Las calle de Aranjuez 5

Calle de la Reina

Cecilio Fernández Bustos

                     

A Tomás Ruiz, por su imparcial reparto de saber y de amistad

          

… fiesta que congregó a muchos espectadores a lo largo de la calle de la Reina, para admirar el cortejo por entre las dos filas de arbolillos plantados para dar sombra a la ruta hasta el puente sobre el Tajo. Fue en verdad deslumbradora la sucesión de berlinas, birlochos, landós, volantes, faetones y otros coches de paseo, así como de apuestos jinetes y hábiles amazonas, escoltados por la guardia personal autorizada a Godoy por los reyes.

José Luis Sampedro

(De Real Sitio)

 

E

ra un hermoso día de julio, la cacera que regaba los plátanos iba llena aquella mañana, casi a rebosar. Pese al calor de julio, la sombra de los plátanos, gigantes de gran porte que se cuadraban como adustos guerreros a nuestro paso y el discurrir del agua, daban una nota de frescor a la mañana. Paquito y yo caminábamos descalzos con el agua muy por encima de los tobillos, ¡qué tobillos, por las pantorrillas! Llevábamos las alpargatas en una mano y en la otra un puñado de palitos que íbamos depositando sobre la rizada superficie del agua. Eran los barcos de nuestra armada. Un grito, ¡ay!, y un salto fuera del agua, Paquito se acababa de cortar en la planta del pie y mostraba dos labios profundos, de donde empezaba a brotar abundante sangre. El asunto  me impresiona tanto que también grito, ¡joder! Un cristal, el casco de una botella rota le había herido profundamente y la sangre ya salía a borbotones. No sin gran esfuerzo, atamos un pañuelo alrededor del pie y con notables dificultades logramos replegarnos y llegar a casa de mi amigo. Su madre se encargó del herido y el practicante le clavó cinco plateadas lañas —parecidas a las que colocaba el paragüero lañador a los lebrillos de barro— para suturar el corte. Además, al lesionado le pusieron la antitetánica. Tras esta aventura, Paquito estuvo más de una semana, nunca mejor dicho, fuera de juego.

La calle de la Reina en Aranjuez. Juan Bautista Martínez del Mazo (Museo del Prado. Madrid)

La calle de la Reina en Aranjuez. Juan Bautista Martínez del Mazo (Museo del Prado. Madrid)

         La calle de la reina es una de las calles más emblemáticas de Aranjuez. Es una de las más extraña, atractiva e inclasificable de las calles del urbanismo universal. Cuando Aranjuez es declarada Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad, se está reconociendo, entre otras, la maravilla de esta calle. Larga y sedosa, como la cabellera de una virgen, con el verde de la primavera y del verano, el cobre del otoño o el frío enneblinado y desnudo del invierno, los plátanos de la calle de la Reina están ahí, con su centenaria juventud, para recordarnos que el lugar ha sido habitado por el hombre.

         La calle de la Reina es larga, muy larga, 3 kilómetros (los Campos Elíseos de París solo tienen 2 kilómetros). Nace al pie del Puente de Barcas y muere en el Puente de la Reina. Como dice Tomás Ruiz, «… se trata de una calle “entrepuentes” a semejanza de la que con tal nombre existe y que va desde la actual Puerta del Legamarejo hasta la plaza de la Isleta, y que fuese además la primera de las calles trazadas a cordel en 1545 y que sirviese a Juan Bautista de Toledo y a Juan de Herrera para el trazado de Pico Tajo».

Calle de la RTeina. Larga, larguísima. (fotografía CFB / 2012)

Calle de la RTeina. Larga, larguísima. (fotografía CFB / 2012)

         Si pasamos el Puente de la Reina, a la izquierda, nos encontrábamos un blando que el Tajo había ido formando y dando forma de pequeña playa, muy frecuentada por familias de Aranjuez en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. Aquellas familias se servían  del gango instalado ahí, en lo más alto, sobre el río, y que prestaba su nombre a la playa: Gango de Salivilla, Playa de Salivilla. Sí, ya lo he dicho, muchas familias combatían el verano de Aranjuez comiéndose el pisto, la tortilla o los filetes empanados de la noche en los gangos. Aquello era una fiesta para los niños que, también allí, aprendieron a nadar.

