Dar las gracias 9

El viaje definitivo 1

 

Cecilio Fernández Bustos

 

                                                  Pensaba que sólo habría
                                                           sombra,  silencio, vacío.
                                                           Y murió. Estaba en lo cierto.
                                                           El mismo Dios se lo dijo.
                                                           José Hierro                                               

 

Retomando el proyecto de compartir algunos textos que me han llamado la atención, lo que vengo haciendo bajo la denominación de Dar las gracias, hoy iniciamos una sección dedicada a ese acontecimiento vital e inexorable que Juan Ramón Jiménez nombró, en un poema de hace cien años, El viaje definitivo.

         Para esta ocasión he traído tres poemas cercanos en su singularidad, parecen decir las mismas cosas, tocados por una sentida nostalgia de la vida que perderán, como dice José María Valverde, cuando yo me haya ido. Y es que ante la muerte, faltos de la experiencia personal, solo tenemos expectativas que, Juan Ramón y Valverde, sitúan en primera persona y nos hablan desde el yo. En cambio Aurelio González Ovies, sus reflexiones desde la nostalgia de haber vivido nos las cuenta en tercera persona, son ellos, los muertos, quienes si …vinieran / no encontrarían su casa. 

         Con estos presupuesto, Se quedarán mis cosas sin mí desconsoladas, pese a la aparente trivialidad, los hombres vamos gestando un sedimento del que se nutren los poetas y su obra, ¡el poema! Tal vez, por esa razón, la cercanía de los asuntos que preocupan a nuestros tres poetas y que, tal vez, nos toquen levemente. No cabe duda, son la urdimbre coincidente de las preocupaciones que, en algún momento de nuestras vidas, a todos nos ha preocupado. He ahí el carácter universal del asunto y cómo desde él nos situamos en la reflexión con que, Juan Ramón, finaliza su poema: Y se quedarán los pájaros cantando. Es decir, ¡la vida seguirá, aunque yo ya no esté!

 

 

EL VIAJE DEFINITIVO 

       …Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
 
         Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
 
         Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico…
 
         Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

                                               Juan Ramón Jiménez

                                                           (De Poemas agrestes.[1910-1911] Libros inéditos                                                               de poesía 1 / Madrid, 1964)

***        

 

ELEGÍA PARA MI MUERTE 

II 

Se quedarán mis cosas sin mí desconsoladas.
Seguirá mi tristeza paseando
por rincones de sombra.
En mi amada ventana del sillón y la mesa
seguirán los ocasos cayendo como siempre,
y el chopo del jardín, crecido ante mis ojos,
morirá y volverá como cuando yo estaba.
En penumbra, mis versos hablarán en voz baja.
Se secarán mis libros poco a poco,
oliendo a fruta vieja.
Diminutas reliquias de mi vida
—una flor en un libro, un verso en alguien—
seguirán como piedras disparadas,
conservando mi fuerza en este mundo
cuando yo me haya ido.
… Y os quedareis vosotras, muchachas, pero un día
os marchareis también
y en el mar de la muerte se hallarán nuestras olas.
Morirán vuestros labios, vuestra piel, vuestra carne.
Pero siempre habréis sido.
Ser una sola vez, ¿no es ya bastante?
Mientras dure el espacio guardará vuestros huecos,
mientras quede una brisa llevará vuestro aroma.
…Pues habéis sido un día, seréis siempre.

                                                           José María Valverde

                                                           (De Hombre de Dios. 1945 

 

***

         Si los muertos vinieran
no encontrarían su casa
ni su luz encendida
ni a su gato
ni su higuera fiel
ni su naranjo.
Si de nuevo volvieran
no encontrarían su puerta
ni sus aparadores
ni sus viejos retratos
ni sus paredes húmedas
ni su ropa.
Si los muertos vinieran
decidles solamente la palabra
distancia.
 

