JULIO LLAMAZARES

Como dos fotos viejas

 

Cecilio Fernández Bustos

 

Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como un campo de urces.

Julio Llamazares

 

Julio Llamazares nació en Vegamián, León, en 1955 (Vegamián desapareció bajo las aguas del embalse del Porma). Es licenciado en Derecho y periodista. Se dio a conocer como poeta con dos libros que aparecieron casi cogidos de las manos. El primero, La lentitud de los bueyes (Premio G. de Lama), vio la luz en 1979 y el segundo, Memoria de la Nieve, en 1982. Con éste obtuvo el IV Premio Jorge Guillén de Poesía, otorgado por el Consejo General de Castilla León. Ambos libros son dos joyas excepcionales de la lírica en lengua española.

         Sucede a veces, que algunos poetas alcanzan la plenitud  de su lírica con su primer o su segundo libro y supongo que ellos mismos se preguntan ¿más allá de esto que hay? Y también nos sucede a algunos lectores que, al leer un libro, caemos en la claridad de la fascinación y ya no sabemos o no queremos arriesgarnos en otras lecturas. La literatura constituye un ámbito amplio y abierto: todo cabe. No obstante, el arte de escribir está poblado de elementos técnicos, de figuras, de formas. Así, el arte de decir se convierte en un bosque complicado y agónico, donde encontrar el camino para una expresión acertada puede resultar, para quien lo intenta, una desconcertante perplejidad. De otra parte, el acierto puede llenar de satisfacción a quien lo logra. De ahí, que el de escribir sea un oficio peligroso para quienes lo intentan y siempre, en todos los casos, al menos es lo que yo pienso, el asombre es el principio.

          Se escribe para comunicar, pare expresar, para contar, para decir, para crear y también, como no podía ser menos, para comprender a los demás y comprendernos a nosotros mismos. No pretendo ser excesivamente categórico. Hay en todo esto un hálito, posiblemente muy sutil, de polemizar y transgredir desde dentro del propio discurso. Todo intento de expresión literaria es siempre un esfuerzo personal que busca, para dialogar con él, un interlocutor. Esfuerzo doloroso muchas veces porque el interlocutor no se manifiesta, no está y hay que llamarle con susurros o con gritos. Hay que dar aldabonazos a su puerta con un lenguaje que entienda y que le emocione, o le agite y le fuerce a revelarse.

         Julio Llamazares, ¿renuncia a seguir escribiendo poesía? Nada más lejos de la realidad, parece que renuncia a seguir escribiendo poesía, pero no es así. Él mismo nos lo explica en la entrevista que le hizo   Yolanda Delgado[1] en 1999:

«P.- ¿POR QUÉ OLVIDASTE ESCRIBIR POESÍA? / R.- Porque se me olvidó rezar. Escribir poesía, yo creo, es escribir oraciones laicas y hubo un momento en que a mí se me olvidó rezar, como también se me olvidó rezar en la iglesia. Pero yo creo que sigo haciendo poesía en todo lo que escribo, porque mi visión de la realidad es poética. Mejor o peor, pero poética en el sentido de aplicar una cierta subjetividad límite a la contemplación. Creo que la literatura, si no tiene un substrato poético no es literatura. Son historias que se cuentan, sin más, pero lo que da un plus a un relato, a una historia, lo que hace que se convierta en literario, es el substrato poético y yo he procurado mantener ese substrato, que he heredado de cuando escribía poesía, incluso en el tratamiento del lenguaje —que es lo que es la literatura—.»