         Hace unos pocos días, un buen amigo, Tomás Ruiz, me comentaba el laberinto de nombres que había servido para nombrar a la calle de la Reina en su larga vida y me recordaba, citando «… la real Orden de Felipe II fechada en Febrero de 1557 se ordena hacer: “…el puente que está trazado se haga en el Tajo al cabo de la calle Grande…” Así podemos dar por buena que la primera denominación de la calle se corresponde con “calle Grande” (1556)». Fundado en encadenadas citas bibliográficas, mi amigo sigue comentándome los nombres que sucesivamente va teniendo la calle de la Reina. Así, aún en tiempos de Felipe II, se llamó calle de la Chopera de Alpajés y con Carlos II, que mandó plantar la calle con olmos negros, se la nombró, por primera vez, calle de la Reina. En la Segunda República se llamaría avenida de Joaquín Costa y finalizada la guerra civil volvería a llamarse calle de la Reina

         Amigo lector te invito a caminar conmigo. Vamos a pasearnos por la calle de la reina, nuestro paseo desde el principio hasta el final de la calle caminaremos tres kilómetros y si llegados al final, nos damos la vuelta para volver al origen, terminaremos una caminata de seis kilómetros. Este ejercicio lo hacen habitualmente muchos ribereños. Así que, prestos a iniciar nuestro paseo, para preparar el espíritu nos tomaremos una cervecita, solo una, en la Rana verde, el más francés de los restaurantes de Aranjuez, donde Marco Marchioni, al reputado sociólogo italiano afincado en Málaga, le sirvieron un “pernot” sentado tras los cristales y frente a las aguas otoñales del Tajo, y comentó, en este momento no sé si estoy en Aranjuez o en París. Aunque la calle es larga vamos a ir señalando sus ajustes y conexiones con el resto de la ciudad y algunas singularidades del jardín frontera de la calle.

El Rana Verde desde el Jardín de la Isla (fotografía CFB / 2011)

El Rana Verde desde el Jardín de la Isla (fotografía CFB / 2011)

         A la izquierda la verja del jardín que, el Tajo y la calle de la Reina dan cobijo, y sus diversas entradas, públicas unas, privadas otras para el manejo laboral del mantenimiento del jardín. «A lo largo de la calle de la Reina se accede al Jardín del Príncipe por un total de quince puertas…»[2], tres son las principales y utilizadas para la entrada y salida de los visitantes del jardín: Puerta del Príncipe, también conocida como Puerta del Embarcadero; Puerta de la Plazuela Redonda; Puerta de la Casita del Labrador:

Puerta del embarcadero. Jardín del Prícipe (fotografía CFB / 2012)

Puerta del embarcadero. Jardín del Prícipe (fotografía CFB / 2012)

         El jardín, frontera de la calle de la Reina, está constituido por la anexión de diversos espacios con nombre propio, que se van efectuando desde  el siglo XVI hasta principios del siglo XIX, si bien el trabajo de conformación y organización del jardín tal como lo podemos contemplar hoy, se lleva a efecto por el impulso de Carlos IV y la intervención de Pablo Boutelou y Juan de Villanueva[3]. Los espacios constitutivos del jardín del Príncipe que limitan con la calle de la reina son, según nos indica Teodoro en su excelente libro: Primer jardín (Español), Jardín de Primavera, Jardín Segundo, Jardines Quinto, Jardines Sexto, Jardines Séptimo, Jardines Octavo, Parque de Miraflores.

         Elementos singulares del la calle de la reina son Plazuela Redonda y Plazuela Cuadrada, ambas a la izquierda en la zona que amablemente da perfil al Jardín del Príncipe. Otro elemento singular, éste de muy reciente construcción, la Fuente de Cervantes, en los pares, al comienzo de la calle, frente a la Puerta del Príncipe o del Embarcadero. En el año 2005, la Comisión del IV Centenario, creada por iniciativa popular, y la colaboración del Ayuntamiento y empresas de Aranjuez, levantó un Monumento a Cervantes, conmemorativo de VI Centenario de la publicación del Quijote.

