De patos y otras especies naturales

Cecilio Fernández Bustos

 

Como todas las vidas, mi vida es demasiado breve. De esto no te das cuenta hasta que, después de haber vivido, empiezas a sentir como te van creciendo todo tipo de limitaciones. Dos son los elementos que fundamentan la brevedad de la vida: en primer lugar tener conciencia de haber vivido; y, en segundo, emperezar a percibir que lo vivido no ha sido suficiente. Ayer mismo, ¡qué ayer!, hace un rato corría por los cerros y hoy busco apoyarme en cualquier objeto que me sirva de cayado para estar seguro de mi caminar. No hace tanto tiempo de los sucesos ni de las anécdotas que me están pidiendo volver a vivir, aunque sólo sean contadas, como un cuento que me digo a mi mismo.

         Dado que corren tiempos de mucha preocupación y mudanza con los problemas de las aves, voy a contar un suceso que me ocurrió allá, cuando aún era un niño y que nunca lo he olvidado.

         Tenía doce años y ya no iba al colegio por las mañanas. Lo había dejado el año anterior, al poco tiempo de iniciarme en la escuela nocturna. Dicho esto, a nadie puede extrañarle que tuviera las mañanas libres para ejercitarme en los juegos y asuntos propios de un chico de doce años. Uno de estos asuntos, tal vez el que más me entusiasmaba, era cazar pájaros con el tirador (tirachinas en otros pagos). Aquella mañana me encontré con otro chico de mi edad de cuyo nombre no quiero acordarme y que, posiblemente, igual que yo, no tuviera que ir al colegio o, acaso, hiciera novillos ese día. Mi amigo me comentó que en el mar de Ontígola había muchos patos y que te podías acercar a ellos sin ninguna dificultad. Dicho y hecho, nos dirigimos allí, a por los patos.

         Acabábamos de llegar y efectivamente, allí había muchos patos. Quedé sorprendido por la abundancia de aves que nadaban por las orillas sin manifestar ningún temor, ni levantar el vuelo ante nuestra presencia. Inicie un gesto de ocultamiento agachándome detrás de un pequeño montículo, tensé las gomas y ¡zas!, tiré. La primera piedra falló estrepitosamente. Cobijado tras mi escondite me disponía a tirar la segunda cuando el grito de un hombre taladró mis oídos — ¡Qué haces, cabrón!  Gritó el susodicho al tiempo que posaba sobre mis espaldas un fuerte trallazo con la brillante vara de taray que blandía en sus manos.

         Los patos, ¡ay!, no eran salvajes, eran la carne del negocio de una  granja.

 

C. Fernández Gil.- Como una vidriera.- Técnica mixta

Anuncios

4 comentarios

Archivado bajo De colección

4 Respuestas a “De patos y otras especies naturales

  1. Carlos

    Pobre niño Cecilio, pero es que la vida es así de dura o de cruel, o tal vez no; pero es cierto que se aprende a base de golpes, de darse una y otra vez contra el mismo muro o pared. Sin embargo, discrepo de tu experiencia del tiempo. A mí, por el contrario, la vida se me hace eterna, dura mucho, tal vez -repito la locución adverbial- demasiado. El tiempo, lo expresó Henry Bersong, es una experiencia -o emoción- personal y, por tanto, subjetiva. Una tensión que nos va curvando poco a poco, hasta alcanzar el punto de máxima tensión: entonces, devenimos energía pura, materia cósmica, volvemos a alcanzar el punto de partida, el centro de esa nada de la que procedemos. Los cuentos de viejas -desde que el hombre tiene conciencia de su vida- nos tranquilizan conformando ese tiempo sin memoria y sin conciencia como unas vacaciones merecidas en la Eternidad si eres bueno o en un viaje al cocedero del Infierno de don Pedro Botero si eres malo. Yo sé que los cuentos a veces encierran alguna moraleja; este no encierra sino el horror que sienten los hombres al vacío o la nada. Puede que el tiempo me haga comerme mis palabras pero a mí no me importa mirar de frente a la muerte. Y que me toque bailar con ella cuando me toque. Tal vez porque me ha tocado sentirla de cerca más veces de lo que hubiese querido, arrebatándome a quienes más quería, dejándome esta orfandad que yo vivo como una herida y una carencia. El tiempo y las ausencias. El tiempo y un jardín de otoño. Aprender a desaprender. Esa es la vieja letra de una canción. Da para un tango o un bolero. Lo dejo a tu elección. Un abrazo. Carlos.