                                                           Aurelio González Ovies

                                                           (De La hora de las gaviotas. Huelva, 1992)

 

Desde mi ventana. "seguiran los ocasos cayendo como siempre" (Fotografía FB)

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8 comentarios

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8 Respuestas a “Dar las gracias 9

  1. Un día como hoy, con la niebla envolviendo todo ayuda a leer lentamente los poemas que has publicado y se siente algo distinto al pensar qué ocurrirá cuando ya no estemos en este lugar.
    Se quedarán mis cosas sin mí desconsoladas…
    Un abrazo, Cecilio.

    • cecibustos

      Pilar:
      Me alegra que estos poemas te hayan tocado con su leve pausa de ternura. Y así es, somos en extremo tan frágiles que sentimos la pérdida, ¡de nosotros no!, de lo que queda desalentado sin nosotros.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un beso,
      Cecilio

  2. Maravillosa entrada, Cecilio. Has elegido unos poemas magníficos.
    Un abrazo

    • cecibustos

      Elvira:
      La idea de esta entrada se origino cuando surgió Valverde en un comentario a una entrada tuya. Y, ¡cómo no!, el asunto que nos traen estos tres poetas, por universal, a todos nos conmueve y emociona. Gracias por tu comentario.
      Saludos,
      Cecilio

  3. Cecilio: esta entrada de hoy que has escogido es un vértice de todos tus lectores por eso habiendo leído los presagios dulces de los tres poetas, quería leer los comentarios de los vivos. Sabemos que todo acabará, como Antonio Gala ha dicho estos días: ”…y eso..no me parece mal”. Cómo me gustaría saber qué pensarían los muertos si volvieran,..querrían quedarse para siempre?. Un geólogo dice que viendo el milímetro que ocupa el espesor de la capa terrestre de los últimos cien años, siente vértigo por la edad de la Tierra,–¿qué es nuestra vida en la suma de la vidas que han ocurrido?. Las cosas de los muertos a veces quedan: en Aranjuez la antigua cordelería, los jardines que han abandonado sus fundadores, el Palacio que tantas correrías vió..Pero sin estar ellos, los vivos olvidamos, desconocemos su valor. La mala noticia no es morir sino no saber para qué se ha vivido pero hay algunos que no mueren, como los maestros de escuela que se expanden en el cuerpo de sus alumnos. Estos últimos continúan en el cuerpo de otros..
    En la tecla como siempre Cecilio, muchas gracias

    • cecibustos

      Daniel:
      Gracias por tus lecturas, intensas y reflexivas, de este blog y gracias por tus comentarios.
      Dos de los poetas que se interrogan sobre la situación de abandono en que quedaran sus cosas cuando ellos no estén, ya dieron el paso y provocaron ese abandono. Pero no es cierto del todo lo que dice Valverde —“Se quedarán mis cosas sin mi desconsoladas”—, tú y yo y tantos otros nos hemos quedado con algunas de sus cosas —sus poemas— y no las dejamos estar solas. Juan Ramón dice otra cosa, pero el significado es el mismo —“Y yo me iré; y estaré solo,…”— Cada vez que leemos uno de sus poemas, de los muertos o de los vivos, su espíritu nos acompaña y nosotros acompañamos a ese espíritu, errante dice Juan Ramón, del poeta.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Saludos,
      Cecilio

  4. Carlos

    Pienso, soy culpable del delito, y lo confieso, porque he sido cazado in fraganti, que todo cuanto se dice y se canta y se sufre o se resiste es verdad. A veces tengo la sensación de que el hombre se ha convertido en una bestia de carga a la que se hace dar vueltas y más vueltas sobre noria de aguas negras o secos ríos donde no alumbra ninguna esperanza. Tal vez por eso el consuelo de las religiones, el bálsamo de los deseos o los engaños de vamos a actuar como si, en realidad, todo fuese un juego: un sabio saber esperar para que tras esa última y definitiva frontera todo fuese -¡otra vez!- un carrusel, donde, de nuevo, enganchados, como bestias de carga, siguiésemos dando vueltas, girando como peonzas sin sentido, sobre la misma muela, ignorantes de que ya no hay grano que aventar ni memoria que reivindicar. ¡ Al fin solos y tan desnudos y tan pobres y tan definitivamente humanos y completos!

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