El Tajo se resiente y su luz declina

Cecilio Fernández Bustos

 

A la memoria de José Luis Sampedro

Sí, desde aquel momento conducir la madera era un jugoso paseo por la orilla del río, a la sombra de los árboles frondosos, inclinados sobre la corriente para ver desfilar a sus compañeros muertos. Se cruza el puente de la calle de la Reina y empiezan a mano izquierda los viveros y los jardines del Príncipe. Luego se pasa por el embarcadero de la Casita del Labrador y después ante el de la Casa Marinos, donde se guardan las reales falúas en que pasearon reyes y reinas. Más adelante, el Castillo, todo de verdes hiedras, y el Parterre, con sus aspilleras y sus garitas de piedra de Colmenar, especie de amable fortaleza para proteger los juegos amorosos y las intrigas cortesanas… Parece que allí flotan todavía los discretos galantes y los placeres del Real Sitio. Hay como un aire más denso y más vivo a la vez, de pasión picardía, que olfatean claramente los gancheros, aún sin conocer su origen. ¡Es tan diferente del hálito caliente de los terrazgos anteriores!
José Luis Sampedro
(De El rió que nos lleva)

Si algo hubo hermoso en mi pasado fueron las tardes verdes del río, a la hora de la siesta, o al atardecer, o en la mañana de oro. Los juncos, el cañaveral, las rocas lisas de la orilla, como playitas de piedra.
Ana María Matute
(De, Primera memoria, Premio Nadal 1959)

Era abril de 1985, acabábamos de salir del invierno y empezaba a oler a primavera, publiqué un artículo en Gazeta de Aranjuez, dirigida a la sazón por el amigo, siempre digno y competente, Ramón Peche Villaverde. Han pasado 31 años y los problemas siguen siendo —más o menos— los mismos. La mirada contempla el tiempo pasado y ya lejano. Aquí la mirada permanece pese al cambio de escenas, mas no importa que estos días, cuando escribo esta nota, digan que por Aranjuez el río lleva en su seno diez y hasta más de diez metros cúbicos de agua por segundo. No puede ser menos, pues, un equipo de ciudadanos —la Plataforma en defensa del Tajo— trabajó y trabaja insistentemente por el río, su ser y naturaleza. Ser vivo con existencia propia como todos los ríos del mundo y que, como ser vivo, exige una bocanada de oxigeno. Si a un río le quitamos su agua porque la desviamos a otro sitio e incluso se vende la que debería pasar por aquí para empapar los campos de regadío y alimentar la capa freática, no debe caber ninguna duda, ¡lo estamos matando! Es posible que estemos creando un nuevo cauce y que estemos llevando su vida en otra dirección pero, ¡no lo dudemos!, al «único» —solo hay un río Tajo— lo estamos matando y sustituyendo por una fotografía, por un recuerdo, por una notación en un libro. Y con la muerte del río, Aranjuez —Villa y Real Sitio— borra el dibujo que su esencia hidrológica le procuro, esa fisonomía poblada de árboles corpulentos, de paseos históricos y bosque en galería donde anidaban abundantes aves —se acuerdan de la oropéndola real— y dejan de ser justificación para la declaración de Paisaje Cultural Patrimonio Cultural de la Humanidad.

          En esta ocasión me he servido del artículo que publiqué hace 30 años, un poco retocado, como testimonio de lo poco o mucho que cambian las cosas y de los grandes esfuerzos que hay que hacer desde la voluntad de los ciudadanos frente a los poderes públicos y aquellos otros, los soterrados, los que solo asoman la puntita para que no se los vea. No olvidemos que el líquido elemento, el agua es algo más que unas ondas en un escudo heráldico. Y hoy, ¡qué duda cabe!, podemos comparar también con lo poco que se tarda cuando la voluntad del poder así lo quiere en derribar, como si de un castillo de naipes se tratara, aquello que, con tanto esfuerzo y tiempo, medido en siglos, se ha tardado en construir, puede derribarse en unas pocas jornadas de sequía implantada. ¿Por qué?, nos preguntamos los ciudadanos, se cambia el discurrir de un río, en cuyo entorno surgió la vida, trasvasando sus reservas a otras tierras.

