seguramente el pan tenía un destino más amplio que el de su portador y debía respetarlo, pero el estómago vacío mordía en la urgencia. De otra parte, también ayer, leía un relato-crónica de un viaje por España en la inmediata posguerra, del escritor canadiense-estadounidense, Premio Nobel en 1976, gran humanista, Saul Bellow. El texto titulado Carta de España, cuenta una anécdota visual: «El muchacho, con una espesa mata de pelo que le cubría sobradamente la nuca y con prematuras y marcadas arrugas bajo los ojos, ostentaba la precaria indiferencia de la profunda miseria y el odio enconado. Llevaba un trozo de pan sobresaliéndole del bolsillo».

Comparar aquel trozo de pan que en los años cuarenta del siglo XX sobresalía del bolsillo del muchacho español, con la hogaza de pan que pellizcaba el adolescente sirio en el siglo XXI, nos habla del fracaso de una sociedad enferma, cubierta de cicatrices y de nuevas y sangrantes heridas. Ayer y hoy el susurro de la miseria no se diluye nunca y castiga duramente a los más indefensos. El escenario nos muestra un panorama aberrante, la crueldad se apodera de las gentes, la emigración que ayer recuperó la Europa destruida y ya no es necesaria en Francia, ni en Holanda, ni en Bélgica, ni en Suiza, ni en Alemania, ni en el Reino Unido, ni en España. Es más, en China se produce a los miserables precios del coste del pan y la manta para cubrirse del frío nocturno en las pocas horas de descanso. En América resucitan los radicalismos de izquierdas y derechas y hay líderes que se permiten insultar a las mujeres y países donde se las asesina sin piedad. Se desprecia a los emigrantes y a los refugiados y en Europa desaparecen los niños y nadie sabe en qué son empleados: ¿habrá mayor desatino humano que éste? Una especie de mal está resurgiendo y entenebrece con nuevas energías de lo maldito.

Solo una súplica para finalizar estas breves reflexiones, que nadie se atreva a postergar la información a las cloacas de los servicios a la muerte. Que no vuelva Stalin y los estalinistas de todo cuño y moneda de la censura mientras Jane Fonda y Michael Sarrazín siguen danzando y el otoño levanta su música.

El otoño levanta su música. Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

El otoño levanta su música. Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

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El sol de octubre

Cecilio Fernández Bustos

 

El sol de octubre
ciñe al paisaje maduro.
Otorga a lo que vive
su plenitud de fruto.
José Hierro
(De Cuaderno de Nueva York. Hiperión, 1998)

 

Cuando llega el otoño y empiezan a menguar los días me gusta asomarme a la ventana, mítico ojo que me alumbra, y contemplar las puestas del sol, tan distintas y variables, tan sufridas y desconfiadas. El horizonte, donde se toca la tierra con el cielo, suele ser muy bello y en algunas ocasiones tamizado por un leve atisbo gótico, como de aquelarre goyesco. Por eso yo me asomo a la ventana a respirar las fiestas de las atardecidas de otoño y suelo dejar en la memoria fotográfica los rojos y amarillos del torbellino de luces y de sombras. Mas, para mejor fijar el temporal de brillos que percibo, me aproximo a lo que ha dejado dicho algún poeta o narrador sobre el prodigioso tránsito de los días de entretiempo, con vientos y aguaceros; con crepitar de elocuentes colores, como palabras dichas con voluntad de alas como hojas para escaparnos de la muerte.

Desde mi ventana: "puesta de sol". Aranjuez, octubre 2016 (fotografía CFB)

Desde mi ventana: “puesta de sol”. Aranjuez, octubre 2016 (fotografía CFB)

Aprovechando que el otoño pasa por aquí, por Aranjuez, abierto al espectáculo de los árboles desnudándose, quitándose colores que vuelven a la tierra para mullirla y tornarla generosa. Ahora en este tiempo de suaves y blandas veladuras conjugando los furiosos rojos de la tarde. Ahora, pues, me apetece leer a un poeta del Mediterráneo, sí en estas tardes me acerco con devoción a Francisco Brines. Sin dudarlo y sin buscar ningún cambio emocional, pero sin renunciar a ningún nuevo estímulo que nos provoque tan apasionado poeta.

