Y me hice pescador, que pecador ya nací

Cecilio Fernández Bustos

 

A Daniel Ruiz Zurita, que anduvo, hace unos meses, buscando la Junta de los ríos

                                                           

                                                           Regálame el secreto sin nombrarlo

                                                           Tomás Segovia

 

 

Así, pues, llegado el momento, me hice pescador. Desde muy niño tuve la costumbre de acompañar a mi padre en sus descubiertas, así lo llamaba él, por tierras de las riberas del Tajo y del Jarama, buscando las divinidades fluviales que habitaban los dominios de Aranjuez.  En muchas ocasiones vadeamos el Tajo, cuando ya llevaba dentro las blandas aguas del Jarama, por debajo de la junta de los ríos y muy cerca de la cabaña de Santi, el carlista que se emancipo del resto de la familia y buscó su acomodo para el trasmallo y la balanza en aquellas aguas que, por aquel tiempo, producían plateados barbos y brillantes carpas de espejuelos. Una Nochebuena, muy lejana en el tiempo y muy cercana en el recuerdo,  cenamos en casa unos hermosos barbos, arrebatados por Santi al río, que mi madre preparó magistralmente como si fueran merluzas del Cantábrico. Y es que el río, más allá de la visión de Heráclito y de la premoción de Jorge Manrique, ha provisto la despensa y el aljibe y forma parte consustancial de mis gentes.

         Para iniciarte lector, amigo o simple conocido, en los misterios de mi infancia y en los avatares de las gentes de estas tierras en los años cuarenta del siglo XX, bueno será que te acomodes en sillón con respaldo —nunca de espaldas a la puerta—, para que no te estallen los reflejos de la incomodidad incursa en las ventanillas de mi memoria. Con las manos que ahora utilizo para teclear las letras que forman palabras en la pantalla del ordenador, en otros tiempos soportaba el chuchillo que cortaba espárragos silvestres, cogían caracoles tras las lluvias de primavera, cebaban los anzuelos que pendían del sedal. En aquel tiempo, cuando aún no habíamos perdido la inocencia, no íbamos al río, sino a los caces —también llamados desaguador— por los que discurría el agua o sangre de las huertas de Aranjuez, donde abundaban pequeños peces y carpas de colores que subían desde el Jarama por el pequeño cauce del desaguador.

Por allí pasa el tren y, andando, se va a Pico Jabalí (fotograsfía CFB)

         Las primeras pesquerías que recuerdo, ya sin la tutela de mi padre, fueron en un desaguador —el ya citado caz— e iba en compañía de mis amigos Yayo y su hermano Paquito. Nos desplazamos hasta el ‘desaguador’ que atraviesa la finca de Las Tejeras y que vierte sus aguas al Jarama por el Pico Jabalí, después de fecundar las huertas de Picotajo. Los utensilios que utilizamos aquel día: una caña delgada y viva —la cortamos de algún cañaveral de la zona—, en la punta atamos un bramante fino y al extremo del cordel pusimos un anzuelo de aquellos de nuestra invención, un alfiler doblado. Aunque perezca mentira, nada más entrar en el agua la lombriz que habíamos ensartado en el alfiler, eran multitud los pececillos (bermejuelas y otros que llamábamos gallegos) que mordían y se enganchaban a nuestro ingenuo engaño. Nosotros, así lo recuerdo, nerviosamente apretábamos los pies al borde de la cacera; posiblemente algún ancestro o diablillo hurgaba en las entrañas de nuestra precocidad y nos comunicaba el emotivo temblor de lo primitivo. En el regreso a casa, entre el polvo y el sudor de aquellas emociones la cara se nos llenaba de restregones y aparecíamos sucios y desordenados por la caminata, pero felices por nuestro éxito.      

