Dar las gracias 16

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Así pues, lo mejor es curarse a la primera sensación del mal, dar también entonces a las palabras de uno la máxima libertad y reprimir los impulsos.

Séneca

 

 

Partir es dejarse ir, soltar lastre, entornar los ojos como cuando se mira al sol, apresar las cosas que vienen. Se despierta la percepción de los colores, los olores, la superficie lisa o rasposa de las cosas.

Claudio Magris

(De El infinito viajar, 2008)

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Ya sé que hay viajeros que antes de partir se fortifican  contra la sorpresa y contra lo imprevisto, es decir, contra lo nunca visto. También hay escritores que calculan sus libros tan meticulosamente como un turista sus itinerarios, y amantes que sólo apetecen la rutina y habitan confortablemente en el tedio. Pero uno, que ha perdido tantas certezas en los últimos años, ya casi sólo una de ellas conserva, la de que no vale la pena vivir sino lo que no se ha vivido nunca ni decir nada más que lo que nunca ha sido dicho. Paradójicamente, esa singularidad de la experiencia acaba volviéndose el vínculo más poderoso y común con nuestros semejantes, con quienes se parecen tanto a nosotros que son nuestros cómplices sin que lo sepamos, mujeres y hombres a los que nunca veremos porque vivieron antes que nosotros o porque no han nacido. Algunos de ellos viven en nuestro mismo tiempo y acaso respiran el aire de la misma ciudad, y sin embargo nos son tan lejanos como los muertos y los no nacidos, porque no los llegaremos a encontrar. Esa conspiración secreta justifica los libros, los que escribimos y los que leemos. Quien lee es tan poseído como quien escribe, y también, al leer, nada nos maravilla tanto como el descubrimiento de lo que ya sabíamos. Cada día nos roza la convicción platónica de que aprender es recordar, y de que todo amor y toda amistad encubren un reconocimiento, el de las dos mitades escindidas que se encuentran después de un largo destierro en el acto mutuo de la posesión.

Antonio Muñoz Molina

(De Córdoba de los omeyas, 1991)

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El comienzo de toda decadencia es dar por supuesto que hay que tomar en serio las cosas grandes y no tomar en serio las pequeñas, que hay que respetar profundamente a la Humanidad, pero fastidiar a los subalternos, considerar sagrados la Patria, o la Iglesia o el Partido, pero hacer el trabajo de cada día mal y chapucero; así comienza toda corrupción. Contra eso sólo existe un remedio pedagógico: dejar de momento a un lado, en uno mismo y en los demás, las llamadas cosas serias y sagradas, como las convicciones, las ideologías y el patriotismo, y dirigir todas la seriedad a lo pequeño y mínimo, al trabajo del momento.

Hermann Hesse

(De Escritos sobre literatura, 1983)

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La lluvia desplegaba toda la tristeza de Marruecos, sacaba las tripas enfermas del país y las tendía sobre las hortalizas embarradas de los mercados, los caminos intransitables y los cafés qu8e apestaban a lana mojada y suciedad. Después, de repente, la lluvia se convirtió en nieve y pareció que nos purificaba a todos. Un silencio apacible se extendió por los jardines abandonados. Fue como si después de una larga enfermedad, hubiese al fin venido a visitarnos una vieja amiga. Los caminos se llenaron de mudas flores bancas. Los taxis de Baab Marwan arrastraban su cargamento humano rumbo a Fez, y los campesinos los miraban irse desde detrás de los cristales empañados del Café de la Poste.

Rafael Chirbes

(De Mimoun, 1988)

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(Abismo generacional.) Tropiezas con alguien en la acera, pides perdón y no te contesta; al pronto lo atribuyes a mala educación, pero enseguida adviertes que no ha notado siquiera tu contacto; no es mala educación, es algo previo y mas irremediable: falta de la sensibilidad que se necesitaría para poder tener buena o mala educación.

Rafael Sánchez Ferlosio

(De Volverán más tiempos malos y nos harán más ciegos, 1994)

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Ni Platón ni Aristóteles se proponen dar razones del proyecto político como tal. Para ambos, la dimensión socio-política del ser humano es algo evidente, que no precisa de legitimación. No es evidente, en cambio, cómo debe organizarse la comunidad política, y es a esa forma debe organización a la que apuntan sus teorías. Ahora bien, esa evidencia del punto de partida, el carácter comunitario del ser humano, va perdiendo fuerza a medida que los ideales de la polis se van frustrando. Así, el helenismo decadente tiende a ignorar el carácter político del individuo para concentrarse en la orientación de la vida privada. El cristianismo potenciará aún más la escisión entre lo público y lo privado al proyectar un más allá como la verdadera patria del ser humano. Todo lo cual condiciona, como es lógico, el pensamiento moderno que, al apartarse de la razón divina, se queda con el individuo solitario. El punto de partida es ya el individuo, no la sociedad. Habrá que justificar la necesidad del orden y de la justicia ante un ser que resiste a las obligaciones y a las leyes.

Victoria Camps

(De Ética, retórica, política, 1988)

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Tranquilizado con la presencia del ejército francés, Fernando VII se entregó a una de las represiones más desenfrenadas que ha conocido nuestra historia (¡y no son pocas!). Los mayorazgos fueron reimplantados, los gremios también, la reforma universitaria anulada de un plumazo. Se cerraron las universidades de provincia (secundarias) y se suprimieron las peligrosas enseñanzas de matemáticas y astronomía, a las que se preferían la música, la danza y la esgrima. En 1830, el monarca cerró de un plumazo todas las universidades, incluso la catalana (restaurada por él en Cervera en lugar de Barcelona), que estaba lejos de “funesta manía de discurrir”. Los mejores hombres de ciencias tuvieron que emigrar, como el naturalista La Gasca, o sufrieron toda suerte de persecución, como el geólogo D. Casiano del Prado o el matemático Rodríguez González.

Manuel Tuñón de Lara

(De La España del siglo XIX, —París, 1968—)

El Rana Verde. Aranjuez (CFB)

El Rana Verde. Aranjuez (CFB)

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