Diego Jesús Jiménez, en el recuerdo

Cecilio Fernández Bustos

 

A tientas, guiados por un rumor lejano, avanzan los poemas de Diego Jesús Jiménez. Las palabras se adelantan como las manos de un ciego, y van penetrando en la oscuridad. Se adelantan, las palabras se adelantan, y en su camino, en su paso de ciego, trazan el mapa del poema. Pero antes no, antes no se sabe. Y después,  tampoco.

Guadalupe Grande

 

Pronto hará dos años que murió Diego Jesús Jiménez. Fue en domingo (13/09/09), día de fiesta y tiempo de vendimia, cuando los oros del otoño están a punto de derramarse sobre los espejos del río Escabas. Sí, murió el poeta y ya estará sobre el silencio de los olmos deshojándose, allí donde el rosal blanco ilumina la escarcha de la noche.

         Aquí, en Aranjuez, tuvimos el privilegio de escucharle decir sus versos en diciembre de 2006. Aún permanece la música de sus palabras por el Salón de Grados del CES Felipe II. En aquella ocasión dijimos de él que era “periodista, promotor cultural, conferenciante, pintor y poeta. No obstante, en la presentación de un  artista de personalidad tan compleja no puedo llegar más allá de sugerir o, tal vez subrayar, algunos aspectos fundamentales de su vida y de su obra. Él sabrá, al revelarnos el eco profundo de su voz, situarnos en esa perspectiva ética y a la vez sustancialmente estética de su poesía.”

         Diego Jesús solía decir que se sentía más en sí mismo como pintor que como poeta. Pero yo, debo lamentarlo, no conozco la obra del pintor. La del poeta sí y créanme, se trata de una obre excepcional. Y es en su poesía y también en su trabajo como periodista y en su compromiso como hombre y ciudadano, donde la ética, como valor que debe permanecer, dará su profunda nota de ser hombre en la historia.

        La crítica y los lectores han descubierto en la voz poética de Diego Jesús al maestro que busca iluminar nuestro mirar y ver, no desde el espejismo de las repeticiones, sino desde la búsqueda de un lenguaje nuevo y singular. Muchos han sido los poemas que del poeta que han llegado a conmover mi sensibilidad, pero tal vez sea Calderón de la Barca, 41, uno de los que más se han instalado en mi armonía . Hoy, recordando al poeta y al amigo, les invito a que me acompañen en la lectura de este poema:

 

  CALDERÓN DE LA BARCA, 41
 
      Los artesanos, sobre la lejanía de la tarde, formaban
un horizonte de sonidos.
                                 Las bengalas del frío
encendían la noche entre las hortalizas
de las huertas más próximas como una ciudad lejana.
Rodeada de templos y patios escolares, yo vivía
el deterioro de aquella casa familiar
en Cuenca, donde algún tostadero de café,
teñía con su aroma el invierno, como se tiñe ahora
de una luz sin origen la memoria.
                                                Recuerdo así la imagen
de san Antonio en la penumbra, su mirada ofendida
de oraciones obscenas; veo el tren en la noche atravesando el túnel
que formaban las sillas en el recibidor; los soldados caídos en el juego de bolos, su muerte
de madera; como flores crecidas
en las riberas de un abismo, aquel campo de encajes en el quelevantaban
mis tías, un altar familiar sobre la cómoda: Jesús crucificado, santa Rita
             de Cassia, santos
Sebastián e Isidoro -obispo de Sevilla-, imágenes
como llaves barrocas que encendían
el calor del verano derramado en la alcoba.
                                Era un lugar sagrado
para mí. Recuerdo
los cajones abiertos de la cómoda, su soledad
desordenada, mi infancia atravesando
con temor sus tinieblas. Me estaba prohibido, pues
según mi madre, allí había medicamentos venenosos;
más en vano buscaba yo el perfume de sus flores de hielo; cada objeto añadía
a mis ojos más dicha.
                                Rodeado por un silencio antiguo,
un silencio buscándose a sí mismo, abría los misales para ver sus estampas, el vacío dolor
                                                                                                                                   [ que
deja la muerte de los desconocidos en los recordatorios;
la crueldad de unparaíso oscuro, como si alguien de la casa hubiera hallado
su única salvación en la muerte.
                   Había nidos de alfileres y cintas, recortes de periódicos
de París y de Genova; manuscritos sermones
que nos amenazaban con el fin del mundo; un rosario de pétalos de rosa,
cabos de velas y un farol entre túnicas
como un pequeño sepulcro de cristal; restos de procesiones
y revistas de moda. De su interiorsalía
un aire humedecido por los años, una respiración
de capilla cerrada; encajes de las sombras los velos, las mantillas.
                                               En su fondo aún los trajes
de una primera comunión
como desfallecidos ángeles; viejos devocionarios
y una Biblia antiquísima como una teología
cuyos dioses hubieran huido de sus páginas. Me producía un temor blanco
una pequeña urna, como si al levantar su tapa
fuera a encontrarme un rostro transparente mirándome. Guardaba en su interior
un mechón de cabello como musgo angustiado.
                                          Y había cajas metálicas
de carne de membrillo con paisajes franceses
que contenían sortijas y collares, cremalleras y broches
que a mí me parecían nidos
de pequeños reptiles y que, ahora habitan la memoria
con sus formas sagradas.
                                      Las cajas de zapatos
contenían postales y láminas de mártires; una navaja envuelta en un papel de seda
como un crimen oculto; fotografías familiares
en la calle de Lauria o en las dehesas de Priego. Los ojos de mis tíos ya muertos
parecían pensarme en los retratos.
 