Plazuela Cuadrada. Calle de la Reina (fotografía CFB / 2008)

Plazuela Cuadrada. Calle de la Reina (fotografía CFB / 2008)

         La calle de la Reina forma con las calles del Príncipe y de las Infantas, el tridente occidental, cuyo vértice de convergencia se sitúa en la fachada occidental del Palacio Real. A la derecha tienen su origen, directo o simulado con la interposición de la paralele calle de la Primavera, las calles: Stuart, Capitán, Rey, Montesinos, Foso, Primero de mayo, Sóforas, Calle de las Aves (más conocida como camino de la Pavera, Casa la Monta, Sotomayor), Calle de Macadán.

         La calle de la Reina ha sido siempre una calle muy querida por los ribereños. En primer lugar por su belleza y capacidad de acogida. Lugar ideal para los primeros besos, para el ejercicio deportivo, para el paseo relajado, para acechar a las torcaces y algún faisán de los que dormían en los frutales de Las Parrillas en tiempos de hambre y para citarse a dilucidar, con los puños si era necesario, quién debería ser el novio de aquella chica tan guapa. José Ángel Orgaz Torres, en su excelente Se ha cometido un crimen[4], nos cuenta como, el 30 de junio de 1920, Juan Vicente Jiménez dio muerte de una cuchilla a Miguel Domínguez en el curso de una pelea que ambos habían concertado para disputarse el amor de una muchacha que, valga la paradoja, no manifestaba interés por ninguno de los dos.

Platanos de la Plazuela redonda. Calle de la reina (fotografía CFB / 2012)

Platanos de la Plazuela redonda. Calle de la reina (fotografía CFB / 2012)

         Aquellos, como yo, que hemos vivido ya unos cuantos años, recordamos con nostalgia el trasegar de grupos de chicos y chicas de camino hacia el Cortijo de San Isidro todos los 15 de mayo. Y en el regreso, ya a anochecido y sin luz artificial, intentando el robo de algún beso a la moza que bailó contigo al son del acordeón o, tal vez, fue la Orquesta de Don Francisco Simón la que amenizó el baile aquel día.  

         De niño, lo que más me impresionaba de la calle de la Reina era el hecho de que, en todas las puntas de las lanzas en que remata la verja del jardín, había una libélula viva y despiadada a la caza de comida. Los niños las mirábamos siempre como si fueran pequeños helicópteros. Y, de cuando en cuando, no era difícil encontrarse, frente a frente, con un escarabajo rinoceronte, abundantes entonces y hoy prácticamente desaparecidos.

Escarabajo rinoceronte identificado en la calle de la Reina (fotografía CFB)

Escarabajo rinoceronte identificado en la calle de la Reina (fotografía CFB)

         Difícil me lo han puesto los recuerdos. La calle de la Reina es una de las piezas más singulares del urbanismo ribereño. Aquí me gustaría a mí ver a Hemingway hablando de los Campos Elíseos de París o a Pedro de Répide hablando del Paseo de la Castellana. Él no, pero yo si tomo de su descripción del Paseo de la Castellana, las primeras palabras. “Este magnífico paseo forma la  más extensa de la hermosísima avenida denominada” calle de la Reina, que va desde la glorieta de Rusiñol hasta el puente de la Reina —con vocación de seguir, como ya hizo en otros tiempos, con ese nombre hasta la curva del Embocador—. En esta calle, tres kilómetros de larga, me imagino el discurrir del tiempo y de las gentes —las que fueron, las que son y las que serán— Carlos III, a caballo o birlocho, trasladándose al Cortijo de San Isidro y tal vez el palafrenero, siempre cerca del monarca, con las armas preparadas por si algún venado o algún jabalí se cruzaba en el camino.

         También me paro a considerar los grupos de señoras y señores mayores descendiendo la cuesta que va desde la Residencia Santiago Rusiñol a la entrada al Jardín del Príncipe, por la puerta de la plazuela redonda. Y el trajín, cuando yo era niño y adolescente de las parejas de enamorados —aún las gentes no teníamos coche—, buscando un lugar recatado o defensa de mirones y clérigos enviados por la verdad contra los pecadores. Ya en estos tiempos, cuando ya no hacía ninguna falta ni importaba, mandaron encender la luz en la calle de la Reina y la luz se hizo, ¡vaya si se hizo!, hasta el mismísimo puente de la reina, facilitándoles a los búhos la posibilidad de dar a la caza alcance.

