Alberto Bustos. Una infancia en Aranjuez allá por 1970

Cecilio Fernández Bustos

Aranjuez es río y es huerta, es jardín y palacio,
avenidas y plazas; pero Aranjuez es cerro. No
entenderá esta vega con ínfulas de oasis quien no
entienda sus cerros. Y no se puede ser niño aquí
sin querer subir a los Fortines. Ya siendo muy pequeño,
cualquier mayor que quisiera convertir mi
día en una fiesta solo tenía que pronunciar cuatro
palabras mágicas: «¡Vámonos a los cerros!».

Alberto Bustos

(De Una infancia en Aranjuez allá por 1970 / Cáceres, 2013)

escanear0002Conocí a Alberto en 1985, era un adolescente al que le gustaba escribir. Se acercó a la Universidad Popular de Aranjuez, que acababa de comenzar su andadura, para participar en el Taller Literario. Por espacio de un año nos acompañó dando muestras de excelentes condiciones para las letras. Han pasado casi treinta años de aquella aventura.

En la actualidad es profesor titular de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de Extremadura. Antes de esto ha sido profesor en las Universidades de Bohemia Occidental y Bohemia Meridional de la República Checa, también en Wellington (Nueva Zelanda) para el New Zealand Council for Teacher Education, en las Universidades de Dresde y Halle-Wittenberg (Alemania) y en la Universidad Carlos III de Madrid. Pero no es de su currículo profesional de lo que me interesa hoy. Mi mirada se centra en un pequeño libro que acaba de publicar y cuyo título, Una infancia en Aranjuez allá por 1970, ha llamado mi atención de ribereño y también la del hombre que, como el autor, ayer fue niño en Aranjuez, aunque en mi caso fue en 1940.

El autor, Alberto Bustos, ha tenido conmigo la deferencia de ofrecerme para que lo leyera los diversos capítulos de este libro según los iba escribiendo. Así que, como el mismo autor, conozco el libro según se ha ido cocinando. Pero no solo es el caso de este libro, a lo largo de estos años, he tenido la oportunidad de asomarme a casi todo lo que ha escrito Alberto, incluso a algún texto de carácter eminentemente técnico como su Tesis Doctoral. Puedo decir que he visto la evolución de un autor que ha ido creciendo en sus relatos. El que queremos comentar hoy es uno de ellos. También he conocido  sus textos dramáticos y los que he gozado y estudiado. En este mismo blog, he publicado al menos dos comentarios a su obra: el relato Bonaire y el drama titulado Faustino Fernández. La disyuntiva / Homenaje a Sören Kierkegaard.

Según leía los capítulos de Una infancia en Aranjuez que Alberto me enviaba, hacía yo algunos comentarios fruto de la improvisación y la emoción que su lectura me provocaban. Algunos de aquellos comentarios me voy a atrever a incluirlos en este trabajo. Por ejemplo el titula

«La radio: Alberto, en Aranjuez también se decía la arradio, y no eran pocos los que así se expresaban. Tal vez tenga un sentido esa forma de hablar y el maestro, un día cualquiera, nos cuente las cuitas de esa forma de decir. Yo, ¡cómo no!, también me he dormido muchas noches al calor y color de los sonidos de la radio y, de mayor, tuve la oportunidad de saludar a Juana Ginzo. El relato va adquiriendo cuerpo, pátina elocuente porque, aunque el narrador es un adulto, el relato conserva todo el color de esos ojos expectantes del niño que, por primera vez, se fija en la luna y dice: «¡Quiero la luna!» 

Espero que Berlín alimente tus sueños y te renueve para que, ese niño que nos cuenta cosas sobre su experiencia vital, nos ofrezca el maná que alimenta y no sacia».

«Los fortines: ¡Qué maravilla!, Alberto, los fortines. Creo que, a medida que voy leyendo los textos que me mandas, observo que, el brillo del relato de tu infancia, adquiere un mayor relieve y una más avezada singularidad. Es decir, tu estilo se depura y alcanza una exquisita sonoridad, como Juan de Yepes, sobre el silencio distante de la infancia. 

