Ricardo de Lózar: Exposición en Madrid

Cecilio Fernández Bustos  

A todos los amigos del CRAC

   

BOSQUE

CRUZAS por el crepúsculo.
El aire
tienes que separarlo casi con las manos
de tan denso, de tan impenetrable.
Andas. No dejan huellas
tus pies. Cientos de árboles
contienen el aliento sobre tu
cabeza. Un pájaro no sabe
que estás allí, y lanza un silbido
largo al otro lado del paisaje.
El mundo cambia de color: es como el eco
del mundo. Eco distante
que tú estremeces, traspasando
las últimas fronteras de la tarde.

Ángel González (De, Aspero mundo, 1956)

 

Cuando volvió a Aranjuez, tras ausencia de más de veinte años, una de las primeras intervenciones culturales en las que participó el autor de esta reflexión fue la de presentar una exposición de Ricardo de Lózar en un local de un centro de educación. Ha buscado entre sus numerosos papeles, con la ambición de encontrar la nota que le sirvió de apoyo para las palabras  que pronuncio en aquella ocasión. No dudaba de poder encontrarla en alguna de las numerosas carpetas que almacena y que le han ido acompañando —al tiempo que aumentaban en número y tamaño—, de casa en casa, durante sus numerosos traslados de vivienda —cuatro en Madrid y cinco en Aranjuez, incluyendo la casa de sus padres que dejó definitivamente en 1965, cuando se casó— Ni que decir tiene que aquella presentación estableció un vinculo entre la obra de Lózar y nuestro amigo, por esta misma razón quedo algo contrariado por no haber sabido de la exposición que el pintor hizo en Aranjuez en 2012, en la sala del Centro Cultural de INDRA, en la calle Capitán de Aranjuez.

         Ricardo de Lózar nació en Salamanca en 1954, vive y labora en Aranjuez desde hace muchos años. Profesor de arte en el Instituto que los italianos padres Somascos tienen en Aranjuez y donde han recibido formación de alta cualificación infinidad de ciudadanos ribereños. «Primer premio Diputación de Madrid, 1971. Primer Premio Villa de Madridejos, 1981. Primer Premio “25 Concurso de Artes Plásticas”, Getafe, 1980». Fundador con otros del CRAC (Colectivo Ribereño de Acción Cultural), vive del arte y para el arte, pero no como creador, sino como profesor. Pese a ello Ricardo es un artista vocacional y rotundo capaz de superar todas aquellas contradicciones que atenazan a los creadores más entregados, los que, como dice Ángel González, «…lanza su silbido / largo al otro lado del paisaje».

El Bosque mágico de Oma

El Bosque mágico de Oma

         El autor de este texto ha encontrado aquel papel que buscaba, lo que dijo en abril de 1986 en la inauguración de aquella exposición y lo  incorpora hoy, después de 28 años, a esta nueva mirada: «Cuando, como en esta ocasión, nos reunimos en torno a un artista para contemplar su obra, su trabajo más reciente, su último y más cercano esfuerzo para formular su mundo expresivo. Cuando esto sucede, no podemos evitar sustraernos al comentario que, a modo de provocación, nos transmite la emoción de esta contemplación y, como niños poblados de ingenuidad, buscamos la palabra precisa que ponga nombre al nuevo objeto descubierto. De esta forma, ajustando la emoción y el sentimiento a la palabra descubierta —o quizá ignorada—, incorporamos ésta a nuestro acervo cultural, a nuestro entorno verbal trasmutando su esencia en una especie de rito desacralizado o, tal vez, no estoy seguro, en rito sacralizado».

         En la contemplación de la obra de Ricardo de Lózar habrá siempre una silla prendida de una tela que nos invita a sentarnos. Y nos ofrece su asiento y su respaldo, clásica silla baja de nuestra madre cosiendo, para escuchar el poema que una lectora o un lector atrevido, ¡quién lo duda! —silla puesta—, nos diga el poema de su esencialidad plástica, transitando por los mundos de la creación de nuestro artista como objeto real en el pulso soñado de toda irrealidad.

Bosque mágico de Oma

Bosque mágico de Oma

         Los cuadros de esta exposición han provocado un hueco en la sensibilidad que quien esto escribe. Y es que lo que en el artista ha trascendido de la cotidianidad, lo circundante en él y en ti, se ha plasmado en honda expresión poética. Sí, Ricardo de Lózar, con las formas y colores de este bosque de Oma que nos ofrece como celebración de la obra de Agustín Ibarrola. Con su reflexión plástica Ricardo, como Ángel González con las palabras, nos ha llevado hasta ese bosque, habitado y habitante, donde «El mundo cambia de color: es como el eco / del mundo. Eco distante / que tú estremeces, traspasando / las últimas fronteras de la tarde». Y es aquí donde ante nuestra contemplación arde un imaginario plástico en el que emerge un sueño sin tinieblas y la bondad plástica, el arte, se hace sustancia de lo humano trasmutado en colores y formas con el brillo surrealista de la transparencia de los sueños. Y terminaba el autor de esta reflexión como terminaba aquella intervención en la que todos éramos más jóvenes y más receptores de la lluvia de abril y el sol de mayo: «Pintar para el pintor, como componer un poema para el poeta o una sinfonía para el músico, es algo más profundo y sentido que cualquier otra manifestación humana en ese elemental y cotidiano existir. Y es que crear es la gran pasión, acaso el gran dolor, para el artista».

Aranjuez, 26 de abril de 1986

Aranjuez 30 de mayo de 2014

 

Bosque encantado de Oma

Bosque encantado de Oma

 

 

 

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