Oropéndola Real. Paco Motil: http://www.quedadanatural.com/inicio/

Oropéndola Real. Paco Motil: http://www.quedadanatural.com/inicio/

El paisaje: Música amenazada
Si pudiéramos volver al pasado, al tiempo de los madereros cantados por José Luis Sampedro, este paisaje de hoy no sería la imagen de un Aranjuez cansado y nos mostraría un Tajo refulgente de luz y melodía acuática. Apenas quedan ya leves vestigios de los días pasados y de lo que en ellos fuera «éste paisaje» en aquellos tiempos. La vega, hoy sin frutales, se desvistió de gloria y se ensombrece de desierto —hasta los pájaros han desaparecido, aquellos alados que se movían entre las hojas y los frutos a la caza del insecto—. Los álamos, de canto estremecido que dibujaban sus sombras en las ondas del río, abatidos ya no susurran al viento de la tarde; la sarga que diera airoso y cimbreante mimbre para la laboriosa tarea del cestero, se traslumbra y no sirve al nido del ruiseñor ni del mirlo. Parece como si el mundo en que vivimos no dejara espacio para las cosas buenas: el ritmo del paisaje, lenta, pero inexorablemente, se destruye.

Cerca del Tajo, en soledad amena,
de verdes sauces hay una espesura,
toda de hiedra revestida y llena
que por el tronco va hasta el altura
y así la teje arriba y encadena
que el sol no halla paso a la verdura;
el agua baña el prado con sonido,
alegrando la hierba y el oído.

Garcilaso de la Vega

         Seguir el curso del Tajo desde que entra en Aranjuez hasta que se despide hermanado con el Jarama —otro eslabón dramático—, resulta triste y doloroso. Todo es posible en este curso de aguas con vocación de mar allá en Lisboa. Los sotos que otrora cantaran los poetas, talados y ennegrecidos por la acción del hacha o del fuego, cenagales formados por lentos sedimentos que modifican y distorsionan el curso de las aguas —¡Hace tanto tiempo que el río no limpia fondos!—: cadáveres de árboles sumergidos que amenazan con rasgar las ligeras embarcaciones de los remeros; multitud de envases, botes, cajas, botellas, recipientes, envoltorios, vasijas, estuches —todo un reino del plástico, reluciente u opaco, inunda el lodazal donde anida el azulón y la polla de agua—; residuos de aceites, grasas, trapos, carrocería e interiores de automóviles limpiados, lavados a la orilla del río que nos lleva y que, como es de todos, todos lo hacemos nuestro para defecar tanta inmundicia que un día, tal vez no muy lejano, el Tajo sea el reino de la basura, sobre todo ahora que nos lo están secando y trasfundiendo su sangre —«agua»— a otras riveras que no tuvieron la oportunidad de acoger su cauce a lo largo del curso geológico de España.

El Tajo por Aranjuez. Calle de la Romana

El Tajo por Aranjuez. Calle de la Romana (fotografía CFB)

Herido por el dolor del trasvase
Sobre todo este cantar gozoso del paisaje ribereño, Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad, reluce como una catedral del lujo feudal el trasvase de las aguas del padre Tajo hacia otros paraísos de riqueza cuya justificación no existe ni existió nunca. Dicen algunos entendidos que la media de agua que lamía el cauce del río a su paso por Aranjuez era de 48 metros cúbicos por segundo. Es verdad que aquello provocaba importantes avenidas que dejaban a Aranjuez sin electricidad en aquellos tiempos, cuando no había luz, ni calefacción, ni casi nada y aproximadamente todo estaba apagado. Pero desde que se cerraron las compuertas de Entrepeñas y Buendía el Tajo no ha vuelto a desbordarse. ¿Cuándo fue aquello?, ¿en 1947 o 1948 o tal vez en 1951? Lo mismo da, pero recuerdo yo, en tiempos aficionado a la pesca, haber sido sorprendido por una aparatosa tormenta en lo que era llamado el Culón de Huete y tener que recurrir a un tractor —lo fuimos a buscar a Jabalera— para que nos sacasen el coche, un pequeño seiscientos, de la orilla del pantano. Aquel día en concreto, debíamos estar en abril o mayo, pesqué dos lucios de más de 5 kilos y un “blacbás” de 2. Y esto era posible cerca de Jabalera, cerca de Huete.

         Resulta arduo querer entender el significado de esta situación. La presión que los humanos ejercemos sobre el medio que nos da cobijo se antoja como una macabra fiesta. Hacer posible otra realidad, supondría hacer posible la historia. Recuperar el paisaje que hemos destruido, recuperar el equilibrio de las cosas, recomponer la vida donde hicimos muerte no es balada de románticos, antes que cualquiera otra cosa, es un deber ineludible de supervivencia. Y el primer paso, para recomponer lo destruido es denunciar la existencia del desastre.