Francisco Brines nació en Oliva, Valencia, en 1932. Pasó por varias universidades para licenciarse en derecho (Deusto, Valencia y Salamanca). Más tarde estudio filosofía y letras en Madrid. Ha sido lector de español en Oxford. Perteneciente al «grupo poético de los 50», ha realizado una obra apasionante y de muy alta calidad que los expertos definen: «su obra se sitúa entre la experiencia vital y la reflexión ética y metafísica, conformando uno de los acentos más personales de nuestro panorama poético. Premio Nacional de Literatura 1987 por El otoño de las rosas, ha recibido además, entre otros galardones, el Premio de la Crítica (por Poemas a la oscuridad) y el Adonais, por su primer libro, Las brasas». En 2010 recibió el XIX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Desde 2006 es miembro de la Real Academia Española. Así mismo, en 1966 recibió el Premio Nacional de la crítica y en 1967 el Premio Pablo Iglesias; en 1987 el Premio Nacional de Poesía. Además de los citados, un número importante de otros Premios completan la nómina de la admiración y el respeto que ha merecido la obra de este poeta.

De su poemario El otoño de de las rosas (libro publicado en 1986, por el que el poeta obtuvo el Premio Nacional de las Letras) hemos traído a este blog tres poemas que dejo a vuestra lectura sobre esta página en blanco. Espero que os gusten y os acerquen a la voz de este gran poeta del Mediterráneo.

El otoño de las rosas

Vives ya en la estación del tiempo rezagado:
Lo has llamado el otoño de las rosas.
Aspíralas y enciéndete. Y escucha
Cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.

La fabulosa eternidad

Es rosa el monte tras el mudo huerto
del otoño. Los pájaros confunden
ramas, vuelos y trinos; y en el mar
se adormecen las velas solitarias.
Cuelgan de las palmeras los dorados
racimos, y los aires vienen breves
a golpear las ramas del naranjo.
Un aroma de tardíos jazmines
da a mi carne vigor, y juventud.
Los rosales son zarzas y son fuego:
se desnudan de olor. Y son sus flores
sangrientas, blancas, rosas, amarillas.
La casa esplende bajo el sol tardío;
el tiempo es una luz ya muy cansada.

Puntean las estrellas, y algún frío
baja el azul; es hosca la llegada
de los cuervos que baten el pinar.
Aquí, en este lugar, supo mi infancia
que era eterna la vida, y el engaño
da a mis ojos amor. Hoy miro el mundo
como el amante sabe, abandonado,
que quien le desdeñó le merecía.
Y todo pudo ser, pues fue vivido,
y este rumor de tiempo que yo soy
recuerda, como un sueño, que fue eterno.

Ante el jardín nublado

Cantan los pájaros en el jardín nublado.
Yo soy el negador de todo el tiempo
que me fue concedido, y aún me espera.
Soy la mirada en el jardín nublado,
del yerto mundo, de la cama difunta
que produce los sueños.
¿En dónde están, y a dónde va mi vida
que ya no está?
                                Si yo azotara a Dios
con ráfagas de lluvia, y posara en sus labios
la tibieza del sol, para enseñarle el beso,
y le luego arrancara
los ríos y las aves de sus ojos,
un torso palpitante del tacto de sus dedos,
y fuese el patrimonio que le queda
un nublado jardín, ya entrado octubre,
y más oscuridad al fin del año,
yo sé que en su venganza me impidiera morir,
pues con su fuerza poderosa
me borrara esta vida que se borra,
apagara la luz de aquel nacer.

Si Dios fuese posible,
y oyese estas palabras, no era posible el hombre,
y en el jardín nublado, que miro desde el cuarto,
cantan tristes los pájaros, con vida,
y hay un olor extendido de rosas,
como si sólo un hombre aquí existiera,
y porque existe él transcurre todo,
                                                                y la belleza
honda se ofrece ante su muerte,
con sólo el fin de darle un pensamiento.
Y así, de un mundo débil y una existencia torpe,
nace, breve, el amor.

Esperanza de otoño en Aranjuez. Jardín del Príncipe (fotografía de CFB)

Esperanza de otoño en Aranjuez. Jardín del Príncipe (fotografía de CFB)

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Dicen que ya es otoño, 22 de septiembre de 2016, 16,21 horas

 

Nada mejor para recibir al otoño que una lectura sosegada de algunos poemas de Antonio Colinas, poeta castellano sensible y culto , capaz de formularse esta pregunta: ¿La luz es de los dioses o la luz es un dios? [1]

 

 

Espeso otoño

Una cascada de hojas en el aire
pone ronco rumor a los paseos.
Plenitud rezumante de los pinos,
espesa luz ardiendo en los castaños,
cristalina penumbra de las grutas.
Un viento como un dios nos acaricia,
penetra en nuestras venas como un vino,
llena de brasas todo el corazón.
Hay en el aire un trino que no acaba
cuando en el césped ruedo enajenado,
me embriago de perfumes, reconozco
y acepto la locura de este otoño.
¿Dónde el misterio, dónde la secreta
mano que va tejiendo esta estación?

