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El Tajo se resiente y su luz declina

Cecilio Fernández Bustos

 

A la memoria de José Luis Sampedro

Sí, desde aquel momento conducir la madera era un jugoso paseo por la orilla del río, a la sombra de los árboles frondosos, inclinados sobre la corriente para ver desfilar a sus compañeros muertos. Se cruza el puente de la calle de la Reina y empiezan a mano izquierda los viveros y los jardines del Príncipe. Luego se pasa por el embarcadero de la Casita del Labrador y después ante el de la Casa Marinos, donde se guardan las reales falúas en que pasearon reyes y reinas. Más adelante, el Castillo, todo de verdes hiedras, y el Parterre, con sus aspilleras y sus garitas de piedra de Colmenar, especie de amable fortaleza para proteger los juegos amorosos y las intrigas cortesanas… Parece que allí flotan todavía los discretos galantes y los placeres del Real Sitio. Hay como un aire más denso y más vivo a la vez, de pasión picardía, que olfatean claramente los gancheros, aún sin conocer su origen. ¡Es tan diferente del hálito caliente de los terrazgos anteriores!
José Luis Sampedro
(De El rió que nos lleva)

Si algo hubo hermoso en mi pasado fueron las tardes verdes del río, a la hora de la siesta, o al atardecer, o en la mañana de oro. Los juncos, el cañaveral, las rocas lisas de la orilla, como playitas de piedra.
Ana María Matute
(De, Primera memoria, Premio Nadal 1959)

Era abril de 1985, acabábamos de salir del invierno y empezaba a oler a primavera, publiqué un artículo en Gazeta de Aranjuez, dirigida a la sazón por el amigo, siempre digno y competente, Ramón Peche Villaverde. Han pasado 31 años y los problemas siguen siendo —más o menos— los mismos. La mirada contempla el tiempo pasado y ya lejano. Aquí la mirada permanece pese al cambio de escenas, mas no importa que estos días, cuando escribo esta nota, digan que por Aranjuez el río lleva en su seno diez y hasta más de diez metros cúbicos de agua por segundo. No puede ser menos, pues, un equipo de ciudadanos —la Plataforma en defensa del Tajo— trabajó y trabaja insistentemente por el río, su ser y naturaleza. Ser vivo con existencia propia como todos los ríos del mundo y que, como ser vivo, exige una bocanada de oxigeno. Si a un río le quitamos su agua porque la desviamos a otro sitio e incluso se vende la que debería pasar por aquí para empapar los campos de regadío y alimentar la capa freática, no debe caber ninguna duda, ¡lo estamos matando! Es posible que estemos creando un nuevo cauce y que estemos llevando su vida en otra dirección pero, ¡no lo dudemos!, al «único» —solo hay un río Tajo— lo estamos matando y sustituyendo por una fotografía, por un recuerdo, por una notación en un libro. Y con la muerte del río, Aranjuez —Villa y Real Sitio— borra el dibujo que su esencia hidrológica le procuro, esa fisonomía poblada de árboles corpulentos, de paseos históricos y bosque en galería donde anidaban abundantes aves —se acuerdan de la oropéndola real— y dejan de ser justificación para la declaración de Paisaje Cultural Patrimonio Cultural de la Humanidad.

          En esta ocasión me he servido del artículo que publiqué hace 30 años, un poco retocado, como testimonio de lo poco o mucho que cambian las cosas y de los grandes esfuerzos que hay que hacer desde la voluntad de los ciudadanos frente a los poderes públicos y aquellos otros, los soterrados, los que solo asoman la puntita para que no se los vea. No olvidemos que el líquido elemento, el agua es algo más que unas ondas en un escudo heráldico. Y hoy, ¡qué duda cabe!, podemos comparar también con lo poco que se tarda cuando la voluntad del poder así lo quiere en derribar, como si de un castillo de naipes se tratara, aquello que, con tanto esfuerzo y tiempo, medido en siglos, se ha tardado en construir, puede derribarse en unas pocas jornadas de sequía implantada. ¿Por qué?, nos preguntamos los ciudadanos, se cambia el discurrir de un río, en cuyo entorno surgió la vida, trasvasando sus reservas a otras tierras.

Oropéndola Real. Paco Motil: http://www.quedadanatural.com/inicio/

Oropéndola Real. Paco Motil: http://www.quedadanatural.com/inicio/

El paisaje: Música amenazada
Si pudiéramos volver al pasado, al tiempo de los madereros cantados por José Luis Sampedro, este paisaje de hoy no sería la imagen de un Aranjuez cansado y nos mostraría un Tajo refulgente de luz y melodía acuática. Apenas quedan ya leves vestigios de los días pasados y de lo que en ellos fuera «éste paisaje» en aquellos tiempos. La vega, hoy sin frutales, se desvistió de gloria y se ensombrece de desierto —hasta los pájaros han desaparecido, aquellos alados que se movían entre las hojas y los frutos a la caza del insecto—. Los álamos, de canto estremecido que dibujaban sus sombras en las ondas del río, abatidos ya no susurran al viento de la tarde; la sarga que diera airoso y cimbreante mimbre para la laboriosa tarea del cestero, se traslumbra y no sirve al nido del ruiseñor ni del mirlo. Parece como si el mundo en que vivimos no dejara espacio para las cosas buenas: el ritmo del paisaje, lenta, pero inexorablemente, se destruye.