         Muchas fueron las excusiones de pesquería que hice con diversos amigos. Habitualmente, ya con doce años, nos atrevíamos a llegar hasta el Pico Jabalí, donde abundaba una pesca más variada, pues estábamos muy cerca del Jarama y se adentraban en el desaguador carpas y barbos de un tamaño mucho mayor que el de los gallegos más grandes. El camino desde nuestras casas hasta los puestos de pesca era largo y había una zona especialmente peligrosa —era necesario atravesar las vías del tren y aunque era posible hacerlo por debajo, existían y existen pasadizos con este fin, aunque resultaba más cómodo y rápido atravesar aquella peligrosa tentación—. Nunca nos pasó nada, pero recuerdo una ocasión en la estuve a punto de ser testigo de un atropello del tren a un hombre. Desde donde yo vivía (Capitán, 6), había que caminar por la calle de las Infantas hasta la Parada de  Palacio y allí seguir por la calle Coroneles o la calle Madrid hasta el puente que servía —y sirve hoy— para que el tren pase sobre el río Tajo. Una vez atravesadas las vías caminábamos por uno de los laterales hasta el Caz de la calle Tilos y desde allí hasta la Puerta de  Legamarejo, luego girábamos a la derecha y entre huertas y casas de guardeses hasta, espantando pájaros con los tirachinas, llegar al Pico Jabalí.

Río Tajo cerca de la “Junta de los Ríos” (Foto de José Ángel García Redondo Moreno, del libro “Ecología de las riberas del río Tajo a su paso por Aranjuez”)

         A todo esto, seguía acompañando a mi padre algún domingo que otro hasta la Junta de los ríos. Cuatro largos kilómetros de caminata (siempre que se va a algún sitio se impone la necesidad de volver al origen, luego al final de la jornada la caminata había sido de 8 kilómetros) El camino en esta ocasión era menos comprometido: en línea recta desde casa hasta la plaza Parejas, se seguí por la calle Toledo y después de subir el puente que vuela sobre las vías del tren, por debajo de la estación, caminábamos hasta el cementerio de Santa Isabel. Bordeando la tapia oeste del cementerio se llaga hasta el río. Siguiendo las trochas que los caminantes han ido labrando, tras superar Las Cabezadas, que aún no eran todo huertas ni proyecto urbanístico, donde crecían los tarayes y los espárragos trigueros (silvestres, no cultivados) llegábamos a la Junta de los ríos.

         La Junta de los ríos era para mí una especie de paraíso. El Tajo había horadado la tierra y se le veía muy por debajo de tus pies de niño  desde esta orilla en la que estamos, a la izquierda del cauce del río. En algunas zonas las aguas discurren más de dos metros, tal vez tres, por debajo de la franja en que nos encontramos. La otra orilla casi una playa, es la que absorbe e integra en el Tajo las aguas del Jarama. Aquí, sobre la meseta que forma la orilla izquierda, a muy pocos metros del cortado, se levantan unas chozas —no recuerdo con exactitud el número, dos o tres— donde habita una familia de pescadores, gentes que vivieron de extraerle al río lo mejor de sus esencias: los peces. Son cabañas que sugieren la idea de los poblados africanos o amazónicos, están hechas con cañas, cañizo y enea, todo entrelazado, todo productos directamente relacionado con la vitalidad germinal de un río vivo. Dentro de las cabañas, vivienda y cobertizo para las artes de la pesca, la familia de pescadores suele guardad exquisitos peces escabechados que, como los pescadores son amigos de mi padre, a veces nos ofrecen para acompañar un trago de vino.

         El entorno de las chozas del Carlista —así llaman a dos hermanos que habitan en las orillas del Tajo, distantes algo más de dos kilómetros el uno del otro: uno pescador, el otro guarda del río— La Junta es lugar de encuentro de pescadores de caña, como mi padre y yo, de cazadores y de agricultores y ganaderos que rompen terrones de tierra o riegan sus plantaciones y ordeñan sus vacas por allí cerca. El lugar tiene el encanto de lo primitivo. Primitivismo extremo en una época en que todo es primitivo. Aquí no llegan los coches, pero no llegan porque apenas si hay coches en Aranjuez e incluso, como en el caso de mi padre y yo, ni bicicletas. Hay que andar que es muy bueno para la salud.

         En octubre de 1954 —acababa de cumplir 14 años— empecé a trabajar de aprendiz en EISA. Ahora sí, con los ahorrillos que fui acumulando, al cabo de un año pude costearme la licencia de pesca —costaba unas sesenta pesetas— La primera descubierta en situación legal me llevó a pasar la noche con unos amigos, pescando (esto era ilegal por la noche)  anguilas en la Junta de los Ríos. Había llegado el momento, me hice pescador. De mis pecados hablaré en otra ocasión.

