El P. Fuentes, Loyola y yo

Y el mundo se abría a nuestros ojos

 

Cecilio Fernández Bustos

 

                                                                  Para Julio Nieto García

 

            Muchos creen que esos muchachos que cruzan las calles, enfundados en el mono azul, con la alegría bulliciosa y matinal de saberse parte integrante de ese gran mundo del trabajo, no albergan preocupaciones ni perciben las fisuras y anomalías que les ofrece la vida que se desarrolla en torno. 

          La verdad es que muchos de ellos captan constantemente datos e impresiones que, depositados en el fondo del alma, se van lentamente cambiando de manera tal vez inconsciente, para dar por resultado, a distancia, una concepción de la vida laboral, cuyo signo casi siempre es la amargura y la desilusión.

            Y si ya casi desde los primeros pasos de su incorporación al trabajo empiezan a percibir los ecos de tormentas aún lejanas, cuando rozan o pasan los veinte años esas tormentas rugen ya dentro de su corazón, como problemas inmensos y acuciantes, planteados con acritud. 

            Bien vale la pena tomar en la mano esos problemas, sopesarlos y ponerlos a toda luz para señalar al menos el sentido en que han de buscar solución.

P. Heliodoro Fuentes, S.I. [1]         

                  

         En agosto, el día de San Agustín, cumplí diez años –Tontinaca, ¡qué barbaridad, un hombre de diez años!–. Ya han pasado las ferias de septiembre y algunos gestos en los árboles anuncian el otoño; hoy, mi padre, a la caída de la tarde, me ha dicho –vente conmigo que te vas a apuntar a Loyola–. He caminado a su lado hasta llegar a la escuela, que está situada hacia el Sur, lejos de casa, cerca de la Telegrafía, casi fuera del pueblo. Allí nos ha recibido el Padre Fuentes que es el Director; y le ha dicho a mi padre que sí, que puedo quedarme para asistir a clase en el Curso A.

         Loyola es un Centro de Formación Profesional que ha creado, de la nada, que es como mejor se crean las cosas, el jesuita Heliodoro Fuentes. El Padre Fuentes es un joven castellano, nacido el año 1905 en Vitigudino –Salamanca – Es un jesuita de formación clásica pero que, como tiene los pies en el suelo, ha reaccionado ante la enorme soledad de este Aranjuez de hoy, tan distinto del que antaño concitara fiestas y motines. Destinado como profesor de jesuitas novicios, rompiendo moldes, en 1941 inicia la andadura  de las Escuelas Loyola. En un primer momento utiliza como aulas unos espacios en la portería y en la granja del Colegio de San Estanislao, Noviciado de la Provincia Jesuítica de Toledo. No sin superar múltiples dificultades y con gran esfuerzo del fundador y de sus colaboradores, con el paso del tiempo, Loyola llegará a convertirse en uno de los más importantes fenómenos socioculturales del Aranjuez de la posguerra  y, posiblemente, en el principal impacto social y pastoral de la Compañía de Jesús por estas tierras. 

         En aquellas Escuelas Loyola, durante muchos años, por supuesto todos los que yo estudié allí, desde 1950 a 1959, se impartió enseñanza no reglada con una calidad excepcional para la época. Fenómeno curioso aquel que hacía compatible el trabajo y la enseñanza: el trabajo y la enseñanza de los alumnos y el trabajo y la enseñanza de los profesores. Éstos últimos, en número importante, eran alumnos que, según terminaban sus estudios en la escuela, se iban convirtiendo en profesores y compatibilizaban las clases que impartían en Loyola con el que era su verdadero trabajo, el de la subsistencia,  en alguna empresa local. Además, algunos de estos alumnos, más tarde profesores, fueron también, en algún momento de su trayectoria vital, empresarios. De este modo en Loyola se hicieron realidad cuatro de los más significativos momentos de la actual concepción de la formación profesional: la formación en alternancia, la formación no reglada, la formación permanente y la formación de emprendedores. De esta forma tan elemental, sin que se registrara en los textos teóricos de la época, en la Loyola primitiva se practicaba ese método tan moderno de aprender a aprender y se iniciaban los tiempos de la formación permanente de adultos. La formación profesional, no reconocida oficialmente, practicaba los métodos de la formación en alternancia y la formación en prácticas. 