Cerca del Tajo, en soledad amena,
de verdes sauces hay una espesura,
toda de hiedra revestida y llena
que por el tronco va hasta el altura
y así la teje arriba y encadena
que el sol no halla paso a la verdura;
el agua baña el prado con sonido,
alegrando la hierba y el oído.

Garcilaso de la Vega

         Seguir el curso del Tajo desde que entra en Aranjuez hasta que se despide hermanado con el Jarama —otro eslabón dramático—, resulta triste y doloroso. Todo es posible en este curso de aguas con vocación de mar allá en Lisboa. Los sotos que otrora cantaran los poetas, talados y ennegrecidos por la acción del hacha o del fuego, cenagales formados por lentos sedimentos que modifican y distorsionan el curso de las aguas —¡Hace tanto tiempo que el río no limpia fondos!—: cadáveres de árboles sumergidos que amenazan con rasgar las ligeras embarcaciones de los remeros; multitud de envases, botes, cajas, botellas, recipientes, envoltorios, vasijas, estuches —todo un reino del plástico, reluciente u opaco, inunda el lodazal donde anida el azulón y la polla de agua—; residuos de aceites, grasas, trapos, carrocería e interiores de automóviles limpiados, lavados a la orilla del río que nos lleva y que, como es de todos, todos lo hacemos nuestro para defecar tanta inmundicia que un día, tal vez no muy lejano, el Tajo sea el reino de la basura, sobre todo ahora que nos lo están secando y trasfundiendo su sangre —«agua»— a otras riveras que no tuvieron la oportunidad de acoger su cauce a lo largo del curso geológico de España.

El Tajo por Aranjuez. Calle de la Romana

El Tajo por Aranjuez. Calle de la Romana (fotografía CFB)

Herido por el dolor del trasvase
Sobre todo este cantar gozoso del paisaje ribereño, Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad, reluce como una catedral del lujo feudal el trasvase de las aguas del padre Tajo hacia otros paraísos de riqueza cuya justificación no existe ni existió nunca. Dicen algunos entendidos que la media de agua que lamía el cauce del río a su paso por Aranjuez era de 48 metros cúbicos por segundo. Es verdad que aquello provocaba importantes avenidas que dejaban a Aranjuez sin electricidad en aquellos tiempos, cuando no había luz, ni calefacción, ni casi nada y aproximadamente todo estaba apagado. Pero desde que se cerraron las compuertas de Entrepeñas y Buendía el Tajo no ha vuelto a desbordarse. ¿Cuándo fue aquello?, ¿en 1947 o 1948 o tal vez en 1951? Lo mismo da, pero recuerdo yo, en tiempos aficionado a la pesca, haber sido sorprendido por una aparatosa tormenta en lo que era llamado el Culón de Huete y tener que recurrir a un tractor —lo fuimos a buscar a Jabalera— para que nos sacasen el coche, un pequeño seiscientos, de la orilla del pantano. Aquel día en concreto, debíamos estar en abril o mayo, pesqué dos lucios de más de 5 kilos y un “blacbás” de 2. Y esto era posible cerca de Jabalera, cerca de Huete.

         Resulta arduo querer entender el significado de esta situación. La presión que los humanos ejercemos sobre el medio que nos da cobijo se antoja como una macabra fiesta. Hacer posible otra realidad, supondría hacer posible la historia. Recuperar el paisaje que hemos destruido, recuperar el equilibrio de las cosas, recomponer la vida donde hicimos muerte no es balada de románticos, antes que cualquiera otra cosa, es un deber ineludible de supervivencia. Y el primer paso, para recomponer lo destruido es denunciar la existencia del desastre.

El agua: vida amenazada
Los recursos hidráulicos son vida y riqueza para los pueblos. De su inteligente utilización se sigue la posibilidad de que la tierra sedienta se riegue y dé frutos. En los cursos hidráulicos se han asentado los pueblos y han surgido las ciudades. Los recursos hídricos suponen una evidente potencialidad para el desarrollo económico y demográfico de los pueblos de la tierra. Sin agua la vida no es posible, la tierra se desertiza y destruye y el hombre no puede cobijarse, ni nutrirse.

         El Tajo, durante siglos, campó por las tierras de Castilla La Mancha, Madrid, Extremadura y Portugal. Aníbal con sus ejércitos lo pasó cerca de Aranjuez, cuando marchaba sobre Roma. Cual Nilo pequeño, todos los años se remozaba y lavaba la cara, se limpiaba de fondos con grandes avenidas y dejaba un humus vivificador sobre la vega. Vino bien su regulación con los pantanos, ¡no cabe duda!, y dejamos de ver y padecer lo negativo de aquellas grandes avenidas. Pero, desde entonces, el río no ha vuelto a limpiarse de sus miserias que se acumulan y poco a poco, por algunas zonas —intenten si tienen tiempo y ganas una visita a la junta de los ríos— lo van convirtiendo en un pequeño regato maloliente.

         ¿Quién lo duda?, la política hidráulica, tras afirmar que el Tajo tiene agua sobrante, nos ha llevado al lamentable epitafio del sacrificio de nuestro río en favor del Segura y otros cauces. Desde que estas políticas empezaron sus vuelos de moscardón en torno al Tajo, el río se ha ido convirtiendo en un charquito que hiede a putrefacción en verano. Un charquito en el que se vierten residuos urbanos e industriales y que dan lugar a informes alarmantes y aconsejan la prohibición del baño en aquellos lugares donde tantos aprendimos a nadar y a disfrutar del verano.

El Tajo. Calle de Tilos. Aranjuez

El Tajo. Calle de Tilos. Aranjuez (fotografía CFB)

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