De otra parte, Juan Cruz comenta:

«¿Hay algo más hondo en ese abandono de la poesía? Dice, ya de viva voz: “En realidad no he hecho otra cosa que escribir poesía. Antes pensaba que la había abandonado, pero siempre ha estado ahí, es lo único que he escrito. Y no sólo he escrito poesía, sino que siempre he buscado la música como parte fundamental de la escritura, en prosa también. Si tengo la historia y no tengo la música no escribo”.»[2]

            Y así es, Llamazares es poeta. Poeta que ha publicado una obra compleja donde se dan la mano el relato y la crónica viajera. En todos sus relatos hay una bifurcación poética honda y fascinante que le lleva, que nos lleva “… a rondar los braseros donde hiervas antiguas  ahuyentan el miedo”[3]. Títulos como Luna de lobos —su primer relato publicado— o Lluvia amarilla (libro de cabecera para sus contemporáneos y también para los que como yo somos mayores que Julio) y El río del olvido —primer libro de viajes—. Son tres libros excepcionales, tan deslumbrantes y mágicos como anteriormente fueron sus dos poemarios. Después han venido Trás-os-Montes, Cuaderno del Duero y Las rosas de piedra, primer volumen de un recorrido sin precedentes por España a través de sus catedrales—, Escenas de cine mudo y El cielo de Madrid—, la crónica —El entierro de Genarín y En mitad de ninguna parte.

         Julio Llamazares tiene en su haber un importante trabajo periodístico, con artículos, que reflejan en todos sus términos las obsesiones propias de un narrador extraordinario, han sido recogidos en los libros En Babia (1991), Nadie escucha (1995) y Entre perro y lobo (2008).

         Pero el objeto de esta entrada es la poesía, por eso la situamos aquí y ahora. La poesía intimista, milagro de la memoria, de Julio Llamazares se alzó en su día sobre el páramo sorprendente de una pérdida. La pérdida de la infancia, de los sueños hurtados al paisaje y a las gentes amenazadas con desaparecer, al mismo tiempo que el paisaje. Inundar un valle y enterrar un pueblo, donde han nacido y vivido los hombres, en el fango es el mayor atentado posible contra la memoria. Es convertir los recuerdos en ficción y la poesía se encargará de dejar libertad a los recuerdos a los sueños y a las alucinaciones.

         Para que recordemos o conozcamos la poesía de Julio Llamazares, traemos a esta página algunos fragmentos de La lentitud de los bueyes y de Memoria de la nieve. Espero que lo disfrutemos.

 

 

Así, desolados y sepias, como dos fotos viejas que el olvido ha sobado cuando las encuentras, encuentro yo estos libros que el tiempo ha abandonado y el polvo del silencio comienza ya a borrar.

                                               Julio Llamazares

 

De La lentitud de los bueyes                           

1

Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora.    

Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve. Todo tan blanco como las bayas rojas del acebo.

Nuestro abandono es grande como la existencia, profundo como el sabor de las frutas machacadas. Nuestro abandono no termina con el cansancio.

No es un error la lentitud, ni habitan nuestras almas las oquedades del conocimiento.

En algún zarzal lejano anida un pájaro de aceite que nace con el día. Siento su sed granate algunas veces. Su abandono es tan dulce como el nuestro.

Su lentitud no está desposeída de costumbre.

4

Yo vengo de una raza de pastores que perdió su libertad cuando perdió sus ganados y sus pastos.

Durante mucho tiempo mis antepasados cuidaron sus rebaños en la región donde se espesan el silencio y la retama.

Y no tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria que el olvido.

Caliente aún está la piedra donde bebían la sangre de sus vides al caer de la tarde. Pero qué lejos todo si recuerdo.

Qué lejos de mí la región de las fuentes del tiempo, el lugar donde el hombre nace y se acaba en sí mismo como una flor de agua.

Ellos no conocían la intensidad del fuego ni el desamor de los árboles sin savia.

Los graneros de su pobreza eran inmensos. La lentitud estaba en la raíz del corazón.

Y en su sosiego acumularon monedas verdes de esperanza para nosotros.

Pero el momento llegó de volver a la nada cuando los bueyes más mansos emprendieron la huida y una cosecha de soledad y hierba reventó en sus redes.

Ahora apacientan ganados de viento en la región del olvido y algo muy hondo nos separa de ellos.