El agua: vida amenazada
Los recursos hidráulicos son vida y riqueza para los pueblos. De su inteligente utilización se sigue la posibilidad de que la tierra sedienta se riegue y dé frutos. En los cursos hidráulicos se han asentado los pueblos y han surgido las ciudades. Los recursos hídricos suponen una evidente potencialidad para el desarrollo económico y demográfico de los pueblos de la tierra. Sin agua la vida no es posible, la tierra se desertiza y destruye y el hombre no puede cobijarse, ni nutrirse.

         El Tajo, durante siglos, campó por las tierras de Castilla La Mancha, Madrid, Extremadura y Portugal. Aníbal con sus ejércitos lo pasó cerca de Aranjuez, cuando marchaba sobre Roma. Cual Nilo pequeño, todos los años se remozaba y lavaba la cara, se limpiaba de fondos con grandes avenidas y dejaba un humus vivificador sobre la vega. Vino bien su regulación con los pantanos, ¡no cabe duda!, y dejamos de ver y padecer lo negativo de aquellas grandes avenidas. Pero, desde entonces, el río no ha vuelto a limpiarse de sus miserias que se acumulan y poco a poco, por algunas zonas —intenten si tienen tiempo y ganas una visita a la junta de los ríos— lo van convirtiendo en un pequeño regato maloliente.

         ¿Quién lo duda?, la política hidráulica, tras afirmar que el Tajo tiene agua sobrante, nos ha llevado al lamentable epitafio del sacrificio de nuestro río en favor del Segura y otros cauces. Desde que estas políticas empezaron sus vuelos de moscardón en torno al Tajo, el río se ha ido convirtiendo en un charquito que hiede a putrefacción en verano. Un charquito en el que se vierten residuos urbanos e industriales y que dan lugar a informes alarmantes y aconsejan la prohibición del baño en aquellos lugares donde tantos aprendimos a nadar y a disfrutar del verano.

El Tajo. Calle de Tilos. Aranjuez

El Tajo. Calle de Tilos. Aranjuez (fotografía CFB)

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En el bosque 15

Cecilio Fernández Bustos

 

…que se siembra a boleo y que no importa
que caiga aquí o allí si cae en tierra,
va el contenido ardor del pensamiento
filtrándose en las cosas, entreabriéndolas,
para dejar su resplandor y luego
darle una nueva claridad en ellas.
Claudio Rodríguez

 

Alborada 15

245) Cuando hablamos de formación estamos hablando de lo importante que es invertir en conocimientos. Superando el lastre de propuestas formativas obsoletas, se impone la necesidad de convencer a todos los ciudadanos de la necesidad de la formación permanente. Es decir, hay que estar dispuestos, individual y colectivamente, para incorporarnos a un proceso permanente de acceso a nuevos conocimientos, a nuevas técnicas, a nuevos métodos. En la formación está la clave de avanzar, de descubrir nuevos escenarios e incorporar, permanentemente, soluciones imaginativas que, sin exceder el impacto agresivo al medio ambiente, permitan y faciliten la regeneración de los sistemas económicos y la incorporación de los ciudadanos al disfrute de una calidad de vida aceptable.

246) Después de tantos asuntos pendientes, de tanto esfuerzo apostado, de tanta incertidumbre vivida. Después, ¡qué duda cabe!, después de tanto intentarlo se agotaron las fuerzas y las ganas de seguir el ritmo del vivir.

247) Si bien eran tiempos de dogmas radicales y doctrinas funestas, las flores seguían acudiendo cada primavera.

248) En la negrura nocturna se alza furioso el silencio de las sombras.

249) Repensar el Estado o destruirlo.

250) El estasis de un orgasmo conócelo en el fondo de la herida femenina. Sí, en lo más profundo tiene su reino y tú debes saberlo.

251) Pero, ¿es verdad eso que dicen de que las luciérnagas ya no existen? Sí, me refiero al título de aquel artículo que escribiera Pier Paolo Pasolini: «El artículo de las luciérnagas».

252) Succionar puede ser metáfora de interiorización espiritual y, al mismo tiempo, expresión máxima de la sexualidad —más incluso que la penetración—. Esta concepción sitúa en igualdad, ante el amor, a hombres y mujeres.

253) Cuando ya eres viejo aún persisten el amor y el deseo. Mas, el amor, y toda la vida, ya es pasado o rememoración.

254) Una mirada puede crear un paisaje y una palabra situada en un determinado contexto puede crear o transmitir una emoción.

255) No, los libros no deben quedar abandonados. Solos y sin consuelos, en manos de cualquier furtivo que los acumula para no leer y presumir de biblioteca.

256) La mirada debe dejar desnudo a todo impostor. A todo clérigo, político, filósofo o periodista que mienta y acumule riqueza promoviendo el odio entre las gentes.

