El entierro del conde de Orgaz

Cecilio Fernández Bustos

 

¿La luz es de los dioses o la luz es un dios?

Antonio Colinas

 

Hay cuadros que gustan, los hay que impresionan y algunos de esos cuadros nos dejan mareados de entusiasmo y animación. Pero algunos de estos cuadros que nos gustan, impresionan y nos dejan desvanecidos, además de todo esto nos embrujan y se adhieren a nuestros sueños y fantasías pasando a formar parte de nuestra integridad humana, de nuestra respiración, de nuestra gesticulación, de nuestra esencia. Son esos cuadros —también algunos poemas de los que hablaremos en otra ocasión— que nos persiguen por el bosque y nos dejan extenuados ante tanta belleza. Y es que el arte ha sido, es y será siempre la más prodigiosa y mágica de las expresiones humanas. Se trata, pues, de aquello que nos vincula a la cultura y nos hace más humanos, más cercanos a la respiración de la historia de los hombres. Escribir sobre uno de estos cuadros se nos antoja complicado pero necesario para alentar el rescoldo del espíritu. Mi intención no es limitar la nómina de  esos cuadros mágicos y sublimes. No obstante me voy a parar con estas breves reflexiones, fruto tal vez de mi apasionamiento, en tres de ellos. El primero que me deslumbró cuando, todavía niño visité por primera vez el museo de El Prado, fue la Anunciación de Fray Angélico, más tarde descubrí el nacimiento de Venus de Sandro Botticelli y por último, completando este trío fabuloso, me caí del caballo —ya siendo joven— ante el entierro del conde de Orgaz del místico Doménikos Theotokópoulus, el Greco.

Ignoro los ritmos de la mecánica de las emociones y la mayoría de los ritos iniciáticos. Solo sé lo que siento y cómo lo siento, pero no estoy seguro de saber cual sea el proceso que me lleva a esa especie de éxtasis que me acoge cuando contemplo alguna de estas pinturas. Si sé que es la belleza que contemplo mirando al cuadro. Cómo la contemplación del cuadro suscita tan importante corriente emocional —toda ciencia trascendiendo, diría Juan de Yepes—. No sé cómo fluye en los demás este sentir pero sería muy torpe si pensara que el efecto y el afecto se suscitan  solo en mí, en mi contemplar. Yo no he llegado aún a tanto, pero es cierto que contemplando una espléndida obra de arte hay gentes cuya sensibilidad les provoca un brotar de lágrimas y en esas ocasiones perciben manantiales de agua tibia brotando bajo sus pies y es entonces cuando buscas más allá de la mirada y captas el movimiento de las hojas del bosque movidas por la levedad de tu sentir.

La pintura, como la poesía, la narrativa o la dramaturgia establecen caminos y vericuetos por los que se adentran hacia el bosque de la emoción nuestras sensaciones emotivas, aquellas que nos permiten acceder a la consciencia del significado, más allá del significante, aún cuando no lo entendamos, algo parecido a lo que dice Wittgenstein cuando trata de ajustar el significado de la palabra al uso que de ella se hace y que no siempre son coincidentes. Hay también aquí una revelación, un descubrimiento que nos va a permitir seguir pensando, pese a las creencias más recientes, que en el Greco habitaba un mago, más que un científico.

El Greco pintó este cuadro entre 1586-87 —pronto cumplirá 430 años la existencia de tan excepcional sorpresa—. Cuando se habla de un cuadro, de una obra de arte singular y única, es necesario, antes de entrar en el ámbito de la emoción y de la admiración que nos provoca, hacer una breve semblanza de la obra en cuestión. El entierro del Conde de Orgaz es una de las obras más significativas, conocida y admirada de cuantas pinto Doménikos Theotokópoulus. Lo hizo por encargo de Andrés Núñez, párroco de la Iglesia de Santo Tomé de Toledo, lugar donde podemos contemplar esta obra magistral.

