Las palabras

Cecilio Fernández Bustos

 

 

                                                                  Nadie comprendió entonces sus palabras.
                                        Por eso andan, ahora, las palabras,
                                        pasando por los vientos,
                                        ávidas de que alguna las recoja
                                        siglos después de pronunciadas…

                                                                                                           José Hierro

 

         Hace más de sesenta años que me asomé por primera vez, con cierta consciencia, a la lectura de un poema. No es mi intención dármelas de niño prodigio, no lo fui, solo que, como sucede en la mayoría de los casos, la circunstancia imprevisible, el estar allí sin pretenderlo, en el lugar en el que alguien, un adulto probablemente, había dejado un libro sobre una mesa abrió para mí la luz. Aquel libro se titulaba Las cien mejores poesías españolas, antología de Fernando Maristany. Era aquel un libro breve en dimensiones y amplio, extenso, muy completo en bien seleccionado contenido lírico. Se trataba de un importante descubrimiento para aquel niño sorprendido  y ensimismado con la novedad del hallazgo.

         Con aquel tesoro entre las manos, el niño se perdió en algún rincón íntimo y empezó a pasar hojas. Miró las letras ordenadas de forma muy distinta a como las había visto en otros libros. Aquí, las palabras se agrupaban formando líneas más cortas que las habituales; y, al leerlas, parecía que sonaban como una canción. Ante sus ojos, no apercibidos, desfilaban palabras nuevas; sonidos hermosos, llenos de rumores: quimera, ligera, nebulosa, mariposa, rosa.

         Cerca del niño, Kuki, la perrita de los abuelos, dormía plácidamente la siesta. Como era verano, los adultos, a esa hora de la tarde, también dormían la siesta. Sólo el niño, refugiado en su soledad, transitaba por el arco de la ensoñación absorto en la brevedad de su lectura. Y se dejaba herir por la palabra.

         Hoy, desde la honda distancia del recuerdo, veo a aquel niño con su libro de poemas bajo el brazo. Él, hasta mucho tiempo después, no supo lo importante de aquel primer encuentro. Lo miro y me nace la levedad de una sonrisa plena de ternura. Aquel niño ha vivido muchas historias a estas fechas, ha descubierto tantos poemas que podría alfombrar de melodías sus pisadas por la tierra. Pero, ¡quién lo duda! no han sido todos los que hubiera deseado encontrar. El niño que ayer descubriera una nueva tierra en un libro de poemas, hombre hoy, y, ¡claro está!, hombre maduro que se aproxima a los límites de la vida, sigue buscando en los recodos del camino un nuevo sortilegio, una nueva magia, otro libro, olvidado sobre cualquier mesa, que le acerque a la justicia de la tierra y los hombres.

           Y otros libros cayeron en mis manos y en ellos posé mis ojos buscando esa justicia y en este que ahora tengo en las manos, Los libros, los poetas, las celebraciones, el olvido, de Pablo García Baena, Premio Nacional de Poesía Real Sitio y Villa de Aranjuez, leo:

Y es difícil desde este beatísimo atardecer malagueño pensar en otros noviembres de encendidas chimeneas olorosas de leña campesina, de entreabrir visillos y encontrar la mano deslizante de la lluvia, de sentir un poco frío el corazón y oír el aire huracanado que deseamos sea el bóreas de los clásicos. Y leer, con un estremecimiento, al príncipe lituano Oscar Wratislao de Lubies Miosz, en la hermosa traducción de Julio Aumente:

 

Venía otoño con su ruido de ejes, de hachas, de pozos.

El día rápido conmovía de asombro nuestros corazones

como la fuga de la liebre sobre la nieve primera.

Todo esto cuando

el amor que ya no existía aún no había

nacido.

Otoño (fotografía de CFB)

Otoño (fotografía de CFB)

 

 

 

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2 comentarios

Archivado bajo De este caminar

2 Respuestas a “Las palabras

  1. Rocío Wittib

    Querido amigo,

    Tus palabras me han llegado con el brillo y el aroma de la nostalgia y el otoño, es hermosa la sensación que producen dentro. Al igual que tú, creo que jamás nos alcanzarán tantos poemas como deseamos, pero al menos me deja tranquila saber que aquellos que nos alcancen no se irán sin dejarnos una cicatriz, un eco de alegría o una simple pincelada de color en el alma.

    Gracias por esta entrada tan bonita.

    Un beso!

    • cecibustos

      Rocío:
      Hola, Rocío. ¡Qué frío hace por aquí! Y en esa ciudad que tanto te gusta, ahora la nieve la cerca. Disfruta, saborea el verano de tu tierra y ya vendrán las golondrinas africanas de nuevo por aquí. No dudo que también habrá un día en que esas golondrinas colgaran sus nidos de tu balcón. ¡Felices fiestas!
      ¡Gracias, muchas gracias por estar!
      Un beso,
      Cecilio

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