En otoño manzanas

Cecilio Fernández Bustos

A María

Un peral con sabañones,
cuando en Aranjuez, maduros,
recelando que los rapen,
ya han puesto en cobro su fruto.
Francisco de Quevedo

 

Hace algunos años me propuse escribir sobre las manzanas que se habían cultivado en Aranjuez antes de que llegaran los tiempos del maíz. De ello surgió, como hipótesis de trabajo, organizar un seminario bajo el título Frutales que fueron en la vega de Aranjuez. Escribía yo entonces, sin documentación a mano, más por intuición y afecto que por información. Es decir, fundamentaba mi prosa en los recuerdos de mi infancia y adolescencia cuando los chicos andábamos por los campos y las huertas y cuando maduraban las frutas siempre encontrábamos los suelos, bajo el árbol, alfombrados de frutos que, sin gran dificultad, podíamos llevarnos a la boca.

         Las tierras que conforman el municipio están formadas por terrenos terciarios, sobre los que se depositan, recubriéndolos, depósitos del cuaternario. Los terrenos terciarios se consideran pertenecientes al Mioceno y ocupan, fundamentalmente, la parte Este y Sur. Estos depósitos se extienden por los cauces del Tajo y del Jarama y todo el entorno próximo a los ríos.

Sí, allí, al fondo el Cortijo de San Isidro. Que le pregunten a Carlos III (fotografía CFB)

         Con una mirada edafológica y su relación con la agricultura, según afirma Carmen Carrera Sánchez[1], los suelos que conforman la mayor parte de la vega de Aranjuez están constituidos… por un suelo poco evolucionado, formado sobre los ‘sedimentos fluviales’ de las terrazas del Jarama y del Tajo. Son suelos que presentan unas condiciones agronómicas muy buenas: potente espesor, textura arcillosa, equilibrado contenido de carbonato cálcico, pH básico… etc., unido a su disposición topográfica de terraza llana y su proximidad al río, que permite la mecanización y la irrigación.

         El valle que ha labrado el Tajo en la Comunidad de Madrid y en los que ha ido depositando lodos con sus magníficas avenidas a lo largo de los siglos hasta aquel día, infeliz para el río, en el que se cerraron las compuertas de Entrepeñas y Buendía. A partir de ese día ya no hubo grandes ni pequeñas avenidas y se acabaron los depósitos de légamos nutrientes para enriquecer la tierra. Se inició la época de los abonos químicos y de los herbicidas.

Más que manzanas, manzanitas ornamentales (fotografía CFB)

         La vega de Aranjuez fue desde los tiempos de Felipe II un excepcional enclave para la experimentación de los más diversos cultivos. Con ello se pretendían dos cosas: la obtención de frutas y hortalizas de calidad para el consumo y, ¡claro está!, la rentabilidad económica de estas feraces tierras para las arcas de la corona. Se importaron plantas y agricultores, desde aquel Austria, el segundo de la dinastía, hasta los últimos borbones.

         Y luego fueron las gentes de Aranjuez las que levantaron surcos de la tierra para posar semillas o plantones. Y conocimos frutos excepcionales: la fresa y el fresón de excelente calidad —forma, color, aroma y sabor inigualables—; los espárragos, los blancos que aquí llamábamos pericos; tomates, pimientos, pepinos, berenjenas y melones en los cálidos veranos ribereños; y en invierno, magníficos y apretados repollos, lombardas, coliflores y esas únicas, coles de Bruselas, que cocidas en casa se funden en la boca como el mejor manjar; y no se olvide nadie de esas, verde oliva, orondas y apretadas alcachofas.

         Pero hay más aún, en aquel Aranjuez, que heredamos de maestros como Joaquín Cotanda y otros que por aquí anduvieron, habitaron frutales de los que ya ni el nombre queda. A mí no me cabe ninguna duda, la manzana, con cerca de veinte variedades, era la reina de las huertas de Aranjuez. Algunos nombres recuerdo con verdadera veneración: verruga, verdedoncella, san Felipe, camuesas, peros… Y junto a las manzanas las peras: las más famosas las de agua, pero yo tengo en la memoria de mis pupilas gustativas unas peras, aquellas que llamaban de naranja, de las que comí algún fruto, hace muchos años, de un solitario árbol que daba sombra a un cobertizo en una huerta de las Cabezadas.

¡Qué membrillos!, recolectados a la orilla del Tajo. (fotografía CFB)

         Junto a la manzana, la ciruela también tenía una espléndida variedad y representación: en el jardín del Príncipe se cultivaban unas ciruelas rojas, gordas casi como manzanas de las que he olvidado el nombre, dulces y perfumadas que algunas de las tardes que acompañaba a mi padre al jardín me daba el Jaro, uno de los capataces de aquella huerta. Pero la ciruela de Aranjuez era y es, aún la cultivan en el Cortijo de San Isidro, la Claudia. Ésta ciruela, no exenta de cierto peligro digestivo, podía hacer feliz o puede hacer feliz a cualquier aficionada a las delicias.  


            [1]Carmen Carrera Sánchez.- Estudio geográfico de Aranjuez y su área de influencia /Inédito

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8 comentarios

Archivado bajo Las cuatro estaciones

8 Respuestas a “En otoño manzanas

  1. Buenos días señor Manzana, cronica mezclada: tu niñez vivida en aquel Aranjuez (el poeta) junto la ciencia de estos estratos (el ilustrado), el ánimo fuerte contra el tiempo (el político), los frutos expuestos sobre ricas lozas (el museólogo). Tu visión puente: entre la orilla de aquella época en la que se inventaba y la próxima consciente de lo que aún queda. La huerta de Aranjuez, la huerta de Madrid, el ingenioso invento del ornamento que alimenta. Tengo debajo una frutería que da peras de agua, conozco a un señor que conoce t o d o s los nombres de las manzanas de Aranjuez y ahora conozco propiamente al señor Manzana: disfruto entonces de la versión horticultora de aquella vega en la que si bien abunda la maicena quién sabe si pudiera volver al manzanar…al menos no hay hormigón sobre ella. Abrazos Cecilio, muy sabrosa tu entrada, “one apple a day, takes the doctors away”..