 

Llueven racimos, pétalos, palomas.

 

(Una brizna de yerba hay en mi lengua.)
(Este rocío de las madreselvas.)

 

En el templo de Venus una virgen
Ha desgarrado sus vestidos blancos,
Corre entre las columnas desolada.

 

(Todo mi cuerpo dulcemente herido.)
Centauro azul sal ya del soto verde.

 

(¿Qué victoria morir en este otoño1)

 

                                   Antonio Colinas
                                   (De Truenos y flautas en un templo [1968-1970]

[1] Antonio Colinas. Noche más allá de la noche. (poema XXXIV)

 

 

Ya ha empezado (fotogrfía de CFB)

Ya ha empezado (fotogrfía de CFB)

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La fiesta del otoño

Cecilio Fernández Bustos

 

El bosque de la isla de Aranjuez es el más bello de los jardines de Europa por la inverosímil altura de sus árboles y la fuerza natural de su desarrollo, que escapó a la castradora tiranía de la poda.

José María de Areilza

Me gusta el otoño. Lo he dicho y lo he escrito tantas veces que habrá quienes me tachen de reiterativo y tendrán razón. Seguro que se repitan las frases, las imágenes, las ideas, el discurso. Así que, sin más rodeos, un vez más voy a decir algo del otoño. Siempre que hablamos de algo estamos proponiendo ese algo. Y lo estamos proponiendo como idea, como recodo, como opción, como ilusión o, tal vez, como pasión. En este caso, tratándose del otoño en Aranjuez, ¡no les quepa ninguna duda!, lo vamos a tratar como pasión, confluencia de deseos, afectos y concilios.

Paseo junto a la Ría. Jardín de la Isla. Aranjuez (fotografía CFB)

Paseo junto a la Ría. Jardín de la Isla. Aranjuez (fotografía CFB)

Han pasado muchos años, tantos que ha desfilado casi toda la vida. Tal vez el otoño y el paso de los años nos legitiman para hablar de nosotros mismos. De lo visible y de lo invisible. De los juegos y de las fraternidades. De las agresiones recibidas y de las heridas causadas. No todo en el otoño, aunque sea el de Aranjuez, lo forman cabelleras rubias o cobrizas deshaciéndose en el viento para alfombrar el laberinto formal de los suelos y las aguas estancadas a cuya sombra invernaban las carpas.

Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

La pulpa de los pigmentos y los aceites se deslizan sobre la tela y se dejan sobar por la mirada del artista que crea, por el amor, su mundo y que enlazando sombras y luces va dejando un suspiro en el alma de las formas. Y aunque el furor del viento y el sofoco del rayo nos limiten la belleza, seguiremos buscando el eslabón del tiempo y nos cobijaremos bajo el paisaje que nos abre en canal las antiguas servidumbres, aquellas que oficiaban imberbes y elocuentes sacerdotes. Estamos convencidos  y soñamos con ese convencimiento que las luces filtran en el tupido deambular del aire y de las hojas. Y las hojas, ¡ay, las hojas!, panal para endulzar los sueños y los delirios más confusos, caleidoscopio. ¡Claro que sí!, Aranjuez es en otoño un delirante suplicio de belleza como dijera Guillermo Carnero: «Raso amarillo a cambio de mi vida».[1] Venid pues amigos que Aranjuez os recibe y os alberga y concede el encanto de sus árboles y vegas y ahora, en otoño, os tiende una alfombra de suaves amarillos y refulgentes ocres, cobres y oros, de donde levantaran el vuelo aquellas trovas de alegría de ayer. Demos, pues, en esta tarde otoño ribereño, una empujón a todo cerco de hostilidad y gocemos de luces, frutas y colores y, si se tercia, traseguemos ese buen vino que el sol fundió en aromas y sabores. Sí, Aranjuez en otoño alcanza el límite tangencial en que «belleza y verdad coinciden».[2]

