La fiesta del otoño

Cecilio Fernández Bustos

 

El bosque de la isla de Aranjuez es el más bello de los jardines de Europa por la inverosímil altura de sus árboles y la fuerza natural de su desarrollo, que escapó a la castradora tiranía de la poda.

José María de Areilza

Me gusta el otoño. Lo he dicho y lo he escrito tantas veces que habrá quienes me tachen de reiterativo y tendrán razón. Seguro que se repitan las frases, las imágenes, las ideas, el discurso. Así que, sin más rodeos, un vez más voy a decir algo del otoño. Siempre que hablamos de algo estamos proponiendo ese algo. Y lo estamos proponiendo como idea, como recodo, como opción, como ilusión o, tal vez, como pasión. En este caso, tratándose del otoño en Aranjuez, ¡no les quepa ninguna duda!, lo vamos a tratar como pasión, confluencia de deseos, afectos y concilios.

Paseo junto a la Ría. Jardín de la Isla. Aranjuez (fotografía CFB)

Paseo junto a la Ría. Jardín de la Isla. Aranjuez (fotografía CFB)

Han pasado muchos años, tantos que ha desfilado casi toda la vida. Tal vez el otoño y el paso de los años nos legitiman para hablar de nosotros mismos. De lo visible y de lo invisible. De los juegos y de las fraternidades. De las agresiones recibidas y de las heridas causadas. No todo en el otoño, aunque sea el de Aranjuez, lo forman cabelleras rubias o cobrizas deshaciéndose en el viento para alfombrar el laberinto formal de los suelos y las aguas estancadas a cuya sombra invernaban las carpas.

Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

La pulpa de los pigmentos y los aceites se deslizan sobre la tela y se dejan sobar por la mirada del artista que crea, por el amor, su mundo y que enlazando sombras y luces va dejando un suspiro en el alma de las formas. Y aunque el furor del viento y el sofoco del rayo nos limiten la belleza, seguiremos buscando el eslabón del tiempo y nos cobijaremos bajo el paisaje que nos abre en canal las antiguas servidumbres, aquellas que oficiaban imberbes y elocuentes sacerdotes. Estamos convencidos  y soñamos con ese convencimiento que las luces filtran en el tupido deambular del aire y de las hojas. Y las hojas, ¡ay, las hojas!, panal para endulzar los sueños y los delirios más confusos, caleidoscopio. ¡Claro que sí!, Aranjuez es en otoño un delirante suplicio de belleza como dijera Guillermo Carnero: «Raso amarillo a cambio de mi vida».[1] Venid pues amigos que Aranjuez os recibe y os alberga y concede el encanto de sus árboles y vegas y ahora, en otoño, os tiende una alfombra de suaves amarillos y refulgentes ocres, cobres y oros, de donde levantaran el vuelo aquellas trovas de alegría de ayer. Demos, pues, en esta tarde otoño ribereño, una empujón a todo cerco de hostilidad y gocemos de luces, frutas y colores y, si se tercia, traseguemos ese buen vino que el sol fundió en aromas y sabores. Sí, Aranjuez en otoño alcanza el límite tangencial en que «belleza y verdad coinciden».[2]

Jardín. Aranjuez (fotografía CFB)

Jardín. Aranjuez (fotografía CFB)

[1] Guillermo Carnero. Capricho en Aranjuez (De Dibujo de la muerte. 1967)

[2] Edgardo Dobry. El dios abandona a Antonio. Historia, mito y traducción en torno a un poema de Kavafis

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