Esta mirada es genial: «una alfombra que por las costuras enseñaba los senderos de yeso de los cerros, que se mantenían abiertos por las pisadas de otros paseantes»… Leer esto me ha producido un cierto estremecimiento y creo que, pese a que en mi caso haya tocado fibras muy personales, tiene auténtico carácter de universal.

Este edificio, que construyes desde la memoria, va adquiriendo relieve y sentido. Sentido de otra dimensión, no de sentimentalidad, sino de existencia. Ahí hay elementos plenos de sustancia vital, con los que vas construyendo un sutil tejido de lenguaje poético inspirado en la cotidianidad de lo que fue. Y es aquí, donde surge el lenguaje que pinta la anécdota buscando, en Lorca, el origen del grito y, en tu caso, el origen de la voz. Oralidad y ritmo son la amalgama sobre el que construyes esta bella historia del hombre que regresa a la infancia para degustar mejor su fruta de la vida. Qué más decir —de momento— que hay que seguir en ello y que habrá que pensar en publicar. Yo no sé cómo, pero recuerdo haber leído en algún sitio que Nietzsche publicó una primera de edición del Zarathustra de solo 40 ejemplares».

Nuestro narrador ha estructurado un libro breve. Son 19 capítulos o más exactamente 19 nombre singulares. En los dos primeros nos introducen en el mundo de su intención. Se trata de fijar la memoria de los recuerdos de la infancia a partir de 17 elementos significativos, profundamente significativos para el autor. Parecen 17 poemas vividos ayer y transcendidos hoy en algo que, tomando el título de uno de los últimos libros de Steiner —él lo llama La poesía del pensamiento— podríamos nombrar el trabajo de Alberto como la poesía lo sentido. Sí, sentido ayer, en la distante infancia, pero que está ahí, en el hueco de la vivido por el autor cuando, siendo niño, despertaba a tantas sensaciones nuevas. ¿Acaso no es poesía ensimismarse con el discurrir del agua en las caceras?

Y cómo nos deja Alberto Bustos, a nosotros, los lectores, acariciar el verdín que se desliza por las caceras, o dibujar el cántaro que porta la Venus,  esculpida en blanco, que enfrenta su mirada a la Iglesia de San Antonio.

En la casa de la abuela, «Bajo la arruga del techo había ido a encontrar su lugar el fogón, en el que se pintaba de rojo una resistencia cada vez que se cocían judías o se freían pestiños, unos pestiños que acababan llegando a mi boca bien cubiertos de miel y azúcar». Deliciosos pestiños de la abuela de Alberto que nos excitan las papilas con el recuerdo de aquellos otros pestiños, los que compraban mis padres en la confitería de Castellano, en la calle de Almíbar. Todo un rito de imágenes, sabores, olores, sensaciones que han quedado en la memoria de todos y el autor lo soporta en un estilo sobrio, elegante y poético. 

Empezamos el recorrido por «El jardinillo» mínimo insignificante, infantil, donde el niño empieza a balbucir los nombres de sus primeras amigas y amigos: «…la Manoli, la Angelines, el Chifla, el Murciano». Y terminamos con el clásico y «Colorín, colorado».

 Leído el libro, comprobamos que no estamos solos pese a la finitud de nuestros límites. Podemos proseguir andando y descubriendo nuevas emociones. Las propias de una vida que se va haciendo desde la infancia hasta cumplido el último perfil de ese límite de finitud donde habitamos.