Jardín. Aranjuez (fotografía CFB)

Jardín. Aranjuez (fotografía CFB)

[1] Guillermo Carnero. Capricho en Aranjuez (De Dibujo de la muerte. 1967)

[2] Edgardo Dobry. El dios abandona a Antonio. Historia, mito y traducción en torno a un poema de Kavafis

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Nunca me cansaré del Otoño en Aranjuez

Cecilio Fernández Bustos

 

 

El bosque de la isla de Aranjuez es el más bello de los jardines de Europa por la inverosímil altura de sus árboles y la fuerza natural de su desarrollo, que escapó a la castradora tiranía de la poda. Pudo más. la espontaneidad de los ejemplares, nutridos de las aguas del Tajo, que el empeño geométrico de los diseñadores renacentistas, barrocos o, finalmente, cartesianos.

José María de Areilza

 

 

Ya estamos en octubre. Por fin ha llovido, toda la península ha soportado la caída de muy importante cantidades de agua, más que llover ha diluviado y los lugareños se han visto forzados a soportar grandes incomodidades e importante destrozos en casas y sembradíos. Por aquí, sin embargo, aunque nos asustamos un poco en un momento de diluvio insinuado, no pasó nada. Nublados sí, muchos y frecuentes. Tolvaneras también y algunas caídas de pequeñas ramas y algún árbol abatido por los hombres. Cuando hace viento debemos ser prudentes, pueden desgarrarse algunas ramas y caer con estrepitoso peligro sobre lo que haya debajo. Aquí no sirven de nada los expertos en psicología de los árboles, si no está bien arraigada y sopla fuerte el viento, la rama se cae y aunque sea muy pequeña puede provocar un accidente, ¡cuidado! La sorpresa seguimos esperándola, el polvo de nuevo es abundante y no es cosa buena para los pulmones cansados. El campo, los jardines y las calles empiezan vestirse de amarillos, oros, cobres  y rojos intensos; la puesta de sol ha sido espectacular esta tarde y para no olvidarla he dejado como recuerdo alguna huella en la cámara fotográfica, así que os pondré en esta entrada alguna evocación de lo visto y gozado esta tarde de otoño en Aranjuez.

Desde mi ventana: Puesta de sol en otoño  (fotografía CFB)

Desde mi ventana: Puesta de sol en otoño (fotografía CFB)

         Los aficionados a las setas ya andan buscándolas en los rodales de su competencia. Muchos son los aficionados que recorren los caminos que anduvieron sus padres en busca de la exquisita seta de cardo y sus hijos caminan tras ellos para no perder el rastro. Puede que lo llovido estos días pasado y el olor transparente que han dejado las gotas de agua del otoño hayan dejado una buena cosecha de esos apetecibles hongos. A la mayoría de los frutales ya no les pesan las ramas y a las vides no les quedan racimos, pues están en el lagar y son muchos los mostos que inician la ebullición de la fermentación. Muy pronto serán vino y quitaran el polvo de la garganta del sediento.

         Mañana, si no llueve, subiré al cerro «Períco» para ver cómo van evolucionando las pinceladas del tiempo en los árboles de los jardines y de los sotos históricos. También aquellos campos lejanos que se ven tras los árboles, tienen un desgarro afrutado de tierra y yerbas secas. Es el tiempo de la sementera y en otros tiempos no eran tractores como hoy, eran yunta de mulas o de bueyes uncidos al yugo quienes arrastraban las cuchillas del arado e iban abriendo las yagas o surcos paralelos e infinitos, como excrecencias de la carne parda y rojiza de la tierra, donde germinará el pan que comeremos mañana, tras el sueño del invierno.

         Ya los árboles van quitándose levemente sus preciosas galas, las dejaran sobre la tierra como una donación de gratitud y fecundidad. Tiempo de entusiasmo y melancolía, convenio entre el sentir y el pensar en tanto se espera una nueva resurrección del hombre frente al hombre, cobijado bajo el asombra de la naturaleza.

