Las calles de Aranjuez 7

Calle de Stuart

Cecilio Fernández Bustos

 

A mis primos: José María, Ramón y Julio

 

El privilegio del origen, en los hechos humanos, es, al par, el privilegio del sentido: vislumbrar razones y causas con cuyo conocimiento sea posible evitar que los comportamientos se deslicen, colectivamente, hacia la destrucción de los individuos.

Emilio García Lledó

 

 

En la calle Stuart siempre hubo muchas cosas interesantes, allí se  gestaba el magma social del Aranjuez que conoció mi amigo. La mayoría de las tiendas de confección, las zapaterías, el cine de Canina, las bicicletas Casa Bernardino y las bicicletas Casa Marcos, la Librería Garpaje. Un casino, dos casinos, tres casinos: el de Industria y Comercio, el de los Militares y el del Círculo Agrario. Las peluquerías de Boni, Toro, la de mi peluquero, el señor Ángel, Castaña, Talavera y alguna que seguramente olvido. Imprentas, estación de autobuses, banco Vizcaya y Caja Madrid —en un local que otrora fue ferretería—, peluquerías y algunos bares muy representativos. Incluso un local donde se bailaba y se organizaban veladas de boxeo. Y, siempre gobernando, el Ayuntamiento ubicado en la Casa de empleados y la plaza de la Constitución. Al principio de la calle, con esquinas y fachadas a las calles de la Reina y del Príncipe estaba el hotel Pastor, hoy colegio de SAFA y ayer palacio del valido de Carlos IV, Manuel Godoy, Príncipe de la Paz y, cuando mi amigo era niño, residencia de una familia—familia de la que surgieron algunos buenos futbolistas—  dedicada al transporte de peatones en vehículos tirados por caballos y al negocio de los taxis, ya vehículos con motor de explosión. También estaba el magnífico  Mercado de Abastos; según nos dice Ángel Ortiz[1] «El Mercado Público de Aranjuez es el primer edificio importante construido por una Corporación municipal». Al final de la calle uno podía darse de frente con la plaza de toros, «la bicentenaria». En esta calle vivían mis primos José María, Ramón y Julio que se fueron a Madrid para siempre y por allí siguen.
         Paquito, el amigo que me lleva de su mano, durante varios años, anduvo fuera de Aranjuez. Cuando terminó el Servicio Militar, la Mili, se fue a vivir a Madrid. Pero siempre que tenía una ocasión, aunque solo fuera por unas pocas horas, regresaba a Aranjuez. Aquí estaban la novia, los padres, las hermanas y hermano, los sobrinos, primos y primas, tíos y tías, los amigos y la ciudad —sus calles, sus jardines, el campo y el río—, en fin todo lo que le interesaba en aquel tiempo. El viaje más cómodo lo hacía en autobús, cuando los AISA estaban en el paseo de las Delicias de Madrid, pero hubo un momento en que pudo disponer de una moto, una escúter de la marca Vespa y a partir de esa posesión solía venir a casa y volver a Madrid en moto. Aquello sucedía en los primeros años sesenta del siglo XX y el tráfico nada tenía que ver con el de hoy.
Calle de Stuart -Calle arriba, calle abajo- (fotografía CFB)

Calle de Stuart -Calle arriba, calle abajo- (fotografía CFB)

 

