Eugenio Noel, epígono de la generación del 98

Cecilio Fernández Bustos

 

 Los del 98 son todos hombres que cierran una época. Hombre broche. ¿Qué horizontes nuevos abren? Contribuyen a la anquilosis de la raza. Intelectuales sin dinamismo. Sentimentales. Seremos los novecentistas los que extirparemos el cáncer que está royendo la vitalidad de la raza […] Son hombres sin proyecciones. Solo hay uno que puede hacerlo: Joaquín Costa.

Eugenio Noel

Al recuerdo de mi pobre madre Nicasia, sola, siempre sola, criada de servir, de cuya miseria, que la vida pudo hacer miserable, ella supo desentrañar una inconcebible energía.

                                                                                                                        Eugenio Noel

 

 

El 23 de noviembre se conmemora el centenario de la Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín, que promovieron Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez, ante la persistente negativa de la RAE a abrir sus puertas al ilustre escritor de Monóvar. Personalidades como Azorín han quedado fijadas en la memoria de los españoles y su esencialidad forma para de la esencialidad de lo colectivo. De otros escritores que algunos autores sitúan como parte o epígonos de aquella generación, la del 98, prácticamente nada queda de su memoria. Ni tanto ni tan poco: es raro que en los colegios no se hayan leído algunos de los textos que aquellos escribieron. Recordar a algunos de los más significativos autores de aquellos tiempos y en especial de aquellos que alientan  nuestra ternura, será como escanciar apuntes de memoria colectiva  y puede ser tarea interesante durante estos meses que han de transcurrir hasta la celebración de aquel centenario. Por ello, vamos a tratar de dar a conocer a alguno de los que se han disuelto en el transcurso de estos cien años y que solo moran en las bibliotecas y mentes de los eruditos generosos, como por ejemplo Andrés Trapiello[1] que nos los actualiza en algunos de sus libros.

         Hemos pensado que, para dar a conocer a alguna de aquellas figuras de la literatura española que tuvieron un pie en el siglo XIX y otro en el XX, nada mejor que traer  a este blog alguna de sus páginas. Así, debutamos hoy trayendo a la memoria uno de los autores más olvidados e ignorados por las generaciones reinantes.

 España Nervio a nervio        Eugenio Noel, seudónimo de Eugenio Muñoz Díaz, es nuestro autor de hoy. Nació en Madrid en 1885 y murió en Barcelona en 1936 —el 23 de abril, como los más grandes—. Aquellos 51 años de vida dieron para mucho. El Noel de su seudónimo, lo tomo prestado de la cantante María Noel de quien fue amante. Mucho escribir y mucha vida orlada de miserias. Dije miserias, hambres auténticas y la tristeza que la acompaña; hambre y necesidad de papel y lápiz para seguir escribiendo. Lo que los señoritos de antaño llamarían sin ningún pudor, «despojo humano».  En algún momento de su vida llegó a pensar y tal vez sentir, que tenía vocación religiosa y anduvo en seminarios y claustros religiosos. Noel era hijo de un barbero y una lavandera, si bien algún tiempo estuvo bajo la protección de una duquesa, y aquella vocación era una de las pocas formas que tenían los pobres para salir de la ignorancia y la pobreza, algo que también ocurrió durante la posguerra —tal vez por ello había tanto cura y tanta monja— y puede que la política conservadora que está promoviendo el actual gobierno de España y su arrogante ley de educación, acaso sean causa de que vuelvan a llenarse los seminarios y los largos pasillos de las órdenes religiosas de vocaciones.

         Más tarde, superados sus atisbos de vocación religiosa, ya fuera de sacristías, fue periodista y bohemio, republicano y socialista. Anticipándose a los tiempos que corren ahora entre algunos ciudadanos, fue un radical antitaurino  y sus soflamas no dejaron títere con cabeza. Apostó fuerte contra el caciquismo y quiso la modernización de de este país. Asistió a la tertulia de Valle Inclán en el nuevo Café de Levante y también, como hiciera nuestro Azorín, se movió por pueblos y aldeas buscando el sabor del requesón y el buen queso entre pastores. Uno de sus trabajos que más me conmueven, siempre que lo releo me siento feliz, es aquel que con el título de Gazpachada en una almazara de Yecla, vio la luz en España nervio a nervio[2]  

         Cuando en Aranjuez se produjo el acontecimiento festivo en honor de Azorín, Noel frisaba los 28 años, edad a la que Larra se pegó el tiro y cinco menos que los que tenía el granadino Ángel Ganivet cuando se dejó caer al helado río Dvina en Riga —en los tiempos de hoy la gente no se mata por amor, lo hace por desahucio. Contó siempre con el apoyo y beneplácito de Unamuno y Azorín, «su valedores»[3] Sí, la sociedad los desahucia de la casa y de la vida—  Si bien no hemos encontrado su nombre entre los que asistieron el 23 de noviembre de 1913 al homenaje a Azorín en Aranjuez, Eugenio Noel se movía entre aquellas bambalinas, y como diestro hombre de su tiempo hurgaba en las entretelas de las malditas contradicciones de los españoles, pues, también el soñó con la regeneración de España.

