Aula de Poesía (VII): Montserrat Doucet

Montserrat Doucet: una voz del siglo XXI [1] 

 

Cecilio Fernández Bustos

         Señoras y señores…

De nuevo reunidos en una tarde de invierno con luz de primavera para celebrar una ritualización: la lectura de los poemas que nos acercarán al encuentro de la poesía como creación de un arte siempre nuevo. De un arte que nos descubre el más profundo significado de la palabra que, siempre viva, se mece y sustenta en la música como luz, como luz que aparta las tinieblas y nos acerca a un sueño de plenitud y de belleza. Siguiendo lo que nos parece un acertado caminar entre las voces más significativas de la poesía española de los últimos años del siglo XX y principios del XXI, hoy se acerca hasta nosotros una voz que reúne dos circunstancias destacadas para estar en el Aula de Poesía José Luis Sampedro. En primer lugar se trata de una voz conocida y antologada en el ámbito de la poesía Española y de la América latina y que, como se dice en el díptico que les hemos entregado, anunciamos como voz del siglo XXI; y, en segundo lugar, por ser una de las voces más significativas de los poetas vinculados a nuestra ciudad.

         Nacida en Madrid en 1962, Montserrat Doucet irrumpió en las letras  españolas en el 2001 con un poemario, Culpable de milagros. Libro dividido en tres partes y un epílogo, en el que la poeta empieza a desplegar ante el lector los elementos esenciales de su poética: Te llamé… Y sólo alas cayendo / como estruendo de las hojas sin viento. / Y a lo lejos el boj, prisionero en su propio laberinto / tan verde y sólo verde, / ahí tan verde entre el excesivo azul. (Culpable de milagros[2] ). Mas tarde, en 2002, publica (junto con Almudena Urbina) un hermoso libro de Haikus donde el paisaje, una constante en la poesía de Montserrat Doucet, se hace posible a todos nuestros sentidos: ¡Páramo alto! / Por encima del cielo / duelen los pájaros. En el año 2003 publica El invierno de la rosa[3] hermosísimo libro donde la voz de Montserrat Doucet alcanza, no lo duden ustedes, cotas de plenitud:

Tabanera desde el cielo

La nieve empuja la memoria.

 

La memoria es un arco

curvándose a la espera.

 

La espera son las cárcavas

abiertas como heridas.

 

Las heridas ya reflejan la tarde.

 

La tarde son montañas

flotando como islas

y un vago olor a roble mutilado. 

         Empieza a publicar relativamente tarde pero con portentosa seguridad de medios y madurez de pensamiento. Construye sus poemas con versos limpios y brillantes en los que nada sobra. Las palabras, como hermosas teselas de un luminoso mosaico, ajustan el ritmo y la música brota como el agua de limpios manantiales. Nostalgia o saudade para una poeta tan cercana a las brumas de la montaña gallega. Imágenes llenas de vigor y juventud, tal vez, una cierta melancolía por lo que pasa en la vida y en su vida: por lo que pasa y lo pasado.

         Late en toda la poesía de tserrat Doucet unas evidentes connotaciones surrealistas donde podemos, entornando los ojos y apagando los ruidos, acercarnos a la gran poesía de la Generación del 27 do siempre estuvo presente un cierto sabor surrealista (Lorca, Cernuda y otros). Así, en la poesía de Montserrat Doucet surge la metáfora arriesgada que nos impacta y sorprende. En el poema Los laberintos de la noche, de Culpable de milagros, nuestra poeta dice:

Hay algo en la oscuridad de la noche

que hace que cesen los espejos del canto.

Mientras la luna trabaja por su cuenta,

rompiendo el papel lustroso de la noche

y asomando su inesperado

cuerno de plata solitaria.

         El amor sentido y sensitivo, el amor como pasión que hace vida del vivir. Poesía amorosa de hondísimo calado. Tal vez toda la poesía de Montserrat sea poesía amorosa. Poesía amorosa donde el paisaje está descrito con tal precisión, color y calor que nos llega a herir las pupilas como en ese hermosísimo poema Culpable de milagros, que da título a su primer libro. Poesía amorosa desde los sueños donde yace el deseo agazapado y es ahí, en ese centro vital que a todos nos atañe donde nuestra poeta nos ayuda a iluminar nuestra sensibilidad, a modificarla y, de este modo, a enriquecernos y ennoblecernos.

Culpable de milagros[4]

La primavera estaba toda

subida por los cielos.

Desde el aire al azul sólo agua, luna, agua…

Contenidos silenciosos de la piedra y el tiempo.

 

Te llamé… Y sólo alas cayendo

como estruendo de las hojas sin viento.