Transparencia. Jardín de la Isla. Aranjuez (fotografía CFB)

Transparencia. Jardín de la Isla. Aranjuez (fotografía CFB)

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Primavera en Aranjuez

Cecilio Fernández Bustos

 

                  Para Mari Carmen y Manolo

 

Al inclinarme sobre la balaustrada, yo sentí que el hálito de la Primavera me subía al rostro.
Ramón del Valle-Inclán

No, no me olvidé de la primavera. Razones no siempre controlables me tienen un poco apartado de la calle y de la contemplación. Aún no di una vuelta buscando espárragos trigueros (Asparagus acutifolius) y a estas fechas no creo que me acerque a buscar criadillas de tierra (Terfecia Arenaria) que, cada día menos, aún tenemos en nuestro entorno. El año pasado no se me dio mal y hubo años, en el pasado, en los que llegué a recolectar alguna pieza excepcional por su tamaño y su profundo aroma a tierra húmeda. Y es que el olor a tierra húmeda, que tantas veces he gozado después de una tormenta ligera, de esas que solo nos donan un leve chaparrón, las que mojan pero no empapan. Otras plantas y yerbas nos visitan con la primavera: berbajas (Scorzonera hispanica) dientes de león (Taraxacum officinale), espinacas (Spinacia oleracea), collejas (Silene vulgaris) y no nos olvidemos del pan y quesillo, las flores de la Acacia. Son estas pequeñas cosas, vínculos con la naturaleza, las que te ayudan a comprender aspectos fundamentales del significado de la vida.

Fuente de Ceres. Jardín del Parterre. Aranjuez (fotografía CFB)

Fuente de Ceres. Jardín del Parterre. Aranjuez (fotografía CFB)

         Dicen que el otoño y el invierno son estaciones tristes y nostálgicas. La primavera no es triste, pero nostálgica sí que es. Hablar a los niños de hoy del pan y quesillo carece de significado, pero en mi infancia nos adelantamos a los cocineros de moda hoy y comíamos esas flores a puñados. Seguramente era por hambre, pero, ¡no lo duden!, estaban exquisitas y como había muchas no entrabamos en competencia ni con las abejas ni con los pájaros.

         Si bien la búsqueda de espárragos era uno de los mayores gozos de la primavera, la contemplación de las rosas no dejaba de ser uno de los placeres más exquisitos, «yo así lo siento», que pueden gozar los humanos. Cuando era muy joven vivía en Madrid, cerca del Parque del Oeste, como trabajaba en la calle de Cadarso, algunas tardes me acercaba a contemplar las floraciones de la Rosaleda que me acogían, apasionadas siempre, con sus aromas y colores. También recuerdo los abanicos de rosas rojas que en el entorno de la fuente de Ceres había en el jardín del Parterre, en Aranjuez.

Fotografía capturada hoy en el jardín de la Reina. Aranjuez (fotografía CFB)

Fotografía capturada hoy en el jardín de la Reina. Aranjuez (fotografía CFB)

         Hoy ya entrados de lleno en esta estación, han pasado casi dos meses desde su llegada, regreso a sus pasiones y me dejo tentar por sus placeres. Hace solo unos pocos días hemos sabido de la concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana a María Victoria Atencia. De otra parte persisten las atrocidades que se están cometiendo a más de doscientas niñas en Nigeria. Terminamos esta entrada con un poema de la poeta premiada y una llamada a la superación de toda forma de esclavitud porque pensamos que: ¡ya está bien de tanto horror, ciudadanos del mundo!

Rosas capturadas hoy en el jardín de la Reina (fotografía de CFB)

Rosas capturadas hoy en el jardín de la Reina (fotografía de CFB)

EPITAFIO PARA UNA MUCHACHA
María Victoria Atencia García

Porque te fue negado el tiempo de la dicha
tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron tu vestido más rico
y la tierra no supo lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra y acaba juntamente
—tal se entierra a un vencido al final del combate—,
donde el agua en noviembre calará tu ternura
y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.

Quieta tu vida toda al tacto de la muerte,
que a las semillas puede y cercena los brotes,
te quedaste en capullo sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido floral de primavera.

 

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Gustemos del otoño y su sabor

Cecilio Fernández Bustos

 

                                              A Lola Fernández, mi hija

 

 

 

                                                             No tengo ya unidades
                                                             para medir el tiempo.
                                                                                               Qué falsa su habitual
                                                             construcción como flecha o como círculo.
                                                            El recuerdo es intacta desmesura
                                                            y  el desamor aprieta los minutos
                                                            y gotea la muerte
                                                           cuentas desperdigadas de azabache.
                                                                                               Aurora Luque

 

 

Abajo, en los soportales de la plaza de Parejas, siempre hay algún anciano esperando la hora de su partida. Se trata de un juego parecido al de las golondrinas que en octubre se refugian a centenares debajo del puente de Barcas, para organizar su partida a África, aunque en este caso, más de la mitad de ellas lo hace con billete de ida y vuelta. Los ancianos de la plaza no, estos esperan el viaje definitivo que les llevará al polvo de Santa Isabel.