         Nadie duda hoy que el P. Fuentes y su obra, Loyola, tuvieran una honda repercusión en los ciudadanos de Aranjuez de aquellos años turbios, fríos y tristes de la posguerra. Durante una larga etapa de más de veinte años, hasta los primeros años sesenta, las Escuelas Loyola desarrollaron un proyecto maximalista de lo que hoy se conoce como intervención social y cultural. Así, el impacto de este Centro en aquel Aranjuez supuso una influencia determinante  para la formación de lo que, en pasando los años, sería una sociedad nueva, distinta, más justa e igualitaria. Es verdad que el fundador no controló el devenir; ni, probablemente, fueran aquellas sus aspiraciones últimas en la inicial propuesta de crear un centro de formación profesional. Pocas esperanzas tenían los jóvenes hijos de jornaleros del campo y trabajadores de la industria para superar el secular analfabetismo funcional reinante y la exclusión social. Ahí estuvo el proyecto Loyola, en la superación de esa situación injusta: ¿quién les iba a decir a alguno de aquellos jóvenes que llegarían a ser excelentes profesionales e incluso ingenieros?

         Había en la Loyola de aquellos tiempos una especial amalgama de múltiples elementos. Los que pasamos directamente por las aulas (como los que se enrolaron, ya fuera tangencialmente, en alguna de las muchas manifestaciones de Loyola) tuvimos la oportunidad de percibir la coexistencia de tantos y en ocasiones tan contradictorios elementos de integración social. Si educar consiste en socializar no podemos negar que Loyola realizó una buena labor educativa, no sólo con los alumnos, sino de forma generalizada entre los ciudadanos de Aranjuez.

         En Loyola fue posible la convivencia de una espiritualidad cristiana con ribetes de integrismo, junto a un despertar de los valores de la solidaridad y del protagonismo social, fruto de una pastoral cercana, en aquellos primeros tiempos, a las propuestas del fundador de la JOC, el belga Joseph Cardijn.

         Loyola ha significado mucho en mi vida. No sólo desde el punto de vista de la instrucción profesional, sino como elemento esencial en mi formación humana y social. En Loyola surgieron todos mis anhelos de juventud y se forjó mi espíritu; allí aprendí a respetar a los hombres y a exigir que se me respetara. Aprendí también a compartir y a dar. Durante aquellos años, ya he dicho que estuve hasta 1959, descubrí la amistad y el compañerismo. Tratándose de un centro de formación profesional no reglada, ni reconocida administrativamente en los tiempos que yo anduve por allí, tuvimos la oportunidad de aprender un poco de filosofía, especialmente ética, algo de arte –literatura, teatro, cine, plástica – disciplinas que, en aquellos tiempos, no estaban al alcance de casi nadie. Recuerdo que, allá por los años 57 o 58, el mismo P. Fuentes nos dio un pequeño curso de introducción a la Doctrina Social de la Iglesia. Para ello se apoyó en el texto del P. Pedro Vila Creus, S.I., Orientaciones Sociales.[2] Aquel curso, quien lo hubiera dicho, significó en mi un paso muy importante hacia el compromiso social y político.   

         Así, formación humana, ética  y socialización, formación profesional y acceso al empleo, formaban un todo en el que, más tarde, anidaría el impacto de aquellos breves cursillos que, de la mano del texto del P. Vila Creus, impartía ocasionalmente el propio P. Fuentes. De este modo, en el ámbito de Loyola se fueron gestando importantes vínculos sociales, culturales y, por qué no decirlo, políticos. Hoy, pasados los años y la influencia del fundador –son  muy notables las diferencias entre las personas y también entre las obras– Pero no es mi intención hablar de dos  Loyolas, ni de dos mundos distintos, ni de paisajes distintos. Pero si, como escribió Emilio Lledó[3], ser es, esencialmente, ser memoria, la memoria de mi ‘ser’ tiene un importante espacio anclado en aquella Loyola y, como el poeta, también podría decir: mi infancia son recuerdos de un patio de Aranjuez donde maduran tres pinos cargados de simbolismo cristiano y donde unas pequeñas ardillas nos hablan de veranos y aguas limpias en la serranía de Cuenca.

