Los centenarios a celebrar en el 2014

Cecilio Fernández Bustos

Para Isidro Camacho Caballero

 

El año que acabamos de empezar, 2014, está poblado de efemérides de todo tipo. Son numerosos los centenarios que se cumplen y que, en cada caso, tendrán su pertinente celebración. En Toledo, ¡qué duda cabe!, se celebrará con todo tipo de actividades el IV Centenario de la muerte Domenico Theotocopoulos, el Greco, tal vez uno de los más representativos entre sus hijos adoptivos. La literatura española se ha de volcar en la celebración de la publicación de Platero y yo, uno de los libros más singulares y revolucionarios del siglo XX y uno de los más importantes de los escritos por Juan Ramón Jiménez. Siguiendo en el ámbito de las letras, Octavio Paz, mexicano y también, como Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura, vio la luz en Ciudad de México. Julio Cortázar, el admirado cronopio argentino, vio la luz en Bruselas. Ortega y Gasset y sus coetáneos, entre los que estaba Juan Ramón, dieron los primeros pasos de lo que se conocería como generación del 14 y es de suponer que también tendrán su celebración.

Hoy queremos ofrecer nuestro pequeño homenaje en estas páginas a los tres escritores, cercados en este centenario, cuyas personalidades y, especialmente sus obras, han constituido, en este aquí, algunos de los hallazgos que más han contribuido a seducirme en esta vida.

 

Platero y yo.- Juan Ramón Jiménez

Platero y yo engendrado, crecido y se desarrollado en Moguer, Huelva, y es, como dice su autor todos los burros que él conoció: «En realidad, mi Platero no es un solo burro, sino varios, una síntesis de burros plateros. Yo tuve de muchacho y de joven varios. Todos eran plateros. La suma de todos mis recuerdos con ellos me dio el ente y el libro.»[1] Así, tras larga gestación, nace en Madrid Platero y yo en 1914. Este libro es uno de los máximos exponentes de la poesía en prosa de su padre, Juan Ramón Jiménez, más tarde nos sorprendería con dos máximos poemas en prosa, Diario de un poeta recién casado (1917) y Espacio[2] . De este último diría Octavio Paz: «Espacio es uno de los monumentos de la conciencia poética moderna y con ese texto capital culmina la interrogación que el gran cisne hizo a Darío en su juventud»

 

I Platero

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. Que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

         Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualda… Lo llamo dulcemente: «¿Platero?», y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

         Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscatel, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel…

         Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

         —Tien’ asero…

         Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

 

Octavio Paz

Nace en Ciudad de México el 31 de marzo de 1914. Siempre anduve enamorado de la prosa de Octavio Paz, sus ensayos nos han señalado «el camino por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido» En mi caso, siempre caminé encelado con El arco y la lira, y no es para menos: «La poesía pone al hombre fuera de sí y, simultáneamente, lo hace regresar a su ser original: lo vuelve a sí. El hombre es su imagen: él mismo y aquel otro. A través de la frase que es ritmo, que es imagen, el hombre —ese perpetuo llegar a ser— es. La poesía es entrar en el ser».[3]

Un poema de Octavio Paz para celebrar el Centenario de Octavio Paz:

Los ojos de ella (Fotografía de CFB / Aranjuez, 1963)

Los ojos de ella (Fotografía de CFB / Aranjuez, 1963)

 Tus ojos

Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
otoño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo.

 

Julio Cortázar

Ceremonias_Julio CortázarNace en Bruselas (Bélgica) el 26 de agosto de 1914. Era el año 1969, ya había pasado mayo del 68, en la librería CULTART de Madrid organizamos unas jornadas sobre el boom de la novela latinoamericana, creo recordar que los ponentes fueron Rafael Conte, Alfonso Groso y Andrés Amorós. Amorós, tocado por la belleza de Rayuela (el pasado año se ha celebrado el cincuenta aniversario de su publicación) fue quien habló de esta obra y de su autor, Julio Cortázar.

