Un poeta un libro: “Aranjuez. Entre amistades y ausencias”. Antonio Gallego Buendía

Cecilio Fernández Bustos

 

El árbol está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia de los ojos ahora que el viento graciosamente lo cimbrea.

Dámaso Alonso

 

Aranjuez. Entre amistades y ausencias Antonio Gallego Buendía Editorial Doce Calles Aranjuez, 2015

Aranjuez. Entre amistades y ausencias
Antonio Gallego Buendía
Editorial Doce Calles
Aranjuez, 2015

Antonio Gallego Buendía es un poeta que a falta de una definición que nos permita integrarlo, por su obra, en un ámbito de voces, o escuelas, o generaciones, lo hemos bautizado como poeta de la intuición y de la entraña, que es algo parecido a poeta de nuestras leves presencias en lo existencial y cotidiano, lo que eleva su voz a la categoría de los poetas cercanos, localizables en la dulzura íntima de lo entrañable. Se trata de esos poetas presentes en la cercanía de la penumbra —y en todos los ámbitos «locales»—  que nos ofrecen su voz y nos invitan a degustar su sustancia. En definitiva la expresión poética no deja de ser, sino una iluminación, una revelación que se transmite entre la mente del poeta y la del lector. Si se produce esa comunicación el poema acierta a definir lo que quiere decir, por ello, en este caso, vamos a intentar comentar lo que yo quiero decir al tratar de este libro. Cuando Miguel Hernández comienza su andadura al trasluz de la lírica lo hace desde lo entrañable y cercano, desde el ámbito donde coincide con sus amigos y especialmente Ramón Sijé. Vendrán otros tiempos y conformaran nuevas ligaduras a lo vital y a lo esencialmente poético y se llamará escuela o singularidad. En el caso de Miguel como en el de Antonio yo me quedo con una expresión universal: Singularidad poética. Es decir voz propia, que no imita, que surge nítida y pura del manantial, transparente, impar.  Tal vez sea la nota más singular, entre las múltiples particularidades de la poética de Antonio Gallego, esa espontaneidad para integrar el costumbrismo, lo tradicional, lo cercano, dejando el sello existencial sobre la insurrección del alma.

Como el árbol de Dámaso Alonso, el poema está ahí, no para ser juzgado, sino para ser leído y disfrutado.  Antonio Gallego Buendía se presenta ante sus lectores con un hermoso poema incrustado en la solapa del libro como vestíbulo que nos invita a entrar en la casa. Bello pórtico que nos pone en contacto con el autor que ya en este momento, nos da una nota sobre su respiración poética —«Y vine yo a ver la luz / entre el olivar y el pino / en Siles pueblo serrano / que siempre estará conmigo».— Pero es aquí, en Aranjuez, a las orillas del Tajo, donde tropieza el escritor con el nicho vital donde encontrará su voz y el timbre consonante y asonante de su poesía: —«Me trajeron a Aranjuez / cuando yo era solo un niño / y aquí empecé nueva vida / aquí empecé otro camino, / aquí empecé a caminar / entre la estrofa y el mito, / entre la piedra y el agua / y el árbol siempre mi amigo / aquí anclaron mis raíces / y aquí nacieron mis hijos».— Ya hemos empezado a notar el fresco aroma a esas plantas que van a ser, junto a la poesía, uno de los grandes amores y motivos del poeta, su permanente cercanía a sus pueblos, el de la nacencia y el de apuntalar la vida, valor vivo, desde labios vivos: —«Entre sueños de futuro / siempre irán los dos conmigo. / Aranjuez y Siles son / pueblos por mí muy queridos.»—

Concluida su presentación entre origen y establecimiento, entre imagen acústica y percepción moral y social, el poeta nos abre las páginas de su libro y empiezan a aparecer personas, espacios, sensaciones, fidelidades, recuerdos. Y es como si un calafateador estuviera dando seguridad y belleza a la nave que va a hender levemente las aguas de la vida en compañías muy diversas y, como Felline, dará un primer grito —¡La nave va!—

Tres partes tiene el libro y las tres se abren en suavidad como el agua de los ríos: I Aranjuez y su entorno —paisaje, amigos, aficiones—; II Entre amistades y ausencias —familia, más amigos, memoria—; III A mis nietos —toda la sensibilidad vertida—. Hemos dejado el zaguán, acabamos de entrar en la casa y nada más pisar las primeras losas del primer aposento, nos encontramos un hermoso y sutil soneto que estando como estamos a orillas del Tajo nos lleva a dar un paseo con Garcilaso —«Que estando ya, no estaban, / Pues entre estar y estar hay diferencia.»[1]—. Antonio Gallego Buendía, como creador artístico, busca su inspiración en materiales ligeros pero profundos, hundidos en la tierra como el arado que va abriendo los

surcos y al tiempo va dejando caer para el lector las perlas de este soneto:

                                               Aranjuez
                            Bebiendo sin cesar con avidez
                            del padre Tajo el líquido elemento
                            en castellano páramo sediento
                            surgió a la vida el pueblo de Aranjuez.
                            Impacto de verdor fue en la aridez
                            a reyes y nobleza dio aposento
                            y este pueblo jardín y monumento
                            capaz de amotinarse fue una vez
                            testigos mudos fueron del Motín
                            Apolo entre corintios capiteles
                            Narciso por Atlantes sostenido
                            por Hércules Ateneo sometido
                            y Baco que entre mirtos y laureles
                            a Venus esperaba en el jardín.

