Aula de Poesía (VI): Luis García Montero

LUIS GARCÍA MONTERO[1]

La extensa sonrisa de los tejados

Cecilio Fernández Bustos

Señoras y señores:

Bienvenidos a la última sesión de este 4º ciclo del Aula de Poesía José Luis Sampedro. Llegados a este punto debo, antes de nada, agradecerles su asistencia a estas lecturas poéticas que se han prolongado a lo largo de 20 sesiones; desde aquel 10 de octubre de 2006 en que iniciáramos esta II Época con la presencia de Félix Grande. Nunca ha sido mi intención convertirles a ustedes en simple auditorio, y la expresión más clara de esta afirmación han sido las cinco lecturas dedicadas a poetas vinculados con Aranjuez. Ustedes han sido, para mi, cómplices de un placer compartido.

        Cuando se programó este ciclo se adjudicó, de acuerdo con él, el día de hoy al poeta Ángel González. No obstante, el poeta de Áspero mundo nos dejó el pasado 12 de enero, tras oprimir “entre sus manos un poco de agua fresca” hasta que al fin, entre sus manos, no quedó nada. Era esta la segunda vez que el poeta no podía acudir a nuestra cita. Y, ¿qué podíamos hacer? Tras darle algunas vueltas al asunto decidimos hacer lo más sensato, ofrecerle esta fecha a otro poeta y, probablemente, si hubiéramos tenido la oportunidad de preguntarle al mismo Ángel González, nos habría señalado al poeta que esta tarde está con nosotros.

        No se trata, pues, en esta ocasión, como se ha podido desprender de una información equivocada, de un homenaje al poeta fallecido. Sí, de un encuentro con el poeta que puede ayudarnos a encontrar las llaves que abren “la piel de la memoria”. Me refiero, ya lo saben ustedes, a Luis García Montero.            

        Y está aquí, con nosotros, para hablarnos de su poesía y, de forma especial, de su último poemario publicado, Vista cansada. Libro que llegó a las librerías el pasado mes de febrero y en el que dedica un hermoso poema, Madrid, a un grupo de amigos entre los que destaca, en el primer lugar de la ofrenda, Ángel González.

        Luis García Montero nació en Granada en 1958 y en la Universidad de esa ciudad es Catedrático de Literatura Española. Poeta y ensayista ha publicado libros y ha impartido numerosas conferencias. Es autor  de ¿diez, once, tal vez doce? —posiblemente alguno más— libros de poesía. En la solapa de Vista Cansada se destacan: El jardín extranjero (1983) con el que obtuvo el Premio Adonais en 1982, Diario cómplice (1987), Las flores del frío (1991), Habitaciones separadas (1994) con el que obtuvo el premio Loewe y el Premio Nacional de Poesía, Completamente viernes (1998), y La intimidad de la serpiente (2003), libro por el que le concedieron el Premio nacional de la Crítica. Además es autor de “varias ediciones críticas de Federico García Lorca, Rafael Alberti, Carlos Barral, Luis Rosales y Francisco Ayala.”[2]

        Soy algo torpón en estos menesteres y no acostumbro a enterarme a tiempo de los nuevos nacimientos literarios. Sin embargo, en esta ocasión sí llegué a tiempo y empecé a conocer la obra de Luis García Montero, casi en los primeros momentos. En 1983, antes de mi regreso a Aranjuez, tropecé en las estanterías de una librería de Madrid con El jardín extranjero, libro que, el año anterior, había obtenido el Premio Adonais. Yo conocía Granada y amaba lo granadino desde muy joven y por eso pude compartir con el poeta aquellos versos. Aquel fue para mí el primer libro de Luis García Montero. Prendido en el recuerdo de esa primera lectura he titulado a este breve preludio de presentación: La extensa sonrisa de los tejados. Titulo que se soporta en un hermoso poema —Sonata triste para la luna de Granada— leído cuando yo aún era joven y del que con permiso del poeta les voy a leer las tres últimas estrofas.

                          Amanece

                          moradamente un día

                          que las calles comparten con la lluvia.

                          La soledad respira más allá

                          de las grúas

                          y mi cuerpo se extiende

                          por una luz en celo que adivina

                          los labios de la sierra,

                          la ropa por las torres de Granada.

                          La madrugada deja

                          rastros de oscuridad entre las manos.

                                             Oigo

                          una voz que clarea. Lentamente

                          los tejados sonríen cada vez más extensos

                          y así,

                          como una ola,

                          entre la nube abierta de todos los suburbios,

                          esta ciudad se rompe sobre las alamedas,

                          bajo los picos últimos

                          donde la nieve aguarda

                          que suba el mar, que nazca la marea.