 

Eugenio Noel. Dibujo de David Padilla

Eugenio Noel. Dibujo de David Padilla

 

EL PASTOR EN EL MONTE

Eugenio Noel

(De España nervio a nervio)

 

 Sentado en un morrón chullo de este prado mocho, calares, chorreras y toscales de las estribaciones de Sierra Morena, hemos conversado con este muchacho, pastor y artista, que a nacer en otro sitio hubiera sido un buen escultor. Gente rica, riquísima, hay en su pueblo; pero id vosotros a esa gente con arte y petición de pensiones. Hay en su pueblo hombres que tienen millones de capital, pero que sólo entienden de pardegales o endoscas o chirros; que calzan esparteñas o alborgas hechas con cernejas de esparto sobre bastos pincos de lana parda y que cuando pierden una peseta en el Casino adarvan en horco de ajos cuantas zupias y raterías existen, igual que cualquier pelagatos. Es verdad: yo los he tratado, y son así. Cuando este pastor cincelaba en las sierras sus pedazos de raíces de chalueca o jara, o espino o brezo, y se las mostraba, le trataban de holgón y mamaronazo, de revellón que esquiva la dura mano del trabajo continuo. Eso eran gaiterías y embelecos, barrumbadas de poltrones. Paso a paso la fe artística del muchacho se descantilló y tartaleo hasta importarle sus regutidos tanto menos que los apatuscos y carreones de las bestias. Él cree que para triunfar en el mundo no se puede ir con sentimientos enjutos, sino que todo eso son cerotes y julepes de boticario; el caso es garlar mucho y ganchoso y ahucar a bodocazos. Sin embargo, el pastor no conserva odio a nadie por su fracaso; no hay baba en su corazón porque esos trabajos suyos en madera no se haya convertido en obras maestras. Algo claro está, rejilla muy dentro del corazón cuando le hablan de consuelos y recobros; pero tiene ya cubiertos los brazos de cerdones, como las mojadillas, y pronto desguaza el susto. Buen vino de Maguilla de las tierras esparteras y habas tostadas de Berlanga, y todo eso del triunfo artístico desaparece del magín. Bebemos del vino famoso que bebía Felipe II, según consta en el libro becerro del Ayuntamiento; saca él su petaca de piel de cabriola, y al recordar los días penosos del pastoreo. De los arroyuelos cercanos vienen a nosotros los fuertes olores del maestranto o poleo, del toronjil y ranuejos de Santa María. El pastor queda largo rato mirando las florecillas. Flores, oh flores —decía en sus pensamientos otros escultor, Rodín—, vosotras extendéis vuestras pequeñas manos al sol. Seguido de una recova de perros guiaba él, por la Gamarra, por las Coronillas, por Marco Domingo, Peladilla y Cabril, machadas de cabríos; buen paño de Torrejoncillo en el capote; bien enfajados los riñones, desde la ingle al cuello, con las vueltas rojas de las fajas de Aillones. En el monte hay mucho tiempo que perder; él lo perdía así, con una navajuela en una mano y un trozo de madera en la otra. Él no sabía alfarrazar, justipreciar lo que hacía, pero sentía un invencible deseo de hacer aquello. Y no deseo de enseñarlo después, sino comezón de hacerlo, y en paz. Además él sabía cuando «le salía» una cosa bien y cuando le salía una figura estrujada. Ver, no había visto otras obras que las de las iglesias de varios pueblos. Y lo que le gustaba copiar era la facha de los animales, y más que todos sus movimientos. Sin bibría, es decir, sin picardía ni albardones, lo que él soñaba ejecutar cuando tenía en la mano sin encentar el zoquete de madera, el movimiento era y nada más que la energía de la figura, la fibra. Después resultaba que la navaja hacía lo suyo; pero lo que él quería era eso: sacar de la madera los ímpetus, los tendones de las cosas. Ha regalado lo mejor; nadie se lo compró jamás; había siempre que regalarlo. Las javetadas y pinchozanos de la vida fueron cercenando en el alma no sabe qué hondos que lo dejaban pasmarote. Hoy está curado de todo eso. Y oyendo al pastor pasa el tiempo, y pasa dulcemente contemplando las figurillas ingenuas que aún le restan. A veces araña el pecho un poco la idea de que un pastor de estos lleva dentro un Juan Maestrowitz; de que las razas y los pueblos hacen mal en matar, con la indiferencia, manos como estas manos que antes de cumplir diez años de edad, en la soledad del monte, eran capaces, en el reverso de una cucharilla de palo, de labrar un bellísimo perro, todo simplicidad, justeza y nervio…    


[1] Andrés Trapiello.- Los hijos del Cid / Las armas y las letras…

[2] Eugenio Noel. España nervio a nervio. Colección Austral. Espasa Calpe / Madrid, 1963

[3] Andrés Trapiello. Los nietos del Cid. Editorial Planeta / Barcelona, 1997

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