Algo tan hondo y desolado como una zanja abierta en mitad del corazón.

15

Cuando vuelvas a casa, te explicaré el sonido del sol entre los fresnos y el sabor de los panes más antiguos.

Te llevaré en silencio hasta un lugar de brezos.

Te mostraré la gruta helada del deseo donde se esconden treguas verdes y hogueras esparcidas, y tú serás, bajo mi vientre, como sangre mordida.

 Entonces, desgranaré en grumos azules el silencio.

Mi voz es vieja (y tú lo sabes) como campana colgada del vacío. Mas no hallará paredes despobladas donde ocultar sus ecos más profundos, ni habrá viñas agraces sembradas en su asombro.

Porque, ya para entonces, la mansedumbre habrá brotado como vinagre vertida sobre el sueño, y habrá quien reclame los surcos desolados de la ausencia.

Cuando vuelvas a casa, te explicaré el rumor de las ortigas en la sangre.

19

Vendrá el silencio, y cruzaré la nada. Y encontraré la muerte flotando sobre el heno.

Viejas leyendas acecharán mis pasos en el lugar donde germina la superstición.

Y en los últimos páramos, la escarcha borrará las huellas de mi ausencia para que así podáis seguir alimentándoos de olvido.

(¿Acaso recordáis la lentitud de vuestros padres cuando la hierba ya ha ocupado su lugar?)

El barro que ahora habito se fundirá en vosotros como el esparto aplicado a las heridas.

Frutos agraces traspasaran mi alma cuando abandone los lugares profesados en la cohabitación.

Pero seguramente nadie recordará mi forma ni la oquedad silente que ocupará mi sitio.

Seguramente entonces, al borde de la nada, más allá del silencio, yo estaré preguntándome el porqué del olvido, la abrasada razón por la que el tiempo coloca amargas hierbas sobre nosotros.

Y una sustancia antigua, como de tallos verdes, manará lentamente del silencio como única respuesta.

 

 

DeMemoria de la nieve 

1

Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como un campo de urces.

En labios amarillos la negación florece. Pero existe un nogal donde habita el invierno.

Un lejano nogal, doblado sobre el agua, a donde acuden a morir los guerreros más viejos.

En un mismo exterior se deshacen los días y la desolación corroe los signos del suicidio:

globos entre las ramas del silencio y un animal sin nombre que espesa en mi rostro.

2

No existe otra espiral que el bramido del tiempo.

Amasar la memoria es bondad de alfareros, lentitud de veranos en la fabulación.

Las grosellas derraman granates en la nieve y los silencios más antiguos en humo y humildad se desvanecen.

¿Dónde encontrar la ahora el amargor del muérdago y del agua?

¿Dónde la ocultación de las leyendas y los bardos?

4

País de las abejas., donde derrama el sol su sangre por lánguidas riberas.

País de las abejas, más allá del lugar que brota en avellanos y en círculos de barro.

Un dolor atraviesa tus campos amarillos: espiral de la muerte, memoria de la nieve, remansada quietud de los helados estanques del invierno.

Bajo la bóveda perfecta de la tarde, arden sustancias indestructibles, bosques y animales, interminablemente.

Es el sonido blanco de los avellanos, la belleza crecida de la desposesión.

7

El río traía a veces zapatos de mujeres entre las hojas tiernas y los troncos muertos.

Pero nosotros cruzábamos los puentes con canciones y pañuelos de azafrán.

Y, en el verano, colgábamos pendientes de cerezas en las orejas de la amada.

Más allá, en su memoria, los ciervos se incendiaban como flechas de sangre:

veloces en sus ojos azules y lejanos; rojos en sus cabellos heridos por la bruma.

30

¿Qué espero aún de la espiral del tiempo, de esos cuernos epílogos que suenan en los bosques?

¿Quién atardece junto a mi corazón helado?

Por el paisaje gris de mi memoria, cruzan arrieros sin retorno, pastores y alfareros olvidados, bardos ahogados en el miedo lacustre de sus propias leyendas.