         También solía viajar frecuentemente por toda la geografía española. Aquellos viajes, siempre relacionados con el trabajo que en aquel tiempo hacía, le dejaban pequeñas rendijas de tiempo para hacer turismo en todas las ciudades que visitaba. Así, conocía calles, edificios, jardines. Algunas de aquellas ciudades le causaron una profunda impresión —nunca volvería a disfrutar de una visita a la Alhambra granadina como lo hiciera en aquellos tiempos, acompañado por un amigo ilustrado y sin turistas—. También tuvo oportunidad de degustar, en plan barato o invitado por los amigos o sus familiares, algunos de los platos más sabrosos del Cantábrico, de Andalucía, de Levante, de Cataluña o del interior. De hecho, no es que se dedicase a este deporte pero, si se terciaba, no solía negarse. Para resumir, ya que no es este el tema del artículo, citaré solo dos comistrajos de aquel tiempo y aquel trabajo que mi amigo degustó. En una ocasión, en Gijón, un compañero que andaba de patrona, le invito a comer en aquella casa y la sorpresa fue que, detrás de una fantástica fabada, bien surtida de excelentes fabes y los no despreciables frutos del cerdo, pusieron sobre la mesa unos pollos camperos asados al horno y una fuente de huevos fritos. El otro recuerdo le lleva a Huelva, a una corrala gigantesca —me río yo, dijo Paquito, de las de la calle Stuart— en uno de cuyos pisos vivía su amigo con sus padres y hermanos; el padre de mi amigo quiso obsequiarme, comentó, y me recibió a su mesa sobre la que esperaban una inmensa fuente de gambas blancas cocidas, ¡de Huelva, claro está!, y otra de pescada o merluza, como ustedes quieran nombrar, cocinada en salsa verde. Si Cervantes hubiera gozado de aquellas oportunidades que tuvo este ribereño para yantar manjares, tal vez los hubiera incluido en las bodas de Camacho.
Y sin embargo, ¡aún quedan corralas! (fotografía CFB)

Y sin embargo, ¡aún quedan corralas! (fotografía CFB)

 

         Debería disculparme de este devaneo pues de lo que yo quiero escribir en esta ocasión es de la calle de Stuart de Aranjuez. La calle de Stuart ha sido una de las calles más importantes y comerciales de Aranjuez, especialmente en mi infancia, adolescencia y juventud. No solo en Aranjuez se encuentra una calle con el nombre de un inglés, en Andalucía abundan. La calle de Stuart tiene su origen, como una princesa, en la mismísima calle de la Reina y avanza de norte a sur atravesando las calles del Príncipe, de las Infantas, del Real, de San Antonio, Gobernador, de Abastos, de San Pascual, Naranja, de la Rosa, de las Eras, de la Calandria y encuentra su final en la avenida de la Plaza de Toros —mal lugar para morir aunque se trate de una calle— El nombre de esta calle se funda, según puedo leer en un texto de mi amigo Luis de la Vega,  Calle Stuart «La Calle Stuart se denomina así por el propietario de la primera vivienda que se edificó en esa calle, la de Pedro Fitz-James Stuart y Ventura Colón de Portugal, marqués de San Leonardo, título concedido en mayo de 1764. Nació en Madrid en 1720. Era hijo segundo del tercer duque de Berwick y de Liria. Primer caballerizo del rey Fernando VI, gentilhombre de cámara, teniente general de los RE, Almirante de España y hermano del James Edward Fitz-James Stuart y Ventura Colón de Portugal, Duque de Veragua y de Berwick, origen del actual linaje de la Casa de Alba y genealógicamente descendientes de Cristóbal Colón»[2].
         Es ésta una de las calles que más ha bailado su nombre durante el pasado sigloXX, de nuevo mi amigo Luis, en su entrada citada, nos cuenta que «En el año 1929, cambio esta calle su nombre por el de Reina Dª María Cristina; en 1931 pasó a denominarse Pablo Iglesias; tras la guerra civil, en 1939 volvió de nuevo a cambiar su nombre llamándola Calle del Generalísimo Franco hasta 1980, en que se le devuelve su nombre original»[3].
Como indica su nombre (fotografía CFB)

Como indica su nombre (fotografía CFB)

 

         De la calle de Stuart conservaba mi amigo muchos recuerdos imborrables. Tal vez sea el más universal y compartido el ambiente que se formaba la noche de fin de año. Un conocido ciudadano tenía la sabia costumbre de pasarse toda la noche, ¡sí!, han entendido, ¡toda la noche!, calle arriba, calle abajo tocando una singular zambomba, por cuya caña subía el pellejo de un conejo. De tramo en tramo hacía una parada y trasegaba indistintamente brandy o aguardiente de las botellas que guardaba, una a la derecha otra a la izquierda, en los bolsillos del chaquetón con que se abrigaba. Se tocaba con un gorro, bien para el frío o para calentar el alcohol que cambiaba de las botellas a su estómago. Hace muchos años que no paseo la calle de Stuart las noches de fin de año, pero Paquito me comentó que aquel señor de la zambomba del conejo, había sido sustituido por su hijo. ¡Hijo o espíritu, todas las noches de fin de año!
         La calle de Stuart es camino inmejorable para acercarse al jardín del Príncipe o a tomar una cerveza en El Rana Verde, ese magnífico restaurante cuyos reflejos se mecen en las aguas del Tajo. No lo dudes, te hablo de ese Tajo cantado en excelente soneto por el poeta José García Nieto[4].