257) Dentro de su elemental complejidad el texto precisa arrancar chispas de nuestra mente, casi dormida, para sabernos vivos ante el conocer y el sentir.

258) Son como lampreas, succionan al ciudadano hasta dejarlo sin una gota de interés por la vida.

259) Dicen que el corazón no duele y en su nombre duelen las pasiones: el amor, los celos, el odio.

250) Los cuadros, por hermosos que sean, no tienen fondo, son planos. No obstante, lo que vemos es el arte del pintor que lo ha creado y es ahí donde surge la emoción del espacio, la música y el tiempo. ¡Y en los más logrados, como en la poesía, podemos encontrar y percibir el ritmo!

Invierno en Aranjuez. Reapertura del Jardín del Príncipe después del vendaval del 30 de agosto (fotografía CFB)

Invierno en Aranjuez. Reapertura del jardín del Príncipe después del vendaval del 30 de agosto (fotografía CFB)

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Dar las gracias 17

El viaje definitivo 2

Cecilio Fernández Bustos

 

 

Dices que nada se pierde
y acaso dices verdad,
pero todo lo perdemos
y todo nos perderá.
A. Machado

 

Finalizaba el año 2011 cuando puse en este blog una entrada titulada «El viaje definitivo 1». Aquellos que suelen leer estos trabajos lo recordaran pues tuvo una buena acogida. No propendo a la investigación. Soy más dado a la improvisación y al escarceo sin demasiado orden. Tal vez esta actitud mía sea la razón de que hayan pasado más de cuatro años sin que volviera sobra este asunto tan importante a mi entender. Supongo que ya saben que hablo de la muerte. Sí, de la muerte real que a unos ya les llegó y a otros nos espera.

Aquella entrada de diciembre de 2012, iba bajo el denominador común de «Dar las gracias». Esta denominación trata de singularizar aquellos textos que incorporo como citas de especial significado para mí. De este modo dejo ver cuáles son algunas de mis lecturas más queridas y las señalo por si a los lectores pueden interesarles o ya las han disfrutado y las restituyen a su color y sabor, al tiempo que yo doy las gracias a sus autores por haberlas creado. Como pueden comprender no cálculo lo que digo y así, lo que cito, queda flotando sobre las aguas del discurso del lector, que lo incorpora o rechaza.

Hoy vuelvo a estas citas sobre el acontecer final con tres bellos poemas. El primero de José Ángel Valente: se trata de un fragmento de Elegía, perteneciente a su libro «Nadie (1993-1994)», publicado en El fulgor. Antología poética (1953-1996) . El segundo y el tercer poemas son de Antonio Colinas, y ambos forman parte del libro Del ser y del no ser (el tercero, «II Isla», es la segunda parte del poema titulado Variaciones sobre dos temas de Rilke)

JOSÉ ÁNGEL VALENTE

Si después de morir nos levantamos,
si después de morir
vengo hacia ti como venía antes
y hay algo en mí que tú no reconoces
porque no soy el mismo,
qué dolor el morir, saber que nunca
alcanzaré los bordes
del ser que fuiste para mi tan dentro
de mí mismo,
si tú eras yo y entero me invadías
por qué tan ciega ahora esta frontera,
tan aciago este muro de palabras súbitamente heladas
cuando más te quiero,
te digo ven a veces
todavía me miras con ternura
nacida solo del recuerdo.

Qué dolor de morir, llegar a ti, besarte
desesperadamente
y sentir que el espejo
no refleja mi rostro
ni sientes tú,
a quien tanto he amado,
ni anhelante impresencia.

(Elegía: fragmento)

Invierno en Aranjuez. Jardín del Príncipe (fotografía CFB)

Invierno en Aranjuez. Jardín del Príncipe (fotografía CFB)

 

 

ANTONIO COLINAS

La violonchelista Alma Moodi interpreta
A Bach en el Funeral de Rilke

Nada importan los versos ni la música.
Nada importa la gloria.
Nada importa la muerte del poeta,
cualquier muerte.
Solo es cierto ese cuerpo de mujer
que quiere rescatar, desesperadamente,
con la de Bach, aquella otra música
de los versos de Alguien (nos parece)
pretende silenciar cuando muere un poeta.

Sólo importa ese cuerpo
que contemplan los ojos turbados por las lágrimas,
y los brazos (tan blancos)
que juegan con la música, que hacen olvidar
los versos, y que juegan con los vivos
a eternizar un tiempo que sabemos
fugaz, y que a su vez está jugando
con la muerte.