El cuadro representa el entierro de don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz, ocurrido en  1323 y es uno de los más importantes y populares de cuantos pintó el Greco. Personaje de la nobleza toledana muy vinculado a la iglesia de santo Tomé de Toledo, pues, aportaba a su servicio cantidades económicas todos los años e incluso hubo un tiempo en que sostuvo la restauración de esta iglesia. Aquí, el señor toledano, tenía reservada su sepultura por lo que a su muerte, en olor de santidad se dijo, y con ocasión de dar sepultura a sus restos, se obró el milagro del descenso de dos santos, san Esteba y san Agustín, que en el cuadro son los dos personajes revestidos que soportan el cadáver al tiempo que lo depositan en su tumba. Y este milagro, que presencian los nobles toledanos sobrecogidos en su profunda devoción, es el motivo principal del cuadro.

Por lo que a mí respecta, al contemplar un cuadro, como al leer un poema que te llega adentro y se queda contigo como tesela que define tu ser, siempre he sentido la necesidad del silencio y la celosía que solo te permite ver sin ser visto; es decir, la ausencia de sentir, todo callado y desierto, sin referencias. Recuerdo una ocasión, bajo la penumbra de la iglesia de santo Tome, la contemplación de el entierro del conde de Orgaz me produjo tan profunda emoción y pasé más de media hora sumido en un sentido arrobo. Todo convino a crear aquel fenómeno personal que acabo de nombrar arrobo. La luz de la iglesia, la composición plástica, el embeleso de los personajes retratados, el milagro de los santos a dar tierra a don Gonzalo, la pantalla formada por los nobles toledanos y el conjunto formado por el milagro transido de un realismo eficaz y por ello convincente. Y por último, el espectáculo de la gloria celestial sobre sus cabezas soportando el embrujo manierista. Entre el autor del cuadro y los que lo contemplamos y gozamos existe un puente que estrecha sus manos y así el autor retorna con su vida, su obra, sus amores. No, no está definitivamente ausente. La sola contemplación de este cuadro, amigos míos, justifica un viaje a Toledo, para tenderle una mano al greco y comentar con él cosas de la vida, y también, ¡claro está! de la muerte.

El entierro del conde de Orgaz. El Greco (pintado en 1586-87) Iglesia de Santo Tomé, Toledo [fotografía tomada de Wikipedia]

El entierro del conde de Orgaz. El Greco (pintado en 1586-87) Iglesia de Santo Tomé, Toledo [fotografía tomada de Wikipedia]

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4 comentarios

Archivado bajo Jaula de los silencios

4 Respuestas a “El entierro del conde de Orgaz

  1. Loli

    Cecilio, gracias por recordarnos al Greco y su obra. Maravilloso cuadro “El entierro del conde de Orgaz”.

    Un abrazo,

    Loli

    • cecibustos

      Loli, cuando amaine este calor insoportable que tanto nos incomoda y que, según dicen los expertos, puede ocasionar algún accidente a las personas como yo —algo mayores—, tendré mucho gusto en volver a Toledo. Será un placer para mi compartir contigo un dulce de mazapán y una visita a la iglesia de Santo Tomé.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un beso,
      Cecilio

  2. Maricarmen

    Querido Cecilio, como siempre genial.
    Estamos rodeados de belleza, pero es necesario que de vez en cuando alguien nos lo recuerde, y nos haga disfrutar de ella, como en este caso.
    Esa es tu labor como poeta. GRACIAS. Un beso.

    • cecibustos

      Maricarmen, andamos tan ocupados y tan preocupados con vivir que nos olvidamos de la vida. Nos olvidamos o no alcanzamos a disfrutar de aquellas cosas que la justifican. Como señalas en tu comentario, obtener el pequeño —o grande— placer de disfrutar de la belleza.
      Gracias, muchas gracias por pasar por aquí y detener tu paso para contemplar y decir.
      Un beso,
      Cecilio

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