 

Reencuentro del Tajo en Aranjuez

Te vi, río que viera una mañana,
después, mucho después, temblando acaso
como agua presa en el gozado vaso
de la más delicada porcelana.
 
Sobre la piedra, el cielo, malva, grana,
se iba haciendo frutal en el ocaso.
Y el río, rama, verso, ¡oh, Garcilaso!
deshacía su música cercana.
 
Distribuyendo, repartiendo notas,
arpas de mármol, brazos de mujeres,
hojas del árbol fácil, confundía…
 
Río después cantado, rimas, gotas:
Narciso, Apolo; cisne, Hércules, Ceres,
el nombre por la fuente a la armonía.

 

         Si subes calle arriba (o calle abajo), con un ligero trote como de caballo bien educado. No obstante, va derrotando a izquierda y derecha como un toro mal criado. Los chiquillos se abren espantados y se paran a una distancia lógica para su rápida huida si es necesaria. Estamos, amigo mío, en la calle Stuart de Aranjuez. Hubo un tiempo, años cuarenta, cincuenta y sesenta, en que esta calle fue la preferida de la industria comercial, de las cañas de cerveza bien tiradas y de las terrazas. ¿Tú recuerdas el toldo del bar Sol?, cuando lo desplegaban como si se tratara de la vela de una goleta, uno podía creerse que estaba en Sevilla, sí, en Sevilla, en la mismísima calle de las Sierpes.
         La calle de Stuart la recuerdo, dice mi amigo, asfaltada siempre. Posiblemente esta calle con asfalto y la calle de San Antonio adoquinada hayan sido las primeras calles sin barro en días de lluvia o nieve de Aranjuez. Ambas calles eran paseo obligado de las tardes de domingo hasta la hora del cine. Los que iban al cine por esta razón y los que no iban al cine porque ya no había nada que hacer por la calle en los fríos inviernos del Aranjuez del brasero y la badila. A la postre, los amores buscados se encontraban casi siempre en la encrucijada de estas calles —las cuatro esquinas, tan nombradas como los jardines, guardan el espíritu civil de la Villa de Aranjuez y el dulce permanente de la pastelería La Madrileña—. Después de tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, como en las fábulas, un domingo cualquiera el chico se decidía y se acercaba a la chica que, en tantos cruces, le había aguantado la mirada y se iniciaba una conversación torpe, ingenua, entrecortada que, no obstante, en la mayoría de los casos era el preámbulo de unas vidas cosidas  para siempre. Más tarde, en pasado algún tiempo, si tenían dinero suficiente, se tomaban unas gambas a la plancha o unos calamares fritos y dos cañas de cerveza en Casa Jacinto. Si la película era interesante y conseguían entradas, algún domingo, la chica y el chico iban al cine.

[1] Ángel Ortiz Córdoba. El Mercado de Abastos. Algunas páginas de la historia de mi pueblo. Doce Calles / Aranjuez, 1898

[2] Publicado por Caminantes en Aranjuez en lunes, octubre 15, 2007

[3] Publicado por Caminantes en Aranjuez en lunes, octubre 15, 2007

[4] https://cecibustos.wordpress.com/2010/08/15/jose-garcia-nieto-reencuentro-del-tajo-en-aranjuez/

 

Alfonso XII contempla a los ribereños (fotografía CFB)

Alfonso XII contempla a los ribereños (fotografía CFB)

 

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16 comentarios

Archivado bajo Calles de Aranjuez

16 Respuestas a “Las calles de Aranjuez 7

  1. el mejor relato que he leído y me ha interesado del Aranjuez que han abandonado; Saludos