Versos, músicas, juegos
del alma resbalando por su carne
que aún ama y que aún sueña y que aún canta,
sin morir todavía.

II

Isla

Produce un dolor agudo y muy sublime
tener que abandonar lo que se ha amado mucho
y aquello que los nuestros más amaron,
pues en ti y con tu luz, oh isla mía,
conformamos los cuerpos, la sangre que nos une.
Debimos renunciar a lo esencial,
tuvimos que dejar cuanto era nuestro,
aunque, al parecer, no nos pertenecía.
¡Ingenuos! ¿Es que son
de algo propietarios los humanos?
¿No es la tierra del aire y el aire de la lluvia?
¿Les pertenece algo a los van sin remedio a la fosa?

Allá, en tus serenos estanques, donde hubo
hondura, nos pudimos reflejar claramente,
pero junto a tu mar, que es la mar de la vida,
las olas deshacían de continuo esa imagen.
Y si no fuiste nuestra, ¿Qué hacen estos espinos,
inconfundiblemente bellos,
inconfundiblemente tuyos,
clavados en mis manos?
¡Fueron tan entrañables tus seres para mí!
¡Los amamos tan fuerte
que ya no los veíamos, de tan cerca que estaban!
(Quizá fuera por eso que ellos también dejaron
de vernos a nosotros.)

Y tuvimos que irnos hacia el frío,
aunque aquel muro blanco y el jardín
allí, indemnes, quedaron.
El uno, perpetuando el amor luminoso;
difundiéndolo, el otro, en aroma y verdor.
Y nos tuvimos que marchar. ¿Por qué?
No logramos saberlo, ni debe preocuparnos.
Acaso hay haya sido sólo por el deseo de partir,
y sentirnos más vivos y más libres;
partir para una cita sin hora y sin lugar,
donde mirar mucho más cerca el rostro
de la Misteriosa.
Temíamos que en esa encrucijada,
que en ese umbral de espanto,
hubiera una salida sin salida,
cuando (metamorfosis de los seres)
sólo hallamos la entrada a una vida más nueva.

La conciencia está en paz.
sublime es el dolor cuando el alma se expande
y se confunde con todos y con todo.
¿Quién no ha sido hijo pródigo una vez?
No encerrarse, sin salir
a sembrar la luz.
Sembrar es lo que importa,
aunque hayamos de hacerlo
bajo el cielo más puro
o bajo el huracán.

Rilke y una de sus amigas contemplan "El Tajo" excavado por el río Guadalevín (fotografía CFB)

Rilke y una de sus amigas contemplan en Ronda (Málaga) “El Tajo” excavado por el río Guadalevín (fotografía CFB)

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Pues sí, señor, seguimos donde siempre

Cecilio Fernández Bustos

 

Bueno, todo se arreglará. Pero hoy no me falles, ¿eh? A las cuatro. Lávate bien antes. Y ya sabes, en boca cerrada no entran moscas. Sobre todo.
Juan Marsé (de Si te dicen que caí)

Pues sí, señor, seguimos donde siempre: ¡cruzando las fronteras en busca del pan o de la paz!, que viene a ser lo mismo cuando el hambre aprieta. ¡Qué claro lo vio el poeta Ángel González!, dejándolo escrito en un poema singular del que brotaba triste dolor. Debió escribirlo después de un viaje a Colliure, pues el poema se titula «Cementerio de Colliure». Cuanta similitud y cuanta vergüenza: el camino es el mismo, el que nos lleva a la tumba del poeta y el que nos lleva al trabajo que no nos da España.
Mañana martes, 12 de enero de 2016, se cumplen ocho años de la muerte de Ángel González. Ocho años sin oír su voz física, mas su legado, ¡su voz de poeta y de hombre en su tiempo!, ahí está esperando ser leída por todos cuantos amamos la poesía y por todos los que aún no se han encontrado, ¡frente a frente!, con alguno de los poemas de nuestro poeta. Yo los convoco y les invito a leer un poema de ayer: «Parque para difuntos» — el poema pertenece al libro Tratado de urbanismo publicado en la colección El Bardo en 1967; en aquel tiempo, Ángel González y también yo éramos muy jóvenes—

 

PARQUE PARA DIFUNTOS

En el jardín germinan los cadáveres.
La pompa de la rosa
jamás, no, nunca es fúnebre.
Únicamente, al entreabrir sus pétalos
devuelve una de tantas
sonrisas que no, nunca, jamás se produjeron
y que la tierra se tragó nonatas.
Lo mismo
podríamos afirmar de las magnolias
respecto
al impreciso nácar de esas ingles
jamás, nunca, no vistas hasta ahora
con una opacidad tan delicada,
luminosa y sombría al mismo tiempo

(Pienso:
cuando tú hayas muerto,
¿qué flor será capaz de recoger
aunque tan sólo sea
una mínima parte
del perfil delicado de tu cuello?;
jamás, ninguna, nunca,
-pienso.)