En busca del río Tajo, dibujo de C. Fernández Gil

 

Anuncios

8 comentarios

Archivado bajo De colección

8 Respuestas a “Y me hice pescador, que pecador ya nací

  1. Cecilio, me dedicas esta entrada y esto me pone muy contento. Puede que un dios creara la Junta de los Ríos para premiar a quién tratara de llegar hasta ella. Recuerdo que aquel día en que lo intenté no pude hacerlo porque anocheció y me perdí. A cambio hablé con un cazador de ballenas instalado (encallado) en las Doce Calles. La Junta de los Ríos es el Vellocino de Oro ó la moneda en el aire hacia el interior de la Fontana, expresa un deseo. Puede que un dios creara un blog llamado “Unas palabras dichas” para premiar a quién se atreve con la poesía. No sé si llegaré a conseguirlo pero en el camino encontré a alguien a quien respeto y alumbro la pira del “¡Gracias!”.

    • cecibustos

      Daniel:
      Sí, es posible que los dioses crearan la Junta de los ríos y que los siglos, galopando por sus orillas, la fueran modelando y remodelando. Muchas veces han cambiado los cauces de los ríos y el punto de sus encuentros. Mas no los dioses, los hombres hemos sido los causantes a su lamentable deterioro actual . Los dioses, amigo mío, siguen dormidos en el fondo de los pantanos o en los cauces de otros ríos, ¡qué no el Tajo!, y ahí nos duele, le duele a la Junta de los ríos.
      Cuando yo iba con mi padre a pescar, el caudal del Tajo tenía una media de 48 metros cúbicos de agua por segundo y había avenidas, riadas decíamos aquí, que limpiaban fondos todos los años. Ahora, con un caudal que se promete de 6 metros cúbicos por segundo de media anual, el río se muere en la inmundicia de un charco, con otros peces y otros sapos.
      Gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  2. TERESA ORDINAS

    ¡Uf, Cecilio! Me ha emocionado leer tu relato; maravilloso. Me ha retrotraído también a mi infancia en Aranjuez, aunque fueran distintas las experiencias, ya que yo no salía a pescar. Pero esos nombres: la Junta de los Ríos, Legamarejo, el Jarama, la calle de los Tilos…. todo, todo me remueve esa infancia feliz en Aranjuez.
    No sabía que Daniel se perdió buscando la Junta de los Ríos o el Vellocino de Oro. Claro que se merece esa dedicatoria.
    Qué bonito el recuerdo que tienes, lo que cuentas sobre tus primeros años ribereños.
    ¡Gracias por escribirlo y compartirlo, Cecilio!
    Un abrazo grande,
    Teresa

    • cecibustos

      Teresa:
      No nos viene mal que, de vez en cuando, nos paremos a respirar sonidos y perfumes que fueron un día, ya lejano, pero que han ido formando nuestro ser. Somos no solo lo que comemos, como dijera en su día Faustino Cordón, también lo que respiramos y vemos, lo que soñamos y lo que deseamos, la realidad que vivimos hoy y la que vivimos ayer. En todo caso, y ahora me acuerdo de Guillermo Rovirosa, ¡somos!
      Daniel, gran persona y gran amigo, ¡es!
      Muchas gracias por un comentario tan sentido y amable.
      Un abrazo,
      Cecilio

  3. Santi Izquierdo

    Hola Cecilio,

    No te conozco de nada y tú a mí tampoco. He encontrado este texto por casualidad navegando por Google, cuando estaba intentando averiguar algunas cosas acerca de mis antepasados en Aranjuez (estoy atravesando una época un tanto sentimental en mi vida que me hace preguntarme de dónde vengo y a dónde voy…). La verdad es que no suelo escribir en blogs (y menos aún cuando no tengo el placer de conocer personalmente al autor del mismo). Sin embargo, en este caso me he lanzado a hacerlo porque me ha emocionado la historia de tu infancia como pescador en el río Tajo.