    • cecibustos

      Pedro, tú, como los griegos clásicos y helénicos, siempre a tiempo, siempre oportuno en tus apreciaciones. Ambos sabemos que es importante la razón que ha de llevarnos al espacio de la memoria y de la sociedad.
      Muchas gracias, amigo, por tu comentario.
      Cecilio

  2. Pablo

    Magnifico relato Cecilio, se hace corto y el lector pediríra que continuase hasta el infinito. Numerosas horas de nuestra vida se han desarrollado en este paisaje que nos describes que junto con el cine han llenado de recuerdos imborrables nuestro equipaje por la vida.Que pena el pálido reflejo que tiene hoy la calle Stuart de lo que fué, con que gusto volvería uno a empezar.
    Sigue escribiendo nuestra historia, nos lo debes.
    Un abrazo maestro.
    Pablo.

    • cecibustos

      Querido Pablo, hoy como ayer, pendientes tantas cosas, solemne y dulcemente el tiempo espira. Nos dejó su huella, ¡qué duda cabe!, y por ahí —huella o herida— transcurre nuestra época y su ironía. Nuestras cabezas no se alzarán en inmortales, más evidente es que hemos construido y, ¡por dios!, seguimos construyendo. A veces, no obstante, olvidamos asuntos; tu razón es justa, seguiremos escribiendo mientras haya lectores, como tú, que ayuden a meditar sobra la vida.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Cecilio

  3. Carmen García Fernández

    Me encanta seguirte por las calles y plazas de mi pueblo. Magistral ,como siempre.

    • cecibustos

      Mi querida Carmen, que alegría saber que me sigue y lee mis escritos alguien que, si se esfuerza un poco, alcanzará el éxtasis de las máximas creadoras. Sigue escribiendo, tu prosa, querida mía, sabe a la miel de las abejas.
      Muchas gracias y un beso grande,
      Cecilio

  4. Maricarmen

    Querido Cecilio: Cómo echábamos de menos estos relatos que nos transportan a nuestro Aranjuez más querido, y nos hacen revivir nuestra infancia y juventud, y por eso, es más querido y más nuestro.
    Nuestro pueblo está lleno de calles maravillosas como esta, por eso, no puedes dejar de seguir con este trabajo, que en su día será un estupendo libro sobre las calles de Aranjuez.
    Estás haciendo historia para que nuestros nietos, sepan que antes, podíamos pasear y jugar en las calles, y hasta teníamos un cine, bueno dos, y a pesar de los pesares, éramos felices.
    Un beso. MariCarmen.

    • cecibustos

      Maricarmen, querida mía, como siempre, divina cazadora, tensas el arco y cual Diana adelantas la flecha para que de caza en la profundidad del bosque. Seguiremos dando vueltas a estas calles, no puedo renunciar al piropo de lectoras como tú, tan fecundas en intimistas con la historia, el suceso, la vida.
      Muchas gracias y un beso pleno de sonoridad.
      Cecilio

  5. Luis

    Otra gran exquisitez ..gracias maestro, por compartirlo con nosotros ….

    • cecibustos

      Luis, Lo dices tan bien que me gusta escuchar la lectura de tus comentarios. Daniel Pennac, en un texto muy interesante —Como una novela— dice que «La lectura no depende de la organización del tiempo social, es, como el amor, una manera de ser». Tal vez sea por eso que nos gusta leer.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Cecilio

  6. Bene

    ¡Qué bonito Cecilio! ¡Cómo no sentir esa nostalgia que me comentabas el otro día! Bien dices que la calle Stuart era “el paseo”, arriba y abajo, arriba y abajo, esperando una mirada, o una sonrisa para que el corazón nos saltara de enamoramientos.
    Tres balcones tenía mi casa que daban a la calle Stuart. Y mi madre sentada al lado del brasero “cotilleando” tras los cristales el paso de medio pueblo.
    Un abrazo. Bene

    • cecibustos

      Bene, saber de ti y leer tus comentarios es como deleitarte saboreando un postre dulce con efluvios de alcohol afrutado. El brasero, la badila, los balcones, el transitar de gentes por la calle —¡cuánta belleza!—. Creo que tú y yo tenemos un corazón muy adecuado para la vida que no es otra cosa que vivir y dejar vivir.
      Muchas gracias,
      Cecilio

  7. Loli

    Cecilio, entrañable y cercano lo que has escrito sobre la calle de Stuart. Mira por donde, leyendo tu artículo, me he acordado del toldo del bar Sol en las Cuatro Esquinas, era una instalación muy singular y muy grande a mis ojos de niña.