        Luis García Montero “es —según afirma el crítico y antólogo Juan Cano Ballesta— una de las figuras más visibles y reconocidas de la poesía reciente y destaca entre los mejores poetas de su generación.”[3] De su poesía se ha dicho mucho ya y, no lo duden, se seguirá diciendo mucho en adelante. Se ha dicho sí y se ha dicho no. Y eso pasa siempre con los más grandes. Mucho se ha dicho de Quevedo y de Góngora; de Bécquer, Machado y Cernuda aun no hemos acabado de decir cosas y de Vicente Aleixandre, ese gran desconocido, queda tanto por decir. Pero de Luis García Montero parece que se hubiera dicho todo y esto me lo pone más difícil. Porque yo quiero presentárselo a ustedes y ser aquel que abre una trocha en la maraña de notas y comentarios, dejando al poeta desguarnecido y claro ante el espejo plano de nuestra contemplación.

        Trocha dije, que no pináculo, para abrirnos paso entre palabras cargadas de sentido y de sonido y, cómo no, de toda esa sustancia que soporta la materia del tiempo. Porque la vida, la tuya y la del poeta y, claro está, la mía también, están sometidas al ritmo de las estaciones —primavera, verano, otoño, invierno—; sometidas a la luz, sustancia igualmente temporal —día y noche; amanecer y atardecer—; y fundamental es el tiempo para movernos por la geografía del mundo y de los cuerpos. Y, por último, la música, tu voz-palabra, como sonido medido por el tiempo. Aquí es donde la voz poética de Luis García Montero se funda, como muy pocas y, para crear el más puro reflejo, ha tratado el poema con pulcritud de orfebre y con tanta claridad, sin forzados hermetismos, que la palabra es luz en sus poemas y fruta madura para saciar la sed de nuestra emociones y ayudarnos en el ejercicio de descubrir el mundo. Y así, en permanentes “vivencias de temporalidad —como dice mi amigo Fernando Yubero—, se percibe el paso del atardecer al anochecer, de manera que lejanía y llegada de la noche sugieren la emoción de vida plena…”[4]. De este modo el poeta utiliza el lenguaje y la técnica del poema en sus más variados registros y nos ofrece esa mano tendida, para entrar con júbilo en la rememoración, nuevamente vivir, del instante vivido ayer: “Aquel temblor del muslo / y el diminuto encaje / rozado por la yema de los dedos,…” prendido en el recuerdo de una tarde de verano —poema de Diario cómplice (1987); o del modo fijado en la cuarta estrofa del poema Nuestra noche.- En otra edad de Habitaciones separadas:

                          Escribir, por ejemplo, que los ojos,

                          cuando pasa la noche y en la calle

                          duele la luz del alba,

                          tienen otra manera de mirarse,

                          un modo más avaro de pensar

                          en los años, los meses, las semanas,

                          los días y las horas.

        Casi táctil, como el que amasa pan en la alta noche, Luis García Montero, sublime evocación, nos lleva por las calles de Granada o de Madrid, tal vez París o Nueva York y alimenta todo el desasosiego que rige la nostalgia y el vacío del viaje real y de la misma vida, como metáfora del gran viaje donde, con el paso del tiempo, van cayendo los desconchones de la cal envejecida.

        Pienso yo, después de leer y releer muchos poemas, después de asomarme a varios comentarios críticos y a diversas noticias sobre el poeta y su obra; pienso yo y digo, que Luis García Montero nos ofrece un aliento creador en forma de poemas que, como gotas de lluvia en tiempos ásperos nos abren pequeñas incisiones en la memoria o, apoyándonos en Emilio Lledó, en la conciencia de ser. Grietas por las que emergen tantas pequeñas historias como hemos ido acumulando en nuestro vivir cotidiano. Y, como escribe el poeta:

                          Los ojos que se cruzan un segundo

                          son el lugar de paso

                          que nos concede el tiempo para sentirse vivo.

        Cuantas veces, ay, tú y yo, hemos pensado, desde el recuerdo y bajo la magia hipnótica del universo posible, en esos ojos que se cruzaron un segundo, sólo un segundo, con los nuestros.

        Terminando ya, quiero agradecer al poeta, o tal vez al maestro, quizás a Juan de Mairena, o a Don Antonio Machado, o, porque no, a Luis García Montero que nos ayude a encontrar las llaves que hemos perdido para que, al fin, podamos abrir el arca o la piel de la memoria y decir:

                          Son ya las cuatro y diez. El profesor,

                          que cada día aprende a vivir en voz alta,

                          recita los poemas elegidos.

                          Hay silencio en la clase

                          y miradas que cruzan el silencio.

        Con ustedes: Luis García Montero 


[1] Una de mis muchas actividades vinculadas al mundo de la literatura y el arte ha sido, en los últimos tiempos, la Dirección del Aula de Poesía José Luis Sampedro, en Aranjuez. En ese tiempo he organizado 20 sesiones de notable interés y excelente acogida. Empezamos el 10 de octubre de 2006 con Félix Grande y concluimos el 8 de abril de 2008 con la intervención de Luis García Montero. Especial significado tuvo para mí, en junio de 2007, la entrega del Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez al poeta Pablo García Baena, fundador de la revista Cántico.

[2] F.V. García Montero presenta 25 años de producción poética en Granada

[3] Juan Cano Ballesta.- Poesía española reciente (1980-2000).- Cátedra / Madrid, 2005

[4] Fernando Yubero.- La poesía de Claudio Rodríguez.- Pre-Textos / Valencia, 2003

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