    Al leer el relato mencionabas a un pescador llamado Santi al que llamaban “el Carlista”, que vivía en una choza junto al río. Pues bien, si estoy en lo cierto, este hombre debió de ser mi abuelo (quien ya falleció hace unos años). Aunque tampoco sé mucho de su vida, desde pequeño siempre me han contado que vivía en el campo, en una choza, y que era pescador. Además recuerdo muy bien el apodo que mencionas de “el Carlista”, que ya no sé si era suyo propio o de su familia en general (padre, abuelo, etc.). Tampoco he llegado nunca a saber de donde venía…

    Poco más sé de su vida pues cuando yo era pequeño e iba a Aranjuez a ver a mis abuelos, ya no vivían en el campo. Mi padre jamás me habla de él (nunca me habla de nadie de su familia y yo tampoco es que le pregunte mucho). Además, como yo era bastante joven cuando murieron mis abuelos, y antes no solía preguntar estas cosas, siempre me ha quedado la duda acerca de mis antepasados en Aranjuez (pues sé que tengo algo de familia por allí, pero apenas si conozco a un puñado de ellos y no tengo trato). En la actualidad estoy reformando el piso donde vivían y pienso mudarme a vivir en él, quizás por ello me vengan de pronto estas ganas de averiguar cosas acerca de mi familia. No sé, quizás me acerque un día de estos por la Junta de los ríos a dar una vuelta, aunque me va a ser difícil ubicar el lugar exacto donde pudieran estar las chozas. Tendré que indagar algo más y preguntar un poco, pero algo averiguaré… Poco a poco.

    Muchas gracias por el relato! Me gusta como lo has redactado y me has aportado un poco de información, para mí muy valiosa.

    Un saludo, Santiago Izquierdo.

    • cecibustos

      Santiago Izquierdo
      Distinguido amigo:
      Gracias por tu entrada. No sabría contabilizar los años que hace de esto, pero solía coincidir con tu abuelo en un hipermercado cercano a casa y recuerdo que aunque mayor, ¡claro está!, conservaba un buen tono. De pronto dejé de verlo, supuse que habría fallecido. Perdí la oportunidad de haber cambiado impresiones con él que, seguramente, me habrían facilitado muchas historias sobre el río y sus habitantes.
      La Cabaña donde habitaban los padres y los hermanos de tu abuelo estaba justo frente a la confluencia del Jarama, que se incorporaba al Tajo por la derecha. Así, las chozas de tu bisabuelo estaban en la margen izquierda, sobre una especie de altozano que dominaba los ríos. El Tajo era un río importante en aquellos tiempos, con agua suficiente para ofrecernos el panorama de un cauce amplio y despejado. Aunque los expertos, entre otros tu bisabuelo y sus hijos, decían que la pesca se hacía en el Jarama, los pescadores de caña, que éramos muchos, también venían de Madrid, pescábamos en el Tajo desde la margen izquierda, junto a las chozas del Carlista, tu bisabuelo (creo que se llamaba Federico y también se llamaba Federico un hermano de tu abuelo).
      Seguramente fue después de volver del servicio militar cuando tu abuelo se independizó y construyó su cabaña aguas abajo, en un lugar donde el Tajo ya había quitado el nombre al Jarama.
      Hace muchos años que no me acerco a la Junta de los ríos, pero creo que en estos tiempos solo es posible hacerlo por la margen derecha. Llegar a la zona donde estuvieron las chozas del Carlista no debe ser nada fácil.
      Gracias, amigo Santiago, por un comentario tan interesante. Seguiremos en contacto.
      Saludos,
      Cecilio

      • Santi Izquierdo

        Estimado Cecilio,

        Finalmente he conseguido acercarme por la Junta de los ríos, algo que no fue del todo fácil. Al principio entré por la finca del Legamarejo hasta alcanzar la confluencia de ambos ríos por la parte derecha del Tajo. No me fue difícil llegar hasta allí porque existen calles asfaltadas y caminos por los que se puede circular con el coche sin problemas. Una vez que se alcanza el río, el camino desaparece y es necesario seguir a pie. El último tramo a pie consiste en una senda estrecha que transita paralela al río Tajo y que está regada de cotos de pesca (supongo que aún sirven a los pescadores pues la mayoría de los puestos de pesca están más o menos cuidados y limpios). Sin embargo, cuando se alcanza el final del coto, la senda desaparece y para llegar hasta el Jarama hay que cruzar alguna siembra y un tramo bastante largo de campo plagado de maleza. No fue fácil esta última caminata y me desilusioné un poco porque al llegar a la Junta de los ríos, ésta apenas podía divisarse pues me lo impedían unos grandes carrizales y zarzas que crecían altos junto al cortado que forman ambos cauces.