    • cecibustos

      Carlos:
      Sí, ¿quién lo duda?, el tiempo es siempre una percepción subjetiva. Que se lo pregunten a los que tienen que pagar la hipoteca todos los meses y no les llega la soga al cuello, esos sí que saben lo que es el correr del tiempo, ¡qué el correr!, la carrera del tiempo.
      No, no hablo de la muerte en esta entrada. Hablo de la vida, de la que he vivido y de la que espero seguir viviendo. No siempre es agradable vivir, cierto, pero todavía camino y son muchas las cosas que me deslumbran. Tal vez peque de optimista, pero no me importa.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

  2. Gracias Cecilio, otro tema fundamental. Yo creo que el niño Cecilio era el tirador y la piedra, Cecilio era el pato en libertad a punto de ser certeramente alcanzado por la vida. El ogro vociferante que aparece somos nosotros convertidos en espectadores, queriendo sacar un rendimiento a la vida. Cecilio el niño es sabio dentro del ensueño, mata sin maldad. El ogro vociferante es más humano, comprende su fragilidad en el universo, vocifera entonando justicia, por sobrevivir. El niño Cecilio abraza la vida en la fracción de segundo de su piedra en vuelo, el hombre necesitará muchas vidas para alcanzar un soplo de la emoción del niño homicida. Uno es el niño y el animal que no conoce la muerte, el ogro especula dentro de sus límites. Decir que ambos son Cecilio puede ser equivocado, pues Cecilio sigues agazapado acechando en las zarzas pero si es posible que ambos seamos muchos de nosotros, nostálgicos de la juventud pero orgullosos de intentar conseguir algo útil en la vida, algo propio de un deber, a pesar de sentir continuamente la frustración diaria de no conseguir lo suficiente. ¡Abrazos Cecilio!

    • cecibustos

      Daniel:
      Tal vez no fuera mi intención ahondar tanto en el discurso filosófico, pero si he de decirte que me ha interesado, que me interesa tu reflexión y la atención de tu mirada sobre lo escrito. En 1971, Gonzalo Suarez —escritor y cineasta—, publico un pequeño libro, “Rocabruno bate a Ditirambo”, prologado por el filosofo Eugeni Trías. Este terminaba el prologo con una doble cita de Antonio Machado y de Ramón y Cajal. Antonio machado dice: “Mis ojos en el espejo / son ojos ciegos que miran / los ojos con que los veo.”; la cita de Cajal dice: “Cansar cada ojo con el verde y el rojo, y luego dos imágenes, roja y verde, mezcladas; cada ojo verá el color para el cual no esté cansado”. Y así es el transcurrir, el poeta siente y busca, jugando con la emoción, una voz que le permita también pensar y ahí se siente cómodo: sintiendo y explicando, no lo que siente él, sino lo que le dice el espejo que devuelve la imagen de la mirada. El científico también se apoya en el lenguaje, pero no describe una emoción, nos habla de un fenómeno físico. Sin embargo los dos han partido del mismo lugar: el ojo que mira y ve.
      Y así suele aparecer, en el mapa interno de nuestra psicología llevamos impresos los elementos simbólicos que nos permiten sentir e interpretar tantas vicisitudes vitales, no siempre dramáticas. Puede estar claro o puede discutirse, aún barruntan a nuestra alrededor tantos mitos.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo,
      Cecilio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s