Aceptamos la invitación que nos convoca y así Garcilaso, nuestro vecino toledano, más melancólico que Antonio, se asoma al Tajo y dice:

                            Cerca del Tajo, en soledad amena,
                            de verdes sauces hay una espesura,
                            toda de hiedra revestida y tierna
                            que por el tronco va hasta el altura,
                            y así la teje arriba y encadena,
                            que el sol no halla paso a la verdura;
                            el agua baña el prado con sentido,
                            alegrando la vista y el sonido.
 
                            Con tanta mansedumbre el cristalino
                            Tajo en aquella parte caminaba,
                            que pudieran los ojos el camino
                            determinar apenas que llevaba.

 

Si leemos con sosiego y nos adentramos en el libro de Antonio Gallego, vamos a descubrir poemas memorables, tanto por el significado como por el significante. Tal vez haya sido su profesión de maestro, su andar curso tras curso tratando de convencer a sus alumnos de lo importante que para sus vidas puede ser aficionarse a la lectura. Así que, nuestro poeta, maestro como tantos de los que al poema han dedicado su tiempo, anduvo manejando, hasta casi la identificación personal, a Miguel Delibes y su sensibilidad le dictó estos hermosísimos versos que dedica al vallisoletano:

                                               Miguel Delibes
                            Hoy se ha marchado Miguel
                            muy triste queda el Mochuelo
                            la Milana y Azarías
                            y la Desi y el Lorenzo,
                            Mario oyendo cinco horas
                            interminable lamento
                            y la profunda Castilla
                            y el Nini y el tío Ratero,
                            impasible el señor Cayo
                            viendo morir a su pueblo,
                            las perdices de Sedano
                            volando sobre los tesos.
                            Hoy todos ellos Miguel
                            te ven partir hacia el cielo.

 

Nuestro poeta vive emocionado con su propio vivir y con las gentes que conoce y le dejan huella en su sensibilidad. Sus familiares, desde padres a nietos, sus amigos y compañeros, coincidencias de la vida algunos también son amigos míos, Elena Cebrián; Teyo, ¿le recordáis?, siempre atento dejando su palabra «de liberal pensamiento, / buen conversador y amigo / un excelente maestro.» Los que vivimos en Aranjuez vamos descubriendo en este libro el recuerdo de aquellos que ya no están, como Gregorio Sánchez o Antonio Pizarro,  también poetas y pedagogos de afición aunque no de profesión. Y creador sensible y culto no pudo olvidarse del Maestro Rodrigo, cuyo Concierto de Aranjuez, elevó a esta ciudad al estrellato de las ciudades del mundo.

                                               Maestro
                            Soporte natural de la estructura
                            del célebre concierto que Rodrigo
                            compuso en Aranjuez, su pueblo amigo,
                            se hicieron árbol, agua y escultura.
                            Aquel árbol anclado en la espesura
                            del sueño del maestro fue testigo
                            y su alma llevará siempre consigo
                            de su obra magistral la partitura.
                            Del agua libre el ritmo visitó
                            la celda horizontal del pentagrama
                            trocando libertad por armonía
                            y el mármol transformado en bella dama
                            doblando su rodilla le rindió
                            al insigne maestro pleitesía.

Antonio Gallego entre sus muchas aficiones de hombre culto y sensible, de pedagogo vocacional, de naturalista convencido debemos destacar su amor a la naturaleza y a la prestación de útiles conocimientos con el amor a la vida relacionados. así que, en su poesía no faltan esas huellas, esas señales repetidas que le llevaron a ser jardinero de su colegio.

 

                                               Otra vez
                            Las hojas del liquidambar
                            se están tiñendo de rojo,
                            amarillean los tilos
                            púrpura viste el madroño,
                            fruto derrama el castaño
                            y el ginkgo se viste de oro,
                            lenta lluvia de colores
                            tapizando nuestro entorno.
                            Vuelve a vestir Aranjuez
                            los colores del otoño.

 

Debo decirlo y lo digo, Aranjuez. Entre amistades y ausencias es un libro lleno de aciertos, pasiones y emociones para compartir. Volviendo a Dámaso Alonso: El árbol —«El libro»— está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia…

[1] Luis Cernuda

 

 

 

 

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