         Yo era usuario permanente de esta calle para juegos, paseos y lecturas. Vivía sólo a cien metros, en la calle del Capitán y hasta recuerdo que, en pleno verano, antes de los exámenes finales de curso en Loyola, tres amigos, Luis, Jose María y yo, dedicábamos las siestas a preparar esos exámenes en la mismísima Calle de la Reina, en el poyete de la verja del jardín. Y la calle o nuestro esfuerzo nos reportaba unas excelentes notas. De aquella forma nos anticipamos, los tres amigos, a los esfuerzos que hacen los estudiantes de hoy en las salas dedicadas al estudio en el Centro Cultural Isabel de Farnesio. Si, cuando la calle de la Reina abre sus puertas y escuchas el zurear de las palomas, has hecho tu entrada en uno de los más excepcionales salones de Aranjuez. Y nosotros tres lo hacíamos, aquellas tardes de verano, para preparar nuestros exámenes.

         Caminar por la calle de la Reina, por el paseo limitado por los plátanos y la verja del Jardín del príncipe es como si te abrieras paso en un bosque, donde vas bebiendo, sorbo a sorbo, las luces de la mañana o del atardecer que se filtran por la cúpula de la enramada. Ayer eran carricoches y cabriolés, hoy son automóviles y por el paseo jóvenes deportistas y mayores que buscan mantener la forma, bicicletas y caballos montados por jinetes y amazonas y también aquellos que sujetan las correas de sus fieles compañeros, los perros. Y emocionante la ternura de las jóvenes mamás con sus retoños de la mano o en ligeros cochecitos.

         Hay un hecho meramente físico, de la misma biología de las plantas, me refiero al porche de tejido vegetal que, a gran altura, forman los árboles sobre la calle. Dicho en otras palabras, sombra, que no umbría, por la que se mueve levemente el viento. Ricardo Lorenzo, en el artículo publicado en el semanario  MAS, el pasado 11 del actual, sobre la visita que Mesonero Romanos hizo a Aranjuez en junio de 1831, cita  “Por la tarde salí al paseo de la calle de la Reina, que era  el punto de reunión. La misma escena que por la mañana, aunque en distinto teatro. Todas las damas sentadas a lo largo del enrejado de los jardines…”. De otra parte, el recuerdo me está estirando de una manga de la chaqueta, posiblemente todos los lectores de este blog hayan tenido noticias de las grandes avenidas del Tajo. Este río, tan triste y desaguado hoy, fue hasta el año 1947 un río bravo que provocaba importantes avenidas casi todos los inviernos y primaveras. E incluso alguna tormenta de verano u otoño podría provocar su desbordamiento. Y cuando esto sucedía, sus aguas inundaban la Calle de la Reina. Ya no se desborda el Tajo. De su poco caudal y la permisiva mirada de todos, sus aguas se han poblado de especies no autóctonas, acabando con la biología natural del río. No obstante, pese a la muerte del Tajo, la Calle de la reina sigue ahí, fracción de vida y flor de la elegancia.

 


[1] Ángel Ortiz Córdoba.- Topónimos de Aranjuez y su comarca.- Editorial Doce Calles / Aranjuez, 2005

[2] Teodoro L. Díez Carnero.- Aranjuez. Un museo en la calle. Ediciones Marañón / Aranjuez, 2011

[3] Teodoro L. Díez Carnero.- Aranjuez. Un museo en la calle. Ediciones Marañón / Aranjuez, 2011

[4] José Ángel Orgaz Torres.- Se ha cometido un crimen. Crónica negra de Aranjuez y su comarca (1844-1931).- Editorial Doce Calles / Aranjuez, 2011

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20 comentarios

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20 Respuestas a “Las calle de Aranjuez 5