Aranjuez, 7 de abril de 2013

 

Fortín en un cerro de Aranjuez (fotografía CFB)

Fortín en un cerro de Aranjuez (fotografía CFB)

 

Anuncios

4 comentarios

Archivado bajo Poetas y narradores

4 Respuestas a “Alberto Bustos. Una infancia en Aranjuez allá por 1970

  1. Carlos

    Cecilio: hacía bastante tiempo que no tenía noticia alguna sobre Alberto; tu artículo ha venido a dar satisfacción a este silencio. Tu crónica, perfecta como siempre, reúne las características estilísticas que remiten al universo propio del creador. De tu trabajo, lírico y descriptivo a un mismo tiempo, se deducen las características señeras del libro que Alberto acaba de publicar. Todo lo relacionado con Aranjuez nos interesa porque todos formamos parte de este Aranjuez que al soñarse remite a un extenso poema sinfónico, fuese cual fuese el formato elegido. He echado en falta la referencia bibiiográfica. Acaso lo mejor que pueda decirse de tu crónica es que ha despertado mi interés por conocer la obra, por lo que te agradecería que facilitases los datos. Subjetividad y memoria, deduzco, son dos elementos constructivos del relato: rememoración y poesía, música y precisión expresiva, tales son los aciertos que encuentras en esta nueva producción que has tenido el placer de vivir con anterioridad a los lectores, incurso en ese plan de elaboración personal que es un libro, un reto agradable pero que precisa de una entrega continuada y desinteresada. A la recuperación de esa infancia en 1970 se suma la tuya en 1940; cada cual puede yuxtaponer a la de Alberto su experiencia y contrastar uno y otro tiempo con sus rasgos diferenciadores pero también comunes. Felicitaciones a los dos: a Alberto por este nuevo libro y a ti por tu labor difusora de conocimiento. Un abrazo. Carlos Manrique.

    • cecibustos

      Carlos:
      Han pasado 28 años de aquel tiempo del Taller literario de la Universidad Popular. Perdí la pista de la mayoría de los participantes, no obstante os podría nombrar a casi todos los que acudías por allí. Tú no fuiste de los que más aguantaron, supongo que las aulas —debías andar por la Facultad— te lo dificultaban. Para mí fue una hermosa experiencia que no olvido nunca, aún conservo algún que otro papel de aquella experiencia.
      El libro de Alberto, como ayer el tuyo —“Lluvia de oboes”—, me han sentado muy bien, no solo en el ámbito de los afectos, sino en el regocijo de haber disfrutado dos obras de excelente factura literaria. Afortunado yo, que he tenido la oportunidad de asistir a vuestros procesos de creación.
      Muchas gracias por tu comentario. Espero que lo haya leído también Alberto.
      Un abrazo,
      Cecilio

  2. Se es especialmente extranjero leyendo relatos de infancia que no se compartieron pero uno sabe de inicio que ser niño en Aranjuez debe imprimir carácter, el mismo carácter que diametralmente simétrico tiene el Sitio en el que ocurre la infancia: los niños de Aranjuez, Aranjuez de los niños. No habla Alberto de monumentos sino de aquel lugar en el que está la memoria y el encantamiento, los cerros con sus fortines. Es curioso cómo algunos lugares que se describen y que hoy persisten están envueltos por la magia a través de Alberto, el niño. Un niño que ya de adulto tiene progresión internacional y que “vuelve” con su libro no sólo a Aranjuez, sino a aquel de su infancia. Ha hecho el viaje diametralmente simétrico al de la distancia a la que se encuentra.
    Como un agua vertida sobre el vaso de una fuente y que rebosa hacia otro vaso, así nos llega todo en eslabón de la mano tuya Cecilio, difusor de tantas cosas.
    Un abrazo fuerte,
    Daniel

    • cecibustos

      Daniel:
      El lector es quien termina, con su lectura, la construcción del poema. Todo texto literario es el principio de un acontecer habitado de múltiples pormenores. Breves acontecimiento que han sido, son o podrían ser en un universo poblado de seres con limitadas experiencias. Hay siempre una ligera neblina, opacidad del pudor, que dificulta la visión. Mas si te entregas a la lectura, al amor a cualquiera otro quehacer o proyecto, es posible que encuentres la luz del día.
      Gracias, amigo mío. Excelente comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s