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Una buena conclusión: la voz de Unamuno

Cecilio Fernández Bustos

 

Para Pablo y Tino

 

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
Miguel de Unamuno

 

En aquella ocasión nos juntamos para dar un paseo por Madrid tres amigos de siempre. Fue un buen día, ¡lo pasamos bien! Desde el principio, el encuentro en el tren con Mari y Martín tuvo su encanto. Una vez en Madrid, paralelo a los acontecimientos que vivíamos los tres, cada uno de nosotros evocaba, a veces sin disimulo, los recuerdos que iban surgiendo del reflejo del paisaje urbano o de la contemplación de los cuadros. Gozamos hondamente, como jovencitos estudiantes, de Rafael Sanzio y de Murillo en un primer asomo al museo del Prado —a la tarde, tras otras peripecias contemplativas, volveríamos al Prado y esta vez a Velázquez—.

         Comimos en grado de excelencia y bebimos bién, como aquellos del poema de Baltasar del Alcázar —En Jaén, donde resido, / vive Don Lope de Sosa / y direte, Inés, la cosa / más brava de él que has oído…— Hablamos de política actual y de los problemas que, otra vez, nos duelen en España. Recorrimos algunas calles conocidas y nos paramos ante el 20 de Hermosilla y el 4 de la calle de Recoletos. Desde la nostalgia de soñadas o, tal vez vividas, partidas de mus y futbolín hicimos proyectos para nuevos encuentros.

         Una buena conclusión para una jornada como la de ayer podría ser una pequeña reflexión en torno al El Cristo de Velázquez, uno de los cuadros menos populares de Velázquez, pero uno de los más impresionantes, porque el pintor sevillano unió muerte y resurrección en un cuadro sensible y profundo, donde el muerto es el hombre o, tal vez, el Cristo, es un hombre. Un hombre como los que mueren hoy bajo la piel de la tortura. Creo recordar que fue uno de los últimos cuadros que vimos aquel día, el postrero fue el de Las hilanderas. Pero el Cristo, me recordó a Unamuno. El gran filósofo, novelista y poeta vasco, escribió un largo poema bajo el titulo El Cristo de Velázquez. Acompañando unas fotografías del 13 de septiembre, como síntesis de lo vivido, un brevísimo fragmento del poema de Unamuno y, ¡cómo no!, una fotografía del Cristo que vimos en el museo.

         El poema sigue a continuación, se trata del poema IV de la Primera Parte. La fotografía adjunta, junto con las otras que ilustran nuestro paseo por Madrid.

 

Vista de Madrid desde la terraza del Ayuntamiento (fotografía CFB)

Vista de Madrid desde la terraza del Ayuntamiento (fotografía CFB)

 

El  Cristo de Velázquez

Miguel de Unamuno

 

Primera parte 

IV

Mi amado es blanco…

                                                               (Cantares, V, 10.)

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno.

Que eres, Cristo, el único
hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida,
por Ti, el Hombre muerto que no muere
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dio toda su sangre
por que las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. Noche cariñosa,
¡oh noche, madre de los blandos sueños,
madre de la esperanza, dulce Noche,
noche oscura del alma, eres nodriza
de la esperanza en Cristo salvador! 

 

Cristo crucificado. Diego Velázquez. Museo del Prado. Madrid

Cristo crucificado. Diego Velázquez. Museo del Prado. Madrid

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