    ¡Qué bonita era la Vespa! Y, ¿qué te parece, Cecilio, que a estas alturas del siglo XXI no tengamos un cine en Aranjuez?

    Un abrazo,

    Loli

    • cecibustos

      Hola, Loli. Pasabas por aquí y dejaste caer una miradita sobre las Cuatro Esquinas y añorado toldo del Bar Sol y te acordaste de Carmelo, tu cuñado. Y te acordaste de tu adolescencia y del chico del mono, no mono que se sube a los árboles, sino mono de uniforme laboral. T acordaste de aquel chico que trabajaba en Experiencias. No, no era orgullo. Era una forma de estrenar la inexperiencia y superar la timidez. Sí, todo era bonito: la edad, el tiempo, la vespa.
      Muchas gracias por seguir mirando.
      Un beso,
      Cecilio

  8. Tomás Ruiz

    ¡Mi calle¡. La calle en la que nací todavía era de tierra, esto tenía muchas ventajas para los chicos de la época, podíamos hacer agujeros para jugar al gua o disfrutar los días de lluvia pisando charcos y barro con nuestras botas “Katiuskas”.
    La Amalia nos suministraba las verduras frescas del campo, la Pascasia los melones y sandías, la Calleja el pan, la Dionisia la leche, la tienda de Pepito Esteban nos suministraba los ultramarinos, en la taberna de la Mari y en la bodeguilla del Sr. Marino además del vino y la gaseosa, nos proporcionaban para nuestros mayores las guindillas y cebollas en vinagre para comer con el cocido o las judías.
    Y todo el día en la calle, los juegos únicamente se interrumpían cuando pasaba el Sr Canuto con su “Citroen” negro camino de su fábrica de ladrillos o llegaba el “coche le línea” a la cochera de la calle de las Eras con el Sr. Maroto al volante.
    Calle festiva por donde desfilaba la banda de música desde las Cuatro Esquinas hasta la Plaza de Toros, al son de un pasodoble torero.
    Calle que me has hecho recordar amigo Cecilio y que me ha transportado a aquellos años, que por infancia son añorados, pero por otras circunstancias casi odiados. Pero nunca deben ser olvidados, ni siquiera la denominación que por aquel entonces tenía la calle y que parodiando a D. Miguel: “de su nombre acordarme no quiero”.
    Gracias una vez más amigo Cecilio. Un enorma abrazo y a continuar cultivando ese sentimiento que siempre transportas a las cuartillas.

    • cecibustos

      Hola, Tomás. Solo la lectura de tu comentario justifica lo escrito por mí. Tu comentario, fresco y espontaneo, sirve para ilustrar otra cita que traigo aquí del libro de Daniel Pennac. Dice el autor —«El tiempo para leer, al igual que el tiempo para amar, dilata el tiempo de vivir». Y tú das vida a esta cita con este comentario que dedicas a mi visión de tu calle, la calle de Stuart.

      Tomás, somos muchos los que esperamos tus escritos —artículos, libros, comentarios a la sombra que da un árbol o las huellas del paso de la historia grabadas en cualquier ladrillo de ayer—. No ignoramos que andas envuelto en tu propio sueño. Y eso esperamos, que empieces a contarnos tu propio sueño, tu propio memorial —sí, el tuyo—. Que enciendas la luz de tu calle Stuart, con la Amalia, la Pascasia, la Calleja y la banda de tambores y cornetas. Que pongas, amigo, las ideas claras sobre las oscuras y la experiencia sobre la metafísica.

      Muchas gracias, un abrazo,
      Cecilio

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