         En algunas de las muchas conversaciones que, a lo largo de los últimos años de mi asistencia a clases en Loyola, mantuve con el P. Fuentes, tuve oportunidad de descubrir dos de sus pasiones o debilidades como hombre de letras que era. La primera de estas debilidades lo constituía su devoción por Horacio (o era Ovidio, no lo recuerdo del todo), poeta latino de cuya obra llegó a realizar una edición crítica. Su otro autor admirado era Pío Baroja, a quien estuvo a punto de dirigirse, antes de que muriese el escritor, con intención de que volviera a la fe de Cristo. Yo entonces poco conocía de ambos autores, sin embargo hoy que conozco un poco la obra de Pío Baroja, aumenta mi admiración por la figura del fundador de Loyola, en el recuerdo de aquellos años. Posiblemente el P. Fuentes compartiría estas palabras de Pío Baroja: «…A mí me gusta, para hablar de algo, enterarme primero. Se puede uno enterar bien y mal. Si no puede averiguar algo, diré: “Se dice tal o cual cosa”; pero no afirmaré nunca nada; en tal caso, si afirmo, será en el comentario, pero nunca en el dato»[4]

         Para muchos el P. Fuentes era antipático e intransigente. Yo pienso que hacía grandes esfuerzos por mantener su identidad de jesuita independiente y un poco dogmático. Los jesuitas siempre han sido fundadores de una obra a la que han consagrado sus esfuerzos y, en llegado el caso, la vida (importante manifestación de esto, tal vez, las Reducciones del Paraguay) Aparentaba una cierta inflexibilidad, lo que contribuía a formar gente responsable, algo tan limitado en la educación y en la formación humana de hoy. Una cosa sí fue cierta, Fuentes no hizo proselitismo para incorporar cohortes de ribereños a la Compañía de Jesús. Ni siquiera hacía proselitismo a favor las Vanguardias Obreras. Su obra más auténtica era Loyola, ahí sí buscó siempre la incorporación de buenos colaboradores y buscó recursos hasta debajo de las piedras. Como buen fundador, trató de extender su obra y surgieron otras experiencias paralelas: Santa Cruz de Mudela, Valdemoro, Illescas, La Ventilla (Madrid).

         Y es que nuestro recordado Padre Fuentes sacrificó su vocación humana, las letras, en  favor de su vocación sacerdotal, el hombre. Así, la mayor parte de su vida se inmoló, día a día, al servicio de algo elemental y cotidiano como “…esos muchachos que cruzan las calles, enfundados en el mono azul, con la alegría bulliciosa y matinal de saberse parte integrante de ese gran mundo del trabajo…”


[1] Alaraz.- Una vez sembré la verdad.- Compañía Bibliográfica Española / Madrid, 1955

[2] P. Pedro Vila Creus, S.I.  Orientaciones sociales.- Razón y Fe / Madrid, 1957

[3] Emilio Lledó.- El silencio de la escritura.- Centro de estudios Constitucionales / Madrid, 1991

[4] Pío Baroja.- Desde la última vuelta del camino

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6 comentarios

Archivado bajo Aranjuez existe porque existe el mundo

6 Respuestas a “El P. Fuentes, Loyola y yo

  1. Pablo

    Cecilio, me parecen magnificas estas reflexiones sobreel P.Fuentes y Loyola, una cosa no existiría sin la otra.
    Recoges perfectamente mi sentir y estoy seguro el de la mayoría de los que pasamos por esa escuela.
    Estoy de acuerdo contigo en que esos recuerdos se quedan anclados para siempre en nuestras vidas.

