Tierra con pan

Tierra con pan[1]

Enrique Jiménez

  

Cecilio Fernández Bustos

 

Evita que mañana se deshaga
todo lo que tú mismo
pudiste no haber hecho ayer.

            Ángel González

 

Conocí a Enrique Jimenez hace cuatro o cinco años. Fue en la emisora municipal, en una de aquellas emisiones que, bajo el nombre de Abanta, presentaba y diría Juan Carlos Jiménez, profesor del Taller literario de la Universidad Popular. De Enrique, me llamó la atención su seguridad ante el micrófono y su excelente voz para decir los poemas que leía, tanto los propios como los de otros poetas.

         Enrique Jiménez, hace unos días, me ha entregado un libro titulado TIERRA CON PAN. Recién salido del rescoldo de las máquinas de imprenta, un libro es siempre una tentación que nos libera de otras ocupaciones. Si además consigue conmovernos, es posible que hayamos encontrado un nuevo amigo.

         Escribir sobre un libro nuevo y además, como en este caso, el primero de su autor, resulta siempre arriesgado. Arriesgado porque una primera lectura supone una cierta inseguridad. Los poemas, como la música, requieren una reiteración en la lectura, hay que escucharlos varias veces hasta poder amarlos. Además, importa percibir que se trata de poesía, lo que, en este caso, nos ofrece Enrique Jiménez y cómo, a nuestro entender, esa sustancia íntima, al utilizar la materia del lenguaje, se nos ofrece en objeto artístico. Sí, el poeta trata de integrar e integra en los poemas del libro que leemos, el fluir incesante de sus emociones y su elaborada experiencia con los sonidos expertos del lenguaje. Y es de esa integración, de donde surge la creación artística, la voz de un poeta que, ¡no lo dudamos!, conmoverá al lector.     

         He leído con interés y placer los poemas de Tierra con pan, y he intentado entenderlos y colocarlos en el ámbito de los objetos cercanos y reconocibles. Y al leer, he podido establecer las posibles señas de identidad de estos poemas y nombrar los ecos de la voz que los sustenta. De este modo he buscado entablar diálogo con el autor y situarme en el quicio de la puerta por donde, desde el escenario ancestral del norte de Cáceres y de Las Hurdes, ha llegado hasta el Aranjuez urbano de nuestros días. Paisaje por paisaje nada tienen que envidiarse aquella y esta tierra, incluso ambas propiciaron el apetito por la caza de los príncipes. Sí hay una diferencia, ¡no tan pequeña!, las castañas de la infancia extremeña de Enrique, no son como las castañas que contempla el autor en los jardines de Aranjuez.

         Enrique Jiménez publica su primer poemario, Tierra con pan, a una edad tardía para los poetas. A estas alturas de sus vidas, casi todos tienen engavillada su cosecha y, poéticamente hablando, viven de explicar y explicarse, a sí mismo, el cómo y el por qué de su obra. Nos leen sus poemas, escriben comentarios, dan conferencias, publican antologías propias y ajenas, pero son pocos los que siguen escribiendo poesía. Se dice que la musa poética solamente ama a los más jóvenes, incluso a los niños como en el caso de Rimbaud. Sin embargo, en la literatura siempre nos han sorprendido algunos creadores que han saltado sobre la fresca hierba de la comunicación a una edad en la que hombres y mujeres ya han cuajado y dado fruto. Este es el caso de Enrique Jiménez y su libro Tierra con pan.