  1. Carlos

    Veo, Cecilio, que arrancas con fuerza el año, y te felicito por ello y me aprovecho para pasar un buen trecho de mi tiempo de ocio leyendo tu crónica. Hablas de recuerdos y aportas datos históricos y sociológicos. Me llevas bastantes años de ventaja, pero mis recuerdos, en parte, coinciden con los tuyos, de ahí que mi lectura me permita confrontar tus recuerdos a los míos. Ya te indiqué en reseñas anteriores, que utilizo los artículos de esta sección cada vez que me visitan amigos de fuera. Me gusta sobre manera la sensibilidad de tu mirada y la poeticidad con que asumes el paso del tiempo y la realidad que no se degrada pero sí se contamina. Las fotografías son magníficas y el texto, esta tarde de invierno, recrea un bello poema sinfónico. Disfrutar de la villa de Aranjuez es caminar por sus calles y tú las haces más propias del individuo, más íntimas, pues nos ayudas a conocerlas mejor poniéndoles letra y música a las calles de la ciudad. Te felicito por tu trabajo. Un abrazo. Como siempre, Carlos Manrique.

    • cecibustos

      Carlos:
      Me tienes muy mal acostumbrado. La lectura de tus comentarios me eleva a mí y eleva a mis escritos a categorías que, si no fuera por los años, podrían dar vértigo. Mas es cierto, la edad atenúa los brillos y en estos tiempos que nos anuncian un retorno a no se sabe donde (habrá que volver sobre el mito del eterno retorno), quisiera huir de antiguos romanticismos.
      No obstante, ¡a qué negarlo!, me gusta que te gusten las fotografías y es para mi un regalo que lo digas. Ya que no buen retratista en mis esfuerzos por describir las cosas, me gratifica acertar en alguna ocasión con las fotografías. Así que seguiremos fotografiando y contando historias y emociones sobre las calles de Aranjuez.
      Gracias, Carlos, muchas gracias.
      Un fuerte abrazo,
      Cecilio

  2. Después del comentario de Carlos ya no tengo palabras, solo me queda felicitarte por este nuevo trabajo, como siempre exquisito, delicado y grande como no podía ser menos de una gran persona.

    • cecibustos

      Juan:
      Me gusta, amigo mío, que te guste. Algún día alguno de nosotros tendremos que hablar de lo que la “calle de la Reina” ha supuesto, como crisol, en la formación de tantas generaciones de ribereños. El apoyo de vuestras lecturas es buen acicate para seguir construyendo este diminuto puente verbal y gráfico.
      Muchas gracias.
      Un fuerte abrazo,
      Cecilio

  3. Lola

    Querido Cecilio,
    Otra vez me vuelvo a colar… En “tus palabras dichas”.
    Son bellos tus recuerdos nostálgicos e inolvidables, inspirados de tres kilómetros de calle, los de la calle de la Reina, calle que forma parte del “Urbanismo Universal”.
    ¡Qué importante es Aranjuez!, sus calles y ese restaurante “el Rana verde” a la orilla del Tajo. Nuestra villa, una ciudad comparada con Paris por sus largas avenidas, por el río, quizás por el romanticismo, por su paisaje, por nuestra historia, de gran influjo afrancesado .
    Tu escrito, es una apetitosa invitación al paseo. Así pues, caminemos por la calle de la Reina, disfrutemos de su belleza, de sus colores, de sus robustos plátanos de sombra, de la tranquilidad. Con amigos, con los hijos, las mascotas, recorramos la calle haciendo” footing “(el que pueda), en bicicleta, de la mano, abrazados, con un beso.
    Ha sido para mí un grato placer leer “Calle de la Reina”, descubrir esas fotos llenas de luz, de historia, de brillos y de vida.
    Me gusta tanto como escribes… Gracias,

    Lola

    • cecibustos

      Lola:
      Gracias, mil gracias por un comentario tan entrañable y lúcido. En alguna ocasión he dicho que Aranjuez existe porque existe el mundo. ¡Claro que sí!, toda posible comparación, aunque sea en miniatura y en el ámbito de lo nostálgico, nos acerca a otras existencias y nos afirma en nuestro ser.
      El campo libre y abierto, la montaña, las orillas de los ríos, la arena de las playas, las avenidas de maravillosas ciudades y como tú dices, la “calle de la Reina” son ámbitos ideales para pasear, solos o acompañados.
      Cuando tengas un rato disponible te invito a que me acompañes a dar un paseo por la “calle de la Reina”. ¡Te escucharé y me escucharas!
      Gracias y un beso grande,
      Cecilio