  2. cecibustos

    Pablo, gracias por leer el artículo y gracias también por ayudarme a saber quién soy. En ocasiones le damos vueltas y más vueltas a la manivela como si necesitásemos poner un motor en marcha. Y ya ves, conocer nuestra propia historia puede ser más sencillo que arrancar un viejo motor.
    ¡Gracias!

  3. Ramón

    Querido Cecilio:

    ¿Por qué me sigue sorprendiendo tu verbo, tu palabra, tu forma de narrar/recordar si sé de tu facilidad para acariciar las letras, juntarlas y recorrer, en el suspiro de un par de folios, no se cuantos años de memoria?
    Yo no pertenezco a la “familia de Loyola”, aunque a Loyola haya pertenecido parte de mi familia (mi padre, mi tío, alguna hermana…), pero pude conocer, en sus últimos días, al Padre Fuentes, ya retirado en una residencia que los jesuitas tienen en Alcalá de Henares. Una entrevista que inmortalizó en video el buen amigo Chele Ortiz. Fuentes no me conocía pero desde su ancianidad me confundió con mi padre, con el que no todos los encuentros fueron buenos. Pero ví en él toda una historia de mi ciudad, lejana en el tiempo, cercana en el recuerdo. Los que pasamos por Santiago, el otro referente obligado en Aranjuez, desde el concepto de colegio ligado a la implicación social, tuvimos nuestro padre Fuentes s.j. en el padre José Filipetto Volpatto c.r.s., incansable luchador en busca de luz en las cabezas de aquellos jóvenes que ahora rondamos el medio siglo. Dos hombres, dos comunidades (una congregación y una orden), dos conceptos de intervención social desde el compromiso religioso… Y cientos de jóvenes que ahora “hacen ciudad” desde otros compromisos.

    Gracias, Cecilio, por obligarme, encantado, a recorrer la memoria, arrancando unos minutos a estos tiempos que no nos dejan tiempo…

    Ramón

    • cecibustos

      Ramón: tú también me sorprendes con tus comentarios, tan admirables y benevolentes. Ya sabes: unas veces escribimos de lo que hemos vivido y otras, cómo no, de lo que no se puede vivir y se oculta en el letargo de los sueños. Mas todo confluye en el gozo de estar vivos y tener amigos como tú.
      Muchas gracias y un abrazo.
      Cecilio

  4. Julio R. Pérez

    Perdonad mi intrusión en vuestro mundo, pero tengo un motivo importante para hacerlo, al menos para mi familia y para todos aquellos que hayan conocido a mi padre, JULIÁN PÉREZ GARCÍA (1925-2012) o JULIO, como siempre le hemos llamado, a quien el padre Fuentes encomendó montar la escuela de Santa Cruz de Mudela, donde nacimos una hermana y yo mismo, mis otros dos hermanos nacieron en Aranjuez y fueron bautizados por el propio padre Fuentes.
    El motivo es que acaba de fallecer, el día 25 de agosto de 2012, y no sé cómo hacerlo saber para tratar de rendirle homenaje por donde ha ido dejando su imborrable huella, de la que tuvo enorme responsabilidad su amigo-mentor-confesor-formador; es decir, MAESTRO, D. Heliodoro Fuentes Pérez.
    No he podido dejar de leer este artículo porque he visto a mi padre en cada frase, por eso quisiera agradeceros de antemano cualquier gesto que podáis realizar para ayudarme en este empeño. Sé que haréis lo que podáis.
    Julio Roque PÉREZ RAMÍREZ

    • cecibustos

      Amigo Julio;
      He coincidido en muchos frentes con tu padre del que fui alumno en Loyola durante el curso 1951-52. También coincidimos en la Vanguardia y en EISA. Incluso coincidí en un pequeño pinito de representación teatral. Te ofrezco en mi nombre y el de mi mujer nuestras más sinceras condolencias.
      Hoy mismo mandaré un correo a los amigos comunes con los que mantengo correspondencia y les pediré que hagan ellos lo mismo, si tú me autorizas, les dejaré tu correo para que se dirijan a ti.
      Un abrazo muy afectuoso en el recuerdo de tu padre,
      Cecilio

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