Por qué escribir

Para celebrar los veinte años que cumple un libro y sopla las velas junto a dos de sus hermanos

 

Cecilio Fernández Bustos

 

El tejado y la luna. La ventana y el viento. ¿Qué quedará de de todo ello cuando yo me haya muerto? Y, si yo ya estoy muerto, cuando los hombres de Berbusa al fin me encuentren y me cierren los ojos para siempre, ¿en qué mirada seguirán viviendo?

Julio Llamazares (De La lluvia amarilla)

 

Lluvia Amarilla.- Julio Llamazares

Lluvia Amarilla.- Julio Llamazares

La literatura constituye un ámbito amplio y abierto: todo cabe. No obstante, el arte de escribir está poblado de elementos técnicos, de figuras, de formas. Así, el arte de decir se convierte en un bosque complicado y agónico donde encontrar el camino para una expresión acertada puede resultar, para quien lo intenta, una situación muy angustiosa. De otra parte, el acierto puede llenar de satisfacción a quien lo logra. De ahí que el de escribir sea un oficio peligroso para quienes lo intentan.

         Se escribe para comunicar, pare expresar, para

El río del olvido. Julio Llamazares

El río del olvido. Julio Llamazares

contar, para decir, para crear y también, como no podía ser menos, para comprender a los demás y comprendernos a nosotros mismos. No pretendemos ser excesivamente categóricos, pero sí, ¡es preciso!, claros. Hay en todo esto un hálito, posiblemente muy sutil, de polemizar y transgredir desde dentro del propio discurso. Todo intento de expresión literaria es siempre un esfuerzo personal que busca, para dialogar con él, un interlocutor. Esfuerzo doloroso muchas veces porque el interlocutor no se manifiesta, no está y hay que llamarle con susurros o con gritos. Hay que dar aldabonazos a su puerta con un lenguaje que entienda y que le emocione, o le agite y le fuerce a revelarse.   

         La cuestión es que, Julio Llamazares, no publica más poesía y, posiblemente, sea coherente con sus expectativas de creador. No, poemas no, pero en toda su literatura hay un pálpito singular y poético que nos arrastra a la lectura de sus libros. Alguno hace ya tiempo que los publicó pero no han generado pátina de vejez, se mantienen frescos como el primer día. Tal vez el autor ya no sea el mismo de ayer y hoy no podría escribir aquellos libros. Pero los textos están ahí como si disfrutaran de su primera primavera, de su primer verano y nos mirasen bien con sus ojos de historias recién contadas. Son más, seguramente se me han escapado otros, pero esos libros no vencidos por el paso del tiempo que emergieron un día como metal salido de la tierra son, por orden de edición: La lluvia amarilla (1988) —el título del libro nos da la clave de la maravilla que nos espera—; El río del olvido (1990) —toda la magia de un viaje a pie por el asombro de una tierra encantada—; y Escenas de cine mudo (1994) —en este mes se cumplen veinte años de la primera edición de este libro— Hace veinte años todos éramos más jóvenes, y aún era dulce la novedad histórica. Pero hoy, un nuevo plegamiento de los tiempos, nos vuelven las costuras del revés y de nuevo temblamos: ¿de frío?, no, ¡de sueños!

 

Escenas de cine mudo. Julio Llamazares

Escenas de cine mudo. Julio Llamazares

 

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