Señor Antonio, ¡qué Dios nos perdone!

Cecilio Fernández Bustos

 

  

         Aquella primavera a Pedrito Jiménez le nacieron espolones de gallo en los talones. Al principio se asustó un poco y pensó que le había llegado la hora de la retirada. Sin embargo, pasados unos días, cuando se abrió espacio en las alpargatas y pudo caminar con normalidad, como había hecho siempre, se le pasó el susto y volvió a tocar la turuta y el tambor de hojalata para espantar a las grajas que invadían los sembrados.

         Esta historia, ¡qué Dios nos perdone!, se originó cuando los niños del pueblo empezaron a padecer ‘el mal de las letrinas’, una especie de fiebres tifoideas —aún sin registrar en las crónicas médicas— que solamente atacaba a los más pequeños y que, en algún caso, dio con los pobres angelitos en el cementerio. Los primeros afectados, ya instalada la enfermedad entre nosotros, pasaron desapercibidos, enterrados, nunca mejor dicho, en el magma apabullante de la burocracia sanitaria. Más tarde, nuevamente la burocracia, en este caso la municipal, siguió atenuando los efectos de la alarma social contando hacia atrás, en vez de hacia delante, el número de los afectados, ya que en estas prácticas son maestros algunos funcionarios recién llegados. De esta forma, no solo disminuía la cifra de los enfermos, sino que, en descuidándose un poco, resucitarían a los ya fallecidos y, además, paradoja de las estadísticas, crecía y crecía el número de habitantes dando a los números un exiguo porcentaje. Mas, pese a tanta escrupulosa vigilancia por parte de los poderes públicos, las madres, que a la salida de los colegios esperaban a sus hijos, hacían recuento de los niños todos los días y anotaban, a las puertas de los centros educativos, las nuevas ausencias que se iban incorporando a las listas de afectados; así, día tras día, dejaban en entredicho el balance del Padrón Municipal.

Yo no he sido, mis amigos siempre limpian (fotografía CFB)

 

         En un primer momento nadie, o casi nadie, se interesó por el problema, es decir, a nadie le acudió la idea de que pudiera tratarse de una epidemia y de que, como todas las epidemias, ésta también tuviera una causa. Desde hacía tiempo, un lamentable escepticismo, hecho de distancia y frustración, se mecía adormecido en la conciencia de los ciudadanos, se habían olvidado de compartir y respetar responsabilidades y servicios públicos. Preocupaba poco, digo poco, no preocupaba nada lo que pudiera sucederles a los demás. Hacía muchos años que pasaron las épocas de los apuros comunes y hoy, regalados como estaban con las comodidades absurdas y abundantes de una sociedad consumista e insaciable, tenían bastante con mirarse a sus propios ombligos y, cosas de la vida, pasara lo que pasara, nadie se sonrojaba. Así que, una vez en casa, los ciudadanos nos dejábamos mecer por el estruendo de los muchos aparatos, sin importarnos para nada si molestábamos o éramos molestados, que tanto monta. Eso sí, los niños iban a los colegios de excelencia y todos, sin excepción, tenían una o varias ‘mascotas’: animales, más o menos exóticos, robados, y nunca mejor dicho, a su ámbito natural.

         En este espectacular delirio, a los perros —excelentes compañeros del hombre—, más abundantes que ningún otro animal y tan numerosos como los humanos, sus dueños, a escondidas o con espíritu exhibicionista y provocador, les dejaban campar a sus anchas por las calles, patios, parques y avenidas de la ciudad. Difícil se hacía distinguir un metro cuadrado de espacio público que no hubiera sido colonizado por los excrementos de los perros y no había una sola esquina, farola, árbol o matojo, por pequeño que fuera, sin la corrosiva señal de los orines de estos simpáticos mamíferos.

Ahora voy de paseo. Mi dueña lo limpia siempre (fotografía CFB)

 

         Cuando las madres con hijos en edad escolar, reunidas en asamblea, hicieron el recuento de los niños que faltaban, ya próximo el final del curso, constataron que más de la mitad de los niños y niñas de la ciudad habían sido marcados por la enfermedad del ‘mal de las letrinas’ y, según los datos que obraban en su poder, siete niños, cinco niñas y ocho jubilados, habían estado a punto de morirse de asco desde el comienzo del curso hasta el día de la fecha. Los perros habían dejado claro en sus declaraciones que la responsabilidad era de sus dueños, amos o amigos. Con gran consternación, la asamblea de madres adoptó un acuerdo, que hicieron llegar a la corporación municipal, por el conducto reglamentario, exigiendo el reconocimiento de la epidemia y la puesta en marcha de los procedimientos necesarios para acabar con el mal.

         Los vecinos de aquella histórica ciudad se vieron obligados a llegar a un acuerdo singular: los ciudadanos propietarios de perros estaban obligados a limpiar la ciudad de todas las deyecciones que fueran de su particular propiedad, ya fueran tiernas o secas, que sus canes habían ido depositando en la vía pública en los últimos tiempos. Eso sí, por cada mierda humeante deberían retirar otra de las secas o resecas aunque no fueran de su propiedad. No había cuartel, si alguien osaba negarse a tal ejercicio sería severamente castigado con una importante multa.

         Pasó el verano y ya entrado el otoño, a Pedrito Jiménez se le cayeron, sin ninguna intervención galena, los espolones de la primavera y, tras la sementera, de nuevo se colgó su lata y corrió a los campos gritando y haciendo todo el ruido que su infancia de niño sin escolarizar le permitía, para espantar a todo pájaro viviente que intentara comerse las semillas recién plantadas. En estas, el octogenario, Antonio Jiménez, se despertó de la siesta con el gaznate seco y se acordó del botijo del que bebía agua cuando, niño aguador y espantapájaros, corría por las huertas de la vega del municipio que lo vio nacer.  