                                                  Algunos días antes
de llegar el verano, uno de los cajones de la cómoda
reinaba sobre todos. En él se abandonaban
los vestidos antiguos en los que yo veía los más bellos disfraces.
Flotaban en la espuma de las grandes toallas,
como si se tratara de los desaparecidos cuerpos de la infancia,
los bañadores de mis primas. La ropa del estío
dejaba por la alcoba una sombra de encina y brillaban los ríos y los pájaros
y, por entre las arboledas, huían de sus cofres los cánticos
de los conventos próximos.
                                         Acercaba a mi rostro
suavemente sus blusas, y encendían las horas de la siesta los antifaces negros
de los sujetadores, las medias que extendían en llamas
sus alargadas sombras. Su roce acariciaba
la superficie del sonido de su carne en mi cuerpo. Como el de la ceniza
era estéril su rostro; y quedaba en mí, oculta,
la sensación de haber martirizado
su vida virtuosa.
                       Oía yo el silencio, entonces, de la casa;
un silencio de olmo deshojándose.
 
                                          Como si lo que ya no existe
estuviera aún cautivo
en la desierta imagen de las cosas que miras, y fuesen
príncipes asesinados en su trono cuantos nombres pronuncias,
atraviesas la luz
entornada del tiempo: un lejano rumor de sonidos nevados, la indefensa blancura
que la muerte conquista.
 

Rosas para el poeta (CFB / Aranjuez, calle del Príncipe, 2011)

 
 
 

DIEGO JESÚS JIMÉNEZ

Diego Jesús Jiménez nació en Madrid 1942 y falleció en esta misma ciudad en septiembre de 2009. Su infancia la pasó en Priego (Cuenca). Estudio el bachillerato en Barcelona y el preuniversitario en Cuenca. A principio de los años sesenta se instala en Madrid, donde estudia periodismo e inicia su actividad profesional en el Ministerio de Información y Turismo. Funda y dirige la colección “Alfar”, dependiente de la Editora Nacional de la que será despedido por su compromiso político en defensa de las libertades.

En 1982 orienta su vida a la pintura, el pensamiento y la poesía. Dicta conferencias, colabora en diarios y revistas y da numerosos recitales de sus poemas en España y en el extranjero.

Su primer libro de poemas, Grito con carne y lluvia, vio la luz en 1961. En 1962 publicó La valija, en 1963 Ámbitos de entonces. En 1964 obtiene el ‘Premio Adonais’ con el poemario La ciudad. ‘El Premio Nacional de Poesía’ se le concede en 1968 por el libro Coro de ánimas.  En 1977 edita Fiesta en la oscuridad.Años más tarde, en 1990 obtuvo el ‘Premio Juan Ramón Jiménez’ por el libro Bajorrelieve. De este tiempo es la edición de su obra poética, publicada hasta esa fecha, bajo el título Poesía (1960-1990). Con su último libro de poemas publicado, Itinerario para náufragos, 1996, consiguió el ‘Premio Jaime Gil de Biedma’ y, por el mismo libro, en 1997, le concedieron el ‘Premio de la Crítica’ y el ‘Premio Nacional de Poesía’.

Bibliografía poética

  Grito con carne y lluvia.- Cuenca, Minerva, 1961 (plaquettes)

  Ámbitos de entonces.- Palencia, Rocamor, 1963 (plaquettes)

  La valija.- Bilbao, Alrededor de la mesa, 1963 (plaquettes)

  La ciudad.- Madrid, Adonais, 1965 (Premio Adonais, 1964)

  Coro de ánimas.- Madrid, Biblioteca Nueva, 1968 (Premio Nacional de Poesía)

  Fiesta en la oscuridad.- Madrid, Dagur, 1976

  Bajorrelieve.- Huelva, Diputación, 1990 (Premio Juan Ramón Jiménez)

  Itinerario para náufragos.- Madrid, Visor, 1996 (VI Premio ‘Gil de Biedma’ / Premio nacional de la Crítica / Premio Nacional de Poesía)

  Iluminación de los sentidos (Antología).- Hiperión / Madrid, 2001

Premios de poesía

  Premio Adonais 1964

  Premio Nacional de Poesía 1968

  Premio de la Bienal de Zamora (¿Fiesta en la oscuridad?)

  Premio Juan Ramón Jiménez 1990

  Premio Jaime Gil de Biedma 1996

  Premio Nacional de la Crítica 1997

  Premio Nacional de Poesía 1998

 

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