Un poema sobre “la veloz muda del tiempo”

Cecilio Fernández Bustos

 

En 1984, después de más veinte años de ausencia —aunque siempre estuvo cerca— regresaba a Aranjuez. Cuando se fue tenía veintidós años, regresaba con cuarenta y cuatro. El hombre había vivido dos etapas fundamentales de su vida y ahora comenzaba una tercera: ¿sería ésta la definitiva? El tiempo tendrá la última palabra.

 

HUMUS                              

                                                                                    

Si todo tiempo es eternamente presente
Todo tiempo es irredimible.
                                               T. S. Eliot
 
1
            El tiempo vuelve al tiempo las voces
y los ritmos. Los muertos de ayer
y los vivos de hoy eyaculan
la misma melodía, el mismo sortilegio.
El padre o el olvido confunden,
en la nada, la sospecha,
la duda:
el ser o no ser de la memoria
o fuente de espejismos que justifica
la luz, el hada o talismán, la esperanza.
            Aquella servidumbre
de brazos elevados hacia el cielo
—salitre en la memoria—:
los cánticos, los rezos, las odas al misterio
domando las pasiones.
Juventud en campana de cristal
mirando a las estrellas de un cielo sin sentido:
¡presagio de la muerte!
La carne, resentida del esfuerzo,
violenta, expectante, desvaída y sin luz
como de niños salidos de cloacas,
espumosos del humillante cieno
de lecturas infectadas.
Y siempre el eco duro,
la sátira razón,
el vitriolo corrosivo
de falsas profecías
borrando, destruyendo
la adorable torpeza de los óxidos:
asesinando, dando muerte
a las horas más osadas
con el corvo murmullo de lo negro.
            De la mina más íntima
no extrayendo los dulces
gemidos del albo terciopelo de los besos.
Depositando abyectos pájaros de tristeza
para roernos los hilos contagiosos
—¡oh, virgínea voluntad adolescente!—
en las lóbregas moradas
donde esperan jaurías
de obispos sobornados.
Y el potente discurso
despojando del polen
los estambres de las flores.
            Y el labio
se reseca en los crespones opacos
—duros hacia la noche sin ventanas—
donde el instinto hace crecer
las ondas dulces del deseo.
 
2
            Y el gemido, pleno en su redondez,
como una luna llena,
reposa  sobre la hierba fascinada.
Hay una perversidad obscena
que se licua en corriente sobre el río:
torrente donde la voz  se hace palabra
y música callada
y piedra blanda
como perfumado dardo
o bisturí hiriente que biseca las fronteras
y esparce la ansiedad en forma de despojos.
 
3
            El viejo talismán
                                      —arábigas presencias—
anuda entre los cuerpos
sospechas encendidas
y deja en las esquinas nocturnas
el jadeo pegajoso de un semen atrevido
y desplegado, como sangre
de lentitud sideral
que recorre los cuerpos:
¡ay de vosotros,
insaciables bebedores
del resplandor brillante de la dicha!
Cruces y medias lunas
batallan por las calles y las bardas,
donde el ojo sufre
aquella caliente mordedura
del brillo de los cuerpos desnudos,
opulento homenaje de verdes rutilantes
ebriamente escindidos de la vida.
            Espumas caprichosas,
                                              el mar
y sus rompientes
se anudan a los erguidos
brazos del recuerdo,
como si fueran blandas, reconocibles y sosegadas alas.
Desde el soplo profundo,
hermosamente hendido, borbotean
telúricas imágenes aún sin marchitar.
 
4
            La levedad de dulcísimas presencias
se extiende en la pulpa olorosa
del blando tacto de las rosas.
Y es como un cálido renacer
que ofrece, en copa de oro,
el inútil oficio de estar vivo.
            El poeta es un niño travieso,
algo triste y en ocasiones dulce,
que irrumpe en el dolor azul
de la distancia.
Mirad aquí,
sobre la mano fresca, ¿no veis
                                                la herida
de empuñar las albas de los días?
            La fría opacidad de lo extraño,
la faz de los umbrales doloridos,
la hipócrita mirada virtuosa
que sustenta la nada en el vacío.
Y las frutas soñadas
dormidas en la pereza del manantial,
desnudo y claro,
donde se muere el río
—poblado de bacterias y de herrumbre—
definitivamente acorralado hacia la nausea.
 