La brisa,
al conmover las ramas del cerezo,
dispersa
una eyaculación de leves hojas blancas
sobre los ojerosos pensamientos:
así retorna al aire un afán enterrado,
vuelve a latir, regresa
un perdido deseo.
Hay margaritas entre el césped -¡cuántas!
Circulan transeúntes macilentos
por los senderos soleados. Rezan
—luego existimos, creen. Pasan
sin escuchar el grito luminoso
de los lirios,
sin advertir el gesto
de las dalias doradas, que señalan
sus lúgubres figuras con sus múltiples dedos.

Pronto lo veréis todo a través de mi tallo
—susurra un nomeolvides—,
periscopio final de vuestros sueños.

 

Ángel González. Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez, 2008

Ángel González. Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez, 2008

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En el bosque 14

Cecilio Fernández Bustos

 

El modo más seguro de corromper a un adolescente es incitarlo a estimar más a los que piensan igual que él que a los que piensan de manera diferente.
Friedrich Nietzsche

Alborada 14

227) Esculpe y unce tu voluntad a la tierra que te cobija. Tiende tu mano y aprieta la que te tiende tu hermano. Mañana, sí mañana será la fiesta.

228) Cuando despertaron los españoles, el Dictador todavía estaba allí.

229) Opinar es comprometerse.

230) Todo laberinto tiene una salida.

231) A estas alturas de la historia ya no deberían existir las guerras. ¿Cómo se apañaran los dioses para recomponer tanto cuerpo destrozado por la metralla?

232) Todo sacrificio, sea o no voluntario, genera dolor. Y todo dolor es causa de infelicidad.

233) Ya lo dijo Luis Cernuda, no hay nada mejor, para unir el cielo con la tierra, que el torbellino del aleteo de labio a labio.

234) Dios es el principal símbolo del poder y de la personalización ‘identitaria’. Él premia y castiga. Señala a unos hombres y a unas instituciones para que lo representen y ejerzan el poder en su nombre. El poder se ejerce disponiendo de las herramientas adecuadas, entre las que destaca el castigo en todas sus manifestaciones. Y aquí trabajan las iglesias, los estados y los grupos de conjurados en todos los ámbitos hipotéticos de la conjura.

235) La muerte no, la muerte no es castigo divino excepto cuando los hombres solos o en grupo se revisten del poder divino y ejecutan a sus iguales porque rompen el hilo de la identidad y pertenencia.

236) Cierto, hubo un tiempo en que era más sano comer. Mas igual de cierto era que se comía menos y, lo más lamentable, eran menos los que comían.

237) El azar y lo causal nutren la belleza de lo que se espera.

238) Vivir y convivir. Degustar el placer de escuchar y tolerar. Saber que hay otros modos de pensar y, por pensar, también hay modos distintos de vivir. Igualmente hay diversas formar de amar y de sentir. Para servir a la tolerancia es fundamental la educación.

239) Asunto complicado: ¡compartir!

240) No nos teníamos que morir nunca, pues siempre hay algo que hacer.

241) El tiempo es el mayor enemigo de nuestro ocio.

242) Dejadme, dejadme pasar, yo también quiero participar en esta fiesta: sí, estoy vivo y veo caer las manos sobre las teclas del piano.

243) Despierto acaricio los recuerdos. Si duerno sueño con el porvenir.

244) ¿Quién se atreve a poner límites a la imaginación? Acaso, ¿puede llegar tan lejos la osadía de los confesionarios?

Calle de Lemos. Otoño en Aranjuez (fotografía CFB)

Calle de Lemos. Otoño en Aranjuez (fotografía CFB)

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El jilguero, colorín sobre el cardo

Cecilio Fernández Bustos

 

A Paco Izquierdo, en el recuerdo

 

El reloj del cariño
tiene una máquina
que adelanta unas veces
y otras atrasa.
Y es fuerte cosa
que no hay un relojero
que la componga.
Manuel Machado

Cuando llegan estas fechas me suelo poner nostálgico y no puedo evitar los enamoramientos con la memoria. Hace siete años que coincidí con Luis García Montero en el Aula de Poesía José Luis Sampedro. Le pregunté por un amigo muy querido del que nada sabía desde hacía más de quince años. Mi amigo, Paco Izquierdo, granadino como Luis, hacía dos o tres años que había muerto según me dijo el poeta. Si aquello sucedió hace siete años, la muerte de mi amigo ya va quedando lejos. En realidad mi amigo murió en Madrid el 3 de septiembre de 2004, luego se han cumplido once años de su fallecimiento. ¡Qué lejos, pero que cercano!