Y a lo lejos el boj,

prisionero de su propio laberinto

tan verde y sólo verde,

ahí tan verde entre el excesivo azul.

 

Quise besarte y eras sólo estatua

transparente en su lejana robustez.

¡Líquenes y verdín… y tú callando!

 

Y Dios abrió sus manos esperadas,

cayó la primavera y quedó todo,

culpable de milagros…

         Hay un posicionamiento entre dos riberas donde el agua es siempre mar y el amor y los sueños, como en Antonio Machado, no renuncian a la presencia de Dios (“Anoche, cuando dormía, / soñé, ¡bendita ilusión!, que una fontana fluía / dentro de mi corazón.”) Y, larvado en recóndita sombra, la presencia, como una ausencia, de San Juan de la Cruz: “En donde te escondiste amado…” dice el místico; y Montserrat dice: Es que mi amado es la noche / tan constelada y alta del desierto. / En donde el agua es sólo / el único sendero enamorado / desde el cielo hacia el mar.

         Es en el Invierno de la rosa (lo he dicho más arriba) un libro de plenitud, donde aparecen claros elementos surrealistas y el juego de los espejos, transformando la realidad en sueños y los sueños en realidad, nos hacen transitar los espejismos latentes de la memoria y, también, de todo aquello que deseamos vivir y, acaso pendiente, nos espera.

         La obra de Montserrat Doucet es, como ella misma, una sorpresa. Sí, una sorpresa uncida a su cercanía. Porque, pese a sus silencios, está ahí, a tu lado, en la biblioteca publica pasando las hojas de los libros, por nuestras calles pisando las hojas caducas del otoño. Yo la he visto con sus hijos en el Jardín del Príncipe, junto a Los Chinescos, pero, lo vais a ver enseguida, escribe hermosos poemas que son como luciérnagas en la noche de verano, como las estrellas fugaces de las noches de agosto, como aquellos manantiales que aplacaban nuestra sed cuando volvíamos del baño en “La rotura”. Y así, con extrema naturalidad, hoy está aquí y mañana, probablemente, estará en América

         Hay en la poesía de Montserrat Doucet una permanente ritualización del paisaje: El polvo enturbiaba el agua del cielo / La escarcha gris cubría / el alma pluvial de las frondas, / mientras la seda opaca de la araña / iba cosiendo puntada a puntada / hojas de la tarde al viento. Un paisaje en el que permanecen unos elementos con valor simbólico a modo de señas de identidad de nuestra poeta. Así el agua y su humedad, tal vez su estancia en Galicia, en forma de mar o lluvia; la vegetación del valle y de la montaña. Elementos todos de una sonoridad honda y poética —el brezo, el acebo, el boj— que nos sugieren reflejos de un cierto ruralismo mítico, que a veces me recuerdan aquellos hermosísimos poemas de Julio Llamazares en la Memoria de la nieve y La lentitud de los bueyes. Y ahí están los álamos, tan queridos de Antonio Machado y de Gerardo Diego; y el roble que es para nuestra poeta —árbol alto de magia y de leyendas.— Más aún, coronando el espejismos del paisaje vivido y soñado, los pájaros:

Y de pronto se movió el agua,

 quiero decir, se quebró el cielo

en pájaros violetas:

improvisadas cruces

sostenidas en los cipreses

transparentes del aire.

Acuarela imposible del instante,

estático hasta el milagro.

         Y como poeta de cultura y formación clásica, algún elemento de ese clasicismo: Ayer se fueron los últimos ángeles / y me quedé sola en la noche / Como Ariadna al borde del mar. Y siempre la más alta distinción del ser, el amor: Pero…oh ven, ven ya, que tengo abiertas / todas las puertas y todos los sueños.


[1] Una de mis muchas actividades vinculadas al mundo de la literatura y el arte ha sido, en los últimos tiempos, la Dirección del Aula de Poesía José Luis Sampedro, en Aranjuez. En ese tiempo he organizado 20 sesiones de notable interés y excelente acogida. Empezamos el 10 de octubre de 2006 con Félix Grande y concluimos el 8 de abril de 2008 con la intervención de Luis García Montero. Especial significado tuvo para mí, en junio de 2007, la entrega del Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez al poeta Pablo García Baena, fundador de la revista Cántico.

Montserrat Doucet leyó sus poemas en el Aula de Poesía el 29 de Enero de 2008.

[2]Montserrat Doucet.- Culpable de milagros.- Ediciones Vitrubio / Madrid, 2001

[3] Montserrat Doucet.- El invierno de la rosa.- Colección abeZetario.- Diputación Provincial de Cáceres

[4] Montserrat Doucet.- Culpable de milagros.- Ediciones Vitrubio / Madrid, 2001

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