LA MIRADA DE BENJAMÍN PALENCIA

Una visión expresionista del paisaje de Aranjuez

Cecilio Fernández Bustos 

 

Ya que nombramos a Van Gogh y Derain, diremos que el viaje que realiza Palencia en su nueva senda, está regido por un exaltado fauvismo, que se recrea, con gula insaciable, en los colores encendidos y puros, en el pincelar de furia incontenible. Pero si la síntesis se reclama de Derain, del maestro holandés viene el fervor casi místico, el contagioso amor a la tierra y sus atributos, la indisoluble compenetración con ellos, que hace que hasta la menor brizna de hierba pueda convertirse en protagonista de un cuadro. Con esa pasión ha logrado sus fuliginosas evocaciones —porque tal parecen en su irrealidad— de El Escorial y Aranjuez. Jorge Larco

 

         Benjamín Palencia nació en Barrax, Albacete, 1894 y murió en Madrid el 16 de enero de 1980. Su figura de pintor noble y apasionado se ha ido agrandando con el paso del tiempo. Pasión y libertad expresiva son dos elementos a considerar en su obra. La libertad creativa le lleva a indagar, siempre prendido a las huellas de las tierras de labrantío, buscando su centro allí donde ha pisado el arado, la mula, la perdiz o la raposa. De su pasión expresiva dirá Ramón Faraldo: “Benjamín Palencia, el fuego… el don de hacer fuego con todo, huella de liebre, piedra de granito, lo que el viento se lleva y lo que el viento no pudo llevarse.”[1]

         Era muy joven, casi un niño con sólo 15 años cuando se trasladó a Madrid. Conoció a Francisco Bores, y a otros importantes artistas, pintores y escritores, entre los que cabe destacar a  Salvador Dalí, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pancho Cossío y Juan Ramón Jiménez. En París, a donde se trasladó en 1926, conoció a Picasso y Miró. Realiza su primera exposición en Madrid en el Museo de Arte Moderno en 1928. Más tarde Italia, Berlín, Nueva York.

         Participó en La Barraca, aquel importante proyecto de divulgación popular del teatro que capitaneara Federico García Lorca. Junto a Benjamín Prado y al panadero escultor Alberto Sánchez, crea la Escuela de Vallecas en 1925 según unos o en 1927 según otros. Más tarde, acabada la guerra civil, volvería a impulsar este movimiento de la vanguardia madrileña dándole su dimensión más importante y concluyente. De este movimiento, también conocido como Escuela de Madrid, formaron parte grandes pintores entre los que podemos significar a Gregorio Prieto, Gregorio del Olmo, Menchu Gal, Francisco Arias, Juan Antonio Morales, Pedro Mozos, Pedro Bueno, Juan Guillermo, Agustín Redondela, Antonio Lago Carballo, Juan Manuel Díaz Caneja, Pancho Cossío, Álvaro Delgado, Luis García-Ochoa, Juan Guillermo, Cirilo Martínez Novillo, Benjamín Palencia, Francisco San José, Rafael Zabaleta, Maruja Mallo, Luis Castellanos.

         Benjamín Palencia es un pintor de largo recorrido que se mueve en el seno de las vanguardias. Su pintura está especialmente conectada a la tierra y a los hombres que la trabajan. En su época de plenitud, pinta varios cuadros de Aranjuez. Recuerdo haber visto en la Sala Biosca de Madrid, allá por los años setenta, un cuadro muy hermoso del palacio y el río Tajo desde el Puente Barcas. Cuando pinta estos cuadros, la pintura de nuestro artista es eminentemente expresiva, apasionada y plena de emoción.

        La mirada de Benjamín Palencia se ha posado sobre la Plaza de La Mariblanca y nos la muestra envuelta en la intemperie de los recuerdos, debajo de las hojas entrañables desprendidas de la sustancia del tiempo.

Benjamín Palencia_Aranjuez (100,5X81,7), 1950

Benjamín Palencia.- Aranjuez, Plaza de La Mariblanca, 1950 (óleo sobre tela 100,5 X 81,7)

         El artista se sirve de La Martiblanca para mostrarnos todo el fuego de un corazón apasionado. Palencia ha buscado en este cuadro, mediante la materia plástica, puesta suntuosamente sobre la tela y el color que se aproxima al arrebato, impresionar al espectador y transmitirle la emoción que, a él, le ha producido este espacio, que traslada a la tela como símbolo de su visión apasionada. No es un retrato de La Mariblanca con San Antonio al fondo, es la vibración emocionada del impacto que el urbanismo de este lugar único le ha provocado. Es el contenido del espíritu lo que el artista nos ofrece con fuego dentro.

         El Palencia de esta etapa, ya dijimos que de madurez, se apoya básicamente en el color y la textura. El pintor ya es un maestro de la luz y busca las vibraciones del color, como hiciera Van Gogh, para transmitirnos los  ecos rítmicos y sensuales del máximo placer de la intemperie. Así, la invención del paisaje —rural o urbano— alcanza su mayor singularidad y ya no es una interpretación de la plaza, es Benjamín Palencia convertido en plaza de La Mariblanca; pues, como diría Mattise, “la expresión esencial de una obra de arte depende casi enteramente de la proyección del sentimiento del artista”[2] .

        De su paso por Aranjuez, el maestro albaceteño nos deja una visión llena de fuerza expresiva y nos enseña los brillos de la pasión que habitaba en su corazón de gran artista. La anotomía del paisaje de Benjamín Palencia, nos deja el testimonio de un tiempo ido: plátanos y no tilos son los árboles que ornan la plazuela. Y un guarda del Patrimonio Nacional —sí de aquellos que vestían pana rubia y bandolera con reluciente chapa de latón— posa, para el pintor, delante de La Mariblanca.


[1] Ramón Faraldo.- Benjamín Palencia.- Ministerio de Educación y Ciencia. Madrid, 1972

[2] Henri Matisse.- Sobre arte. Barral Editores / Barcelona, 1978

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Archivado bajo Aranjuez existe porque existe el mundo

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