Sólo estoy, en esta noche última, coronado de cierzo y flores muertas.

Sólo estoy, en esta noche última, como un toro de nieve que brama a las estrellas.

 

Bibliografía de Julio Llamazares

 Poesía
La lentitud de los bueyes (1979)
Memoria de la nieve (1982)
 
Viajes
El río del olvido (1990)
Trás-os-Montes (1998)
Cuaderno del Duero (1999)
Las rosas de piedra (primer volumen viaje por España a través de sus catedrales, 2008)
 
Novela
Luna de lobos (1985)
La lluvia amarilla (1988)
Escenas de cine mudo (1994)
El cielo de Madrid (2005)
 
Crónicas
El entierro de Genarín (1981)
 
Cuento
En mitad de ninguna parte (1995)
Artículos periodísticos
 En Babia (1991)
 Nadie escucha (1995)
Entre perro y lobo (2008). 

[1] Yolanda Delgado Batista.- Julio Llamazares. Mi visión de la realidad poética Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid / 1999

[2] Juan Cruz.- La memoria de la nieve

[3] Julio Llamazares.- Memoria de la nieve

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4 comentarios

Archivado bajo Jaula de los silencios

4 Respuestas a “JULIO LLAMAZARES

  1. Carlos

    Te debo una, ¿una?, una no, muchas. Me quedé en las novelas líricas de Llamazares y recuerdo que su lectura fue un descubrimiento, un impacto de belleza que me hizo mirar la realidad sin quedarme en la superficie de las cosas, sabiendo que, tras lo más humilde y cotidiano, se encuentra otra realidad más perfecta. Tendré que retomar otras lecturas de Llamazares y volver a aquellas dos viejas novelas que son imperecederas porque son expresiones inequívocas de la Poesía. De esos dos libros, creo recordar que uno está perdido. Recuerdo su portada, editado por Seix Barral, lo que no sé es dónde lo perdí, a quién lo presté. Gracias por recopilar tanto saber y tanta belleza que degusto mientras tomó un té con hielo.

    • cecibustos

      Carlos:
      Amigo Carlos, tus comentarios siempre traen gratificantes palabras para mis trabajos. Si es cierto que Julio Llamazares ha sido hasta hoy, 55 años, un excelente poeta y narrador, no es menos cierto que, como acabo de comprobar contigo, somos muchos los que hemos leído su obra y hemos disfrutado con la belleza de ésta.
      Desde el primer momento he seguido sus trabajos, los que han volado en forma de libro y los que se han sometido al diario trajín de periódicos y revistas. Dada su edad y lo reflexivo y existencial de su obra, es de esperar que aún leamos muchas cosas llenas de sabor y novedad.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  2. Cecilio, nos has dejado abrumados. Yo creo que somos muchos los que pasamos estos días pensando en qué decir a esta entrada llena de cariño, sentimiento y esfuerzo. Si te has puesto frente a los libros para plasmarlo en la pantalla creo que lo has hecho a mano, pasando la pluma de tinta roja sobre el plasma. ¿Quien dice que internet solo es un medio de cosas rápidas de un fluir fugaz de información? Es lenta y musical tu entrada, esa que uno oye al final de un bosque. Y no se puede evitar ver volcada la pasión sobre las cosas. Trascendente, enhorabuena!!

    • cecibustos

      Daniel:
      Comentarios como el tuyo me invitan a escribir. ¡Es tan agradecido lo que dices! Sí, muy agradecido y hermoso: “…lenta y musical… esa que uno oye al final de un bosque. Al final o, acaso, en el claro, donde habita la transparencia.
      Tal vez mañana me enrede en la música de algún poema de Dulce María Loynaz y entonces, ya no será la memoria de la nieve, será la memoria del mar. Del “…mar ancho y desnudo de horizontes…”
      Muchas gracias por un comentario, tan feliz e inteligente.
      Un abrazo,
      Cecilio

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