Mari Carmen Bustos y la poética de lo cotidiano

Así se conocieron

de Mari Carmen Bustos

 

Cecilio Fernández Bustos

Desde hace algún tiempo leo los relatos que me hace llegar Mari Carmen Bustos. Se trata de cuentos breves donde la autora va montando minuciosamente, con teselas de su propia memoria o del legado de la oralidad familiar, un hermoso mosaico sobre hechos y sucedidos del tiempo pasado. Lo que fue ayer queda prendido en los leves hilillos y retazos de cotidianidad que nos han ido legando las gentes cercanas; los que, por nacer antes, sólo por eso, nos han precedido en este hermoso ejercicio de estar entre las gentes. Hay, en estos breves relatos, toda una poética del vivir y, sobre todo, una poética del más elemental ejercicio de la lingüística, aquel de ponerle nombres a las cosas: tú eres Eugenia y tú eres Pedro.

         El último texto que he leído es el titulado Así se conocieron. La autora, dotada de la magia de la palabra elemental, nos cuenta como se conocieron Eugenia y Pedro, los que en pasando el tiempo serían padres de Antonia, la abuela materna de nuestra narradora. Y es así, con esa elementalidad de los significados de las palabras cotidianas, como nos va desmenuzando una historia donde lo lírico cumple con el deber de emocionarnos. Y es emoción que nos anuncia y prende del sólo suceder los breves ritos y susurros de unas vidas singulares en su esencialidad y, al mismo tiempo, elementales en su transcurrir. Y esta elemental esencialidad de los personajes se sustenta en una oralidad que connota vehemencia y es como si la palabra fuera dibujando el rostro de los personajes.

         En Así se conocieron, Mari Carmen Bustos ensaya, sólo levemente pues es consciente de que no hace falta más, un cierto atisbo de misterio en ese claro oscuro que componen los jóvenes protagonista en la emboscadura místico-erótica de la oración a la caída de la tarde. Misterio que incorpora el elemento romántico de la enfermedad de Pedro y que la autora maneja con elegante maestría en todo el cuento. Y, de este modo, como si se tratara de un poema, el relato conforma tres momentos sublimes: el descubrimiento del amor que sorprende a Pedro en la penumbra de la iglesia al atardecer, la renuncia al convento y por último la búsqueda de la amada.

         Hasta ahí toda la iniciativa y el peso del relato se ha centrado en el monje inquieto e insatisfecho que paga sus dudas con la enfermedad. Mas, yo me pregunto, ¿la pasividad de Eugenia es sólo inercia y espera o, tal vez, sus rezos al atardecer son la vital estrategia de quien quiere darle a la caza alcance?

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