Maravilla de todo lo posible, el autor, la Maga y su desgarro, personaje de Rayuela y los cuentos (todos) de Julio Cortázar tomaron posesión de conciencia estética y ya no me abandonaron nunca. Para que nos emocionemos con su lectura, aquí dejo un cuento breve y sublime:

 

Continuidad de los parques

 Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusión, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: cuartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía a penas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

         Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


[1] Germán Bleiberg.- Presentación. Platero y yo. Alianza Editorial / Madrid, 1983

[2] Juan Ramón Jiménez.- Espacio. En el otro costado (1936-1942). Lírica de una Atlántida. Galaxia de Gutenberg / Barcelona, 1999

[3] Octavio Paz.- El arco y la lira. Fondo de Cultura< Económica / México, 1970 (Primera reimpresión de la Segunda edición)

Más allá de los ventanales (Fotografía CFB / Aranjuez, 2011)

Más allá de los ventanales (Fotografía CFB / Aranjuez, 2011)

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6 comentarios

Archivado bajo Poetas y narradores

6 Respuestas a “Los centenarios a celebrar en el 2014

  1. Qué bueno todo lo que nos traes hoy Ceci, qué decir de J.R. Jimenéz y su Platero, una delicia que forma parte de una para siempre una vez que lo ha leído, Octavio Paz, poesía de alta calidad y emocionante… Y Cortázar, un gigante, un genio, sus textos forman parte de mi vida diaría. Y como tu bien dices “Maravilla de todo lo posible, el autor, la Maga y su desgarro, personaje de Rayuela y los cuentos (todos) de Julio Cortázar tomaron posesión de conciencia estética y ya no me abandonaron nunca.” Yo no lo hubiera podido decir mejor que tú.
    Así pues, me quedo un rato por aquí disfrutando de la belleza en estado puro.

    Gracias Ceci.

    • cecibustos

      Carmen:
      Siempre es un placer conectarse contigo y con tu obra. Tus blogs son excelentes, las pinturas y los textos que seleccionas son de un acertado interés y los poemas y todo tipo de texto refulgen como diamantes a la luz del sol y al color de la naturaleza.
      Gracias por tus comentarios en “Unas palabras dichas”. Emocionante eso de la belleza en estado puro, como esos dos escarabajos de cristal negro que Juan Ramón Jiménez puso en los ojos de Platero.
      Gracias, muchas gracias.
      Un saludo muy cordial,
      Cecilio

  2. Muy hermoso homenaje, Cecilio! Y me has recordado un trabajito que hice en el colegio sobre Platero y yo. Me pusieron buenísima nota. Yo debía tener 10 años.

    Un abrazo

    • cecibustos

      Elvira:
      Solo tenías 10 años y ya cabalgabas a lomos de Platero y te quedó el recuerdo, ¡qué suerte la tuya! Tal vez de ahí, también, tu amor a la naturaleza y a las flores: «Sobre los rosales, aún con flor, cae la tarde, lentamente».
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  3. Loli

    Cecilio:
    Celebremos estas coincidencias, centenarios de hombres y de obras. Octavio Paz dice en el poema de tu entrada: “otoño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro / de un árbol y son pájaros todas las hojas,” —Me gusta.
    Julio Cortázar un genio del cuento. Impresionante el final de “Continuidad de los parques”, ¡sobrecogedor!, “…la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela”.
    Y de “Platero y yo”, todo ¡bellísimo!, me quedo con el principio: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón”.
    ¡Qué bonito!
    Un beso,
    Loli

    • cecibustos

      Loli:
      Es un placer saberte por aquí, ronroneando como una gatita traviesa. Podías juntarte con Platero y ser su amiga. Amiga de Platero, ¡qué hermoso! Y corretear con él entre los lirios amarillos y la hierba buena.
      De Octavio Paz, ya lo sabes, me gustan los ojos —no necesariamente azules aunque también—
      Y de Cortázar, me estremecen algunos cuentos y me inquietan. Te recomiendo que leas “No se culpe a nadie” y después te pongas un jersey azul.
      Gracias por tu comentario.
      Un beso,
      Cecilio

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