Paco Izquierdo me acompañó a Aranjuez para presidir el Jurado que otorgó los Premios de Pintura del Casino Aranjuez en 1971 o tal vez 1972. Coincidió en el Jurado con Blanca Prieto, ella lo recordará. Mi amigo era un hombre jovial, elegante y simpático. Pintor, galardonado hace muchos años con el Premio Nacional de Pintura y escritor de una excelente prosa irónica y certera. Además fue editor y mecenas de nuevos escritores. En la nómina de sus descubrimientos está la publicación de los primeros poemarios de Luis Antonio de Villena, Sublime Solárium y Luis Alberto Cuenca, Los retratos —Editorial AZUR / Madrid, 1971— El libro de Villena lo presté o lo perdí, el de Luis Alberto aún lo conservo.

Jilguero (bajado de Internet)

Jilguero (bajado de Internet)

En la primavera de aquel año, el de la publicación del primer libro de los poetas citados, Paco y yo hicimos un viaje extraordinario en su muy gastado SEAT 124. Recorrimos bellísimos lugares de Andalucía oriental y tras descubrir el salmorejo en Andújar, —descubrirlo yo, no Paco—, recalamos en su tierra y en la casa de su madre en la Granada de Federico García Lorca. Yo ya conocía Granada y parte de su embrujo, es una de las ciudades con más significativos recuerdos para mi andadura por la vida. Allí descubrí el maravilloso mundo de la Alhambra y la Alcaicería, Allí fui nombrado Presidente Nacional de la VOJ. También allí dicté dos conferencias en 1966, una en la universidad y la otra en un colegio mayor, que me ocasionaron, ¡quién lo iba a pensar!, serias dificultades. Y fue en Granada, junto con Málaga, donde viajé con Loli, mi mujer, en la celebración de lo que entonces se llamaba luna de miel. Después hemos vuelto en varias ocasiones y, ¡sí!, Granada es una de las ciudades de mi alma.

Santa Águeda. Muchacha siciliana martirizada hacia el año 251. Entre los tormentos a que la sometieron está el de haberle cortado los pechos. (Óleo sobre tabla)

Santa Águeda. Muchacha siciliana martirizada hacia el año 251. Entre los tormentos a que la sometieron está el de haberle cortado los pechos. (Óleo sobre tabla)

Pero no es de mí de quien quiero hablar en este artículo si bien el sentido me lleva y me trae a su voluntad, casi dirigiéndome el pulso de las palabras como aquello del monólogo interior. Es cierto, pues, que me sale de adentro y que no manejo ninguna nota. Tal vez, en el fondo, lo que ando buscando es la posibilidad del relato espontáneo, fresco y emblemático, sin remolinos ni envolturas, para restablecer el esplendor de los recuerdos. En efecto, siempre me ha interesado vivir al rescoldo de lo ya vivido. No quiero decir que no me haya tentado la aventura y el riesgo del futuro, que me tentó y me tienta. Y aún, pese a acusar cierto desplome —el tiempo nos pasa su cuenta—, no renuncio a innegables intereses con cordura y sin ambiciones.

Pues bien, como iba diciendo, a Paco Izquierdo lo conocí en 1967. Por aquellos tiempos yo trabajaba de vendedor de papel, si de vendedor de resmas y fabricaciones de papel, para editoriales y empresas de ese tenor, lo que era PPC, propietaria de la Editorial Marsiega. Paco Izquierdo trabajaba allí como escritor e ilustrador y además era socio fundador de la empresa. Su apostura humana, su simpatía, su lucidez alcanzaban en cualquier dialogo notas de encantamiento. Andaluz de Granada, epicureista sin disimulo y con la arabia en los ojos, hacían de mi amigo uno de los más sensibles seductores que yo haya conocido. Desde que lo conocí supe que había encontrado un amigo. Y los amigos, esa dicha dispersa que poco abunda, se incorporan a nuestra complejidad y dan aire a nuestra experiencia formando parte de eso que somos y que recuperamos con la sutil mecánica de la memoria.