5
            Veo la tarde  o boca de la noche
con los muslos roídos,
                                   sin zapatos
ni barcos cargados
del rubio tabaco americano.
Tal vez un gramo de heroína
                                             o un suspiro.
Las puertas bien cerradas
y los vientres,
                      detrás de las persianas,
protegiendo los instrumentos de viento,
avanzan, imperturbables,
a la tibia ternura del yeso en la pared.
            Aún dudo,
                             ¡no sé si vivo o muero!;
las palabras no pueden deshacer el enigma,
ni abortar el hechizo.
Aunque la luz
inmovilice la forma de la sombra,
son rostros que miran sin pupilas
la sequedad del campo
y descargan su golpe,
                                  más allá de los gozos,
sobre una ausencia admirable en sus aromas.
La edad de las caricias
puesta a secar al sol
como una fruta pasa que el viento ha doblegado.
            Ya sólo eres mortal,
y percibes el frío del cuchillo,
abriéndose camino,
                              en la dicha del valle
donde habita el amor.
 
6
            Y sabes que habita entre las flores
—tal vez sombra
o  corrompidos pétalos—
la plenitud del éxtasis;
valle o prado, desfiladero
fragante de los pechos.
Encuentro y prólogo indefinible,
¡ay!, las caricias dulces como panales de primavera,
manantial donde se continúan las esperas de la rutina.
Donde amanece la pausa
hay un pequeño ceder,
un dejarse mecer
y socavar la solidez del hueso.
Y allí han de surgir las alegrías
que fundirán los hielos del invierno.
 
7
            Las sílabas perdidas y encontradas,
las tormentas de mayo
que llegan como el amor,
sin avisar, súbitamente,
y te dejan lavado,
empapado en transparencias.
La casa de los padres
que guarda tantas cosas,
tanto recuerdo inútil.
Los primeros poemas,
aquellos sin sabor,
                             faltos de música y aroma,
que escribiera el ingenuo adolescente
cuando Amadís de Gaula
cabalgaba en los cuernos de la luna.
 
8
            Hoy todo es claridad:
La pura claridad de los lejanos ecos,
como un rumor de notas esparcidas,
nos cerca y nos convoca,
—barquitos de papel en las caceras—.
¡Oh ceguera
                    de corruptos recuerdos
en la caverna íntima del tiempo ya vivido!
El útero del tiempo,
la matriz siembre viva
que nos hiere en el parto intenso
                                                  del recuerdo;
y nos dice con su voz diminuta y afilada
y se aproxima aquí,
junto a la tierra yerma,
y nos abre en canal el sabor de las lágrimas.
Esa voz arrogante
que nos pasea en carroza barroca,
fetales, siempre fetales en la duda,
ante las crines de los caballos negros
de las hadas dormidas
en la orfandad de las estanterías.
            El tiempo vuelve al tiempo las voces
y los ritmos. Los muertos de ayer
y los vivos de hoy eyaculan
                                             la misma melodía.
el mismo sortilegio.
Anuncios

6 comentarios

Archivado bajo De este caminar

6 Respuestas a “Un poema sobre “la veloz muda del tiempo”

  1. Carlos

    Cecilio: ha merecido la penar aguardar todos estos días hasta que, por fin, nos has concedido la dádiva de una entrada luminosa, poética, generosa en contenidos, rica en imágenes, en sentimientos, en verdad, en recuerdos, en presencias gozosas -o inútiles-, expresión máxima de la paradoja del vivir muriéndose, acostumbrándose al despojo, al desvelamiento de lo íntimo, de lo más puro que cada hombre guarda en el desván de las experiencias vividas, a las que suma lo imaginado o lo soñado. Imágenes y ritmos subrayan el lirismo de una voz que nos muestra el camino vivido: rememorar supone, en cierto modo, transformar aquello que fue nuestro y que nos pertenece porque lo nombramos. Hay un exceso de materia poética para desentrañar, así, de golpe, una valoración crítica global; necesito una lectura pausada, cercado por esa música callada, pero la sensación primera es la que queda y la que permite aventurarse por este hermoso ramillete de ocho poemas que nos muestran al Cecilio que, solo de vez en cuando, se muestra, con su grandeza, a los ojos de los lectores. Celebro tu creatividad. Y te recuerdo que espero más ramilletes poéticos o filosóficos, según solple el viento y la inspiración y el trabajo que, como artesano, cincelas en cada verso. Un abrazo. Carlos Manrique.

