LOS DIBUJOS DE MUÑOZ DURÁN

                 Y para ver hay que elevar el cuerpo,

                 la vida entera entrando en la mirada

                 hacia esta luz, tan misteriosa y tan sencilla,

                 hacia esta palabra verdadera.

                 Claudio Rodríguez

 

 

        Ángel Luis Muñoz Durán expone, en la Sala del Centro Cultural Isabel de Farnesio (Aranjuez), una muestra de sus últimos trabajos. Se trata de dibujos —lápices, grafitos y pastel— realizados a lo largo de los últimos diez años.

 

        Hay otros pintores cuyas obras están más arraigadas al paisaje de las galerías y los museos de todo el mundo. Pero a mí, y no sólo por la cercanía, quién me emociona y, consecuentemente, me ha motivado para averiguar cosas de ese empeño por recuperar la vibración sonora del realismo ha sido Muñoz Durán. Pensaba yo que, más allá de Claudio Bravo, Paco Cortijo, Rubén Torreira o el gran maestro de maestros Antonio López, poco más podíamos esperar de los lapiceros y del grafito. Pero hete ahí que, nuestro pintor de hoy, muestra tras muestra, nos ha ido abriendo —y nunca mejor dicho— la canal de los ojos a un nuevo florecer de la luz. Esa luz, mácula de levedad, que resbala sobre la piel de los objetos y descubre la verdad de unas formas heridas por la ausencia; esa luz derramada en el cuenco de la afinidad con la tradición y que puede saciar el apetito de la búsqueda de armonía; esa luz, ¡ay!, que nos vincula al arte y la poesía.

 

        En los dibujos de Muñoz Durán habitan otros elementos sutilmente intencionados. De una parte un mecanismo mágico enamora la soledad de los objetos, que se acercan a nuestro mirar suspendidos del silencio y acariciados por la luz. De otra, en esa atmósfera que envuelve la plasticidad formal, un atisbo de surrealismo amplía el eco de las distancias y establece correspondencia emocional con las sombras de los sueños. Cuando transitas entre estos dibujos, los fundidos en negro, que giran ante nosotros aumentando el brillo de la luz, te ayudan a percibir un clima de ritualización y te sientes dominado por esa soledad sonora de las prácticas ascéticas; es el encuentro con la alucinación buscada en  una pausa atemporal; es una ceremonia donde la vida se yergue en la visión de los objetos encantados por la luz de la germinación. Y es ahí cuando, como discípulos iluminados, podemos sentir el privilegio de estar vivos.

 

        Sí, realismo mágico y ensueño. Lo mágico oficia de origen o fragua donde se funden, en luz, el agua y la simiente. De ahí ese refulgir en el insólito frío de la soledad del vidrio. ¿No se han dado cuenta?: nos queda la mirada transida de verdad y, como dice el poeta, “…para ver hay que elevar el cuerpo, / la vida entera entrando en la mirada / hacia esta luz…”                        

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