José Ortiga y su ‘arte pobre’ en San José de Valderas

JOSÉ ORTIGA

CASTELLANO HONORÍFICO DEL DESECHO URBANO[1]

 

Cecilio Fernández Bustos

         Desde el poniente nos llega un rumor difuso. Viento o, tal vez, aliento del maligno que nos acecha. Las nubes galopan un cielo cárdeno. A lo lejos se adivina la grácil silueta de un castillo que se yergue sobre las ruinas de su propia historia y ofrece, aquí, en lo más profundo e íntimo de su arquitectura un ritual de iniciación. Se inaugura una exposición donde habita un murmullo, unos personajes que hablan de cosas no entendibles fácilmente. Se trata de unos seres apenas entrevistos que se presentan a la contemplación de un concurrido grupo de magos, para que éstos, con sus alientos, puedan darles existencia verdadera. Y de este modo, por aquellos años, ante nosotros la singular presencia de un nutrido hato de fantasmas recompuestos.    

         La vida, qué duda cabe, exige una pasión al menos. Sin embargo, son tantas las ocasiones no previstas que ocultan los  ojos y dificultan la visión de aquello que nos importa, que esa pequeña pasión que nos ocupa se nos pierde como agua vertida entre las manos. Por ello en esta ocasión, tal vez sobrecogidos por la sorpresa, nos aprestamos a mirar y ver la obra que se cobija en este ámbito, con forma de castillo, recuperado para el encuentro, para la creación de belleza, para el arte y la cultura, para la búsqueda de la pasión.

         Recreación por recreación. Restauración por restauración. Analogía o simplemente simetría de un paralelismo que nos sumerge en una doble ensoñación. De una parte el Castillo que se sustenta en el esfuerzo por incorporarse a una nueva vida, la de los nuevos pobladores de San José de Valderas y Alcorcón. Y de otra parte la obra de José Ortiga: una vez más el desecho del consumismo que se esfuerza por no acabar en  simple desperdicio y emerge como obra de arte por el impulso creador de nuestro artista.

         Alienta un cierto acontecer simbólico. Nuestro verbo podría parecer algo excesivo, sin embargo, en estas esculturas es patente como opera y se manifiesta el resplandor lúcido de los significados. Materiales pensados, fabricados para contener, protegiéndolos durante los traslados, esos deseos mecánicos y electrónicos que tantas complacencias proporcionan a los hombres, se esfuerzan, como el Castillo del Marqués de Valderas, por pervivir más allá de su razón ontológica. Y tratan de sobrevivir ocupando un espacio solamente reservado a los sueños, a la fantasía, a los juegos. De ahí su fantasmagórica resurrección para darse un divertido paseo entre los habitantes de Alcorcón. Paseo del que participamos los aquí congregados que, de esta forma, nos complicamos en el juego y, cómplices complacidos, entramos en el latido de estos rumores y compartimos estos aromas. Y es que, ¿quién no quiere alentar tras los límites de nuestros propios contenidos? ¿quién no quiere alcanzar la transparencia?

         Hay otras analogías que queremos nombrar esta tarde. Estos fantasmas emergen de otras sombras, otras soledades, otros miedos; y siempre, en lontananza, el espejismo de la muerte. Estas figuras no son humanas pero su arquitectura si lo es; no tienen fragmentación parque nacen del fragmento disperso y original; pertenecen al dominio de una crónica pasional donde Pepe Ortiga oficia de resucitador. Toda creación supone un sacrificio donde se inmola y se destruye, pero donde, al mismo tiempo, porque predomina el gesto poético del resucitador, nuestro artista, heredero del gran maestro, Pablo Picasso, descompone y recompone los objetos. Así, encontró un día, fragmentados y descompuestos en el fondo del abismo de las basuras, a estos hermosos fantasmas, pobladores que fueron del Castillo del marques de Valderas, y los recompuso y dotó de nuevo espíritu. Como tú, como yo, que tejiendo y destejiendo la luz vamos componiendo tantas historias…

         Mirad, no veis como apartan los tules de la nostalgia para abrir los cielos, para reencontrarse con los cálidos ecos de las luces vegetales [2] de otro tiempo. Acaso no veis crecer la multitud de figuraciones y deformaciones, de descomposiciones y recreaciones que crecen y crecen y se multiplican en las manos de José Ortiga.

         Nuevamente las nubes galopan un cielo herido. Desde el poniente nos llega un rumor difuso. Viento o, tal vez, aliento del maligno que nos acecha.


[1] Texto leído en la inauguración de la exposición que José Ortiga celebró en el Centro Cultural Los Castillos de Alcorcón al final de los años noventa

[2] Diego Jesús Jiménez.- Itinerario para náufragos/Visor- Madrid, 1996

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