    • cecibustos

      Carlos:
      Siempre he tenido muchas dudas con este poema o, como tú dices, estos ocho poemas. La lectura del último libro, “Entreguerras”, de reciente Premio Cervantes, mi admirado José Manuel Caballero Bonald, me ha sugerido que este poema mío, también autobiográfico como el suyo y salvando todas las distancias, tenía una cierta belleza que yo no acababa de encontrar. Tal vez sea un poco frío y lo poético no esté del todo resuelto, pero si hay un profundo barrunto de lirismo y un lenguaje que se acerca ahí: “… ¿no veis / la herida / de empuñar las albas de los días?”
      No obstante, ni ayer lo fue ni hoy tampoco “…es todo claridad”. Por aquel tiempo, cuando escribí este poema, estaba seducido por algunos elementos que podrían ser considerados de antipoéticos, el prosaísmo y la ironía por ejemplo. Hoy, sin embargo, estos elementos casi se han universalizado en la poesía de los más jóvenes. Ángel González diría aquello: “De vosotros, / los jóvenes, / espero / no menos cosas grandes que las que realizaron / vuestros antepasados.”
      Gracias por un comentario tan gratificante para mí.
      Un abrazo,
      Cecilio

  2. Ceclio, escucha como suena esta palabra (la sonoridad de las palabras es tan importante para vosotros…): ¡NÍNIVE!…el blog de Cecilio: la capital de la antigua Asiria. Voy hacia allá, no tengo baldaquino, soy un eslabón en la fila de camellos porteadores…ya llegamos, altas puertas nos dan sombra, puertas labradas como mapas, no alcanzo a ver la cumbre de sus cornisas. Ocho poemas son sus puertas para gigantes, la ciudad se amuralla en el margen izquierdo del río Tigris (en el margen izquierdo del río Tajo nace Aranjuez)…Los porteadores bordean la ciudad cabizbajos, en la fila uniforme, se alejan lejos de las puertas de Nínive. Yo me quedo en la puerta 1, es en esta ciudad donde ocurre todo, quién quisiera mejorar en una ciudad más fácil. En los relieves esculpidos creo leer un canto a la muerte de las civilizaciones, el ayer el mañana de todas ellas, esa consabida letanía. Parece que la muerte puede ser hermosa, quizá porque se relata con la energía de quién augura un renacer. Escribiste hoy describiendo un octógono monumental, bajo el que transitan los mortales que pasan, evitar la arena del desierto que sepulta, tallando ideas que deben permanecer…

    • cecibustos

      Daniel:
      Hace unos días, ante un grupo de amigos, comentaba tus actitudes como poeta y escritor. Hoy me descubre ante un texto, el tuyo en este comentario, que merece mi más sincera admiración. Está bien, tú aciertas a sugerir lo de las ocho puertas —las puertas siempre son para entrar o también, no lo dudes, para salir—. Y en estos días que andamos pendientes del maestro Azorín, nada mejor para asomarnos a una de estas puertas que situarnos bajo el dintel de un texto suyo, como si fuera un Pegaso alado que nos llevara del desván a la biblioteca de Ruiz Zafón a la de Alejandría. Dice Azorín: «Penetremos en la sencilla estancia; acércate, lector; que la emoción no sacuda tus nervios; que tus pies no tropiecen con el astrágalo del umbral; que tus manos no dejen caer el bastón en que se apoyan; que tus ojos, bien abiertos, bien vigilantes, bien escudriñadores, recojan y envíen al cerebro todos los detalles, todos los matices, todos los más insignificantes gestos y los movimientos más ligeros.»
      Ceclio, Cecilio, Cecilia. Lo cierto es que tengo dos santos y, supuestamente, dos celebraciones: Santa Cecilia, 22 de noviembre; y san Cecilio, 1 de febrero. Y una cosa es cierta, casi siempre he podido prescindir de los apellidos.
      Gracias a ti, Daniel, por un comentario, pura poesía, tan cercano y acogedor.
      Un abrazo,
      Cecilio

  3. Alberto

    Cecilio: menos mal que volviste porque si no nunca te hubiera conocido.

    Un abrazo

    • cecibustos

      Así que, ¡cómo no podía ser de otra manera!, también a mí, el regreso de Troya, me ha enriquecido con tu amistad.
      Un abrazo,
      Cecilio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s