  4. Tomás Ruiz

    Para muchos de nosotros, la calle de la Reina tiene múltiples significados; de entre todos ellos, yo me quedo con el de “libertad”.
    En unos tiempos en los que nos privaron de la misma, la calle de la Reina nos la proporcionaba; es cierto que a veces eran breves instantes, pero eran de libertad.
    Juegos, paseos, quedadas, escarceo, cierta nocturnidad…..nos brindaba la ocasión de ser libres, donde en otros lugares no era posible.
    Esa calle, bella y larga, necesitaba de un texto que por fin le hiciese justicia.
    Cecilio lo ha conseguido.
    Eternamente agradecido por tú dedicatoria.
    Un abrazo de amigo.
    Tomás Ruiz.

    • cecibustos

      Tomás:
      Nadie como tú tiene un embeleso tan profundo cuando habla de Aranjuez. Nadie como tú, entre quienes yo conozco, conoce las esquinas, los árboles, las luces y las sombras de las calles de Aranjuez. Y nadie duda hoy que conocer es amar. No diré que nadie ama tanto a Aranjuez como lo amas tú, para que nadie se ofenda, pues, la intensidad de los sentimientos no es medible y a todos nos gustaría, al ocaso de una tarde cárdena sobre el Palacio de esta ciudad, ser examinados en el amor.
      Así, amigo Tomás, cuantas veces, libres al fin de miles ataduras no buscadas ni queridas, impacientes nos hemos escurrido por debajo de la mesa a la búsqueda del horizonte convergente de la “Calle de la Reina”. Sí, allí, al fondo, entre los plátanos gigantes y los barrotes de hierro, hasta el final.
      Muchas gracias por tu comentario, entrañable desde la entraña.
      Un abrazo,
      Cecilio

  5. Daniel Focus

    Cecilio, ¡qué calle más misteriosa!. No paro de pensar en la razón de su forma. Si el Palacio miraba hacia otra orientación, si la habitación del Rey no se embocaba a ella, si el acceso a Aranjuez estaba por otro lado, si no hay un hito monumental en su otro extremo, si cuando se proyectó el Jardín del Príncipe como tal no existía, entonces…porqué es un monumento único, inquebrantable su linealidad, sobre escalada en vertical, reforzada con doble hilera de tan rotunda especie vegetal?. En la pintura que pones al principio, parece que la calle se inicia con una puerta de paso aduanera? Dices que puede ser una calle “entrepuentes”, no es el puente de Barcas muy posterior al de la Reina?. Era un Salón, parte de un perímetro cerrado?, una entrada para los pueblos de la vega al este? Hoy la he recorrido en coche, en ella los vehículos saben por alguna razón que deben susurrar su velocidad. Qué buenos tus comentarios, Cecilio, nos pones primero en el contexto histórico y luego nos dices “estuve ahí”. Y qué manera de estar, recreando tiempos encantadores, en los que os bañabais en las caceras y os amabais como se ama frente al mar, en el límite. Poeta testigo como un Neruda. Gracias Cecilio, tu blog y esta entrada (tan trabajada también, larga y fértil) son otra calle de la Reina donde se congregan personas en ideal sitio,. Un abrazo fuerte y felicidades,
    Daniel

