DOÑA MARÍA

 

Cecilio Fernández Bustos

 

La energía que el hombre puede ahorrar de la guerra, del comercio, de la ciencia y de otras actividades prácticas, la gasta en inútiles pero bastante agradables ocupaciones como la pintura, la escultura, la poesía, la música, la danza, el cricquet, el futbol y demás formas de gimnasia mental o física.

Herbert Read

 

El niño juega con las cartas. Hace solitarios y mira a Doña María. Ella se ha cubierto los hombros con un peinador rosa, de seda, y ha deshecho el moño de su abundante cabello blanco. Ahora, ensimismada en su tarea, lo peina: lo hace pasar una y otra vez, sin descanso, entre las púas de un peine dorado del que retira, a intervalos, los cabellos que se van desprendiendo de su cabeza. El niño viene algunas tardes a merendar y a hacer compañía a la señora. Son malos tiempos. El dolor se agazapa, se encoge ruborizado y calla. El hambre no, como el amor, es más desvergonzada y se muestra en toda su desnudez, sin ningún pudor.
         Hoy es jueves y por las tardes no hay colegio. En esta ocasión, como en las otras, el niño merienda con la señora. El niño siempre merienda pan con chocolate: una onza de chocolate y media barrita de pan blanco, de estraperlo. Ella pregunta al niño por el colegio, si estudia las cuentas y si la maestra le regaña mucho. Él dice que ya se sabe la tabla de multiplicar y que la maestra es muy buena. Cuenta el niño que hoy, Doña Emilia, así se llama la maestra, ha traído a su novio al colegio —Nos ha dicho que es médico, cirujano y trabaja en un hospital de Madrid.
         El otro jueves el niño no pudo merendar con la señora. Habían venido unos parientes de Segovia y la señora estaba muy ocupada. Por eso, el niño, jugaba solo a la puerta de su casa. Dos señoras que caminan por la calle se han parado y le preguntan —¿Qué haces aquí, pequeño? El niño tiene 7 años, pero en la calle nunca pasa nada. Las señoras le invitan para que vaya a la Iglesia de Alpajés a rezar el rosario con los misioneros. Pero el niño dice que no, que su mamá le ha dicho que se esté ahí. Como las señoras, que son unas pesadas, insisten, el niño se levanta y corriendo se mete en el portal de su casa. 
         Al niño le gustan los tebeos, los cuentos y ya se atreve con las novelas de aventuras que lee su mamá: El Corsario Negro y El Coyote que aparece todas las semanas y su papá las va a cambiar en el quiosco de Jesús o en el carrillo de Antonio. Su mama también lee novelas de amor: Corín Tellado y otras de la editorial Pueyo. Tres años más tarde, el niño descubrirá en casa un libro que se titula Las cien mejores poesías españolas y, en ese libro, empezará a leer poemas.
         Todavía eran tiempos de dogmas radicales, pero las flores seguían acudiendo todas las primaveras.

 

Fernández Gil.- Tiempos de dogmas radicales (dibujo, tinta china sobre papel)

 

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8 comentarios

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8 Respuestas a “DOÑA MARÍA

  1. Carlos

    Ceclio: tal vez la vida consista en añorar ese onza de chocolate y ese panecillo de pan blanco. Recuerdos de cómo se fue gestando el ser que hemos devenido fruto del tiempo y como consecuencias de las decisiones que hemos ido forjando cada vez que hemos decidido, en una encrucijada, la dirección de nuestros pasos. Hay instantes mágicos que perduran para siempre, como el recuerdo de un descubrimiento que abrió nuevos rumbos, los que permiten adentrase por el camino de la belleza, de lo que es fugaz y, al mismo tiempo, imperecedero, pero siempre necesaria para sobrevivir al horror del tiempo que nos va vaciando de la pasión de vivir.

    • cecibustos

      Carlos:
      En la vida caminamos lentamente, haciendo camino y haciéndonos a nosotros mismos. Unas veces miramos y vemos, otras nos acarician y sentimos. Pero siempre nos va quedando algo, como un bramido del tiempo, adherido a la memoria. Y no son residuos, no. Es pura esencia de ser.
      Gracias, muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  2. Esa merienda de pan y chocolate era y sigue siendo la escusa perfecta para mantener la relación de mayores y pequeños por la tarde. A la vez que era una rutina, cada día guardaba en secreto la intención de hablar de algo, protestar, reir o simplemente agradecer.
    Un abrazo
    Te mando este enlace de un post que he dedicado al arquitecto Juan de Villanueva porque hoy hace 200 años que murió.
    http://pincelyburil.blogspot.com/2011/08/el-estanque-de-los-chinescos-en-el.html

    • cecibustos

      Pilar:
      Que cada día esté ahí, esperándonos, el chocolate de la merienda. Tal vez, la onza de chocolate en la tarde de los niños, sea noticia de normalidad, de caricia doméstica. De padres que duermen en la noche y colegio con las puertas abiertas.

      Todos los días, tras el aseo y el desayuno, abro una serie de blogs entre los que no faltan a la cita los tuyos. Ya es costumbre de jubilado que no renuncia a encontrar algún hada en los Chinescos, no hace tanto que, junto a la más pequeña de mis nietas, llamaba a voces a Blancanieves, entre los árboles del jardín. Desde muy niño he sido feliz correteando por el jardín del Príncipe.

      Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  3. Hizo muy bien el niño en no irse con las señoras pesadas, en vez de eso puede que encontrara una historia de piratas y descubriera algo. Yo pienso muchas veces en las veces que me fui con las señoras pesadas, en aquello que no descubrí en ese momento donde todo eran penumbras, listas para recibir la luz del entendimiento. Esa es para mí la esencia de la emoción. Gracias Cecilio!!

    • cecibustos

      Daniel:
      No siempre acertó aquel niño en sus decisiones, pero en aquella acertó de pleno. Cuesta imaginar la vida, a veces es más fácil vivirla que imaginarla. El niño del cuento, en tanto que niño, tuvo muchas oportunidades para ser feliz y seguramente lo fue. La vida, una sola oportunidad, hay que vivirla a tiempo.

      Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  4. MariCarmen

    Que ricas aquellas meriendas de pan con chocolate, y que lejanas en el tiempo, que no en la memoria: Despues del cole con el pan y el chocolate en la mano, corriendo ajugar a la calle. ¿Que niño puede hacer eso hoy?
    Yo tambien tuve mi doña Paca, que por supuesto la pobre no me podía dar nada, al contrario, había que ayudarla a ella pues su miseria era absoluta, pero a través de sus recuerdos cuando me contaba cosas de su vida pasada, entre la bruma oscura de aquellos años, yo intuía que la vida en algun momento habia sido distinta.
    Un beso.M. Carmen

    • cecibustos

      Mari Carmen:
      Sabía que si lo leías ibas a decir algo. Es cierto que el chocolate con pan fue todo un lujo, en las meriendas de los niños de los años la postguerra y más tarde, como en tu caso. ¿Cuál era la marca de aquel chocolate que devorábamos ‘onza’ tras ‘onza’? Mis recuerdos me llevan a Matías López, y también recuerdo aquello de una libra o media libra de chocolate. Lo de pastilla o tableta es posterior.
      Gracias, muchas gracias por tu comentario.
      Un beso,
      Cecilio

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