Catálogo de la Exposición celebrada en Tienda de Arte en mayo de 1971

Catálogo de la Exposición celebrada en Tienda de Arte en mayo de 1971

Dos fueron las exposiciones que de su pintura tuve la oportunidad de organizar. La primera, magnifica, —dibujos y pinturas sobre arpillera— tuvo un gran éxito de público, crítica y ventas. Se celebró en el otoño de 1969 en la galería CULTAR. Más tarde, en la primavera de 1971, organizamos la segunda en la galería Tienda de Arte, bajo el título de Retablo de Iconografías —pinturas i dibujos—. Muestra, esta última, en la que el artista nos revelaba su gran oficio y el dominio de la “cocina” plásticas, junto a una creatividad casi barroca, endiabladamente original y plena de ironía.

Recuerdo mis encuentros con Paco por Madrid acompañado de su inseparable Juan Barberán. Siempre eran un festín sus anécdotas, sus bromas, sus noticias. Su casa, además de muchos cuadros (propios y ajenos) y libros, tenía una estantería gigantesca adosada a una pared del salón que daba cobijo a la colección —completa en aquel momento— de la colección «Clásicos Castellanos» de Espasa-Calpe. De Paco Izquierdo se podía decir que conocía a todo el mundo y que su amistad era una experiencia llena de registro y bondades, pues, era un hombre culto, simpático y jovial.

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La fiesta del otoño

Cecilio Fernández Bustos

 

El bosque de la isla de Aranjuez es el más bello de los jardines de Europa por la inverosímil altura de sus árboles y la fuerza natural de su desarrollo, que escapó a la castradora tiranía de la poda.

José María de Areilza

Me gusta el otoño. Lo he dicho y lo he escrito tantas veces que habrá quienes me tachen de reiterativo y tendrán razón. Seguro que se repitan las frases, las imágenes, las ideas, el discurso. Así que, sin más rodeos, un vez más voy a decir algo del otoño. Siempre que hablamos de algo estamos proponiendo ese algo. Y lo estamos proponiendo como idea, como recodo, como opción, como ilusión o, tal vez, como pasión. En este caso, tratándose del otoño en Aranjuez, ¡no les quepa ninguna duda!, lo vamos a tratar como pasión, confluencia de deseos, afectos y concilios.

Paseo junto a la Ría. Jardín de la Isla. Aranjuez (fotografía CFB)

Paseo junto a la Ría. Jardín de la Isla. Aranjuez (fotografía CFB)

Han pasado muchos años, tantos que ha desfilado casi toda la vida. Tal vez el otoño y el paso de los años nos legitiman para hablar de nosotros mismos. De lo visible y de lo invisible. De los juegos y de las fraternidades. De las agresiones recibidas y de las heridas causadas. No todo en el otoño, aunque sea el de Aranjuez, lo forman cabelleras rubias o cobrizas deshaciéndose en el viento para alfombrar el laberinto formal de los suelos y las aguas estancadas a cuya sombra invernaban las carpas.

Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

La pulpa de los pigmentos y los aceites se deslizan sobre la tela y se dejan sobar por la mirada del artista que crea, por el amor, su mundo y que enlazando sombras y luces va dejando un suspiro en el alma de las formas. Y aunque el furor del viento y el sofoco del rayo nos limiten la belleza, seguiremos buscando el eslabón del tiempo y nos cobijaremos bajo el paisaje que nos abre en canal las antiguas servidumbres, aquellas que oficiaban imberbes y elocuentes sacerdotes. Estamos convencidos  y soñamos con ese convencimiento que las luces filtran en el tupido deambular del aire y de las hojas. Y las hojas, ¡ay, las hojas!, panal para endulzar los sueños y los delirios más confusos, caleidoscopio. ¡Claro que sí!, Aranjuez es en otoño un delirante suplicio de belleza como dijera Guillermo Carnero: «Raso amarillo a cambio de mi vida».[1] Venid pues amigos que Aranjuez os recibe y os alberga y concede el encanto de sus árboles y vegas y ahora, en otoño, os tiende una alfombra de suaves amarillos y refulgentes ocres, cobres y oros, de donde levantaran el vuelo aquellas trovas de alegría de ayer. Demos, pues, en esta tarde otoño ribereño, una empujón a todo cerco de hostilidad y gocemos de luces, frutas y colores y, si se tercia, traseguemos ese buen vino que el sol fundió en aromas y sabores. Sí, Aranjuez en otoño alcanza el límite tangencial en que «belleza y verdad coinciden».[2]

Jardín. Aranjuez (fotografía CFB)

Jardín. Aranjuez (fotografía CFB)

[1] Guillermo Carnero. Capricho en Aranjuez (De Dibujo de la muerte. 1967)

[2] Edgardo Dobry. El dios abandona a Antonio. Historia, mito y traducción en torno a un poema de Kavafis

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