    • cecibustos

      Daniel:
      ¡Qué acierto el tuyo!: la “calle misteriosa”. Pero también la calle recia, la suave calle, la calle fría y la calle calurosa. La precisión de los adjetivos. Y, sobre todo, encontrar el color, ese rayo de sol que atraviesa el follaje e ilumina una mínima mota de polvo. Descubrir los olores y la emoción de los sentidos. Percibir el estilo, esa manera de apropiarnos de lo que es de todos y que tú también puedes sentir. Tener conciencia también de lo que nos observa y encontrar la palabra que nos contempla, no para repetirla, sí para prolongar la emoción.
      Así, la emoción primera recupera el sentido y nos dice que fue primero si la calle o el puente. Si este puente o aquel. El “Puente de Barcas” si bien su ubicación entre el “Jardín del Parterre” y el principio de la “calle de la Reina” no ha variado, si hay que reseñar que ha tenido diversos usos y facturas (tal vez escribamos sobre ello) y empezó a tener más personalidad hacia 1656 (ver Álvarez Quindós, pág. 265). El “Puente de la Reina”, según Ángel Ortiz (Topónimos de Aranjuez y su comarca), fue Felipe II, en 1557, quien ordena una primera construcción al final de la “calle Grande” y Carlos III, en 1774, será quien ordene la construcción del actual. ¡Por qué no!, calle ‘entrepuentes’.
      Dime tú, amigo Daniel, si no nos sorprenderás con una muestra resplandeciente de la escenografía monumental de la “Calle de la Reina”. Una especie de himno gráfico para contar el misterio y la delicadeza de esta gran alegría urbana.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  6. Pedro Santiago

    Cecilio, cada día me gusta mas leerte, supongo que porque lo haces bien, y por ello, porque haces que recuerde exactamente lo mismo que tu, a pesar de la diferencia de edad, -jajajajaja- espero que cuentes las “fechas esas de verano previas a los exámenes”, espero que no olvides a los “bueyes y a las remolachas”, asi como “algo” de los jóvenes, que después del esfuerzo de varios partidos de futbol jugados en la “plazuela redonda”, se sentaban a descansar en esos inviernos de “frío enneblinado” y por ende, hacían una hoguera de hojas secas o semisecas, para calentarse con el consiguiente olor a “tachun” según decían algunas madres de ellos, bueno que me estoy enrollando mas de la cuenta, que alegría me dais cada vez que os leo u os escucho.

    • cecibustos

      Pedro:
      Gracias por descubrir entre los plátanos ese ‘frío enneblinado’ que se adhiere a la ropa e incluso a la piel si no te tapas bien. No es malo enrollarse, amigo mío, cuando se escribe de aquello que vivimos ayer y que, al rememorarlo hoy, nos descubre que hemos vivido, que hemos sido. Y esto, nunca infiere que no segamos siendo, que no sigamos vivos. Yo, tal vez por aquello de la edad, jugaba a la pelota en la plaza Parejas y en la calle de las Infantas. También jugué en el Metropolitano, donde volaron Domingo y Miguel y Collar.
      Te reservo un texto, que se está escribiendo, donde hablo del dulzor de la remolacha y de la lentitud de los bueyes. Julio Llamazares, poeta leonés, nacido en Vegamian, pueblo que ya no existe porque se lo bebió el pantano del Porma, escribió un hermoso poemario titulado así —“La lentitud de los bueyes”— que empieza: “Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora. / Todo es tan lento como el pasar del buey sobre la nieve. Todo tan blando como las bayas rojas del acebo.”
      Gracias, muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  7. pablo

    Cecilio como no podiá ser de otra manera magnifica tu descripción de la calle de la reina. Estoy contigo de que es una calle asociada a nuestro ocio y con Tomás de que te daba cierta lilbertad o impunidad por su extensión que no había en el resto de las calles.
    Esas pilastras y barrotes que delimitan el jardin tienen filmada la pelicula de parte de nuestra vida.
    Hecho en falta el kiosko de Ramonet en la plazuela redonda, punto de repostaje entre el rana y el gango de salivilla.
    Un abrazo

    • cecibustos

      Pablo:
      El acierto de mis calles, caso de haberlo, es precisamente ese tono de universalidad local, casi simbólico, que actúa fijando en un lugar común alguna de nuestras experiencias, pues las hemos vivido en los mismos espacios, es decir en Aranjuez. Sin embargo no producen ese efecto en quienes no conocen nuestras calles o si las conocen, no se ha fijado un atisbo de su experiencia personal en ellas. El buen escritor, no es este mi caso, alcanza el éxtasis del lector creando un ámbito donde el símbolo es la experiencia, aunque ésta se sitúe en un espacio desconocido. Algo similar a la galleta de Proust.
      Cierto, imperdonable el olvido de “Ramonet”. Lo incluiré en el texto definitivo.
      Muchas gracias.
      Un fuerte abrazo,
      Cecilio