         Enrique contempla el mundo desde la infancia y lo encuentra desordenado y confuso. Nos ofrece un fresco con sabor a fruta y a vino añejo. Sus poemas son un lúcido registro de aquellas emociones de la infancia y la adolescencia que han quedado residenciadas en su memoria. Emociones que infunden los latidos del hombre integrado en una sociedad distante —siempre es otra la sociedad de los adultos— Ya lo dijo Quevedo, «El tiempo es enemigo de las horas». El poeta se sirve de la poesía para describir la muerte y el entierro de los sueños, con la perspectiva del que ve el paisaje y escucha las cuitas de los adultos, que ven como sus vidas y sus sueños se las va tragando el gigante que nace sobre sus tierras. Se trata de uno más de aquellos pantanos que sembraron la geografía de España, degollando ríos y regatos, cambiando nuestra piel y volviéndonos del revés el alma. Después de recorrer un largo camino de más de sesenta poemas, Enrique Jiménez nos dice en el Epílogo que todavía hay más, que el ámbito de los vínculos, de su vida de hoy con el ayer, está hipotecado por el fluir de los recuerdos y se diluyen en la esencia de estar vivo:

                   Todavía fluye en tu alma
                            el murmullo de las fuentes
                            el grito acompasado de la noche
                            el viento que se afila en las quebradas

 

         Hermoso verso, el viento que se afila en las quebradas. Aquel viento de ayer que se encauzaba en las quebradas, como el río asesinado en el pantano. Viento que se conduce por las quebradas de la vida del poeta. La poética de Enrique Jiménez no se nutre en las fuentes de un universo imaginario como hacen otros poetas. Su voz se nutre de su universo, de la experiencia, elaborada con su vivir, que llama o grita desde la nostalgia de un tiempo pasado y que dejó herida el alma del poeta. Y es que hay ocasiones en las que, como dice Claudio Rodríguez glosando la obra de Miguel Hernández, “…en poesía hay que «estar dentro» y hay que realizar la participación con el hombre, la sociedad, la cultura, la historia, en suma, y no como en tantas veces y aún más ahora en torno a una «crítica práctica», en el vacío, exangüe, inútil y desorientada.”[2]

         “La vida de un niño está entre la realidad y el sueño” le escuché decir a Antonio Colinas, Pero cuando el hombre repasa la vida que vivió el niño, pese al paso del tiempo, tiende a poner el dedo en el centro de la llaga y aunque tantas cosas el niño no entendiera, hoy el hombre sabe lo que significaban y nos dice que el Pipotuna, personaje que da título a uno de los poemas, Me miraba con ojos de hambre. El poeta narra historias, describe paisajes y retrata personajes que habitan en su mundo. Y la mirada del hambre,  adherida a los recuerdos, se nutre hoy del lenguaje y regresa en el poema. De este modo, la poesía de Enrique Jiménez, se levanta sobre el mito y nos conmueve, porque lo vivido es siempre huella dejada en el camino.                                           

                   INFANCIA
                   Cuajó la nieve inesperada
                   para vestir de luz el olvido,
                   la promesa de deshielo, frías aguas
                   arrastrando los detritus por la pendiente de la vida      ,
                   misteriosos manantiales, sonoras fuentes,
                   deseos trepando a las montañas,
                   futuro que reverdece sobre un sueño fértil,
                   locura infantil que llora y canta un tiempo nuevo,
                   promesa de frutos prohibidos
                   proyectada en horizontes lejanos. 

 

         ¡Quién de niño no jugó con botes de carburo no sabe de emociones primeras! ¡Esa espera, temblando, a la tímida explosión que levantará el bote por los aires! Ese descubrimiento de la química y el olor de una materia desconocida, está adherida ahí, en la sustancia de la vida. Pero no, no fue el bote de carburo la causa de la media luna hundida en la cara del Diógenes. Al Diógenes le dio una coz un mulo. Y será así, con recuerdos, anécdotas y sueños, como el poeta irá hilvanando las coces de la vida — ¡más ‘cornás’ da el hambre!, dijo el torero—  hasta mostrarnos el envés del recorrido y aquello que quedó al otro lado del espejo. Nadie se acuerda ya del carbón de encina, ni del cisco, ni del picón, pero ahí estaban y había familias que vivían de aquel esfuerzo.

                   —El trabajo del carbón es duro.
                   No hay dinero y nadie compra.
                   —Toma unos higos y unas castañas.
                   En este pueblo tampoco te comprarán,
                   Las cosechas han sido muy malas,
                   Sólo hay esto para pasar el invierno.
                   —En Las Hurdes, ni eso.
                   Le cambio el saco de picón
                   Por una cesta de higos y castañas.
                            —Hecho.