        Aún así, puesto que mi objetivo inicial era el de poder llegar a la zona donde estuvieron las chozas de mis antepasados, mi siguiente paso sería el de alcanzar la Junta de los ríos por el margen izquierdo del río Tajo. Para llegar allí volví a Aranjuez y cogí la carretera que sale de la estación, dejando a mi derecha el cementerio y a mi izquierda la fábrica de Unilever, a la altura de las naves de Cortefiel salí de la carretera por la derecha para coger algún camino por el que pudiera aproximarme con el coche hasta el río; pero se trata ésta de una zona agrícola, plagada de campos de maíz y los caminos son muy difíciles de transitar con un turismo (si se le tiene un poco de aprecio al coche de uno, claro está…). Sin embargo, no me desanimé e intenté mi aproximación por otra parte. Volví a la carretera y circulé en dirección a Las Infantas. Una vez superada la autovía de Andalucía y alcanzada la vía del tren (la línea del Ave que va a Valencia), existe un camino en muy buen estado que discurre paralelo a ésta y que te lleva hasta un puente por el que se puede cruzar de vuelta por encima de la autovía. Intuía que ya estaba cerca del río cuando el camino se corta de pronto por una valla con un cartel donde puede leerse: “Finca privada, prohibido el paso”. Puesto que ya no me quedaban más opciones de paso que ese camino “prohibido” (nunca entenderé porque alguien puede apropiarse de los caminos y ponerle puertas al campo, aunque eso ya es otro tema que ahora no toca…), dejé el coche aparcado y continué a pie con la esperanza de conseguir llegar a la orilla del río.

        Tan solo había caminado unos cuantos metros entre maizales cuando ya podía contemplar desde lo alto las impresionantes vistas del Jarama que venía desde el norte con su ancho cauce y sus aguas tranquilas para encontrarse con un algo más estrecho pero agitado río Tajo, justo a mis pies. ¡Objetivo conseguido! Ya estaba en la Junta de los ríos. Desde mi posición podía ver un paisaje imponente. Aquí no tenía carrizos ni zarzas que me impidieran disfrutar de las vistas. Desde la altura a la que estaba podía ver la confluencia de las aguas de ambos ríos, con sus distintas tonalidades, donde había unas cuantas aves zancudas y muchísimos peces enormes que nadaban a contracorriente y que permanecían totalmente quietos en la orilla formando grandes bancos. ¡No me extraña que fuera ésta una buena zona de pesca! Caminé a lo largo del río, pero ya no quedaba ningún vestigio que me permitiera intuir dónde pudieron hallarse las chozas de aquellos pescadores del relato (supongo que al haber estado hechas con cañas, una vez abandonadas, con el paso del tiempo y la acción de la naturaleza, y del hombre, ya no queda en la actualidad nada de ellas). Por allí hay algunos árboles más o menos viejos y, sobre todo, un enorme e imponente pino que debe de tener bastantes años y que pudo haber estado allí desde los tiempos en que tú, Cecilio, ibas a pescar junto a las chozas. Poco más…

        Tomé algunas fotos y guardé en mi memoria esas maravillosas vistas, marchando de allí con la sensación de que estuve muy cerca de las raíces de mi abuelo, imaginándome cómo debió de ser la vida en aquel lugar donde el río era su sustento. A partir de ahora voy a mirar al río con otros ojos…

        Gracias Cecilio.

        Atentamente, Santi Izquierdo.

  4. cecibustos

    Distinguido amigo Santiago:
    Sí, ese pino que señalas puede que sea el lugar exacto donde estuvieron las chozas de los Carlistas, de tu bisabuelo y de Santi (tu abuelo) y sus hermanos. Más tarde, ya lo hemos comentado, tu abuelo se construyó su propia choza aguas abajo. Un placer la lectura de un texto tan sensible y apasionado. ¡Qué maravilla! La Junta de los Ríos avistada desde las dos orillas del Tajo. Pensaba yo que por la margen derecha no sería difícil llegar a la Junta, pero por la izquierda lo consideraba, lo considero toda una heroicidad. No creo que te haya ayudado mucho el calor de estos días. No me importaría compartir la aventura contigo, algo que podemos pensar pero para hacerlo en otoño.
    Un saludo,
    Cecilio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s