  8. MariCarmen

    Una vez mas en hora buena, Cecilio.
    Como siempre, a los ribereños nos llega a lo mas íntimo, sacar los recuerdos y vivencias de nuestras calles; y claro, quien no los tiene de la calle de la Reina. Es seguro que la mayoría de nosotros, coincidiremos en muchos, porque esta calle si que es de todos.
    Quien no echó barquitos al agua, y cogió ramilletes de margaritas mientras los perseguía, o la paseó las tardes de verano buscando el fresco, y por supuesto algo que seguro hemos hecho todos: Ir al cortijo el día de San isidro cargados con la merienda y mas contentos que unas pascuas.
    Estos recuerdos son de hace muchos años,y la calle sigue igual y nosotros somos muy afortunados que podemos seguir disfrutando de ella y su misterio, que para mi, no está en la propia calle, sino detrás de la verja: En el Jardín.
    MariCarmen.

    • cecibustos

      Mari Carmen:
      El arte, la pintura, la poesía son formas de representar la realidad. Esa parte de la realidad que el artista ha de coagular en su obra. Así, alguna fotografía, algún poema, alguna pintura dan cuenta del espectáculo de la “calle de la Reina”. Pero, creo yo, que está por escribir, por pintar, por fotografiar el milagro de esta calle que contribuye a conformar el espíritu de los ribereños. Estos no son conscientes de tanta maravilla, pues están acostumbrados a llevar sobre sus vidas los átomos, no la solidez de los objetos, sino el aura de la armonía que los aporta la “calle de la Reina”.
      Tú sí, querida amiga, vislumbras el festín, que no espejismo, de pasearte por esta mágica geometría cualquier tarde o mañana con sol o niebla y disfrutar los tonos fríos o calientes del color y sentir sobre tu cara una ligera brisa de luz o de contactos.
      Muchas gracias, por un comentario tan emblemático. Y cierto, ahí, tras la verja, está el jardín.
      Un beso,
      Cecilio

  9. Pedro Cerron Parrilla

    He leido el relato de la calle y me parece recordar los paseos que hacia con mis amigos ribereños.He pasado recientemente,camino al Cortijo,y reafirmo la belleza de la calle.Gracias Cecilio por mantener este Aranjuez maravilloso en el mundo. Saludos-Pedro

    • cecibustos

      Pedro:
      Me alegra saber que los paseos que doy por las calles de Aranjuez te ayudan a ti a recordar tu infancia y adolescencia. Así, pasear por la “calle de la Reina”, una de las calles más hermosas del mundo, elimina las distancias que establece el tiempo y te ayuda a vivir, a ser; pues, la memoria, es la vaina que contiene la semilla de la vida. Somos mientras podemos recordar que hemos sido.
      Gracias por tu visita a esta calle de la Reina.
      Saludos,
      Cecilio

  10. Saturnino Gonzalez Lejarriaga

    No se quien eres y he encontrado esta pagina por casualidad.Yo naci en Aranjuez en 1954 y vivi alli hasta 1969 . Estudie en Loyola .Jamas olvidare al Padre Fuentes.Jamas olvidare la Calle de la Reina.Alli ibamos mucho mis hermanos y yo a pasar las tardes con mi madre y mi abuela y cogiamos tila que caia de los arboles .Cuando murio mi madre, esparcimos sus cenizas en la calle de la Reina .A los pies de uno de sus grandiosos platanos.

    • cecibustos

      Saturnino:
      Muchas gracias por asomarte a “Unas palabras dichas”. Y gracias, también, por poner un comentario tan entrañable. Yo nací en Aranjuez en 1940, después de la mili marché a Madrid y por allí anduve veintiún años. Volví a Aranjuez y aquí sigo viendo salir el sol cada mañana y saludando a la vida.
      La “calle de la Reina” nos ha seducido a todos los que hemos tenido la oportunidad de vivir bajo su sombra y, ¡cómo no!, también ha enamorado a cuantos, viajeros de días y estudio o turistas de un día o un rato, han tenido la oportunidad de pasearla y pisar las hojas de los plátanos en otoño.
      Gracias, amigo. Un saludo muy cordial y hasta pronto.
      Cecilio

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