         También, con billete de ida y vuelta, como las golondrinas, en octubre se pueden ver algunos bandos de grullas que, por desorientación o muerte de su guía, se han despistado un poco y giran en círculo colgadas de los cielos de Aranjuez hasta que una de ellas dice —es por aquí, ¡seguidme!, y en un plisplás todas dicen «¡vamos, vamos, compañeras!» y sin más espera desaparecen de nuestro cielo—. Hay años en los que desde mi ventana veo bandadas de estorninos formando esas manchas oscuras y cambiantes ensombreciendo el cielo. Al caer de la tarde estos pájaros acuden al examen del amor y se posan en los árboles cercanos y en los techos de los edificios, para contarse, reconocerse y volver a pintar sus cuadros sobre el cielo del día siguiente. Ayer me llamó la atención un grupo de varios mirlos disputándose las últimas bolitas que le quedaban al Almez de la calle Infantas —curiosidad lingüística, cuando yo era niño lo llamábamos lairón—.

Chopera en el jardín del Prícipe. Aranjuez (fotografía CFB)

Chopera en el jardín del Prícipe. Aranjuez (fotografía CFB)

         En Aranjuez, hacia finales de septiembre el otoño se va acercando levemente, sin apenas estridencias, a no ser que una aparatosa tormenta de breve duración acelere la caída de las hojas. Pero si no hay tormenta, los colores van cambiando al ritmo de los latidos del corazón y llegan a noviembre con apenas alguna pequeña taquicardia que no afecta a todos los árboles. Así, el otoño en Aranjuez suele ser largo y dura hasta diciembre y enero cuando los Taxodiums, Ciprés de los pantanos, adquieren un color ocre rojizo, ¡único!, y a la caída de la tarde el sol los transforma en gigantescos castillos de fuegos artificiales. Antes de eso hemos vivido diversas experiencias ópticas, olfativas y gustativas —conste que me refiero a la naturaleza no controlada por los agricultores—. En principio, aún en verano, hemos gozado de la belleza y el sabor de esos frutos únicos que tanto defiende la planta que los engendra con sus hirientes púas, me refiero a las zarzamoras, frutos dispuestos para el gozo cuando se tornan negros como cuentas gigantescas de azabache, fáciles de conservar en mermeladas para seguir gozándolas en invierno. Después vienen las bolitas de “lairón” —las semillas del Almez— y las majuelas —semillas del Espino—; si has tenido suerte y has llegado a tiempo habrás dejado que tu mirada caiga sobre una bola verde y granulada, de gran tamaño, como manzana hermosa, desprendida de la Maclura que hay en los Chinescos, en el jardín del Príncipe. Y no digamos nada, si hace algo de viento al final de octubre y principios de noviembre, te habrás llenado los bolsillos de pacanas para comerlas, ya secas, al amor del brasero en invierno. Si has caminado por la vega, junto a las huertas, alguna manzana o pera o membrillo habrá caído en tus manos. Más tarde, ya bien entrados en octubre e incluso noviembre, si eres experto —solo a ellos se reservan este deporte tan especial— la humedad te regalará alguna exquisita seta de cardo medio oculta entre las hojas. Luego la lluvia, la niebla y, más tarde, el frío que combatirás asando patatas o mazorcas de maíz bajo un nogal ya sin hojas ni frutos.

Ya te digo, querida amiga, enseguida vienen los oros del los tilos, los más adelantados y luego van tornándose con los rojos de los Liquidámbar y los cobres de los Plátanos. Es la época de los pintores y los fotógrafos y también de los hedonistas que gustan de gozar con la belleza de la naturaleza. No, no es el otoño una estación para rendirle culto simbólico a la decadencia. No, al menos en Aranjuez, el otoño es tiempo para disfrutar del color y del sabor dulce de los vegetales. Es tiempo, pues, de medir el tiempo en colores. Tiempo de pasear por los jardines y por la vega, por los cerros y por los Paseos de los Sotos Históricos.

Contraste. Aranjuez (fotografía de CFB)

Contraste. Aranjuez (fotografía de CFB)

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