Pues sí, señor, seguimos donde siempre

Cecilio Fernández Bustos

 

Bueno, todo se arreglará. Pero hoy no me falles, ¿eh? A las cuatro. Lávate bien antes. Y ya sabes, en boca cerrada no entran moscas. Sobre todo.
Juan Marsé (de Si te dicen que caí)

Pues sí, señor, seguimos donde siempre: ¡cruzando las fronteras en busca del pan o de la paz!, que viene a ser lo mismo cuando el hambre aprieta. ¡Qué claro lo vio el poeta Ángel González!, dejándolo escrito en un poema singular del que brotaba triste dolor. Debió escribirlo después de un viaje a Colliure, pues el poema se titula «Cementerio de Colliure». Cuanta similitud y cuanta vergüenza: el camino es el mismo, el que nos lleva a la tumba del poeta y el que nos lleva al trabajo que no nos da España.
Mañana martes, 12 de enero de 2016, se cumplen ocho años de la muerte de Ángel González. Ocho años sin oír su voz física, mas su legado, ¡su voz de poeta y de hombre en su tiempo!, ahí está esperando ser leída por todos cuantos amamos la poesía y por todos los que aún no se han encontrado, ¡frente a frente!, con alguno de los poemas de nuestro poeta. Yo los convoco y les invito a leer un poema de ayer: «Parque para difuntos» — el poema pertenece al libro Tratado de urbanismo publicado en la colección El Bardo en 1967; en aquel tiempo, Ángel González y también yo éramos muy jóvenes—

 

PARQUE PARA DIFUNTOS

En el jardín germinan los cadáveres.
La pompa de la rosa
jamás, no, nunca es fúnebre.
Únicamente, al entreabrir sus pétalos
devuelve una de tantas
sonrisas que no, nunca, jamás se produjeron
y que la tierra se tragó nonatas.
Lo mismo
podríamos afirmar de las magnolias
respecto
al impreciso nácar de esas ingles
jamás, nunca, no vistas hasta ahora
con una opacidad tan delicada,
luminosa y sombría al mismo tiempo

(Pienso:
cuando tú hayas muerto,
¿qué flor será capaz de recoger
aunque tan sólo sea
una mínima parte
del perfil delicado de tu cuello?;
jamás, ninguna, nunca,
-pienso.)

La brisa,
al conmover las ramas del cerezo,
dispersa
una eyaculación de leves hojas blancas
sobre los ojerosos pensamientos:
así retorna al aire un afán enterrado,
vuelve a latir, regresa
un perdido deseo.
Hay margaritas entre el césped -¡cuántas!
Circulan transeúntes macilentos
por los senderos soleados. Rezan
—luego existimos, creen. Pasan
sin escuchar el grito luminoso
de los lirios,
sin advertir el gesto
de las dalias doradas, que señalan
sus lúgubres figuras con sus múltiples dedos.

Pronto lo veréis todo a través de mi tallo
—susurra un nomeolvides—,
periscopio final de vuestros sueños.

 

Ángel González. Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez, 2008

Ángel González. Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez, 2008

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