 

         No es fácil urdir una poesía tan cercana y tan sublime. El poeta nutre su voz en los rescoldos —como el carbón que vuelve a arder en otros fuegos— de los objetos cotidianos y las vivencias mágicas que nutrieron las luces de su infancia. ¿Poesía de la experiencia?, ¡sí, poesía de la experiencia! Y también de la ternura. El que ha pisado el barbecho en tiempos de sequía tiene aún, en su boca, el regusto del polvo y la ducha de hoy sigue siendo un milagro. Sirvan estas primeras reflexiones como entrada a una lectura más sosegada del poemario Tierra con pan. Y sirvan,  también, para felicitar y dar la bienvenida a un poeta que no es nuevo,  aunque nuevo sea su libro.

________________________________________________

[1] Enrique Javier Jiménez Domínguez. Tierra con pan. Beturia Ediciones / Madrid, 2011

[2] Claudio Rodríguez. La otra palabra. Escritos en prosa. Poesía como participación: hacia Miguel Hernández. Edición de Fernando Yubero. Tusquets / Barcelona, 2004

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2 comentarios

Archivado bajo Un poeta, un libro

2 Respuestas a “Tierra con pan

  1. Carlos

    No conozco a Enrique Jiménez, pero, gracias a tu crónica, Cecilio, tengo noticia de otro enamorado o fanático de la Poesía. Y desgranas en tu crítica los presupuestos que guían la memoria y la sensibilidad poética de su autor desde los paisajes cercanos siempre de la infancia en el norte de la provincia de Cáceres -Las Hurdes- hasta recalar en estos pagos tan queridos, que ofrecen otra geografía bien diferente del mismo sentimiento. Aunar palabra y belleza en el poema creo que bien justifica el ir perdiendo por el camino las picazones que nos conducen aceleradamente a escribir con frenesí poemas en la primera juventud. No estoy de acuerdo con tu afirmación de que la poesía solo tiente a los muy jóvenes y que la obra de un poeta se consolide en ese primer tiempo. Creo, por el contrario, que pese al tópico -con su verdad- hay mucha vida después de esa picazón o curiosidad inicial por conocer el mundo que queda detrás de ese telón mágico que se alza ante nosotros. Importa avanzar por el proscenio y descubrir. Vivir la Poesía sin olvidarse de la verdad y de la armonía. Buscaré el libro de Enrique para leerlo y saborearlo. Son cortas las tardes de invierno, pero propicias, al calor de la estufa, para dejarse acunar por los poemas que conforman este libro que tú, tan generosamente, presentas a tus lectores. Mi felicitación a Enrique Jiménez por su trabajo. Y a ti por tus palabras, tan sabias como la edad.

    • cecibustos

      Carlos:
      Sí, conoces a Enrique. Estuvo en la presentación de tu libro, “Lluvia de oboes”, y también habéis coincidido en el Aula de Poesía. Seguro que Enrique está de acuerdo contigo, especialmente en aquello de que la poesía no es patrimonio de los jóvenes. Yo también lo creo, Tomás Segovia ha estado escribiendo y publicando poemas hasta el último aliento y tengo sobre la mesa un libro excelente, “La noche no tiene paredes”, de Caballero Bonald publicado en 2009 (83 años) y tantos otros que han sido publicados por sus autores a lo largo de la vida. Yo, con eso de “Se dice que la musa poética solamente ama a los más jóvenes”, solo quería decir eso, se dice. En el libro citado de Caballero Bonald, hay un poema titulado “Quién sino tú”, que dice, entre otras cosas: «Quién sino tú estará buscándome / en lo oscuro, conducida / por los destellos de sus propios ojos, / asida al barandal bellísimo del sueño, / tan dulce, tan veraz, tan sin historia.»
      Muchas gracias, amigo.
      Un abrazo,
      Cecilio

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