Se va a enterar Pedrito…(fotografía CFB)

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6 comentarios

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6 Respuestas a “Señor Antonio, ¡qué Dios nos perdone!

  1. Loli

    Cecilio, has dado en el clavo. Me gustan los perros. Los dueños de las mascotas deberían recoger las cacas. Creo que ya lo hacen muchos, ¡espero qué cunda el ejemplo!
    Un beso.
    Loli.

    • cecibustos

      Loli:
      Ciertamente son muchos los asuntos que requieren una mayor atención y compromiso social por parte de los ciudadanos. Vivimos en una sociedad en la que todo vale y, si se puede, nada se paga y todo se justifica y, además, no consideramos necesaria una educación para la ciudadanía. Los canes, tal vez un pretexto, ya lo dicen ellos, no son los culpables de la suciedad de nuestras calles.
      Muchas gracias por tu comentario. Un beso,
      Cecilio

  2. pablo

    Cecilio como siempre muy acertado el mensaje que nos transmites sobre la responsabilidad de los humanos hacia sus mascotas, lástima que esta sociedad nuestra solamente ponga al acento en este aspecto. El sábado día 26 sin ir más el lejos, uno de los parajes más bellos para pasear de nuestro pueblo (desde el Rana verde hasta la bajada de la residencia) mostraba un aspecto deplorable a ambos lados de la calle de la Reina equivalente a bastantes contenedores de basura que se hubieran esparcido..La limpieza doy fe, empezó a las 8 de la mañana, a las tres de la tarde solo habian conseguido limpiar un lado y seguian con la labor. Evidentemente somos diferentes al resto de Europa en estos y otros temas. Nadie cree que sea rentable invertir en una sociedad más limpia y respetuosa con el salón de nuestra casa que es la calle.
    Un abrazo.

    • cecibustos

      Pablo:
      La sociedad no sé, pero yo no me quedo en el problema de los canes —problema que no es de ellos, sino de los humanos— Yo también quiero, admiro y respeto a los perros, ¡faltaría más! Y sé cuantas satisfacciones pueden ofrecer a sus dueños en el ámbito de la compañía y la seguridad; y no digamos cuando estos amigos trabajan y colaboran con los hombres en tareas de servicio público. En consecuencia, bien por los perros, mal por los humanos que no respetan las normas de conveniencia ciudadana.
      También he tenido oportunidad de ver cómo queda la calle de la Reina después de una noche de fiesta y creo que viendo ese panorama sobra todo comentario. Sí, amigo mío, yo me fijo en más cosas. Y veo como en nuestras calles se siembran las colillas de los cigarrillos, incluso se tiran desde las ventanas de las casas, y se escupe y se dejan las bolsas de basura al pie de un árbol, sin depositarlas en el contenedor, y se tiran los pañuelos y más inmundicias.
      Claro que vale la pena hablar de estas cosas.
      Gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  3. Carlos

    Feliz mezcla de artesanía y filagrana literarias: crónica, remembranzas, narración, lirismo, ensayo… Epidemias y enfermedades, contagios y pandemias, le gente vive, no sé si afortunadamente, ajena a cuanto pasa por delante de sus narices, siempre y cuando, claro, no les afecte a cuestiones económicas: llenar la panza o como señalas tú, Cecilio, rodeados de cosas y de inventos, como si solo el materialismo diese la felicidad, una felicidad transitoria y efímera, que se consume sin saciar; esa es la gran paradoja del capitalismo. Pero tampoco quiero cargar contra el consumismo ya que, valga la paradoja, este es la palanca que mueve el sistema económico, sin el cual no hay sabia ni gasolina que encienda los motores. No obstante, algo tendrá de bueno el materialismo, o lo que es lo mismo, la posesión de la riqueza que permite la adquisición de bienes materiales cuando los que tienen la sartén por el mango no quieren compartir, de ningún modo, la riqueza con los que nada o poco tienen. Los perros, esos fieles acompañantes de la soledad de los hombres, no tienen ninguna culpa del comportamiento incívico de sus dueños, quienes actúan de manera inconsciente y absurda, tal vez como síntoma de esa epidemia o mal de las letrinas que anhega la consciencia humana en el fondo de ese légamo que apenas si deja vislumbrar la esperanza de una utopia. Otra utopía. Mientras tanto nos quedan tus “ramilletes” de palabras. Hermosas palabras. Carlos Manrique.

    • cecibustos

      Carlos:
      Lo dije siempre y lo afirmo hoy, eres maestro en todas las artes literarias, también en la crítica y en la ironía. Y me siento muy honrado con tus visitas y comentarios a este blog, en el que ni yo mismo sé por dónde me ando. Es cierto que en ocasiones me deslumbran los rayos del sol y como un pájaro torpe me estrello contra las luces. Ya me hubiera gustado a mí que, como a Pedrito, también se me hubieran caído los espolones y que hubiera descubierto esa amalgama de técnica literaria —crónica, narración, ensayo—
      Solo pretendía hacer un pequeño juguete como quienes tejen una prenda de abrigo mezclando lanas de diversos colores. Es evidente que me preocupa la despreocupación de quienes no se ocupan de recoger lo que sus mascotas van dejando por las calles. Tú, y todos mis lectores, debéis perdonarme esta licencia de adentrarme en el mundo de lo escatológico, pero, ¿quién, en alguna ocasión, no ha tenido el disgusto de pisar donde no debía? Y, en cualquier caso, el que esté libre de pecado…
      Espero que lo próximo sea un ramillete.
      Carlos, como siempre, muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

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