    • cecibustos

      Daniel:
      Un poema de de Caballero Bonald, publicado en el amplio espacio de su madurez, finaliza con estos dos versos: “Dichoso aquel que un día desanduvo la vida / hasta alcanzar la paz de lo no aconsejable.” Y yo me pregunto ¿qué paz puede haber en lo no aconsejable? El poeta, en el mismo poema, responde a mi pregunta, preguntando por aquello cuya respuesta han sido estos dos primeros versos, que son los últimos del poema: “¿Eligió sin querer lo menos / predecible, es decir, lo más justo?” Manzanas, poesía, política, arte ¿acaso sea esto la vida?: seguramente hay vida en todo ello y, tal vez, no sea necesario buscar más elecciones. Así, pues, quedemos aquí, junto a los otros, los que buscan el pan en estas tierras y viven la belleza de un cielo tan limpio como el que miramos en esta mañana.
      Qué viene el frío, arquitecto, ¡ay, de los hombres!, y nuestro poeta de hoy, en el poema que nos acoge, empieza diciendo: “Dichoso aquel que una mañana / de repente / se aparta del camino que anduvo cada día / durante muchos años hasta el inapelable / distrito del deber.”
      Pero el cielo, ya lo he dicho, está de dulce esta mañana.
      Gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  2. loli

    Cecilio, a mí también me recuerda, ¡hace de esto tanto tiempo!, cuando a la salida del trabajo —de MAFE—, algunas compañeras y yo nos íbamos a una huerta cercana a comer manzanas, de las caídas de los árboles. ¡Estaban buenísimas!
    Igualmente, recuerdo las que comía en la casa de una amiga, sus padres tenían un arcón lleno de manzanas de diversa clases que les facilitaban unos amigos agricultores. Recuerdo las de “verruga” y las de “verde-doncella” e incluso creo recordar las de “san Felipe”. ¡Qué duda cabe!, nos venían muy bien para quitarnos el hambre.
    Un beso, Loli.

    • cecibustos

      Loli:
      Aquellos recuerdos de manzanas que dejaron de existir por que fueron otros los intereses y necesidades de quienes las cultivaban, deben alimentarnos el alma y la conciencia de haber sido ayer y seguir siendo hoy. Lo contrario, también el poeta jerezano, José Manuel Caballero Bonald, nos puede decir algo porque él, como todos, también tiene un tiempo vivido ayer; y nos lo dice así: “Oh memorial de nadie, oh tentación / de desandar el tiempo cuando ya no subsisten / sino tercas opciones a rescindir la vida.”
      ¡Claro que sí, hemos vivido y aún, vivimos!
      Un beso,
      Cecilio

  3. cecibustos

    Rafael Muñoz Martínez
    26 octubre 2012 en 13:07 (Editar)
    Cecilio: Hablas de las manzanas de Aranjuez. Yo tengo el recuerdo, que no he olvidado nunca, de cuando vine a Aranjuez en 1935. Habitaba en una casa del Patrimonio, cerca del “camping” actual, un amigo y paisano de mi padre. Un buen día nos invitó a merendar en su casa y después nos llevó a los guardillones donde almacenaban las manzanas cosechadas. Exhalaban tan agradable perfume que se me quedó grabado para siempre. ¡Cuánta diferencia con lo que consumimos hoy, que la mayoría de las veces ni sabe ni huele!

    • cecibustos

      Rafael:
      ¡Amigo mío, qué feliz idea recordarnos los guardillones donde maduraban las manzanas de verruga y verde-doncella! Hay que los oficiantes de los fogones, los grandes chef, nos hablan de las delicias de los laboratorios gastronómicos, que hubieran dicho si hubieran caminado, con la cabeza agachada para evitar las vigas, si hubieran paseado por aquellas guardillas, evitando pisar a las manzanas, oliendo, solo oliendo y, tal vez, mordiendo en la oronda preñez de una verde-doncella sonrosada y escarchada.
      ¡Qué días aquellos!, diría el fabulista. Gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  4. MariCarmen

    Pues claro que me suena: A infancia, a juegos , a humo, a jugar en la calle, a calor de estufa y brasero, a pan aceite y azucar y aquella carne de menbrillo que hacía mi abuela.
    El tiempo se lo llevó todo, y nada tienen que ver las manzanas de ahora con aquellas, pero seguimos teniendo manzanas, aunque no sean tan buenas.
    La pregunta es: Cómo serán las del futuro, igual las tomamos en capsulas.
    Espero que no.
    Un beso. Mari Carmen

    • cecibustos

      Mari Carmen:
      Hacía tiempo que no te leía por aquí. Un placer siempre tu mirada y tu palabra, justa y emocionada. Tal vez somos nosotros quienes nos hemos escapado de un tiempo que sigue ahí, agazapado en la mirada de los recuerdos. Mi hijo me dice con cierta frecuencia —¡Qué hermoso debería ser el Aranjuez de tu infancia! Y sí, era hermoso, ¡qué duda cabe!, pero, carecíamos de tantas cosas que no podría decir que las manzanas justificasen aquellas carencias.
      Gracias, muchas gracias.
      Un beso,
      Cecilio

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